Sólo para freakies absolutos de Dexter (II)
Este es un post pequeño y muy improvisado, pero repleto de espoilers… Avisado queda, lector, si no ha visto aún la cuarta temporada de Dexter. Si ése es el caso, no entiendo qué hace perdiendo el tiempo con internet…
Parece como si no hubiera pasado una eternidad desde el 16 de diciembre. Todavía se me ponen los pelos de punta, se me revuelve el estómago, me entran ganas de salir corriendo a casa a abrazar a mi hijo y a mi mujer, cuando pienso en la season finale de Dexter. Ha salido ya el trailer de la quinta temporada, esa que parece imposible, y me vuelven a entrar escalofríos cuando lo visiono. Diría que es mejor season finale que recuerdo. Me dejo sin dormir (bien) varios días. Me vuelve a golpear.
Me entran ganas de pinchar con una agujita en el cuello y posteriormente descuartizar en una camilla rodeada de plásticos, a quienes, como algún lector de este blog, cuestionan la calidad de esta serie de Showtime. Sí, es un poco repetitiva la pauta de un asesino en serie. Pero lo mismo ocurre con el resto de series. Sus protagonistas son como son, y vamos cambiando con ellos. El trabajo de Michael C. Hall es impecable, y también sus rivales. Jimmy Smits y John Lithgow estuvieron impresionantes. El mismo Hall se preguntaba cómo demonios continuaría la serie en la próxima quinta temporada. ¿Se desbocará el oscuro pasajero y no volverá a confiar en nadie? Por lo que vemos del trailer, Dexter se verá más acosado que nunca por la policía, y por primera vez sentirá lo que es tener mala conciencia. Debió matar a Trinity antes y lo dejó vivir… Totalmente de acuerdo con su hermana: Dexter es un buen tipo. Y lo echamos de menos.




Esta temporada televisiva comenzaba este artículo, con el provocador y algo exagerado título de ‘El cine ha muerto’, con la intención de demostrar la superioridad narrativa de la pequeña frente a la gran pantalla. Digamos que la televisión compone novelas y el cine cómics, aunque a veces ni siquiera eso.


Con la venia, señoría, tengo que refutar todos esos argumentos en contra de mi cliente. Sí, es una serie de abogados. Pero su pertenencia a ese subgénero no debe ser argumento para la discriminación. Sí, se trata de una serie de una cadena generalista, bajo la dictadura semanal de las audiencias, y no de un atrevido cable de pago, cuyos ejecutivos siempre están dispuestos a dar más libertad creativa a los guionistas. Pero en este caso la CBS se ha disfrazado de HBO, aunque sin enseñarnos carnes, señoría, porque todo tiene un límite. Hay muchos prejuicios contra mi cliente, señoría. Prejuicios basados en el desconocimiento. Porque a lo largo de las siguientes líneas, señoría, demostraremos que ‘The good wife (La buena esposa), no sólo no es una serie de picapleitos más, sino que es una obra redonda que merece mucho la pena. Aunque el jurado esté hasta las narices de ver togas intentaremos convencerlo.
‘House’ se ha convertido en una enfermedad crónica común. Podemos librarnos de ella, olvidarnos por un tiempo, pero al final, tarde o temprano a lo largo del año, volveremos a caer. ‘House’ es una de esas series que lleva dos o tres temporadas sobreviviendo con respiración artificial, a la espera de un milagro que nos devuelva la frescura de los primeros dos años. Aunque eso es imposible, en ocasiones nos brinda episodios que nos obligan a perdonarla, capítulos de gran televisión con mayúsculas. No me malinterpreten, la serie de éxito internacional de la Fox no es de Champions League, algo que a priori parecería necesario para llegar a las siete temporadas, pero sí una obra de primera división, uno de esos equipos que de vez en cuando dan la campanada y nos regalan una montaña rusa emocional, con risas y llantos. Es por ello por lo que su permanencia no molesta a nadie. Todo gira alrededor de su estrella, Hugh Laurie, quien al fin y al cabo ha logrado componer a uno de esos personajes que permanecerán para siempre en la historia de la tele. House se ha convertido en un icono global, incluso en un adjetivo para nombrar a determinadas personas o comportamientos, honestos pero brutales, sinceros pero desalmados. A todos nos gustaría ser como él en algún momento dado, pero luego las convenciones sociales, la buena educación, nos lo impiden.