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Capirotes orillados

El Fiscal | 29 de octubre de 2017 a las 5:00

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CINCO capirotes junto a la basura como tres banderilleros sobre el redondel. Cartones, se recogen cartones. No hay sinécdoque más cofradiera que la de llamar cartón al capirote, nunca cucurucho, que eso es de Madrid. Cinco capirotes ondulados por la base, lo que revela tardes de calor, horas de sienes sudadas. Cinco capirotes son muchos capirotes para ser desechados de una vez, una muestra de hartazgo, del hasta aquí hemos llegado en el continuo Año Santo en el que se ha convertido esta Semana Santa que nos ha tocado… en suerte. A la basura con ellos, que ya no sirven, que ya no hay quien se los ponga, que ya ni siquiera evocan los días de gloria. Capirotes de usar y tirar en una Semana Santa más consumida que vivida, más retransmitida que recordada. Capirotes tal vez desechados para ser sustituidos por los modernos de rejilla, obra de ingeniería cuaresmal para alivio de cervicales. Capirotes al contenedor de Lipasam con la delicadeza de ni siquiera ser deformados. Están intactos, apilados como veladores, dejados para la foto, pidiendo la instantánea, están posando como residuos de cuaresmas ya vividas. En otoño mudan las hojas de los árboles, en otoño se tiran los capirotes como trastos viejos, como parientes pobres. A la calle, a la basura, al contenedor del olvido, que no quiero verlos. Quién sabe qué hay detrás de esos cinco capirotes. El más alto con la punta reforzada, lo que demuestra varios usos. Altos capirotes, viejos capirotes. En Sevilla la basura habla, ofrece mucha información útil, nos cuenta hasta la confesión religiosa de quien arroja los restos. El capirote siempre es un estorbo a la hora de ser guardado durante el año, no hay altillo para los capirotes, ni armarios especiales como sí hay fundas para los trajes, cajas esféricas para los sombreros de ala ancha o rectangulares para las mantillas. Pero los capirotes no tienen quien les haya diseñado un envoltorio. Los hay que se guardan detrás de una puerta, en el fondo del armario soportando la presión del chaqué que nunca se usa, o hasta en la residencia de verano. Ninguna empresa ofrece la guarda y custodia del capirote como sí las hay para los abrigos de pieles o las alfombras. Los capirotes tienen quien les escriba, pero no quien se acuerde de ellos en cuanto acaba la Semana Santa. Sufren una marginación secular, peor aún que la del hockey sobre hierba, el waterpolo o el badminton, a los que sólo se atiende de cuatro en cuatro años en los Juegos Olímpicos. Un capirote fuera de temporada pinta menos que un polvorón de limón en Navidad. No se concibe una Semana Santa sin las figuras estilizadas de los nazarenos, pero nadie se acuerda de los cartones durante el invierno. Nadie. Los cartones quedan para el bingo de las señoras de los Remedios con las mañanas libres. Ylos de Semana Santa ahí los tienen, que parecen a la espera de la defensa que un tonto que les escriba, porque hay que ser tonto para escribirle a los capirotes de la basura. ¿O no? Al menos resulta más barato que ir al bingo.

 

Buena Muerte

Bronce para la Buena Muerte

El paso del Cristo de la Buena Muerte, obra de 1926, será embellecido con bronce. La junta de gobierno que preside Jesús Resa como hermano mayor tiene ya un proyecto del que informó al cabildo general el pasado miércoles. Los evangelistas y los hachones serán de bronce. Y el faldón delantero tendrá un fino bordado en hojilla inspirado en la greca del estandarte. Será un proyecto a largo plazo que cubre una necesidad manifestada durante años por muchos hermanos:darle más fuste a un paso. Por fortuna, nadie duda de que las flores seguirán siendo lirios.

 

Bourrellier
El ex presidente del Consejo vuelve a la actualidad. Don Carlos recibirá un homenaje en toda regla al igual que los anteriores mandatarios de San Gregorio. La cita está fijada para el 17 de noviembre a razón de 45 euros per capita. ¡Rásquense el bolsillo! En la cantidad va incluido el obsequio de turno, esos regalos que después resulta imposible colocar en el salón de casa. Y el que no se lo crea que pregunte a los anteriores agraciados… Los interesados deben acudir a la sede del Consejo a por sus invitaciones y si desean formar una mesa deben retirar los tarjetones “a la misma vez”, que diría Lopera. Yo no sé si voy a ir, lo que tengo claro es que si voy me pido la mesa de don Antonio Franco, conocido como “el cuñadísimo” durante la presidencia de Bourrellier. Esa es la mesa buena de esa noche. No lo olviden.

Un libro que promete
El que se titula La Semana Santa de la Transición (Sevilla, 1973-1982), con la firma de Manuel Jesús Roldán. La obra (editorial El Paseo) se anuncia como “el relato histórico de una época convulsa que, contra todo pronóstico, acabó catapultando la fiesta ritual sevillana”. Lo tiene todo para ser interesante. Aquellos años fueron de especial conflictividad para las hermandades y su relación tanto con el poder político como otros sectores de la sociedad, todo lo cual sin perder de vista la gestión de Bueno Monreal, el Tarancón sevillano. Conocer la historia de la mano de profesionales serios es la mejor vía para interpretar el presente. Nada de la sociedad de cada momento es ajeno a las cofradías. Ylas cofradías no son ajenas nunca a ninguna coyuntura.

‘Atrioscopia’
¡Albricias! Cada vez queda menos para las elecciones de la Macarena. Lo peor no son los candidatos (¡Ni mucho menos!), ni siquiera los equipos (donde el frito es variado), sino los llamados ministros sin cartera que son un verdadero pelmazo. Lo de la Macarena es como Cataluña, no se sabe cómo acabará, pero sí dejará todo fracturado. Habrá que coser… como en el PSOE.

El lagarto de la Catedral

“Inquieto Fiscal, te recuerdo que a Teodoro León lo han nombrado secretario general de los obispos del sur de España en sustitución de Hiraldo, que llevaba en el puesto desde 1983. La carrera de don Teodoro es imparable desde hace años. ¡Qué tremendo!”

 

 

 

Las entrañas del Martes Santo

El Fiscal | 24 de septiembre de 2017 a las 5:00

martes santo internet

MARTES Santo suena a barrila, a hermanos mayores destinados a la ingeniería de horarios e itinerarios y a oscurantismo pueril de la parrilla horaria. Sabe a aguardiente de primera hora de la mañana servido con primor en la taberna La Candelaria, por cuya ventana se puede rezar al mismo azulejo del Señor de la Salud que vio pasar al Gran Poder camino de las Misiones en 1964, evocación interrumpida por el mollatoso de guardia que –codo en la barra– despierta de su letargo.

–Oiga, ¿pero cambian el Martes Santo? No le habrán metido sabor a fresa, ¿verdad?
–Cambian la jornada de Semana Santa, no el anís, so merluzo.

Ya sabemos la razón de tanto interés en esconder los horarios e itinerarios en la caja fuerte del Palacio Arzobispal. Los Estudiantes regresan por Tomás de Ybarra, con lo cual se va a poner contentísimo Joaquín Moeckel, que ya estoy viendo a los saeteros y a los gorrones querer trincar metro cuadrado en los muchos sus balcones de su bufete, pero es que nos quitan el retorno nocturno del Cristo de la Buena Muerte por la Plaza de la Contratación. Ay, mi dilecto Jesús Resa que nos va a dejar usted sin el bautizado cielo Azul Contratación que tanto nos gusta a la vuelta. No nos haga más cambios, dejemos la rosa como está, que eso de la cofradía por delante del Casablanca y del Burguer King nos va a hacer echar de menos Las Lapas. Y ni le cuento eso de ver el nombre de Indalecio Prieto en el itinerario de Los Estudiantes. Ojú, don Indalecio. Y hablando de rosas, esperemos que en el programa de mano aparezca, al menos, el paso de Cristo con lirios. Solo con lirios, don Jesús. Muchos monaguillos, muchos lirios y muchas cruces de penitente. El Martes Santo se podrá poner del revés, pero la cofradía de la Universidad siempre recta, bien recta.

Lo mejor de este proyecto de remodelación del Martes Santo es que el hermano mayor del Dulce Nombre llama a su cofradía por su nombre: la Bofetá. A ver si en las Cigarreras y en los Caballos toman nota y se dejan los complejos en el carro de los cirios rotos.

–Mis saludos a los señores que empujan esos carros a los que siempre falla una rueda.
–Es un detallazo, oiga.

Un diez para el señor Casal por fomentar el uso de la denominación popular de su bellísima cofradía. También un diez a todos los hermanos mayores del Martes Santo por usar en la parrilla horaria las denominaciones de los bares para localizar sus preciosas cofradías. Es entrañable leer que la cruz de guía de Santa Cruz estará a las diez en punto de la noche en la confitería La Campana, donde ya estoy viendo al profesor Adolfo González con su cirio de escolta abriendo paso y donde no veo a Juan Reguera en el balconazo de la pastelería porque en esos momentos irá con su Virgen del Dulce Nombre, que, por cierto, a las dos de la madrugada debe estar con la saya rosa en El Sardinero escoltada por José Luis Trujillo. Este programa de Martes Santo parece asesorado por el gran letrado Enrique Henares, el primero que habló de las tabernas largo y tendido (mejor de pie en la barra) en el pregón de la Semana Santa. ¿Y no es bonita la referencia al azulejo de la Plaza de la Alianza para ubicar al palio de la Virgen de los Dolores a la una de la madrugada?

Sáquenle todo el partido a esta parrilla horaria, que tienen a su disposición en la web del periódico desde el viernes. Es la misma que maneja la autoridad, eclesiástico por supuesto. Se la querían quedar los curas para ellos solos. Ay, pillines. Hay que compartir.

Los predilectos de José Ignacio

El Fiscal | 16 de septiembre de 2017 a las 13:03

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DICEN los señores del Consejo que José Ignacio del Rey Tirado ha dado no sé cuantos pregones y exaltaciones en Sevilla y hasta en Madrid. Que tiene currículum, que se conoce el paño desde pequeño, que todo lo que va a contar lo ha vivido en primera persona y no se cuántas flores más. A mi que José Ignacio del Rey pronuncie el pregón me parece muy bien. Estupendo, oiga. El problema es que yo ya he estado en el mejor pregón posible que nunca haya podido pronunciar José Ignacio. Y he estado varias veces. A veces un pie de foto es mejor que todo un artículo, y una frase mucho más impactante que todo un pregón. Ocurrió durante varios años en la Semana de Pasión, cuando ya tenemos olvidado el pregón oficial (algunos es una obra de caridad dejarlos caer en el olvido). José Ignacio era el diputado mayor de gobierno de Los Estudiantes con Antonio Piñero de hermano mayor, hoy vicepresidente de la institución que elige al pregonero.

–Oiga, este Piñero siempre se sale con la suya, ¿no?

–Como los alemanes en el fútbol. Cállese y no interrumpa.

José Ignacio tenía el valor de convocar en la Capilla de la Universidad a todos los monaguillos de la cofradía, con sus padres y hasta abuelos, para una reunión preparatoria con olor a merienda escolar, estética de uniformes colegiales y rezos apresurados de Padrenuestros. Lo mejor de estas reuniones era la definición que José Ignacio, junto al Sagrario y a los pies del Cristo de la Buena Muerte, hacía de los monaguillos para que todos los adultos se quedaran tranquilos ante cualquier incidencia: “Los monaguillos son nuestros hermanos predilectos. En caso de lluvia, la prioridad es llevarlos a un sitio seguro, antes incluso que a las sagradas imágenes. Los monaguillos son los primeros, no tengan dudas en ningún momento”.

Yal oír a José Ignacio, muchos padres se emocionaban. Año tras año, José Ignacio daba la cifra de monaguillos. 114 el Cristo, 128 la Virgen. 120 en el Cristo y 118 en la Virgen… Siempre fueron los llamados “hermanos predilectos” con un cariño y una rotundidad ejemplares. Los monaguillos no molestan, son la cantera, el futuro seguro en tiempos de zozobra, la reserva de autenticidad en una Semana Santa sofisticada y amenazada. La reunión de monaguillos no era una sesión de trámite, una reunión exclusivamente para tratar temas de logística. Era el momento en que la Hermandad de Los Estudiantes decía alto y claro que por encima de las imágenes sólo estaban los niños. Por responsabilidad,  por convicción. Y José Ignacio nos dejaba ese cuarto y mitad de pregón que a muchos nos bastaba para seguir creyendo en la capacidad de las hermandades para generar afecto, dar cobijo y hacer que pequeños y mayores se sientan integrados.

Por eso yo ya he estado en el mejor pregón de José Ignacio. Como estuve en casa de su  hermano Eduardo, hoy hermano mayor del Silencio, cuando fue elegido pregonero. Veo hoy a la madre de José Ignacio sonreír con discreción  porque, otra vez, un hijo suyo será el pregonero de la Semana Santa, como la vi feliz aquella noche del otoño de 1998 en una acogedora casa de la calle Otumba donde los consejeros formaban una cálida bulla en el salón.

No me cuenten cómo será el pregón de  José Ignacio del Rey. Yo he asistido al mejor de sus pregones, lirios regalados como anticipos del Martes Santo. Bendita la rama que al tronco sale.

El primer diputado tras la Buena Muerte

El Fiscal | 13 de agosto de 2017 a las 5:00

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EL antifaz hace al nazareno. Cuando se muere un nazareno se muere siempre un ser anónimo, alguien en quien, quizás, nos hemos fijado durante años en uno de esos rituales íntimos que conforman la Semana Santa más hermosa, la que nunca viene en las guías, la que no se enseña en catálogos ni en los cursos intensivos del hágase cofrade en tres días. Por mucho que nuestro Ayuntamiento se haya planteado alguna vez fundar un museo de la Semana Santa, recuperar la exposición de los estrenos o la apertura del centro de interpretación de la bulla, la autenticidad de la Semana Santa no se capta por medio de ninguna iniciativa oficial, proyectos de colaboración pública-privada u otras gaitas. Zamora no se gana en una hora y la Semana Santa no se aprende en hora y media. Estos días del agosto largo y de despedidas mudas se nos han ido el pavero y un ex hermano mano mayor de San Isidoro, el capataz del misterio de la Sentencia y un nazareno de ruan al que hemos observado durante años: el primer diputado tras el Cristo de la Buena Muerte, un nazareno de pequeña estatura y cuerpo menudo, con la túnica perfectamente ajustada y que siempre se situaba a la vera del primer trío de cruces para ir mirando ese triángulo divino que forman el madero de la cruz y los brazos caídos de la Buena Muerte.

Eran los minutos previos a la salida del paso del Cristo por la puerta del Rectorado –voz de Juan del Río en el rezo del rosario, Ángel de la Fama, cera blanca de la Angustia encendida, los acólitos del Señor avanzando con parsimonia con los ciriales aún bajos y los paveros haciendo el recuento de monaguillos– y aparecer siempre la silueta del diputado Hermenegildo Gutiérrez de Rueda, ya cubierto, trayendo el primer tramo de las cruces por el Patio del Reloj de la antigua Fábrica de Tabacos, donde Rodrigo Fernández de Santaella despide a los penitentes con su mirada de bronce.

Hoy sigo viendo a este Gildo siempre arrimado al primer trío de cruces con su túnica con cierta tonalidad ala de mosca, de las pocas que aún quedaban en el cortejo que habían salido de la Anunciación en aquella etapa final en la calle Laraña, en aquellos años marcados por el paso de palio sin música o por aquel espléndido altar de la caseta del Labradores presidido por el Cristo en la Misiones de 1965.

Gildo siempre iba arrimado a los tres primeros penitentes en sus últimos años de diputado, con el canasto al brazo y la mirada clavada en el Señor. Los sucesivos diputados mayores de gobierno sabían que Gildo no ejercía ya de diputado en los últimos años, sino de Gildo. Y se le respetaba que así fuera por ese tacto y ese amor que muchas veces tienen las hermandades. Hoy vemos a Gildo terminar su estación de penitencia a sus ochenta y tantos años largos y regresar a pie y en silencio desde la calle San Fernando hasta su preciosa casa de la calle Francos, con un patio presidido por un azulejo de Pasión bañado por la luz, donde destaca un armario con cristales superiores que dejan ver todo el año sus túnicas y las de sus familiares.

Hoy nos asomamos a ese patio como turistas curiosos. Y allí están, siempre están, los ruanes de Gildo, como cuando entramos en el zaguán de la casa solariega de Eduardo Ybarra en San Vicente para rezar ante la Virgen antigua del Silencio. Se ven ahora los escudos mercedarios cosidos a las túnicas. Pero, ay, falta la de la heráldica del Perfundet omnia luce (“Todo brilla con la luz”) porque Gildo se la llevó puesta para siempre. Quiso irse con ella para seguir llevando hasta los pies del Cristo de la Buena Muerte a ese primer tramo de penitentes que al caminar por la vieja Universidad son el símbolo de la alianza de la cultura y la fe. En un patio de la calle Francos ha estado y está un trozo de la verdad de la Semana Santa. Se ha muerto un nazareno anónimo. Tan auténtica ha sido su fidelidad al Cristo de Los Estudiantes que su puesto será siempre conocido por su nombre. Tras la muerte viene la vida eterna. Pero tras la Buena Muerte siempre viene Gildo con su canasto trayendo un pedazo de tramo de hombres de fe.

Foto de la estatua de Miguel de Mañara en los jardines de la Caridad

Una ausencia en la Caridad

LOS acogidos en la Caridad se mueren tranquilos, cuidados por el espíritu de Mañara, con su bronce por testigo y con las horas justas para recordar el trasiego de todo lo vivido, horas consumidas en muchos casos con el brillo efímero de algún puesto relevante. En la Caridad entra a ser cuidada gente muy diversa, en su atrio se encuentra uno con verdaderos personajes que no son tan del pasado como parecen, pero que pareciera que el péndulo del tiempo los mandó de un golpe al lugar sereno de un viejo hospital. De tocar el martillo de esa nave de oro que preside la mansa mirada del Señor de la Sentencia a pasar el invierno de la vida a la lumbre de esa Caridad que es estandarte de la mejor y más desconocida  Sevilla. “Desde que estás en la Caridad da gloria verte”, le dijeron un día en el atrio de la basílica de la Macarena, sitio al que nunca dejó de acudir en sus paseos desde la calle Temprado. El venerable Mañara ha acogido en su regazo a Miguel Loreto. En verano, en silencio, en el agosto en que la Esperanza suele lucir la saya blanca. Se fue el capataz que dijo a sus costaleros en la última chicotá: “Si esta noche no habéis visto a Dios es que estáis ciegos”.

 

Olivencia, año 1960

El Fiscal | 21 de mayo de 2017 a las 5:00

Personaje

ESE año se estrenan las jarras delanteras del paso de palio de la Virgen de la Angustia según el proyecto de Joaquín Castilla. La hermandad radica en la Anunciación, donde está la Universidad. En 1960 es hermano mayor Salvador Diánez Leal, que acabó nombrando capataz de la cofradía a Rafael Franco, que debió comenzar como tal el Martes de 1963, pero la lluvia frustró la estación de penitencia. En 1963 se produjo una hermosa unión. El Silencio se trasladó a la Anunciación hasta el 6 de marzo de 1964 con motivo de obras en su templo de San Antonio Abad. En el horizonte más próximo están entonces el célebre traslado del Cristo de la Buena Muerte a la caseta del Real Círculo de Labradores del Prado de San Sebastián por las Santas Misiones de 1965, y la última Semana Santa vivida en la Anunciación, de donde la hermandad se fue en noviembre de 1966. Por supuesto, aún no había hermanos costaleros, ni se soñaba con el manto bordado de la Virgen. Los monaguillos se podían contar con los dedos de una mano, entre ellos uno llamado José Moya Sanabria, que por el patio de la vieja universidad andaba de la mano de su padre, Juan Moya García, maestro de abogados. Aún quedaban unos años para la búsqueda en Ceuta de marfiles de colmillo de elefante para el techo de palio, un periplo en el que algún hermano de la cofradía aprovechó para ver un partido del Betis. En las cajas donde se transportaron los marfiles se guardaron después los juguetes de unos niños muy queridos en la cofradía. El paso de Cristo aún no salía con lirios, no existía el pregón universitario, ni tampoco el aula Cultura y Fe.

En octubre de 1960, el año en el que hoy fijamos la atención, se inscribió en la cofradía Manuel Olivencia Ruiz, natural de Ronda, vecino de la calle San Vicente, de 31 años. Se comprometió a pagar la cuota anual de cien pesetas. El 6 de diciembre fue admitido como hermano por el cabildo de oficiales y el 18 del mismo mes prestó el juramento de las reglas. Fue presentado por el hermano mayor, Salvador Diánez. Ingresó en la cofradía en el final de una etapa histórica: la de la Anunciación, de la que queda el hermoso azulejo de la plaza acosado hoy por las terrazas de veladores. La hermandad, con buen criterio, se marchó seis años después a la capilla de la calle San Fernando, porque el Cristo de Los Estudiantes debe estar donde esté la Universidad. Siempre.

Olivencia recibió la noche del pasado miércoles el VI Premio Manuel Clavero que concede Diario de Sevilla, un acto que se celebró con toda solemnidad en el Patio de la Montería del Real Alcázar. Se produjo una bonita coincidencia cofradiera, pues son hermanos de Los Estudiantes don Manuel Clavero, que da nombre al prestigioso galardón; Olivencia, que lo recibió, y José Moya Sanabria y Concha Yoldi, patrocinadores del premio desde su creación. Todo, de alguna forma, quedaba en la lonja con la memoria puesta siempre en la calle Laraña.

Iglesia del Salvador. Reportaje con Fernando Mendoza y Joaquín

La memoria de Moeckel

Ocurrió hace quince años. El abogado Joaquín Moeckel lideraba una polémica contra el Arzobispado por el intervencionismo episcopal en las reglas de algunas hermandades. La autoridad impuso por las buenas cuestiones referentes a las nazarenas, la edad mínima para ser hermano mayor y la designación de los directores espirituales. Moeckel recurrió como hermano mayor del Baratillo. En el asunto de las nazarenas logró que la imposición se convirtiera en un exhorto pastoral. Y en las otras dos cuestiones, el entonces secretario general y canciller, Francisco Navarro, le envió una carta informándole previamente de la nueva redacción de los preceptos. Es decir, la jerarquía eclesiástica le dio una suerte de derecho de audiencia antes de dictaminar. Moeckel mostró la carta de Navarro el otro día en la Universidad de Sevilla con ocasión de un curso sobre Derecho y Cofradías de los que promueve el profesor Martín Serrano, una iniciativa de altura que es digna de elogio. El letrado del Arenal reivindicó una especie de memoria histórica. Aquello fue un debate de altura, donde el cardenal vio un interlocutor con el que se podía discutir. Y el interlocutor supo defender su posición sin convertir jamás al cardenal en una figura vulnerable. La prueba es que, al final, Don Carlos le concedió por motivos varios la medalla Pro Ecclesia et Pontífice. Conviene recordar estos hechos. Conviene defender el derecho de audiencia. Conviene saberse la historia reciente.

cartel junio

El éxito de un cartel

El miércoles se presentó el cartel del junio eucarístico que edita el Consejo, obra de los hermanos Rubiño. Han empleado técnicas de representación arquitectónicas para conseguir un efecto tridimensional, de maqueta. El cartel combina con armonía la tradición con la modernidad. Tiene mucho de infografía, de horas de ordenador bien trabajadas. Hay que felicitar al Consejo que preside Joaquín Sainz de la Maza por esta apuesta. No le ha faltado ni la prueba del algodón del éxito, que es el cuarto y mitad de guasa de ciertos conspicuos cofrades que dicen que parece el cartel de un congreso de numismática. Como cuando dijeron del apaisadísimo cartel de las glorias  de 2016 que servía para anunciar el vía crucis de Itálica por lo oscura que estaba la escena. Lo peor de un cartel, de un pregón, de cualquier actividad pública que se ejerza en Sevilla, es que no genere ni cien gramos de guasa.  Este cartel de los Rubiño es muy bueno. Por eso se remata como las cofradías perfectas: con el cortejo del preste de la guasa hispalense.

 

 

 

 

Aquellos crucifijos de Derecho

El Fiscal | 30 de octubre de 2016 a las 19:29

Estudiantes
QUÉ feliz está Antonio Piñero con el regalo que ha recibido de la Hermandad de los Estudiantes en homenaje a sus ocho años como hermano mayor. Está pletórico por dos motivos. Primero, porque no se trata de una foto tamaño XXL con un marco dorado recargado con volutas y otros espantos. Ysegundo, porque se trata nada menos que de una preciosa réplica de los crucifijos que en tiempos presidían las aulas de la Facultad de Derecho. La tabla es obra de Ricardo Suárez, el artista que tiene perfectamente cogida la medida al Cristo de la Buena Muerte, tanto en pintura como en escultura de bajorrelieve.
El actual hermano mayor, Jesús Resa, no dudó a la hora de elegir al autor de un encargo tan particular. Quién mejor que Ricardo. Piñero siempre ha echado de menos que la Hermandad de Los Estudiantes no conserve ninguna de aquellas preciosas tablas, retiradas en 1998 siendo decano el desaparecido Manuel Ramón Alarcón, que camufló su objetivo con la orden de pintar las aulas y la apostilla expresa de no dejar puestas las alcayatas. Las tablas, que habían sido colocadas en 1956, fueron depositadas en un almacén y, con el paso del tiempo, acabaron en los despachos o domicilios particulares de algunos catedráticos y profesores.

La Universidad de Sevilla venía por aquel entonces de estrenar un servicio de asistencia religiosa que fue pionero en España, copiado después por otras universidades, y que fue posible gracias a las facilidades dadas por un rector que no era precisamente conservador: Javier Pérez Royo. Aun así, las tablas fueron retiradas no sin cierta polémica. Esta obra de Suárez muestra a muchos cofrades jóvenes una estética del Cristo de la Buena Muerte desconocida para ellos.

Quizás lo sustancial sea que, al menos, la hermandad sigue en su casa:la Capilla de la Universidad. Que también hubo intentos, ya superados, para efectuar un desahucio.

Contraluz de verano

El Fiscal | 26 de junio de 2016 a las 5:00

6.4.04. ESTUDIANTES FOTO:JOSE ANGEL GARCIA
A cada lunes le sigue un martes. A cada hora otra hora. No hay un solo lirio a solas porque no se entienden los lirios sin monte, ni el monte sin cruz, ni la cruz sin un Cristo, ni un Cristo sin sudario. Una llamada, un mensaje, un aviso. Los lirios de verdad brotan cuando se necesitan, no sólo en marzo, que para eso están los invernaderos de la memoria, para tener siempre flores de guardia. Hay lirios que son alabardas de la fe de guardias suizos sin uniforme. Se les necesita a deshoras y brotan con la fuerza de la temporada alta, como cuando marcean a los pies de la Buena Muerta bajo el azul Contratación. Llamas a los lirios y los lirios vuelven, como cuando brotan cada primavera esas florecillas moradas que amanecen un buen día bajo el azulejo particular del Porvenir donde nunca faltan plegarias al Dios de la hermosa cabeza tronchada.

Sí, los lunes son la antesala de los mejores martes. Y los martes están grabados con los contraluces del calor y la lluvia, la gloria y la fatiga, la incertidumbre y la esperanza, la estrechez del esparto y la sotana suelta de los monaguillos. Este lunes dejaremos lirios a sus pies para que no le falten al martes siguiente, siempre martes, que la lonja es muy larga, amigo, y quedan muchos Postigos que cruzar. Este lunes oiremos las oraciones de Juan del Río, micrófono, estola, libro, mientras cada penitente carga su cruz y va cruzando los patios de su existencia hasta salir al atrio final.

No hay lunes sin martes. No hay penitente sin cruz. Siempre hay cirineos para cada penitente. No hay martes que la lluvia deje sin ser santos, ni vida sin días de lluvia que obliguen a buscar arquillos de refugio. La soledad de esta capilla siempre espera que alguien aparezca con lirios para dejar una súplica a deshoras, sólo alertada por el zumbido de un ventilador, el crujido del respaldo de un banco o la mirada de un apóstol orillado en un altar. Es el Día de San Juan. La Buena Muerte está en su soberbia cotidianidad de blandones y sagrario de plata.

La capilla recluye nazarenos todo el año, nazarenos de paisano que cruzan la lonja, sin guiones ni heráldicas en latín, para dejar los lirios de sus peticiones. Estos lirios son de los buenos, nunca se marchitan, sus pétalos se abren como un abrazo fraternal, se alzan para ver bien cómo la cara del Señor descansa sobre el pecho. Estos lirios del verano que mañana dejaremos otra vez a sus pies no se secarán porque traen el agua fresca renovada de años y años de su propia casa, donde los azulejos se proveen de sus propias flores cada cuaresma para recordar que la cera siempre alta, el recuerdo siempre vivo y la mirada siempre al frente.

Qué lunes más feliz el de mañana, qué víspera más hermosa de martes, qué lirios más robustos tiene el Señor a sus pies, qué contraluz de verano más prodigioso. Siempre hay lirios de guardia en la Capilla de la Universidad.

Y Los Estudiantes confía en Reyes de la Lastra

El Fiscal | 10 de noviembre de 2015 a las 5:00

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LA junta de gobierno de la Hermandad de los Estudiantes ha encargado a Reyes de la Lastra la realización del cartel anunciador del pregón universitario, que correrá a cargo de Alejandro Mañes. El hermano mayor, Antonio Piñero, está feliz porque tiene plenas garantías de que la obra será del agrado de la cofradía. ¿Por qué? Pues porque ha departido con la autora a la vera de la Giralda y ya conoce cómo será concebido. Lastra sabe perfectamente cuáles son las claves de la cofradía de la Universidad y de ese acto en particular, modelo de alianza entre la cultura (paraninfo y guión de la facultad del orador) y la fe (estandarte corporativo). Seguro que el mejor Dios, cruz clavada en el monte de lirios, estará presente en su obra. Yseguro también que disfrutará con el encargo. Porque esta pintora disfruta con pasión de su oficio, de la ciudad en la que vive y del mundo entero, que para eso es componente de la Asociación de Damas Diplomáticas. No se extrañen si el día de la presentación de su cartel acuden princesas árabes a arroparla. Y su amiga Rosamar Prieto-Castro, la que muchos siguen considerando como delegada de Fiestas Mayores del Ayuntamiento.

Predilectos

El Fiscal | 12 de abril de 2014 a las 5:00

ASÍ se refirió a ellos José Ignacio del Rey, el diputado mayor de gobierno. Los monaguillos son los hermanos predilectos de la cofradía, los más importantes, a los que más se mima y se cuida, en los que más se piensa. Los Estudiantes llevará este Martes Santo 114 monaguillos delante del Cristo de la Buena Muerte y 128 en la Virgen de la Angustia. Se tiene tan clara la importancia de estos hermanos que en caso de lluvia se piensa en ellos antes incluso que en las propias sagradas imágenes, tal como se deja claro en el protocolo de actuación. Un cuerpo especial de hermanos, nazarenos y de paisano, vigila por la seguridad de estos hermanos. Se tiene preparada toda una logística para prever al detalle cualquier incidencia. Resulta elogiable que haya quienes tengan claro que cuidar a los monaguillos es preparar el futuro. Porque no siempre ha sido así. Y ahora que es así, hay que destacarlo.

Eduardo Ybarra, la referencia

El Fiscal | 19 de enero de 2014 a las 18:18

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La vida de don Eduardo Ybarra era una continua jornada de puertas abiertas. Para visitar su hermandad, su casa, la antigua Dolorosa que preside el patio, su biblioteca, la academia… Donde él estaba, se podía entrar. Justo lo contrario del perfil del sevillano habitual de puerta cerrada y mirada desconfiada tras el visillo. Sus años al frente del Silencio fueron precisamente los del aperturismo y el crecimiento. La cofradía pasó de poder tener sentados a los nazarenos en unos cuantos bancos del atrio a sufrir verdaderas estrecheces. El contexto era el de una Semana Santa marcada por el boom, los años de las grandes bullas, de las masificaciones que luego han ido menguando por efecto de la televisión y otras causas. Todo podía aumentar, engrandecerse o salirse de medida, pero el estilo no debía cambiar nunca. Ahí estaba la clave. Y don Eduardo fue siempre en eso una referencia, la referencia de varias generaciones de sevillanos y hermanos del Silencio.
Don Eduardo era mucho más que el Silencio, porque pertenecía a ese selecto grupo de hermanos mayores que no perdían cobertura al salir de la casa de hermandad. Era alguien en la ciudad antes y después de ser hermano mayor. Así de simple. Con sentido del humor reconocía en algunas de sus intervenciones que era consciente que para muchas personas había sido el hermano mayor del Silencio, más allá de otras responsabilidades públicas. Y es verdad que en el Silencio pasó más preocupaciones que en la Academia de Buenas Letras, como también confesó alguna vez. Una junta en la academia era una experiencia mucho más tranquila que un cabildo en la hermandad.
Los Martes Santos se vestía de ruán en la Universidad. Con toda sencillez se tapaba el escudo de las Cinco Cruces con un trozo de tela y un imperdible. Era más hermano de la Buena Muerte que de Los Estudiantes. Con sencillez también se preocupaba de todo tipo de detalles:servirle el agua al conferenciante invitado, atender personalmente a los jóvenes de la cofradía, a los que reunía en tertulias de noches de verano para saber por qué se sentían atraídos por el Silencio; preocuparse de que ningún hermano se quedara sin hacer estación de penitencia por problemas económicos (“Acudan a mí en cualquier momento, me paran ustedes por la calle si es preciso, que todo quedará en confidencia”), de que hubiera un refrigerio para todo el que visitara su casa solariega de la calle San Vicente en días de calor, o de que no se bebiera ni comiera nada en la casa de hermandad en los días de reparto de las papeletas de sitio por respeto a los hermanos que hacían cola. Hoy se precisa más que nunca en las cofradías ese estilo, esa forma de hacer las cosas y ese saber estar que hacen que una persona tenga el valor de la referencia.
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