El Fiscal4 de Febrero de 2010 a las 10:40

Pablo toca el cuerpo del Cristo de la Buena Muerte, que no contempla desde adolescente.
Toda la vida imaginando su cabeza en los versos de Pemán (tronchada como una rosa sobre el blanco cuerpo inerte que en el madero reposa), intuyendo su divinidad en los óleos de Ricardo Suárez que se llevan los obispos de nuevo cuño a sus despachos de pastores en la diáspora, soñando su cuerpo erguido sobre un bosque de guiones alzados entre cruces, recortado en el cielo Azul Contratación de las noches de Martes Santo, o cruzando en silencio el Postigo con un fondo de amarilla calamocha y luz de la tarde en plenitud.
Toda la vida creyendo que estaba todo visto, que no quedaba más cera por arder que la de cuatro hachones tiniebla, toda la vida así… para acabar tirando a la papelera de reciclaje de la memoria tantas estampas por una, una sola, que se produjo una noche reciente a puerta cerrada en una recoleta capilla de la Universidad, donde se celebró un feliz reencuentro entre el Cristo de la Buena Muerte y su nazareno más cercano al respiradero trasero cada tarde de monaguillos y oraciones de megafonía bisbiseada en los patios de la antigua Fábrica de Tabacos, a esas horas aún con sol en que ciertas túnicas ala de mosca parecen escapadas de un álbum de Sevilla con riadas y tranvías atestados. “Se llama Pablo, es nuestro hermano ciego. Y que sepas que a él no le importa nada que te refieras a él como ciego”. No veía a su Cristo desde que tenía 13 años, cuando fue privado de la vista. Casi no recordaba su cuerpo apolíneo, ni la cascada de su melena, ni su paño de pureza, síntesis del último manierismo y del primer barroco, ni la original disposición de los clavos con la que Juan de Mesa se desmarcó de su maestro.
Pero aquella noche volvió a verlo, leyó su cuerpo con las dos manos, porque tan perfecta es la madera de la Buena Muerte que ya en 1620 traía incorporado el lenguaje Braille. Tocar para recordar, tocar para revivir, tocar para creer. Dicen que se pasó una noche en duermevela de la emoción del reencuentro. Casi no recordaba su figura. Contó a los privilegiados testigos de la escena los detalles de la encarnadura, descubrió detalles insólitos para sus acompañantes y le habló al oído a su Dios para contarle tantas cosas que ambos tenían pendientes desde aquella adolescencia del don de la vista privada.
En esas manos hermanas que conducen a Pablo por tan inusual recorrido está simbolizada la capacidad innegable que tienen las cofradías de generar afecto y de promover la integración. En ese juego de diagonales que conforman los brazos de uno y de los otros, y en ese triángulo de brazos caídos por la crucifixión está la geometría más auténtica y oculta del amor cotidiano de las hermandades para con los suyos. Cuando ustedes vean a la Buena Muerte de Dios por la calle San Fernando, fíjense cómo detrás, a la vera de su respiradero, va con su lazarillo de ruán este Pablo nazareno que es la versión morada y mejorada de Santo Tomás. Tocó para seguir creyendo.