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Olivencia, año 1960

El Fiscal | 21 de mayo de 2017 a las 5:00

Personaje

ESE año se estrenan las jarras delanteras del paso de palio de la Virgen de la Angustia según el proyecto de Joaquín Castilla. La hermandad radica en la Anunciación, donde está la Universidad. En 1960 es hermano mayor Salvador Diánez Leal, que acabó nombrando capataz de la cofradía a Rafael Franco, que debió comenzar como tal el Martes de 1963, pero la lluvia frustró la estación de penitencia. En 1963 se produjo una hermosa unión. El Silencio se trasladó a la Anunciación hasta el 6 de marzo de 1964 con motivo de obras en su templo de San Antonio Abad. En el horizonte más próximo están entonces el célebre traslado del Cristo de la Buena Muerte a la caseta del Real Círculo de Labradores del Prado de San Sebastián por las Santas Misiones de 1965, y la última Semana Santa vivida en la Anunciación, de donde la hermandad se fue en noviembre de 1966. Por supuesto, aún no había hermanos costaleros, ni se soñaba con el manto bordado de la Virgen. Los monaguillos se podían contar con los dedos de una mano, entre ellos uno llamado José Moya Sanabria, que por el patio de la vieja universidad andaba de la mano de su padre, Juan Moya García, maestro de abogados. Aún quedaban unos años para la búsqueda en Ceuta de marfiles de colmillo de elefante para el techo de palio, un periplo en el que algún hermano de la cofradía aprovechó para ver un partido del Betis. En las cajas donde se transportaron los marfiles se guardaron después los juguetes de unos niños muy queridos en la cofradía. El paso de Cristo aún no salía con lirios, no existía el pregón universitario, ni tampoco el aula Cultura y Fe.

En octubre de 1960, el año en el que hoy fijamos la atención, se inscribió en la cofradía Manuel Olivencia Ruiz, natural de Ronda, vecino de la calle San Vicente, de 31 años. Se comprometió a pagar la cuota anual de cien pesetas. El 6 de diciembre fue admitido como hermano por el cabildo de oficiales y el 18 del mismo mes prestó el juramento de las reglas. Fue presentado por el hermano mayor, Salvador Diánez. Ingresó en la cofradía en el final de una etapa histórica: la de la Anunciación, de la que queda el hermoso azulejo de la plaza acosado hoy por las terrazas de veladores. La hermandad, con buen criterio, se marchó seis años después a la capilla de la calle San Fernando, porque el Cristo de Los Estudiantes debe estar donde esté la Universidad. Siempre.

Olivencia recibió la noche del pasado miércoles el VI Premio Manuel Clavero que concede Diario de Sevilla, un acto que se celebró con toda solemnidad en el Patio de la Montería del Real Alcázar. Se produjo una bonita coincidencia cofradiera, pues son hermanos de Los Estudiantes don Manuel Clavero, que da nombre al prestigioso galardón; Olivencia, que lo recibió, y José Moya Sanabria y Concha Yoldi, patrocinadores del premio desde su creación. Todo, de alguna forma, quedaba en la lonja con la memoria puesta siempre en la calle Laraña.

Iglesia del Salvador. Reportaje con Fernando Mendoza y Joaquín

La memoria de Moeckel

Ocurrió hace quince años. El abogado Joaquín Moeckel lideraba una polémica contra el Arzobispado por el intervencionismo episcopal en las reglas de algunas hermandades. La autoridad impuso por las buenas cuestiones referentes a las nazarenas, la edad mínima para ser hermano mayor y la designación de los directores espirituales. Moeckel recurrió como hermano mayor del Baratillo. En el asunto de las nazarenas logró que la imposición se convirtiera en un exhorto pastoral. Y en las otras dos cuestiones, el entonces secretario general y canciller, Francisco Navarro, le envió una carta informándole previamente de la nueva redacción de los preceptos. Es decir, la jerarquía eclesiástica le dio una suerte de derecho de audiencia antes de dictaminar. Moeckel mostró la carta de Navarro el otro día en la Universidad de Sevilla con ocasión de un curso sobre Derecho y Cofradías de los que promueve el profesor Martín Serrano, una iniciativa de altura que es digna de elogio. El letrado del Arenal reivindicó una especie de memoria histórica. Aquello fue un debate de altura, donde el cardenal vio un interlocutor con el que se podía discutir. Y el interlocutor supo defender su posición sin convertir jamás al cardenal en una figura vulnerable. La prueba es que, al final, Don Carlos le concedió por motivos varios la medalla Pro Ecclesia et Pontífice. Conviene recordar estos hechos. Conviene defender el derecho de audiencia. Conviene saberse la historia reciente.

cartel junio

El éxito de un cartel

El miércoles se presentó el cartel del junio eucarístico que edita el Consejo, obra de los hermanos Rubiño. Han empleado técnicas de representación arquitectónicas para conseguir un efecto tridimensional, de maqueta. El cartel combina con armonía la tradición con la modernidad. Tiene mucho de infografía, de horas de ordenador bien trabajadas. Hay que felicitar al Consejo que preside Joaquín Sainz de la Maza por esta apuesta. No le ha faltado ni la prueba del algodón del éxito, que es el cuarto y mitad de guasa de ciertos conspicuos cofrades que dicen que parece el cartel de un congreso de numismática. Como cuando dijeron del apaisadísimo cartel de las glorias  de 2016 que servía para anunciar el vía crucis de Itálica por lo oscura que estaba la escena. Lo peor de un cartel, de un pregón, de cualquier actividad pública que se ejerza en Sevilla, es que no genere ni cien gramos de guasa.  Este cartel de los Rubiño es muy bueno. Por eso se remata como las cofradías perfectas: con el cortejo del preste de la guasa hispalense.

 

 

 

 

Bergoglio en el Plantinar

El Fiscal | 17 de septiembre de 2013 a las 17:58

verdugo campanas
Aquel muchacho fue el pertiguero de la coronación de la Virgen de las Angustias junto con un acólito llamado Enrique Casellas. Después fue el presidente del grupo joven de la Sed y el diputado de cultos de la cofradía del Nervión histórico donde se crió tras haber echado los dientes en Pelay Correa. Un día fue a pedirle al sacerdote Francisco Ortiz que predicara los cultos de la hermandad. Ahí se encarrilló una vocación que se había ido forjando en la parroquia de la Concepción, a los pies del Cristo sediento y la Virgen de los ojos claros, con la cruz de madera en el pecho y en el seno de una corporación pujante con un hermano mayor como Manuel Rojas, cofrades de referencia como Juan Antonio Cuevas y grandes sacerdotes de la diócesis como los hermanos Isorna y don Ángel Gómez Guillén, su director espiritual. La de José Miguel Verdugo (Sevilla, 1970) es una vocación nacida en el seno de una cofradía, la misma que pagó íntegramente sus estudios como seminarista, primero en el viejo San Telmo, cargado de humedades, de letrinas cuarteleras y despachos desvencijados, y después en ese edificio de la calle Tarfia que parece más un NH que un lugar docente para futuros sacerdotes. Cofrade antes que cura. Nazareno de la Sed en el blanco y negro de 1979 cuando la primera y animosa estación de penitencia a la Catedral. Ysin complejos por venir de una cofradía y seguir estando en las cofradías. Hoy es un domingo muy especial en su vida. Toma posesión como párroco del Plantinar, en el templo de San Diego de Alcalá, tras ejercer de diácono en Santa Ana y de titular en las localidades de Alcolea, Villanueva del Río y Minas, Guadajoz y Valencina de la Concepción. Dicen que el padre Verdugo ha ejercido la pastoral de la rehabilitación, porque en sus primeros años de cura le ha tocado restaurar templos, renovar campanarios y sellar grietas en los pueblos tras ir pegando los correspondientes sablazos. Aunque lo suyo, de verdad, es la rehabilitación de las almas, la pastoral de la calle, lejos de la comodidad de la sacristía, en la línea de un Bergoglio que clama por la presencia de los sacerdotes donde están realmente las necesidades. Quizás por eso hay quien dice que el periodismo es, al fin, una forma de sacerdocio: la calle es su escenario. Quizás de Leonardo del Castillo haya aprendido la sonrisa continua, pero con monturas de gafas policromadas, y la acción constante por alejar a jóvenes de malos hábitos; de Ángel Gómez Guillén sus enseñanzas espirituales, la moderación, la mesura y la lealtad al obispo; de Manuel del Trigo su carácter de puertas abiertas; de José Luis Peinado el sentido de la diplomacia eclesiástica y el rigor como criterio, y de Fernando Isorna la decisión del emprendedor. Ycomo estudiante lleva el sello de profesores como el inolvidable José María Estudillo, Miguel Oliver, Gonzalo Flor y José María Garrido Luceño. El Plantinar se convierte en el primer destino como párroco en la capital de un cura muy de pueblo, muy rociero y muy amante del arte como vía que ayuda para llegar a Dios. Al cura Verdugo se le ve todos los años haciendo el camino como un peregrino más, explicando las sagradas escrituras en lo alto de una carreta en un camino de girasoles a media tarde, o en los talleres de Navarro Arteaga, Dubé de Luque o José Leal encargando obras o restauraciones con las que no dejar altares huérfanos de oraciones. Pide Niños Jesús a los escultores, saetas a El Sacri, Pili del Castillo o Álex Ortiz, y pide ayuda para los templos a alcaldes del PSOE o del PP. Llega al Plantinar el hijo de un trabajador que jamás ha ejercido de padre del cura en las feligresías donde su hijo ha servido a la Iglesia. Ni su madre ha respondido nunca al prototipo de madre del cura. Todo se lo debe a ellos. Y ellos salvaguardan su libertad de acción como sacerdote. Llega a la capital un cura tremendamente capillita que nunca ha tenido reparos ni en presentarse como tal ni en lucir la sotana y el fajín en la presidencia de los pasos, como seguro que hará a partir de ahora con la cofradía del Sol cada Sábado Santo. Verdugo lleva dentro un cura de pueblo que, aunque jamás lo reconozca, corta cualquier compromiso de golpe si hay que darle la bendición a un recién fallecido, socorrer al hijo adolescente descarriado de un matrimonio que pide auxilio o pedir para las necesidades básicas de una familia. Habitual de la cartelería de predicadores de cada cuaresma, está convencido del potencial de las cofradías, desde la hermandad de mayor solera hasta la asociación de mujeres de doña Concha Yoldi. Hay quienes no encuentran a Dios en las hermandades y hay quienes deben su vocación de sacerdote a una cofradía. El cura Verdugo ya ejerce en la capital, muy cerca de su añorado Nervión. Bergoglio en el Plantinar, donde sale el sol.