El feliz reencuentro

El Fiscal | 7 de octubre de 2018 a las 5:00

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LAS cofradías tienen su historia. Unas la cuentan por siglos, otras por años y hasta las hay que se ponen más edad de la cuenta, porque ya se sabe que la vejez cotiza y mucho en el mundillo de las cofradías. Usted se queja ante el apoderado del banco de lo malamente que le han tratado: “Llevo más de veinte años con la cuenta domiciliada aquí”. Y el tío del banco, con las gafas elevadas sobre la frente, le replica antes de irse al desayuno de 25 minutos de duración: “La antigüedad solo genera derechos en una cofradía, aquí mandan los números, ¿sabe usted?”. Pues eso. Las cofradías tienen sus historias, su patrimonio y sus cuitas. Pero algunos, por fortuna, entendemos lo justo de todas estas materias. Bastantes eruditos hay ya sobre tan sesudas disciplinas. Tenemos muy claro que las cofradías son las personas. Y cuando acudimos a su encuentro por las calles, a acompañarlas en sus regresos nocturnos –dicho sea con permiso de las sillitas de los chinos– buscamos siempre ese nazareno, ese acólito o ese capataz con el que identificamos la cofradía. Por supuesto, qué decir de los muertos. El mejor homenaje a un difunto es contemplar una cofradía y acordarse del sitio en el que salía cada año: “Ahí, justo ahí salía siempre. De fiscal de cruz con su palermo bien apretado, parece que lo estoy viendo”.

Cuando veo la cofradía de la Vera-Cruz por la calle Cuna, aparte de pegar la cabezada de respeto al cura Marcelino, sotana, fajín y vara, antes de que se fuera a acompañar a la de las Penas, siempre me acuerdo del naveta de la Virgen de las Tristezas, que lo fue hasta que dejó el puesto en 2015. Y me acuerdo, sobre todo, de los padres del naveta. Antonio Caravaca Silva se llama. Antonio portó más de 30 años el incienso con el que se perfuma el camino de la Virgen de las Tristezas, dalmáticas, iris blanco, sobrio palio de cajón. Antonio comenzó a salir de naveta el Lunes Santo de 1986, cuando los hermanos acólitos se contaban con los dedos de una mano… y sobraban. Siempre fiel a su estación de penitencia, serio y con la mirada al frente. Antonio era un acólito con alma de nazareno de ruan. Porque Antonio es un nazareno de ruan. La Vera-Cruz es Antonio. Antonio quiere a su hermandad. Y su hermandad lo mima. El otro día acudió el cardenal Amigo a la capilla para presidir la misa de apertura del VI Congreso Internacional de Hermandades de la Vera Cruz. Y ambos se reencontraron.

Antonio se ha llevado de naveta de la Virgen de las Tristezas casi lo que ha durado el pontificado de monseñor Amigo en Sevilla, que ha durado más que el recorrido del Polígono de vuelta. Quién mejor que Antonio para ayudarle en una misa tan solemne, con su roquete y su sotana, con la seriedad de siempre en el altar, y con esa sonrisa posterior en la sacristía. Una sonrisa de felicidad. El cardenal se acuerda de los padres de Antonio, como nos acordamos nosotros cada vez que vemos al hijo. Los dos están ya para siempre en la capilla de la Vera-Cruz, prolongación de la casa familiar. Ver a Antonio es recordar cómo su padre velaba por la estación de penitencia del hijo con toda discreción, con fino tacto, sin hacerse notar.

Cuando vean a Antonio entre el público que espera a la Vera-Cruz, sitúense cerca porque así verán a la Virgen más cerca que nadie. El capataz siempre para el paso a la vera de Antonio. Y así, este naveta emérito de la Virgen de las Tristezas se reencuentra cada año con sus particulares recuerdos. La Vera-Cruz es grande por cuidar de hermanos como Antonio, la flor más blanca que nunca le falta a la Virgen de las Tristezas.

Cartel Triana

La preciosidad de un tondo

Cristina Ybarra es una pintora con personalidad y con un estilo muy definido. Hay que agradecer que haya sido fiel a su obra en el cartel que ha pintado para anunciar la salida extraordinaria de la Virgen por los 600 años de fundación de la Hermandad de la Esperanza de Triana. Es muy evocador el formato circular escogido, un tondo precioso que para algunos evoca los ojos de buey de los barcos que atracaban en el puerto y por cuyo interior se oteaban estampas antiguas de la Virgen. Un círculo que, además, recuerda a un motivo tan marinero como el salvavidas. El empleo del pan de oro es, como decíamos, una muestra de fidelidad a su trayectoria. No busquen fotos cuando se trata de un cartel. Busquen originalidad. Sólo con la originalidad se engrandece un patrimonio pictórico. De pestiños y fotocopias andamos hartos.

Oído en la calle Pureza

“Nos ha sentado muy mal, para qué te voy a andar con paños calientes. Cualquier hermano tiene derecho a presentarse, pero no estamos en unas fechas para eso, estamos viviendo días muy bonitos. De aquí a diciembre tenemos que estar concentrados en lo que tenemos que estar. Y después hay tiempo de sobra hasta el cabildo para hablar de elecciones. ¿No te parece? Es cuestión de estilo, lisa y llanamente de estilo. Y de saber respestar los tiempos. Nada más. Ha sido una pena…”.

Madrugada 2019

Si todo sale como debe salir, los bares de las zonas sensibles del centro volverán a estar cerrados la próxima Madrugada. Se considera que la experiencia fue un éxito, por lo que todo aconseja que se repita la medida, acompañada por supuesto de labores intensas de inspección en las tiendas que surten de bebidas para ser consumidas al aire libre.

Un gesto precioso
Acertó la Esperanza de Triana al homenajear a Garrido en la gala del Lope de Vega. Qué mejor que entonar la Salve que escribió. Por cierto, una delicia oir de nuevo a José María Rubio con su inolvidable pregón. Un pedazo de pregón.

El Lagarto de la Catedral: <<El cura necesitaba unos 70.000 euros para mejoras en el templo. Le dijeron que acudiera a un banco. Si la entidad no le ofrecía algo bueno, se lo podría dar ellos, pero tendría que pagar un 11% de interés, porque ellos tenían que coger el dinero de un plazo fijo que tienen puesto a nada menos que.. ¡un 7%!>>

 


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