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El primer diputado tras la Buena Muerte

El Fiscal | 13 de agosto de 2017 a las 5:00

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EL antifaz hace al nazareno. Cuando se muere un nazareno se muere siempre un ser anónimo, alguien en quien, quizás, nos hemos fijado durante años en uno de esos rituales íntimos que conforman la Semana Santa más hermosa, la que nunca viene en las guías, la que no se enseña en catálogos ni en los cursos intensivos del hágase cofrade en tres días. Por mucho que nuestro Ayuntamiento se haya planteado alguna vez fundar un museo de la Semana Santa, recuperar la exposición de los estrenos o la apertura del centro de interpretación de la bulla, la autenticidad de la Semana Santa no se capta por medio de ninguna iniciativa oficial, proyectos de colaboración pública-privada u otras gaitas. Zamora no se gana en una hora y la Semana Santa no se aprende en hora y media. Estos días del agosto largo y de despedidas mudas se nos han ido el pavero y un ex hermano mano mayor de San Isidoro, el capataz del misterio de la Sentencia y un nazareno de ruan al que hemos observado durante años: el primer diputado tras el Cristo de la Buena Muerte, un nazareno de pequeña estatura y cuerpo menudo, con la túnica perfectamente ajustada y que siempre se situaba a la vera del primer trío de cruces para ir mirando ese triángulo divino que forman el madero de la cruz y los brazos caídos de la Buena Muerte.

Eran los minutos previos a la salida del paso del Cristo por la puerta del Rectorado –voz de Juan del Río en el rezo del rosario, Ángel de la Fama, cera blanca de la Angustia encendida, los acólitos del Señor avanzando con parsimonia con los ciriales aún bajos y los paveros haciendo el recuento de monaguillos– y aparecer siempre la silueta del diputado Hermenegildo Gutiérrez de Rueda, ya cubierto, trayendo el primer tramo de las cruces por el Patio del Reloj de la antigua Fábrica de Tabacos, donde Rodrigo Fernández de Santaella despide a los penitentes con su mirada de bronce.

Hoy sigo viendo a este Gildo siempre arrimado al primer trío de cruces con su túnica con cierta tonalidad ala de mosca, de las pocas que aún quedaban en el cortejo que habían salido de la Anunciación en aquella etapa final en la calle Laraña, en aquellos años marcados por el paso de palio sin música o por aquel espléndido altar de la caseta del Labradores presidido por el Cristo en la Misiones de 1965.

Gildo siempre iba arrimado a los tres primeros penitentes en sus últimos años de diputado, con el canasto al brazo y la mirada clavada en el Señor. Los sucesivos diputados mayores de gobierno sabían que Gildo no ejercía ya de diputado en los últimos años, sino de Gildo. Y se le respetaba que así fuera por ese tacto y ese amor que muchas veces tienen las hermandades. Hoy vemos a Gildo terminar su estación de penitencia a sus ochenta y tantos años largos y regresar a pie y en silencio desde la calle San Fernando hasta su preciosa casa de la calle Francos, con un patio presidido por un azulejo de Pasión bañado por la luz, donde destaca un armario con cristales superiores que dejan ver todo el año sus túnicas y las de sus familiares.

Hoy nos asomamos a ese patio como turistas curiosos. Y allí están, siempre están, los ruanes de Gildo, como cuando entramos en el zaguán de la casa solariega de Eduardo Ybarra en San Vicente para rezar ante la Virgen antigua del Silencio. Se ven ahora los escudos mercedarios cosidos a las túnicas. Pero, ay, falta la de la heráldica del Perfundet omnia luce (“Todo brilla con la luz”) porque Gildo se la llevó puesta para siempre. Quiso irse con ella para seguir llevando hasta los pies del Cristo de la Buena Muerte a ese primer tramo de penitentes que al caminar por la vieja Universidad son el símbolo de la alianza de la cultura y la fe. En un patio de la calle Francos ha estado y está un trozo de la verdad de la Semana Santa. Se ha muerto un nazareno anónimo. Tan auténtica ha sido su fidelidad al Cristo de Los Estudiantes que su puesto será siempre conocido por su nombre. Tras la muerte viene la vida eterna. Pero tras la Buena Muerte siempre viene Gildo con su canasto trayendo un pedazo de tramo de hombres de fe.

Foto de la estatua de Miguel de Mañara en los jardines de la Caridad

Una ausencia en la Caridad

LOS acogidos en la Caridad se mueren tranquilos, cuidados por el espíritu de Mañara, con su bronce por testigo y con las horas justas para recordar el trasiego de todo lo vivido, horas consumidas en muchos casos con el brillo efímero de algún puesto relevante. En la Caridad entra a ser cuidada gente muy diversa, en su atrio se encuentra uno con verdaderos personajes que no son tan del pasado como parecen, pero que pareciera que el péndulo del tiempo los mandó de un golpe al lugar sereno de un viejo hospital. De tocar el martillo de esa nave de oro que preside la mansa mirada del Señor de la Sentencia a pasar el invierno de la vida a la lumbre de esa Caridad que es estandarte de la mejor y más desconocida  Sevilla. “Desde que estás en la Caridad da gloria verte”, le dijeron un día en el atrio de la basílica de la Macarena, sitio al que nunca dejó de acudir en sus paseos desde la calle Temprado. El venerable Mañara ha acogido en su regazo a Miguel Loreto. En verano, en silencio, en el agosto en que la Esperanza suele lucir la saya blanca. Se fue el capataz que dijo a sus costaleros en la última chicotá: “Si esta noche no habéis visto a Dios es que estáis ciegos”.

 

Sevilla, ciudad púrpura

El Fiscal | 7 de septiembre de 2014 a las 5:00

CARDENALES
El Papa ha movido ficha en el tablero del episcopado español. El salmantino Carlos Osoro en sustitución del polémico Rouco Varela. Y Cañizares, hermano de Los Estudiantes, que estaba en la curia romana, retorna a España para ocupar la sede de su tierra valenciana. A Cañizares, por cierto, le han sacado ahora una foto de 2007 en la que aparece revestido con la capa magna que antaño usaban los cardenales, un hábito absolutamente en desuso que le hace aparecer fuera de la órbita de un Papa que sólo usa una sencilla cruz pectoral de plata y que sigue viviendo en la residencia de Santa Marta en lugar de en los aposentos reservados para el pontífice. La foto de Cañizares, un hombre afable, culto y de puertas abiertas, es demoledora para la imagen de quien fue primado de España.
¿Cómo queda Sevilla en esta nueva composición? ¿Tiene monseñor Asenjo posibilidades de ser cardenal en breve? Lo primero es que quienes ingenuamente veían a monseñor Asenjo en Madrid ya se han caído del caballo. Ni él contemplaba tal posibilidad, ni existían factores que indujeran a pensarla. Don Juan José sabe mejor que nadie que Sevilla es parada y fin de trayecto en condiciones normales, como son las suyas, por mucho que oscile entre el enojo y la actitud taciturna por las cuitas que sufre como gobernante de la diócesis. Lo segundo es que su gran mentor, monseñor Rouco, lleva amortizado desde la lluviosa noche en que un argentino salió de blanco al balcón principal de San Pedro. Asenjo, aun no contando ya con la fuerza de Rouco, goza de una consideración importante en el episcopado español. Desde marzo forma parte del comité ejecutivo de la Conferencia Episcopal, de la que en tiempos fue secretario general con una eficaz gestión de la visita del Papa Juan Pablo II a Madrid en mayo de 2003. Una eficacia basada fundamentalmente en que aquel viaje le salió prácticamente gratis a la Conferencia Episcopal por el éxito en la obtención de los necesarios apoyos económicos. El Gobierno de Aznar condecoró al Nuncio Monteiro, al cardenal Rouco y al obispo Asenjo con la Gran Cruz de Isabel la Católica por la organización del viaje.
Osoro tendrá que ser cardenal. Se da por hecho que todo arzobispo de Madrid lo es. Las megápolis han ganado en peso pastoral a las sedes históricas. Ocurre que a Rouco, nacido en 1936, le quedan aún dos años como elector, una circunstancia que podría ralentizar el purpurado de Osoro. No se olvide nunca que al Papa le queda aún un segundo movimiento clave: la elección del arzobispo de Barcelona. En esta ocasión entran en juego factores relacionados con la geopolítica pastoral. No cualquiera puede ser el prelado de Barcelona, y menos aún con el ambiente caldeado por la convocatoria de un referéndum con clara vocación separatista fijado para el 9 de noviembre. Con Martínez Sistach, de la quinta del 37, ocurre como con Rouco. Tiene aún cuerda (tres años) como cardenal elector. El sucesor de Sistach también tendrá que ser necesariamente nombrado cardenal (en caso de que no lo fuera ya).
Ahora mismo hay cuatro cardenales españoles electores (Santos Abril, Rouco, Cañizares y Martínez Sistach). Si el Papa nombra cardenales a los nuevos arzobispos de Madrid y Barcelona antes de que Rouco y Sistach cumplan los 80, España puede contar hasta con seis electores, por lo que es previsible que haya que esperar a las jubilaciones como electores de ambos, o al menos de Rouco.
Toledo es otra diócesis con fuerte tradición cardenalicia. De hecho tiene un cardenal emérito, monseñor Álvarez, nacido en 1925. Aunque en Roma ya no cotiza tanto lo de ser la archidiócesis primada de España, el actual prelado, Braulio Rodríguez Plaza, deberá acceder también al cardenalato más pronto que tarde al igual que sus antecesores, caso de Cañizares, el propio Álvarez, Marcelo González y no digamos el célebre cardenal de la Transición, Vicente Enrique Tarancón.
En el caso de Sevilla aún pesa la figura del cardenal Amigo, al que en toda España se asocia indisolublemente con la capital andaluza. La identificación es plena, en buena parte por sus habituales comparecencias en los medios de comunicación. No es elector en un cónclave desde que el pasado 23 de agosto cumplió los 80 años, lo que beneficia las posibilidades de monseñor Asenjo de ser cardenal, pero Don Carlos mantiene una agenda intensa de viajes y apariciones públicas que no permiten intuir ningún interés por enclaustrarse en ningún convento franciscano. Su figura se percibe todavía muy viva, pese a la reciente intervención quirúrgica. Y Sevilla, al menos por ahora, no es una diócesis a la que Roma vaya a conceder el privilegio de tener dos cardenales, por mucho que uno no tenga ya acceso a la Capilla Sixtina. Sevilla no es Madrid ni Barcelona. Y estamos en la misma tesitura que Toledo, con dos cardenales eméritos y dos arzobispos en activo a la espera de serlo, por lo que el Papa podría meditar entre conceder ese privilegio a una diócesis sí y no a la otra.
7ª CONGRAGACION DE CARDENALES EN EL VATICANO
La arquitectura del peso de la diócesis sevillana sólo descansa sobre el pilar de la historia y, si cabe, por el peculiar estilo de gobierno que imprima el ordinario del lugar. Roma hizo esperar a Don Carlos nada menos que 21 años desde que fue nombrado arzobispo de Sevilla en 1982, una designación en la que fue determinante Don Juan de Borbón. El padre del Rey Juan Carlos fue clave para que la Nunciatura se fijara en aquel joven obispo de Tánger y le concediera un salto inusitado en una carrera eclesiástica. Y casi treinta años después tuvo que soportar que su renuncia fuera aceptada de inmediato al cumplir los 75 años, lo que no ha ocurrido ni con el polémico Rouco ni con el hábil Martínez Sistach, a los que aún se les permite una prórroga en señal de respeto y reconocimiento. Incluso todo apunta a que con Rouco se va a tener el detalle de esperar a que cumpla los veinte años como arzobispo de Madrid. Está visto que el lenguaje más claro de la Iglesia es la medición de los tiempos. Se ve con claridad en las prórrogas, cicateras o generosas, como se ve en la demora para nombrar prelado para la diócesis catalana.
A monseñor Asenjo le quedan seis años como arzobispo de Sevilla antes de presentar su renuncia obligada al Papa. De los 124 arzobispos que ha tenido Sevilla, 35 han sido cardenales antes, durante o después de presidir la diócesis hispalense. Incluso uno, Rodrigo de Borja, llegó a Papa y gobernó la Iglesia universal como Alejandro VI. Desde que en el siglo XIII los Papas designan cardenales de fuera de Roma, el 47,29 % de los arzobispos de Sevilla han recibido el capelo. Y desde el siglo XIX todos los arzobispos de Sevilla han llegado a ser cardenales, aunque no todos desde el comienzo de su pontificado. Alguno solo en el último año del desempeño del cargo.
Es cierto que las ciudades como tales no tienen derechos cardenalicios. El cardenalato es un peculiar título y oficio eclesial que el Papa concede a personas, no a una urbe o diócesis en particular. También lo es que los Papas van modificando la configuración del Colegio cardenalicio en función de criterios cambiantes con los tiempos. Incluso se nombran cardenales mayores de ochenta años, como ha ocurrido, entre otros, con el arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián, que vive su retiro en la residencia sacerdotal de Málaga y con el que el Papa Francisco ha querido tener ese detalle.
No cabe duda, además, de que quien llega a cardenal es porque ha tenido cantores de sus hazañas, padrinos, mentores y apoyos hasta de los gobiernos, tejidos éstos últimos en la influyente embajada de España ante la Santa Sede. Basta recordar las memorias confesables del recientemente fallecido Carlos Abella y Ramallo, gentilhombre de Su Santidad y hasta 2004 embajador en el Palacio de España en Roma, en las que detalla los movimientos previos para colocar nuevos cardenales españoles, entre ellos los ocurridos con motivo del consistorio de octubre de 2003 del que salieron elegidos cardenales monseñor Amigo y el cordobés Herranz, también jubilado. Que haya hueco y que haya apoyos con fuerza serán claves para que Don Juan José renueve una tradición ligada a la ciudad desde hace doscientos años. Don Carlos esperó más de dos décadas por falta de padrinos y así pagó el precio de su independencia y de su cierto desdén para con el aparato de poder que representa la Conferencia Episcopal. Por dos veces durmió Juan Pablo II en el Palacio Arzobispal de Sevilla (1982 y 1993) y ni por esas se alivió la espera.
Ahora no hay que olvidar que Rouco ya no está en la pomada. Y otro español con fuerza, Don Juan del Río, está como arzobispo castrense con línea directa con la Casa Real, es también miembro de la comisión ejecutiva de la Conferencia Episcopal y goza de indudable sintonía con los nuevos tiempos de la Iglesia. Sin olvidar que Santiago de Compostela también ha tenido cardenales en alguna ocasión. Las opciones de monseñor Asenjo para ser cardenal no tienen muchos años de margen. Y Toledo puede cruzarse en el camino.

Conferencia Episcopal

El Fiscal | 18 de marzo de 2014 a las 5:00

Algunos se creían de verdad que monseñor Asenjo tenía opciones de presidir la Conferencia Episcopal. Y esperaban realmente su elección. Don Juan José no es precisamente un ejemplo de prelado en la línea absoluta del Papa, como sí lo es el inteligente Blázquez y como no lo es el rocoso Rouco. Pero justo es reconocer también que el actual arzobispo de Sevilla no es crítico ni mucho menos con el Santo Padre, sino persona profundamente eclesial, con gran capacidad de adaptación y de perfil amoldable. Pero de ahí a presidir la Conferencia Episcopal… ¡Ingenuos! Por cierto, sacó sólo cinco votos. En la Conferencia Episcopal se publican con precisión las votaciones, no como las del pregonero, que hay que enterarse en los pasillos. ¿Y Arzobispo de Madrid? Si por él fuera… Pero Sevilla, hasta ahora, nunca ha sido destino de paso, sino de término. A Don Juan José le quedan siete años en activo a los que habría que sumar la prórroga de la que pueda gozar.

El pertiguero
Primer golpe. Oído esta semana:“Aquí recibiríamos con los brazos abiertos a don Juan del Río, ¡claro que sí! Pero no sé si en su contra juega que ya ha ejercido su ministerio sacerdotal en Sevilla. Y en Madrid tiene un cartelón y una relación muy cordial con la Casa Real, lo veo más allí” Segundo golpe. Más. “Si a Cañizares lo destinan a Madrid, el Papa se ahorra crear un nuevo cardenal en España. Todo depende de los nombramientos de Madrid y Barcelona, absolutamente todo. ¿Un arzobispo en Sevilla ni siquiera durante seis años? Sería muy raro. A no ser que él haya pedido marcharse”. Tercer golpe. Don Carlos ya tiene comprometidas predicaciones en Sevilla en 2015. Yciriales arriba. Qué bien informa don Carlos al Papa, ¿verdad?

El pertiguero

El Fiscal | 7 de junio de 2009 a las 13:22

Primer golpe. Entrañable saludo de Juan Borrero y Paco Santos a la vera del paso de la Esperanza en la Puerta del Arenal.
Segundo golpe. Ya hay nuevo ocupante de la cantera de las mitras. ¿No saben ustedes dónde se forjan los obispos del mañana? Pues en la dirección espiritual de los Estudiantes. Francisco Román desempeñará a partir de ahora dicha responsabilidad. Sus dos predecesores, Juan del Río y José Mazuelo, saben lo que decimos.
Tercer golpe. “Fiscal, entérate de cierto concurso de marchas celebrado en cuaresma. Tras un empate, se decidió pormedio de la intervención de un votante de calidad que apostó por su discípulo predilecto”.
Y ciriales arriba. Luto en la memoria de Saeta. Con el fallecimiento de Carlos Schlatter desaparece todo un referente radiofónico. Silencio, pueblo cristiano…