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La fuerza de la inocencia

El Fiscal | 4 de junio de 2017 a las 5:00

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LA verdad está en los niños, en sus rostros indisimulados, carentes de hipocresías, exentos de cinismos de laboratorio. Los niños dicen la verdad desnuda, que es la mejor verdad. Hay niños del Silencio que salen a cara descubierta, que es lo más difícil. No hay antifaz que cubra el rostro de sueño, ni que permita la relajación de un bostezo por Francos, ni un movimiento para aliviar el cuello por Cuna, ni por supuesto un esparto ceñido que ayude a mantener la verticalidad cuando el sueño busca las tablas por la Plaza del Duque. Son niños expuestos a las miradas, al juicio de los que acuden al encuentro del Dulce Nazareno y de los ojos almendrados de la Concepción. Estos niños del Silencio están más obligados que nadie a mantener la compostura. Están sencillamente expuestos. No se pueden quejar de la cera caliente que se derrama por sus manos, tienen que llevar los cirios erguidos, sin caer en la tentación de usarlos como báculos ni de portarlos con la fea inclinación de una caña de pescar. He visto ya hasta tres veces cómo son arrollados estos niños del Silencio que forman tras el paso de palio acompañando al preste:en los años 2000, 2015 y 2017. Son los niños del cortejo litúrgico del Silencio, algunos tienen sólo diez años y asumen libre y voluntariamente pasar la noche en vela detrás de la Virgen de la Concepción, soportando en ocasiones la mala educación de quienes no viven la Madrugada sino vivaquean la noche, aguantando en silencio preguntas o comentarios impertinentes y recibiendo también el cariño discreto, casi imperceptible, de algunos familiares: una fotografía desde un palco, algún guiño al pasar por el Aero de la Avenida, sonrisas cómplices para aliviar los metros finales de la estación de penitencia. Los niños del Silencio, estos niños del cortejo litúrgico, estaban adiestrados en caso de avalancha, pero tuvieron la mala suerte de que la primera les sorprendió en la Plaza del Salvador, sin pared en la que cobijarse.

Hace unos días que han aparecido los dibujos realizados por uno de estos niños que sufrió los tumultos. Se titulan Cómic de la Madrugada de Semana Santa. El pequeño autor describe su salida en condiciones de “normalidad”, precisa que fueron dos las avalanchas sufridas, cuenta que había una “montón de cosas rotas” por el suelo y sobre todo y por encima de todo, deja un mensaje que es toda una proclama de esperanza en futuras Semana Santa sin incidentes: “Al final todo acabó bien”.
Estos niños del Silencio, los últimos de la cofradía, los que cierran la comitiva más fugaz de la Semana Santa, rápida en su caminar y lenta al pasar las páginas de la Historia, merecen todos los esfuerzos posibles para que nunca vuelva a ocurrir lo que sucedió la pasada Madrugada. Por ellos –porque a ellos hay que legarles la Madrugada sin sobresaltos que a nosotros nos fue transmitida– hay que hacer lo imposible para que las cofradías no sean expuestas al riesgo. Los niños del Silencio, los monaguillos del Gran Poder, los pajes del Calvario, los innumerables nazarenos jóvenes de la Macarena, la Esperanza de Triana y Los Gitanos. La Semana Santa no puede prescindir de ninguno. Sería una derrota. Pudieron romperse cirios y cruces. Pudieron volar los canastos y quedar algún antifaz prendido de una reja a la espera de dueño, pero nunca podrá quedar la rota la ilusión infantil por la noche más hermosa de la ciudad.

Lo dijo alto y claro Jaime Rodríguez Sacristán, catedrático de Psiquiatría: los niños no pueden cogerle miedo a la Madrugada. Frente al miedo hay que contraponer la devoción, la historia y la tradición. Nada como hablar, escribir o dibujar para expulsar el demonio del pánico. Nadie puede derribar más de siete siglos de historia con una algarada. Porque al final –siempre– todo acaba bien. Lo dice uno de los niños del Silencio, uno de los que mira al frente en clara expresión de futuro, uno de los que aprende a ser nazareno sin túnica: el reto más difícil, el objetivo más hermoso.

 

Sev.

 

El proceso está en marcha

Las conversaciones para ampliar la nómina de la Semana Santa han comenzado. Las cuatro hermandades interesadas ya se han reunido en el Consejo con la cúpula de la institución. La Misión, la Corona, la Milagrosa y Pino Montano son las cuatro hermandades que tienen solicitado su ingreso desde los tiempos de Adolfo Arenas en la presidencia del Consejo. Sainz de la Maza se ha comprometido a tramitar las solicitudes. Prosperarán o no, pero lo que no quiere es que se pasen más años metidas en un cajón. El primer acuerdo que se ha tomado es que los delegados de penitencia trabajen, tomen el pulso a sus días, evalúen las opciones de horarios e itinerarios y, después, ya se verá. Los estatutos son claros en esta materia: se precisan dos terceras partes de las hermandades de cada jornada para permitir el ingreso de una nueva. En el Consejo aseguran que mantendrán una especie de neutralidad activa. Sin más.

El guardián de la antigua Concepción

El Fiscal | 28 de diciembre de 2015 a las 12:44

CONCEPCION
LOS ojos claros a media luz. Las gafas de pasta fina. El botón de la chaqueta abrochado y las manos en los bolsillos. “Eres el más bohemio de los Ybarra, como tu primo Eduardo es el más capillita de los Ybarra”. Las risas. El jajajá del hombre feliz en su mundo, en su entorno, en sus cosas. Quien escribe expulsa los gatos de la barriga. Iñigo Ybarra Mencos tenía el encanto de un nazareno raso, tan pronto con cirio como con vara, tan pronto dejando la túnica colgada algunas madrugadas para adentrarse en otros meandros de la noche. Su mundo casaba mal con la obligación de tener que salir de nazareno todos los años. Todos sabían que era del Silencio por Ybarra. Con eso bastaba. Y cumplía una función no asignada por ningún cabildo, no encomendada por ningún hermano mayor, no solicitada por ningún grupo de hermanos inquietos. Iñigo estaba siempre en la casa solariega de la calle San Vicente dispuesto a abrir la verja para que cualquier hermano que rezara entre barrotes a la antigua Virgen de la Concepción –la que salió hasta la Madrugada de 1954– tuviera acceso libre al patio. Absolutamente libre. Convertido en una suerte de albacea de la antigua dolorosa de Cristóbal Ramos, la de la mirada caída y las manos descascarilladas, Iñigo no permitía que hubiera un hermano en el zaguán forzando la perspectiva para dejar su plegaria a esa vieja madonna sin crestería, escoltada por dos candeleros con las cinco cruces de Jerusalén, a la que no faltan unos ramitos de azahar auténtico la mañana del Viernes Santo.

No era mucho del Silencio, de ejercer en la vida cotidiana de la cofradía, mucho menos de politiqueos o cabildeos de baja estofa, pero Iñigo tenía el encanto risueño del nazareno raso, del cultureta que sabe apreciar sin complejos el mundo de las cofradías; la lealtad de la rama fiel al tronco, el espíritu intelectual que sabe combinar a la perfección su bohemia, su libertad, su caminar sin más rumbo fijo que las pausas marcadas por escaparates de libros o tertulias escogidas de taberna, escribir del mundo que se siente y del mundo que se observa, cumplir con el hermoso rito de estar la mañana del Jueves Santo en el bullicio ordenado del atrio de San Antonio Abad, con esa sensación del que está porque hay que estar, porque antes estuvieron otros y el próximo Jueves Santo estarán otros por él, recordar aquellos años de Madrugadas de pajecillos asustados entre escasos nazarenos, tan pocos que podían aguardar la salida de la cofradía sentados en esos bancos tan incómodos, de respaldo tan recto que parecen diseñados para mantener todo el año la verticalidad propia del nazareno de ruan en las grandes solemnidades.

Iñigo Ybarra será siempre el guardián de la Virgen de telas encoladas por Abascal, el hermano perdido en su feliz diáspora interior, el amable santero de la antigua Virgen, siempre dispuesto a abrir la verja para que no le falten las plegarias a aquella Dolorosa que se evoca en blanco y negro, en un paso de plata con las flores justas y con una separación considerable entre candeleros. Será siempre el escritor que cumple la función de observar y narrar, de alimentar su interior y desdeñar la apariencia, de ser respetuoso con el legado recibido al mismo tiempo que se forja su perfil propio, el paseante por el centro de exquisita educación en el saludo, tal como era su padre. “Allí está la Virgen, cuando quieras te abro la verja. Y si yo no estoy, por favor pide que te la abran”.

Veo hoy a Iñigo dejándose perder por Tetuán o Velázquez, entre Beta y la Casa del Libro, mascullando el próximo artículo para Diario de Sevilla, antes de poner rumbo a la calle San Vicente, donde la ola de sus días encontraba la playa serena del descanso. 55 años son muy pocos años, muy pocas madrugadas, muy pocos libros, muy pocas tertulias, muy pocos cirios alzados al cuadril, muy pocos artículos, muy pocas veces metidas las manos en los bolsillos como gesto de respetuosa distancia con el exterior.

Hoy rezaremos entre barrotes a la antigua Concepción que lleva esculpido el sepia de la memoria en su ajada policromía. Daremos gracias por el encanto de un nazareno raso, por el escritor con fe, por el buen hermano primitivo que a nadie molestó al vivir a su manera, que jamás pisó la raya de picadores de la mala educación, el desdén con el prójimo o la altanería propia de otros hombres leídos. Nadie nos abrirá la verja de la casa familiar de San Vicente, ni vamos a pedirle a nadie que lo haga. Hoy no, hoy nos quedaremos esperando a que Iñigo pase por el patio camino de otra estancia y advierta nuestra presencia para ofrecerse con esa amabilidad en desuso a facilitarnos estar cara a cara con la Virgen. Guardaremos el luto de esparto y cola larga sobre el antebrazo y musitaremos lo de siempre para oír la misma risa con las manos en los bolsillos y el azul de los ojos a media potencia: “Eres el más bohemio de los Ybarra”. Era tan buen nazareno que jamás le hizo falta la túnica para serlo.

La crisis de autoridad

El Fiscal | 26 de octubre de 2015 a las 10:56

MADRUGÁ  EL GRAN PODER
EL lío de Madrugada está descubriendo incapacidades y prepotencias, inutilidades y caracteres pusilánimes, chulerías y ánimos serenos. Algunos han exhibido su verdadera talla, a otros se les ha visto la piel de lobo (¡Auuuu!) bajo el disfraz de aparente cordero y, en general, se ha confirmado casi todo lo que ya se intuía sobre los perfiles de cada uno de los protagonistas de esta trama.

–¡Vaya trama!
–No lo sabe usted bien.

Recuerdo una tarde de llamadas telefónicas a varios hermanos mayores para actualizar la información del programa de mano de Semana Santa. Cuando se preguntaban los datos de las flores, la saya de la Virgen, el número de nazarenos aproximado y otras observaciones, la mayoría de las respuestas eran reveladoras. “Las flores y la saya son decisiones del prioste”. “Tengo que consutarlo con el prioste, no quiero condicionar su decisión”. “El número de nazarenos hay que esperar a lo que diga el mayordomo”. “La túnica del Señor se decide en la junta de gobierno”. “No le puedo decir ningún dato en firme, llame al mayordomo”. Era raro, diríamos que un caso insólito, el hermano mayor que demostraba un conocimiento exhaustivo de su cofradía o que gozaba de autoridad para obtener con un golpe de teléfono los datos precisos.

La crisis de autoridad que padece la sociedad actual, donde se confunde autoridad con autoritarismo, no es ajena a las cofradías. La autoridad y la negociación son conceptos sustituidos por tabúes como el diálogo y la búsqueda del consenso, marcas blancas que la mayoría de las veces son escondrijos para tapar los perfiles débiles, incapaces o acomplejados. ¿Qué es eso de que unos hermanos mayores provocan que el Consejo haga el ridículo y no atienda a los medios de comunicación después de haberlos convocado? ¿Qué clase de desconocimiento del mundo actual revelan quienes imponen el apagón informativo sobre una reunión y sobre un dossier cuyos folios acabaron publicados en estas páginas en menos de 24 horas? ¿Qué es eso de recurrir a la “necesaria y obligada” consulta a la junta de gobierno para aplazar cualquier pronunciamiento? ¿Qué clase de dirigentes aceptan con resignación hacer el ridículo de comparecer ante los medios para decir que no pueden decir nada? El Consejo, sin saberlo, inventó ese día la rueda de prensa sobre la nada con el aval de la autoridad eclesiástica. Habíamos visto el ridículo del plasma de Rajoy o las convocatorias de los grandes partidos políticos que leen un comunicado y no admiten preguntas. Pero nunca la citación a la prensa para el esperpento nunca visto, la vuelta de tuerca al género absurdo, el no se vayan todavía que aún hay más, el ejemplo más nítido de que lo mejor está por llegar:

–Buenas noches. Les hemos convocado para decirles que no podemos decirles nada.

Aquí nadie dice nada. Nadie decide nada. Todo el mundo tiene que consultar, delegar, consensuar y mover el tio-vivo para que los caballitos queden en la misma posición. La perdiz mareada. Las cofradías sufren una crisis de autoridad. El nuevo poder son los priostes, los capataces, los sacristanes, los costaleros. Y en esta tesitura, el más bravuconcete de la clase se lleva el gato al agua. Aunque tenga que consultar con la junta de gobierno, por supuesto. Menuda liturgia boba. Qué tropa.

Madrugada 04:37

El Fiscal | 13 de abril de 2015 a las 10:58

Gráfico: Detalle de los incidentes de la Madrugada de 2015

Gráfico: Detalle de los incidentes de la Madrugada de 2015. Pinche para ampliar.

 

 

TODO estalla a las 04:37 minutos. Ahí se quiebra verdaderamente la Madrugada. El golpe desaborla el cortejo de una cofradía de siete siglos, cuyos nazarenos se recomponen con gran celeridad por el sentido de la disciplina que todo hermano del Silencio lleva interiorizado, sello del patrimonio inmaterial de esta primitiva cofradía. La noche había transcurrido con normalidad con el único antecedente, aislado hasta entonces, del tumulto que afectó a los tramos del Señor de la Salud, de Los Gitanos, en la calle Butrón.

El caso es que a las 04:37 minutos del Viernes Santo se sufren los efectos de una gran estampida en lugares muy distintos como el sector de Orfila, Cuna, Lasso de la Vega y el sector de la Plaza del Duque. El Ayuntamiento atribuye todo a las carreras generadas por la intervención policial en una reyerta en la Plaza de la Encarnación. Pero la Encarnación y el Duque están separados en Semana Santa por las parcelas de sillas de la Campana, que actuarían como bloque de contención de la fuerza arrolladora procedente de Laraña. Y en la Campana a esa hora estaba entrando la Macarena con toda normalidad y sin el menor incidente. La primera hipótesis que se baraja, por lo tanto, es que no sólo fue la reyerta de la Encarnación la que sembró el pánico en la cofradía del Silencio. Hubo, al menos, una estampida más que afectó a la cabeza del cortejo, situada en el Duque. La otra hipótesis, la que defiende el Ayuntamiento y la Policía Nacional, es que las carreras provocadas por la reyerta en la Encarnación sí tuvieron fuerza como para expandirse en menos de un minuto hasta el Duque, pues habría habido gente de Orfila y Lasso de la Vega que desembocó en el Duque a través de la calle Tarifa.

Madrug‡ Peleas y gente corriendo en la calle Cuna y Encarnaci—n.

Así se vivió el tumulto

Son las 04:37. La Santa Cruz está en la Plaza del Duque, justo a la altura de la puerta de acceso al gourmet de El Corte Inglés. El fiscal reanuda la marcha con toda naturalidad, según lo previsto, cuando una avalancha procedente de la zona central de la plaza, justo desde el lugar donde se localiza el monumento a Velázquez, se dirige contra los primeros tramos de la cofradía. El fiscal de cruz protege con sus brazos a los dos pequeños pajes que lo flanquean y se los lleva a los soportales de los grandes almacenes, donde los mantiene a salvo junto a una columna durante los instantes que duran los tumultos. La madre de uno de los pajes contempla la escena y agradece la labor inmediata y rápida del fiscal de cruz. Pasan dos o tres minutos. No más. La cabeza del cortejo se recupera para reanudar la marcha. Un agente de Protección Civil solicita entonces al mismo fiscal de cruz que no tenga prisa en regresar a San Antonio Abad –“déjese ir un poquito”– porque el ambiente en las calles Alfonso XII y El Silencio no es el más apropiado para la entrada de la cofradía. Hay que dar tiempo a la Policía a garantizar la seguridad de la entrada. La Santa Cruz entra finalmente a las 4:46 en lugar de a las 4:42, un pequeño retraso obligado que terminaría siendo más que recuperado.

Todos los tramos de nazarenos sufren en mayor o en menor medida los efectos de la algarada. La representación de la Hermandad de Jesús Nazareno de Setenil de las Bodegas, situada justo delante del estandarte que abre el último tramo del Señor, sufre la avalancha en la calle Aponte. El hermano mayor de esta cofradía gaditana pierde la medalla. De esta representación forma parte una nazarena embarazada que es instada por el diputado canastilla a tomar asiento en un marmolillo de grandes dimensiones. El diputado acaba en el suelo cuando trata de asistir a esta señora. Los dueños del restaurante chino de la calle Aponte sacan botellas de agua que ofrecen al público y a los nazarenos. Se trata de calmar los nervios.

El paso de Jesús Nazareno se encuentra a las 04:37 avanzando por la confluencia de las calles Javier Lasso de la Vega, Amor de Dios y Tarifa, un punto especialmente conflictivo en 2000. El capataz ordena arriar el paso en cuanto comienza el tumulto. Uno de los pajes sale corriendo ante la fuerza arrolladora que viene por detrás del paso procedente de Orfila. Su padre, que va de contraguía, se lanza a por el pequeño y se lesiona la clavícula. Los demás pajes se refugian en el interior del paso. Uno de los agentes de la escolta de la Guardia Civil desaparece de la escena sin que nadie acierte a saber el motivo. En lugar destacado del público está el joven sacerdote Antonio Romero Padilla, párroco de Carrión de los Céspedes. Vestido de clériman, es de los escasos miembros del público que no sólo no se lanza a la carrera, sino que contribuye a calmar al público. Entre las personas a las que asiste se encuentra, presa de un ataque de nervios, una mujer ciega que aguardaba en primera fila a tocar el paso de la Virgen en recuerdo de su madre fallecida recientemente, de nombre Concepción. La labor de este cura resultó clave para reinstaurar la calma, al igual que la de un agente de la Policía Nacional que luce la medalla de la hermandad y que desde el primer momento recorre el cortejo de tramos del Señor moviendo los brazos en señal de tranquilidad. Todo ocurre en pocos minutos en un contexto de gritos, rostros de pánico y escenas de angustia. Los tramos se rehacen muy pronto. Hay nazarenos a los que les tiemblan las manos. En el público hay pequeños y mayores sumidos en la congoja. La capilla musical recibe instrucciones para no dejar de tocar las saetillas hasta la entrada.

Los tramos de cera blanca se despliegan por Lasso de la Vega y Orfila, donde un particular toma un vídeo que resulta clave para que la ciudad se haga una idea tanto de la agresión sufrida por la cofradía como del sentido de la disciplina de los nazarenos del Silencio. El tramo tercero, el de las cruces, está formado en la curva entre Orfila y Lasso de la Vega en el momento de los tumultos. Los penitentes ruedan, se parte una cruz, desaparecen dos cruces y aparece un antifaz por el suelo. La representación de los Panaderos se refugia en el interior de su capilla, que ofrece para atender a los nazarenos con ansiedad y al público en general. Un nazareno se protege de la turbamulta encaramado a un ventanal. Las vallas de la puerta de la capilla de Los Panaderos se caen y provocan un estruendo que aumenta aún más la alarma. Hay diputados que preguntan uno a uno a los nazarenos de su tramo por su estado de ánimo. Dos diputados exteriores, que van de paisano, hacen lo posible por calmar a los nazarenos y atienden a varias mujeres con ataques de ansiedad. San Antonio Abad está cerca. Un diputado va con el canasto roto. Alguien del público le ayuda a recuperar los papeles con el listado del tramo. Un agente de la Policía Nacional se dedica en exclusiva en el arranque de la calle Orfila a tranquilizar a una joven que muestra evidentes síntomas de estar sufriendo un cuadro de ansiedad. Toda la cofradía queda marcada por el miedo a una réplica de las avalanchas. Pero toda la cofradía retoma el paso en orden y compostura. Y la inmensa mayoría del público también.

El paso de la Virgen de la Concepción está a la altura del número 11 de la calle Cuna a las 04:37. Está arriado cuando se percibe el estruendo que antecede a la avalancha. Un testigo cualificado asegura que la estampida procedente de la Plaza de la Encarnación es similar a las carreras de los Sanfermines. Los ocho policías que hay en la confluencia de Laraña con Orfila no pueden detener a la masa. El fiscal del paso protege a todos los pajes. El público que corre aparece por los laterales del paso. Los manigueteros traseros salen despedidos. Uno de los pajes que realiza funciones de peón y que se sitúa detrás del paso decide refugiarse en un bar muy próximo. Después retorna a su lugar con toda naturalidad. El cortejo del preste, situado a la altura del número 13, se rompe al completo. Sus componentes, donde hay varios niños de diez años, se protegen pegándose a las fachadas de los edificios de ambas aceras. En medio de la fila sólo queda un agente de la Guardia Civil que se echa la mano al arma reglamentaria mientras escruta su alrededor. Uno de los acólitos veteranos que flanquean al preste también recupera muy pronto la posición en el centro de la calle y pide calma. El diputado canastilla del cortejo está con los brazos abiertos protegiendo contra la pared a cuatro o cinco acólitos, todos ellos menores. Una señora del público pide tranquilidad y ofrece al canastilla un auricular de la radio para que compuebe que la Macarena está entrando en la Campana con toda normalidad. “¡No pasa nada, no pasa nada, puedes escucharlo, os quieren hacer lo mismo que en 2000!” Aparecen rápidamente varias madres de acólitos. Se hace recuento de todos los niños y se comprueba que ninguno ha perdido los zapatos. El cortejo del preste no se recompone hasta que entra en Javier Lasso de la Vega, cuando se vuelven a encender los cirios, pero varios están rotos. Queda una hora para la entrada del paso de palio, una hora de tensión contenida. Cuando el paso entra a las 05:38, el agente de la Policía Nacional se dirige al diputado canastilla en el último tramo del recorrido: “Mete ya el tramo que por el Museo hay más guasa”. El cortejo del preste no espera a que el paso avance en el interior del temlo y deje espacio libre. Todos los niños acceden al templo pegados al manto o haciéndose hueco por los laterales. La puerta es cerrada. La fiera ruge en el exterior. La angustia, como la procesión, queda dentro.
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El nazareno descalzo

El Fiscal | 2 de febrero de 2015 a las 5:00

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Se fue racheando el paso por las calles San José y Santa María la Blanca, parada cotidiana para avituallar en La Candelaria o El Cordobés. Venía cargando la mochila de una enfermedad que enlentecía sus reflejos, poblaba la barba canosa y cansaba la vista. Fue un gran nazareno en sus días de vigor, un nazareno siempre descalzo. Tanto que se hizo cargo muchísimos años de la cofradía que quizás es más difícil de organizar: la del Gran Poder. Sacar a la calle dos mil nazarenos con disciplina de ruán y un recorrido de vuelta que ahuyenta al más devoto no es una empresa fácil. En sus últimos años dejó el patetismo del Gran Poder, del que fue costalero de la primera cuadrilla de hermanos, por la dulce altivez de Jesús Nazareno, se reencontró con otra de sus devociones. Cambió la heráldica de los angelotes (In mau ejus potestas et imperium) por las cinco cruces, Señor, que al lado del corazón llevamos tus nazarenos. Tal vez quiso dedicar sus últimas Madrugadas a su otra devoción, de calzado sin adornos y cola recogida por el antebrazo. Encerrada la cofradía y mudos los chasquidos de los canastillas, José León Rajo jamás dejó de acudir a ver la cofradía del Gran Poder, que le gustaba apurar desde los Lacave hasta los palos que cierran el tramo de penitentes del Mayor Dolor y Traspaso. Estar a su lado en esos momentos era toda una experiencia. Nunca usó artilugios para localizar la cruz de guía ni los dos pasos. Tenía sus propias coordenadas de geolocalización. “Cuando la cruz de guía está en la farmacia de la calle Zaragoza es cuando el paso de Virgen ha salido de la Catedral”. Y no fallaba.
Cuantísimos nazarenos no le daban una leve cabezá de saludo a Pepe León, cansino ya el cortejo por Virgen de los Buenos Libros y San Juan de Ávila. “Detrás de la insignia que ahora viene debe estar uno que siempre va con el cinturón de esparto caído… Míralo, míralo. Siempre decía que al año siguiente se lo arreglaba y ya lo ves”. Y tras el Señor, los privilegiados nazarenos de los palos. “Ese que me ha saludado pidió un año un palo por una enfermedad. Y ahí sigue…”

Veo hoy a Pepe León soltando sus perlas de hombre sin complejos, estilo directo, provocador y carcajada profunda. Está en la tertulia de casa de José Yebra, en los viernes del Señor o en el cabildo de disciplina del Silencio dando cuenta de las incidencias ante el Monumento. Lo veo yéndose lentamente hacia la Puerta de la Carne, palillo en la comisura de los labios, a la velocidad de un paso de palio que sabe que va camino de la última recogida, que ya no habrá más genuflexiones ni habrá que ordenar los cirios arriba. Lo veo en un velador junto al quiosco de prensa desde el que me pregunta por las cofradías y vuelve a declinar mi ofrecimiento para un reportaje sobre su historia personal de tantas noches de logística en San Lorenzo.
Se fue el nazareno que sacó el Gran Poder sin más ayuda que su experiencia de años, sin necesidad de GPS ni equipos transmisores; el nazareno que se hacía el recorrido en los días previos para estudiar todos los posibles obstáculos. Su Semana Santa era otra desde hacía mucho tiempo. Sólo quería ya sentarse en la sala capitular del Silencio a oír el acta del cabildo anterior, a recrearse en la intendencia de una cofradía de tiralíneas y a sentir el inigualable calor de una tertulia improvisada en el atrio. Se fue el nazareno bajito, enérgico y puntiagudo del Gran Poder que no quiso dejar de llevar prendidas las cinco cruces de amor. Sabía Pepe León que todo nazareno del Silencio juega con la hermosa ventaja de poder encontrarse con el Gran Poder al alba, quizás en sus horas más bellas para el público y más sufridas para sus hermanos.

Oigo hoy el chasquido de sus dedos, se levanta la cera morada y se marchan juntos todos esos nazarenos a los que no hace falta la túnica para verles hechuras de Madrugada.

Eduardo Ybarra, la referencia

El Fiscal | 19 de enero de 2014 a las 18:18

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La vida de don Eduardo Ybarra era una continua jornada de puertas abiertas. Para visitar su hermandad, su casa, la antigua Dolorosa que preside el patio, su biblioteca, la academia… Donde él estaba, se podía entrar. Justo lo contrario del perfil del sevillano habitual de puerta cerrada y mirada desconfiada tras el visillo. Sus años al frente del Silencio fueron precisamente los del aperturismo y el crecimiento. La cofradía pasó de poder tener sentados a los nazarenos en unos cuantos bancos del atrio a sufrir verdaderas estrecheces. El contexto era el de una Semana Santa marcada por el boom, los años de las grandes bullas, de las masificaciones que luego han ido menguando por efecto de la televisión y otras causas. Todo podía aumentar, engrandecerse o salirse de medida, pero el estilo no debía cambiar nunca. Ahí estaba la clave. Y don Eduardo fue siempre en eso una referencia, la referencia de varias generaciones de sevillanos y hermanos del Silencio.
Don Eduardo era mucho más que el Silencio, porque pertenecía a ese selecto grupo de hermanos mayores que no perdían cobertura al salir de la casa de hermandad. Era alguien en la ciudad antes y después de ser hermano mayor. Así de simple. Con sentido del humor reconocía en algunas de sus intervenciones que era consciente que para muchas personas había sido el hermano mayor del Silencio, más allá de otras responsabilidades públicas. Y es verdad que en el Silencio pasó más preocupaciones que en la Academia de Buenas Letras, como también confesó alguna vez. Una junta en la academia era una experiencia mucho más tranquila que un cabildo en la hermandad.
Los Martes Santos se vestía de ruán en la Universidad. Con toda sencillez se tapaba el escudo de las Cinco Cruces con un trozo de tela y un imperdible. Era más hermano de la Buena Muerte que de Los Estudiantes. Con sencillez también se preocupaba de todo tipo de detalles:servirle el agua al conferenciante invitado, atender personalmente a los jóvenes de la cofradía, a los que reunía en tertulias de noches de verano para saber por qué se sentían atraídos por el Silencio; preocuparse de que ningún hermano se quedara sin hacer estación de penitencia por problemas económicos (“Acudan a mí en cualquier momento, me paran ustedes por la calle si es preciso, que todo quedará en confidencia”), de que hubiera un refrigerio para todo el que visitara su casa solariega de la calle San Vicente en días de calor, o de que no se bebiera ni comiera nada en la casa de hermandad en los días de reparto de las papeletas de sitio por respeto a los hermanos que hacían cola. Hoy se precisa más que nunca en las cofradías ese estilo, esa forma de hacer las cosas y ese saber estar que hacen que una persona tenga el valor de la referencia.
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Los sms del Fiscal

El Fiscal | 9 de abril de 2010 a las 18:19

El Jueves Santo a las 21:54: “En calma y sosegada la ciudad”.
A las 22:33: “Frente al bandismo, Tejera tocando Margot a la Virgen del Valle. Sólo para escogidos”.
A las 23:35: “La capilla de Montesión no se abre. La cofradía detenida sin poder entrar. Al fiscal de cruz le dicen que no llame. Las llaves la llevan dos nazarenos que van en el cortejo”.
El Viernes Santo a las 05:26: “A ver si los libreas primitivos le pasan la marca del fijador a los del Calvario, que van a lo pelopincho. Toquecito también al sastre”.
A las 06:23: “Hay un tramo entero de la Macarena comiendo calentitos en la Alfalfa”.
A las 11:48: “Voy en AVE viendo la Macarena por la web de tu periódico. No es lo mismo, ¡pero qué maravilla!”.
A las 18:39: “Son las seis de la tarde y hay una nazarena de la Esperanza de Triana sin capirote y con el novio por el puente”.
A las 18:48: “Zoido va hoy escoltando a su Cristo”.
A las 20:48: “En los Gitanos esta mañana han pegado una levantá en honor de Joaquín Moeckel”.
A las 21:20: “El médico de la Mortaja le da a una nazarena de 24 años dos paracetamoles y un caramelo de naranja para el dolor de cabeza. Lleva el escudo de la cofradía en el maletín”.
A las 22:12: “¿No te dan un aire los músicos del paso de misterio de la Carretería a los recepcionistas del NH?”.
A las 11:54: “Vaya tela con la concejal del gobierno que está comiendo chicle al paso del palio de la Carretería. Mandíbula acompasada a los sones de Mater Mea”.
El Sábado Santo a las 12:15: “Qué bonito el enfoscado de la capilla del Sol”.
A las 12:19: “El único miembro de la Corporación municipal que está viendo la salida del Sol en su primera estación de penitencia a la Catedral es… ¡Zoido!”.
A las 16:44: “Hoy he visto un libro de reglas que me recuerda al contador de la luz de mi casa”.
A las 21:37: “Nazareno de la Trinidad con vara en Álvarez Quintero oyendo el Carrusel Deportivo y dando parte de los goles a sus compañeros”.

De los ‘punkies’ a los ‘ni-ni’

El Fiscal | 17 de febrero de 2010 a las 12:11

madrugada

La Esperanza de Triana insta al público sevillano a tomar las calles la próxima Madrugada tras confirmar la “pérdida del ambiente” que tradicionalmente marcaba una noche mágica. La corporación denuncia este mes en su boletín la pérdida de peso específico de la Iglesia y de las hermandades, recuerda los famosos sucesos de 2000 e insta a salir en masa con respeto y devoción para que determinados “individuos desaparezcan de la Semana Santa”. Pero mucho nos tememos que el problema de la Madrugada, que ya ha dado dos serios avisos (2000 y 2009), no se arregla con una ocupación pacífica de la vía pública, dicho en términos políticamente correctos. Lo de la Madrugada es pura cuestión de falta de educación que tiene como consecuencia una falta de identidad de esos “individuos” con la principal celebración religiosa de la ciudad. No conocen la Semana Santa, luego no les interesa. Se ven ajenos a ella, luego no se identifican con ella. Ignoran, luego no les inspira el más mínimo respeto. Convendría tener claro que no por echarse a la calle en masa el público cofradiero se solucionará un problema latente, por lo mismo que no por regalar libros sube el índice de lectura. El pronunciamiento de la Esperanza de Triana está cargado de buenas intenciones, pero está condenado a tener el mismo efecto que un grito en el desierto. Cuando el Gran Poder abanderó una iniciativa similar hace varios años, la Macarena y el Silencio ya se opusieron a semejante proclama. Considerar que a mayor presencia de público cofradiero más poder disuasorio de los gamberros resulta cuando menos ilusorio. La Semana Santa no es ajena a ninguno de los problemas que afectan a la sociedad. Los estudios demuestran que el 54% de los españoles de entre 18 y 34 años confiesan no tener proyecto alguno por el que sentirse interesado o ilusionado. La generación apática, desvitalizada, indolente y criada en el confort familiar no es ajena a una celebración tan ligada a la calle como la Semana Santa. No es que se trate de meros individuos, sino de los ni-ni (ni estudian, ni trabajan) en su versión morada, heredera de aquellos punkies de los años 80 que echaban cristales en la calle Arfe para herir a los penitentes. Contra eso no sirven ingenuas convocatorias para echarse a la calle.

Un cura con sus vecinos

El Fiscal | 16 de julio de 2009 a las 11:06

Hubo un tiempo en que la gente hablaba con los curas como el que va al psicólogo o al diván de Javier Criado. La figura del cura gozaba de una autoridad moral innegable. Ejercía de confesor y de orientador. Esta función fue marginándose paulatinamente en favor de otros interlocutores. Incluso el cardenal Amigo redactó un día una carta pastoral alertando del auge de los adivinos y echadores de cartas de las televisiones locales como nuevos orientadores espirituales. No soplan vientos favorables a los clérigos como asesores de cabecera. Atrás, muy atrás, queda ya la figura en blanco y negro de esa sotana perseguida por la cantinela peloteril de ciertos feligreses. Hoy, ni los curas lucen sotana, salvo el padre Polo, que tiene una que a este paso acabará en el Museo de Artes y Costumbres Populares, ni se guarda mayoritariamente el tratamiento de don a los clérigos. Tal vez a los curas les falle la comunicación, como dice la ex ministra de Fomento Magdalena Álvarez que le ha pasado a ella. O, simplemente, se han ido atrincherando en las sacristías, búnker desde el que se otea malamente el exterior entre nubes de incienso. Por eso fue toda una sorpresa agradable encontrar esta semana al cura Pedro Ybarra en la concentración de los vecinos del barrio de Santa Cruz en contra del cambio de rotulación de la Plaza de la Alianza. Allí estaba con su porte noble y la proclama de rigor en mano. Don Pedro, Perico Ybarra o el cura Ybarra, llámesele cómo mejor proceda, acompañó a sus feligreses a esas horas de una tarde de verano en que lo fácil es recostarse cómodamente en el sillón del despacho parroquial y disfrutar del sabor de ese patio que da paso a la antigua Escuela de Cristo, o revestirse para algún culto vespertino de esa canonjía que dicen que le sobrevino sospechosamente tarde, porque don Pedro es de esos canónigos de primera clase, pero de último vagón, como Javierre, o como lo fue el padre Leonardo. Pero nada de asientos mullidos o suntuosas vestimentas. Allí estaba la tarde del lunes el pastor con sus ovejas. Como acostumbra. Ora tomando el café en el Aero tras la entrada de la Virgen de los Reyes, ora en aquellas noches de presidencia eclesiástica de cabildos de oficiales de su cofradía familiar del Silencio, de donde regresaba a casa en lento paseo por Tetuán mordiéndose en ocasiones la lengua por algunas de esas cuestiones absurdas en las que a veces se consumen los debates en una cofradía, ora abriendo el templo de Santa Cruz al ecumenismo, igualmente vertebrando el barrio en sus homilías, dando cuenta del fallecimiento de un vecino o de una religiosa de las Teresas, ora parándose ante un grupo de jóvenes una tarde de Nochevieja para improvisar la tertulia e interesarse por la forma en que despedirán el año, ora atendiendo a quienes todavía le tienen como el mejor oído de las penas de la cruz de cada día, aquellos que no sustituirán nunca la labia del sacerdote por las cartas del tarot, ora al frente del colegio parroquial, lidiando con la Junta e integrando a los alumnos musulmanes. Hay quienes siguen asegurando todavía que, dada la experiencia acumulada en pastorales anteriores, este sacerdote hubiera preferido en su día un destino pastoral más combativo, tal vez en una de esas zonas marginales de la ciudad, de esas en las que los chabolistas van y vienen como un acordeón, pero que el que todavía manda (con permiso de Rouco) lo puso en Santa Cruz aposta, sabedor de que sus preferencias estaban en las antípodas de la judería. Yahí sigue, hasta rejuvenecido en los últimos tiempos. Este cura espigado y enjuto, de pelo albino, ojos claros e inconfundible voz nasalizada de púlpito en San Antonio Abad, forma parte ya de las mejores postales de un barrio cuya estética ha ido degradándose a los anuncios de paelladores exprés y camisetas de la caló. Menos mal que aún queda la figura de don Pedro entre los naranjos de Mateos Gago a la búsqueda cualquier tarde de una oveja descarriada para reconducirla a la sombra de la que fue Escuela de Cristo.

La musa de la gran Dolorosa de Sebastián Santos

El Fiscal | 30 de junio de 2009 a las 18:21

Dicen los expertos que las dos grandes dolorosas del barroco sevillano son la Virgen de la Concepción del Silencio, obra de Sebastián Santos, y la Quinta Angustia, de Vicente Luis Rodríguez-Caso. El 7 de junio perdimos en Sevilla a la mujer cuyos rasgos inspiraron la talla de la Dolorosa que veneran los primitivos nazarenos. Falleció en silencio Prado Fal, aquella joven que posó en el estudio de la calle Santiago para que el insigne autor le esculpiera un busto que resultó luego clave para modelar la cara, los ojos almendrados, la barbilla y esa nariz aguileña tan característica por sus aletas… El autor se inspiró ya para las manos en las de su hija Pilar. Prado Fal nos reveló hace casi una década en el salón de su casa de Los Remedios que Santos no se perdió la primera salida de su Virgen de la Concepción:”Estaba con mi primo, que se volvió en ese momento para ver el rostro de Sebastián. Se lo encontró llorando de la impresión. Era una persona muy religiosa y de una espiritualidad notable”. Descanse en paz.
(En la imagen, retrato de Prado Fal, una de las primeras fotografías de la Concepción y el busto en el que se inspiró el escultor)