Calendario en rojo

Hyde | 16 de mayo de 2013 a las 8:47

Los calendarios televisivos que vigilamos los seriófilos empiezan a llenarse de nombres en rojo. Son las series que acaban por este año. También está marcado, con letras de oro, el 11 de agosto, fecha en la que empieza a despedirse ‘Breaking Bad’. Sólo nos quedan ocho capítulos para decir adiós a una de las mejores y más atrevidas series de todos los tiempos, la obra con la que Vince Gilligan, Bryan Cranston, Aaron Paul y Giancarlo Esposito –hay que añadir a Gus- revolucionaron el mundo de la televisión.

Estos días, ya despedida para siempre, casi con lágrimas, la desapercibida pero majestuosa ‘Southland’, con un Michael Cudlitz al que es criminal no dar un premio, y tras acabar la cuarta temporada, de transición pero a buen nivel, de ‘The Good Wife’, disfrutamos de la sexta temporada de ‘Mad Men’. Matt Weiner mantiene el pulso tras el esplendor del año pasado y Don Draper sigue haciendo de las suyas y nos sigue sorprendiendo en una trama de una calidad literaria y visual excepcional. También está en antena la tercera entrega de ‘Juego de Tronos’, con mucho más ritmo que la lenta segunda temporada, y en la que Daenerys ha brindado ya una escena incendiaria. Aguardan una gran sorpresa final a los espectadores que no hayan leído la obra de George R.R. Martin.

Asimismo, es tiempo para hacer balance de la temporada. La serie triunfadora es indiscutible. Dos críticos de referencia para este blog, James Poniewozik, de ‘Time’, y Alberto Nahum, de ‘Diamantes en serie’, no recuerdan un estreno mejor en años. Hablamos de ‘The Americans’, esa pareja de espías rusos infiltrados, como familia de clase media, en el Washington de Reagan y la Guerra de las Galaxias. La serie de la cadena FX da para un ensayo sobre la paciencia y el buen hacer a la hora de escribir un guión. Como en el buen sexo, no hay prisas. Ni gatillazos. No hay cliffhangers, no hay fuegos de artificio. Y en realidad, aunque nos sumerjamos en los últimos coletazos de la Guerra Fría, tan despiadada como una guerra caliente, se trata de una serie sobre la familia y sus equilibrios.

Los intérpretes de ‘The Americans’ están soberbios. Matthew Rhys, Keri Russell, Noah Emmerich y Margo Martindale. Pasados la country-soap ópera de ‘Nashville’, el hundimiento de ‘Last Resort’, y las mediocres ‘Revolution’, ‘Vegas’ y ‘The Following’, esta pareja de la KGB ha ganado la partida de calle. Son el ‘Homeland’ de este año.

 

Dragones contra publicistas

Hyde | 10 de abril de 2013 a las 20:29

Temporada alta, altísima, en la televisión. Aunque se nos ha ido la excelente cuarta entrega de ‘Justified’, que se consolida como una de las grandes, con esos tiroteos de balas y frases, con unos diálogos más afilados que la katana de un samurái, su marcha se ha visto compensada con dos estrenos dominicales que simbolizan el pulso entre la HBO y la AMC por el la corona televisiva. Compiten dos maravillas literarias: ‘Juego de Tronos’, la bastante fiel adaptación a la exitosa saga fantástica de George R.R. Martin, y ‘Mad Men’, posiblemente la serie más influyente desde ‘Los Soprano’.

¿Pueden tener algo en común los dragones de Daenerys y las golfadas del astuto Tyrion con las tribulaciones y ligues de Don Draper y Roger Sterling en Madison Avenue? Si la primera procede de unos más que decentes libros, la segunda es, en si misma, un novelón contemporáneo. Su creador, Matt Weiner, es en realidad un novelista audiovisual. ‘Mad Men’ constituye una delicia, una exquisitez, una serie gourmet, de cine-fórum. No sólo se disfruta viéndola, sino comentándola. Y sin duda resulta la mejor, absolutamente imbatible, con los subtextos. En ‘Mad Men’ lo importante es lo que no se dice, lo que se calla, lo que se intuye. No es de extrañar, pues, que la primera entrega doble comience con un Don callado, pensativo, al que casi le cuesta hablar. Si el año pasado dejamos a este personaje icónico en la barra de un bar, de vuelta al viejo Don, tras un extraño año de enamoramiento y fidelidad, la sexta temporada promete un Don con las contradicciones, dudas y problemas de siempre, un Roger Sterling que por primera vez emociona al hacerse añicos su armadura de cinismo con una simple caja de madera, y una Peggy Olson cada vez más ambiciosa, cada vez más versión femenina de Draper. Y hace bien Weiner en humanizar un poco a Betty, tan insufrible en los años anteriores. Nos contaba hace un año el creador y guionista principal de ‘Mad Men’, que ni siquiera él sabe de qué exactamente va la historia. Pero que sí se cuida mucho de reflejar la evolución de la sociedad norteamericana en aquellos años turbulentos. Y tanto que ocurre así en ‘The doorway’. Se trata, posiblemente, del mejor primer episodio de temporada de la serie, a la que siempre le cuesta un poco arrancar para situar la trama y luego ir in crescendo. Si todo sigue como siempre, este año será apoteósico. Y eso que todavía no ha empezado ‘Breaking Bad’.

 

Falsos nueves

Hyde | 4 de abril de 2013 a las 12:02

Como en el fútbol, algunas de las grandes series, o más bien digamos que la mayoría de las excelentes, tienen un falso nueve, un falso delantero, un falso protagonista. O varios. Son personajes capaces de hacer olvidar al goleador, secundarios ‘premium’ que roban las escenas y en muchas ocasiones acaban siendo coprotagonistas.

¿Era Walter Bishop menos protagonista que Olivia Dunham en ‘Fringe’? ¿No ha sido capaz Aaron Paul de construir un Jesse Pinkman a la altura del histórico Walter White de Bryan Cranston? ¿Y qué decir del Boyd Crowder de Walton Goggins en Justified, que “usa cuarenta palabras para lo que valdrían cuatro”? ¿Acaso no funcionan, también como un reloj, los capítulos de ‘The Good Wife’ en los que apenas recibe bola la magnífica Margulies? Aunque claro, en el caso de la serie de la CBS, da la impresión de tener a diez Messis en el banquillo. Cualquier día de estos habría que exigir un episodio con David Lee al frente. ¡O un spin off para él!

Este domingo vuelve a las pantallas una de las reinas de la televisión, ‘Mad Men’, con su sexta temporada. Aunque la estrella indiscutible es Don Draper (Jon Hamm), uno de los alicientes de la nueva entrega es saber qué hará su pupila Peggy Olson (Elisabeth Moss) ahora que ha empezado a volar sola. Como deberá hacer su personaje como responsable de otra agencia de publicidad rival, Moss ha demostrado que puede ser protagonista. Lo es, y a lo grande, en ‘Top of the lake’, la miniserie de Jane Campion que ha producido la cadena Sundance sobre la extraña desaparición de una niña en un zona de Nueva Zelanda espectacular, en la que el paisaje también parece un personaje. Moss encarna a la detective que investiga el caso, y tendrá que enfrentarse al padre de la niña y principal sospechoso, el siniestro Matt Micham que interpreta Peter Mullan.

En el reparto, en un papel que aporta buena parte de la excentricidad de una serie rara, rara, rara, está Holly Hunter. ‘Top of the lake’, que iba a ser coproducida por una televisión australiana y lleva el sello neozelandés de Campion, es una buena serie a medio camino entre el estilo británico y el americano, puede que por ese carácter oceánico del que hablamos. Tiene cosas, pero solo poquitas, de ‘The Killing’ y ‘Twin Peaks’. Y apenas tiene siete episodios. Merece la pena verla, aunque sólo sea por contemplar a Moss de titular.

Vivos y muertos

Hyde | 21 de marzo de 2013 a las 13:41

Que no cunda el pánico. Claro que la muerte de Henry Bromell será un golpe para ‘Homeland’, la mejor serie de los últimos años. Pero si algo distingue a las grandes es su profundidad de banquillo. Y Bromell, siendo un gran artista -como sólo puede ser alguien que haya escrito un capítulo como ‘Q&A’- no era ni del equipo titular de la serie ni formaba parte de su columna vertebral. Las estrellas de ‘Homeland’, además de su trío protagonista, son Alex Gansa, Howard Gordon, Michael Cuesta y Gideon Raff, el creador de la serie israelí original, ‘Hatufim’. Esos son los nombres que han soportado el peso principal de escritura, producción y dirección de los 24 episodios emitidos. Claro está que Bromell no sólo aportaba su talento, también una gran experiencia y el paso por una serie de cuyo estilo sin duda bebe ‘Homeland’, la añorada ‘Rubicon’, posiblemente la cancelación anticipada que más ha dolido a los críticos en los últimos años.

 

Hay series tan grandes que acaban independizándose de sus creadores, por mucho que en algunas se note su ausencia. Y luego hay producciones personalísimas, que mueren en cuanto se marcha su autor original. Le está pasando en la actualidad a ‘Community’ tras el despido de Dan Harmon. Hay series cantera, que bajo la batuta de un gran director, forman a guionistas, productores y ‘showrunners’. Uno repasa los créditos de ‘Los Soprano’ y aquello parece el All-Star de la televisión actual. Estaban Matthew Weiner, creador de la estelar ‘Mad Men'; Todd A. Kessler, de ‘Damages'; y Terence Winter, Tim Van Patten, y Allen Coulter, los grandes nombres, exceptuando a Scorsese, detrás de ‘Boardwalk Empire’. Luego hay series personalísimas, como la citada ‘Mad Men’, que no se entiende sin su creador, o su rival por el trono televisivo y ‘hermana de la cadena AMC ‘Breaking Bad’, que no podría existir su su peculiar creador, el genial Vince Gilligan.

 

Luego están las series que cambian de ‘showrunner’ o productor y si se nota, es para mejor. Ha ocurrido con ‘The Walking Dead’, tras la salida de Darabont y esperemos que siga pasando tras la marcha, el próximo año, de Glen Mazzara, que ha llevado a la serie a su cima. Gracias, por otra parte, tanto a la inestimable ayuda del ‘Gobernador’, un soberbio David Morrisey, como a que por fin se han dado cuenta de que lo verdaderamente terrorífico son los vivos, no los muertos.

 

Una de vikingos

Hyde | 7 de marzo de 2013 a las 12:35

El canal Historia, responsable de la sobrevalorada ‘Hatfields&McCoys’ y con la ambición suficiente como para lanzar lanzar ahora ‘La Biblia’, acaba de estrenar ‘Vikingos’, de Michael Hirst. El veterano productor y guionista sabe lo que se trae entre manos con el género histórico. No en vano estuvo detrás de ‘Los Tudor’, ‘Camelot’ y ‘Los Borgia’, entre otras series. Ahora nos cuenta la historia de Ragnar Lodbrok, uno de los grandes héroes vikingos, un explorador obsesionado con navegar hacia el oeste, pero no para descubrir nuevas civilizaciones, sino para saquearlas. Fue el terror de Inglaterra y Francia y estaba obsesionado, según leemos, con que sus hijos no lograran superar sus hazañas –de hecho Kirk Douglas interpretó a uno de sus descendientes en ‘Los Vikingos’-.

Protagonizada por Travis Fimmel, aquel joven compañero del desaparecido Patrick Swayze en ‘The Beast’, en el casting de la serie destaca, sobre todos los nombres, el de un secundario: Gabriel Byrne. Resulta bastante chocante verlo de sanguinario y ambicioso noble vikingo cuando estamos acostumbrados a contemplarlo de traje, como primer ministro accidental (‘Secret State’) o como el añorado y complejo psicoanalista Paul Weston de ‘In Treatment’. Byrne es un excelente actor, pero cuesta mucho trabajo visualizarlo como alguien brutal y no extremadamente educado. Hasta su demonio lo era. Es de las cosas que más llama la atención del piloto de ‘Vikingos’: sí, hay sangre y la violencia esperadas, pero también mucha, quizá demasiada, educación entre estos nórdicos, especialmente entre el matrimonio protagonista. Aunque quién sabe, puede que siempre hayan sido muy civilizados.

Al principio, en sus primeros minutos, la serie recuerda un poco la estética y estilo de ‘Spartacus’. Luego, afortunadamente, no. Es un producto mucho más realista, y aunque sólo sea por respeto a un canal que se llama Historia, los guionistas intentan aproximarnos al personaje y a su gran sueño. Asistimos, quizás demasiado brevemente, a la construcción de uno de esos temibles drakkar, con el que Ragnar comenzaría sus expediciones, y cuya estampa aterrorizaba a los habitantes de cualquier pueblo costero. Habrá que seguir viéndola para comprobar si estos vikingos pierden las buenas formas.

En el coche patrulla

Hyde | 28 de febrero de 2013 a las 13:32

No nos cansaremos, todos los años, de repetir la misma cantinela: ‘Southland’ es una de las series más infravaloradas de la parrilla actual. Incluso resulta menospreciada a veces por servidor, que todos los diciembres olvida meterla en la lista de las diez mejores y, en ediciones como la de 2012, eso supone una gravísima injusticia. El drama policial que se inició en la NBC y luego pasara a la cadena TNT para ventaja de los espectadores –ganó tanto en rumbo, como en estilo como en seriedad argumental-, regresó hace un par de semanas en EEUU con su quinta temporada. Volvemos a meternos en el coche patrulla con tres parejas de agentes por las siempre peligrosas calles de Los Ángeles. La serie ya no aspira a ser, que lo es, la más digna y justa sucesora de la añorada ‘The Shield’ –que no sería mala cosa- ni el mejor policiaco en antena, que lo es –‘Justified’ lo contamos como ‘western’-, sino a mantener un lenguaje propio, muy particular, con su narrador en off que cada capítulo nos va contando las miserias de la vida de un policía. Y ese sufrimiento lo vivimos casi en primera persona, sentados al lado del patrullero Cooper que borda el enorme Michael Cudlitz, del noble pero desgraciado Sammy –un también excepcional Shawn Hatosy-, que prefirió el uniforme azul a los trajes de detective, o de la investigadora de Homicidios Lydia Adams, interpretada por Regina King y que además de a los asesinos se enfrenta a la prueba más dura: ser madre soltera. Sí, también está Sherman (Ben Mckenzie, de ‘O.C.’), pero sigue un escalón por debajo de los tres anteriores.

‘Southland’ es una apuesta segura. No defrauda nunca, y se trata posiblemente de la serie más regular de los últimos años. Puede que no alcance los picos de brillantez de otras producciones, pero tampoco se hunde inesperadamente como muchas competidoras. Este año desconocemos si habrá sorpresas tan gratas como la del anterior: Lucy Liu se salió como estrella invitada. También se echa de menos al broncoso Lou Diamond Phillips, ahora con un papel fijo en la estupenda ‘Longmire’. Pero no importa. Con la Trinidad policial de nuestros tres protagonistas tenemos más que suficiente.

La venganza del fontanero del Capitolio

Hyde | 14 de febrero de 2013 a las 10:53

“Es un error que comete casi todo el mundo en esta ciudad: elegir el dinero antes que el poder. Qué desperdicio de talento. El dinero es la gran mansión en Saratosa que empieza a derrumbarse a los diez años. El poder es el viejo edificio de piedra que se mantiene en pie durante siglos. No puedo respetar a quien no vea la diferencia”. Es uno de los muchos diálogos que mantiene con el espectador, mirando a cámara, Frank Underwood, ‘látigo’ de la mayoría en el Capitolio y protagonista absoluto de ‘House of Cards’, la revisión estadounidense de la miniserie británica de los 1990 y que también viene con la firma de Andrew Davies y Michael Dobbs.

Cínico, falso, maquiavélico, ambicioso, poderoso, el ‘fontanero’ de Washington D.C. es encarnado por Kevin Spacey, que se mete en su piel como mano en guante. En los créditos de la serie, producida por la plataforma de internet Netflix, sorprende a la primera el nombre de David Fincher, tanto en la producción como en la dirección de los dos primeros capítulos. Al director de ‘La red social’ debe haberle contaminado la pasión por la política Aaron Sorkin. Imaginen un ‘Ala Oeste’ con la oscuridad humana que tan bien sabe reflejar Fincher, sin la ingenuidad utópica que marca casi toda la obra de Sorkin. Una obra cruda sobre las miserias de la política y el periodismo en clave shakespeariana: al final todo es una simple venganza por despecho.

Underwood, un congresista sureño, ha labrado una sólida carrera como conseguidor de alianzas, donantes y nombramientos. Así que cuando el nuevo presidente que él ha ayudado a encumbrar toma posesión, sólo espera que lo llamen para hacerlo secretario de Estado. Chasco. ¿Cuántos no han esperado un merecido ascenso y han saboreado la amarga derrota que supone la elección de otro candidato? Pero nuestro protagonista no está por la labor de que la afrenta se quede sin castigo. Y usando a una ambiciosa y ‘trepa’ joven periodista que quiere convertirse en estrella del principal periódico de la capital, va poco a poco minando la agenda de la Casa Blanca.

Si ‘El Ala Oeste’ era una visión Disney del poder, la política y el sueño americano, ‘House of Cards’ es la versión de Burton. Tampoco puede ocultar su origen británico, bastante más realista: la política apesta y hay quien se mueve como ágil cucaracha por sus cloacas. De momento, la serie, que en España ya emite Canal Plus, mejora en cada sorbo, como los buenos vinos. Aunque no contribuirá precisamente a mejorar la imagen de la política que se tiene en estos momentos en el país.

La madre patria

Hyde | 6 de febrero de 2013 a las 19:38

Puede que sea el empacho de corrupción, que veamos a Bárcenas por todas partes, que uno encienda la tele y le den ganas de tirarla por la ventana. Puede que se trate de que el nivel de las novedades de este año no ha sido precisamente brillante. O puede, simplemente, que nos encontremos ante lo que puede ser una gran serie. Ante el mejor estreno desde ‘Homeland’. Había ganas, muchas ganas, de la première de ‘The Americans’, y el primer episodio no defraudó las expectativas. La idea de partida parece buena. Viajamos al Washington de principios de los ochenta, con Reagan -“los americanos han elegido a un loco”- recién nombrado presidente y en plena carrera armamentística de la Guerra Fría, y nos metemos en una familia de clase media americana de los suburbios.

Hasta ahí todo normal, hasta que, como apunta Poniewozik, vuelve el clásico recurso de “¡pero el protagonista tiene un secreto!”. Y, como señala el crítico de Time, a pesar de que ya hemos visto al profesor de Química que es un traficante de drogas, al exitoso ejecutivo publicitario que robó la identidad de un hombre muerto, al héroe de guerra que en realidad es un terrorista, al forense que es un asesino en serie o al dueño de una empresa de recogida de basuras que es un jefe de la mafia, funciona. El secreto del matrimonio Jennings, interpretado por Matthew Rhys (‘Cinco hermanos’) y Keri Russell (‘Felicity’) es tan gordo que no lo saben ni sus dos hijos. Pese a su acento inmaculado, los brownies que hornea ella o el bailecito country que se marca él, son espías del KGB que llevan ya más de una década infiltrados.

Donde suelen fallar tantos pilotos, en las prisas en presentarnos la trama e introducirnos en las vidas y conflictos de los protagonistas, la serie de Joseph Weisberg -entre sus productores figura el gran Graham Yost- se lo toma con calma. Exactamente como ‘Homeland’. Y desde el minuto uno resulta difícil no simpatizar con nuestros supuestos antihéroes. Al fin y al cabo, se supone que los comunistas eran los malos. ¿O al final va a ser que no? La ambientación y vestuario ochenteros están muy logrados, y sólo hay un pequeño desliz, que podría haber sido patinazo, cuando precisamente el nuevo vecino de la pareja resulta ser un agente del FBI (Noah Emmerich) que ha trabajado como infiltrado en un grupo supremacista pero que acaba de ser asignado a contrainteligencia. Demasiado pronto, demasiado fácil. Y sin embargo funciona.

Lo apasionante de la serie son las múltiples posibilidades que ofrece la historia. En el piloto, pese a la ausencia de prisas, hay abundante acción, se nos presenta el origen de los protagonistas y el carácter de su relación. Las dudas de uno y de otro. Se trata de una serie sobre lealtades, sobre las bases que forman un matrimonio, sobre si alguna vez llegamos a conocer del todo a la persona con la que compartimos la cama. Sobre cuál es la patria verdadera, ¿la bandera o la familia?

Una violencia nada utópica

Hyde | 30 de enero de 2013 a las 23:11

Si la pasada semana revisamos la ‘gore’, palomitera y de susto fácil ‘The Following’, toca hablar ahora de uno de los estrenos británicos del nuevo año, la impactante, oscurísima y brutal ‘Utopía’, un thriller conspirativo que ha sido definido por algún crítico anglosajón como el mejor purgante para acabar con los excesos de azúcar de la Navidad. Porque ‘Utopía’ es dura como el pedernal, agria y desagradable como el aceite de ricino, una de esas series en las que uno se plantea por momentos la conveniencia de seguir con los ojos abiertos, con escenas que recuerdan a ‘La naranja mecánica’ y ‘No es país para viejos’. No hay un solo resquicio para la humanidad o para la bondad, y los malos, efectivamente, son una versión british del Anton Chigurh que bordó Javier Bardem para los Coen: pura maldad, cero empatía y un ‘look’ esperpéntico.

 

El comienzo de la serie es de por sí un puñetazo en el estómago: resulta aconsejable no verla mientras se está cenando. Nadie puede decir que no está avisado del disgusto, porque unos créditos se encargan de advertir al espectador despistado de que está a punto de ver imágenes que pueden herir su sensibilidad. Y tanto que la herirán. La zarandearán, pellizcarán, golpearán y pisarán. En ‘Utopia’ hay, por ejemplo, una escena de tortura que hace parecer un juego de niños las de ‘Zero Dark Thirty’ y que daría escalofríos a Tarantino. Chile, tierra, lejía y una cuchara, por un lado, y los ojos del torturado, por otro, componen una de las secuencias más desagradables mostradas en mucho tiempo en televisión. Y en el cine.La historia, de partida, no es demasiado original pero sí un tanto chocante. Un genetista que acabó suicidándose dibujó unos cómics en los que presuntamente cuenta los planes de una corporación farmacéutica internacional para desarrollar nuevas enfermedades y epidemias mortales. Un heterogéneo y excéntrico grupo de desconocidos que tienen un chat por internet y comparten su querencia por las teorías conspirativas o el trabajo del supuesto artista, se hace con una copia, que por supuesto los malos quieren a toda costa y sin dejar testigos. Entre los protagonistas y secundarios, Nathan Stewart-Jarret (‘Misfits’), Paul Higgins, el ‘preguntón’ Neil Maskell y el que parece uno de los cabecillas de la conspiración, Stephen Rea. Detrás de las cámaras, escribiendo y dirigiendo, gente solvente como Dennis Kelly y Mark Munden (‘The Crimson Petal and the White’). No, esto no es ‘Downton Abbey’.

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El silencio de los cuervos

Hyde | 24 de enero de 2013 a las 20:00

Uno ve el episodio piloto de ‘The Following’ y, si se despista, creería que se encuentra en el cine, palomitas en mano, para visionar una de esas películas a medio camino entre el thriller policiaco y el género de terror facilón: ni una sola pista que indique que estamos ante una serie de televisión. Tiene sentido si descubrimos que uno de sus guionistas y productores, Kevin Williamson, es el responsable de la exitosa -de público, ojo- saga ‘Scream’, de ‘Sé lo que hicisteis el último verano’ y de la televisivas ‘Crónicas vampíricas’.

A tenor del piloto, sus ambiciones han crecido, porque la gran apuesta de la cadena Fox para esta temporada tiene toques de ‘Dragón Rojo’, aquella infravalorada precuela de ‘El silencio de los corderos’. Aquí también nuestro asesino en serie tiene obsesión, aunque no por el cuadro de William Blake, sino por la obra literaria de Edgar Allan Poe, también tiene acento británico (sí, puede parecer, y es, un sacrilegio comparar a Anthony Hopkins con James Purefoy), querencia por los ojos de sus víctimas -el mismo toque ‘gore’-, y su propio club de seguidores e imitadores. A decir verdad, y al hacer la cuenta de los parecidos, más que toques esto parece una versión televisiva de las andanzas de un Hannibal Lecter bastante menos sofisticado que el cinematográfico.

 

‘The Following’, protagonizada por el mencionado Purefoy -un actor decente y carismático si no lo comparamos con los grandes del oficio y al que recordamos principalmente por su Marco Antonio de ‘Roma’- y por Kevin Bacon, que parece conservarse en formol, se estrenó el lunes con las mejores cifras de audiencia para una premiere esta temporada desde ‘Revolution’. Aunque esperemos que su deriva no sea similar a la de la criatura de J.J. Abrams. Desde luego su piloto es notablemente mejor, aunque la crítica, o al menos la crítica que servidor respeta, ha vapuleado los episodios de la serie que la productora les ha enviado ya.

Ciertamente hay demasiada querencia por la violencia y la sangre gratuitas -el ‘ketchup’, decía uno-, y los personajes parecen demasiado típicos para estar hablando de una serie de televisión en la edad dorada de la televisión y del desarrollo de los personajes. Aquí tenemos un asesino en serie carismático e intelectual, y a su némesis policial que lucha contra sus propios demonios. Todo visto ya una y mil veces. En el cine y, por supuesto, en la televisión. Pero eso no quita para que el piloto esté bien ejecutado, con el uso conveniente de los flashbacks para ponernos en situación, aunque con diálogos demasiado convencionales. Renunciando al riesgo de incurrir en la ‘pilotitis’ habitual, posiblemente el primer episodio de ‘The Following’ sea lo más prometedor de los estrenos de lo que va de temporada, aunque da la impresión de que sus propios guionistas consumen toda la gasolina en el esfuerzo de impresionarnos y el resto de la trama podría ir cuesta abajo, como le ha ocurrido a ‘Last Resort’. Lo veremos.