Placeres para pocos paladares

Hyde | 24 de mayo de 2012 a las 12:00

Hay un placer extraño e incomprensible, algo snob y del que posiblemente sólo disfrutemos unos cuantos maníacos, que consiste en recomendar series de televisión. Uno se siente un mentor, un explorador, un descubridor, por mucho que luego los demás no se acuerden de quién les indicó el camino a seguir. Las series que uno les recomienda dicen también mucho de la imagen que se tiene de amigos y familiares. Aunque muchas veces nos sorprendan y la abuela nos salte con que le encanta ‘Los Soprano’ y el amigo duro del grupo resulte un apasionado de ‘Glee’. Hay algunas series, sin embargo, con las que hay que ser extremadamente cuidadoso si uno no quiere que lo tomen por loco.

El mayor exponente es, sin duda, ‘Community’, una comedia sin límites a la que su demente pero genial creador, Dan Harmon, ha llevado tan lejos que ha conseguido que lo despidan sin previo aviso la semana pasada. ‘Community’ es una obra de arte y, como tal, se preocupa mucho más por innovar que por su audiencia. Es posible que Harmon sea, como él mismo admite, un tipo muy difícil, exigente y peleón hasta el extremo por su libertad creativa. Un niño grande, como también él mismo reconoció, en su sonora pelea con Chevy Chase -Harmon reprodujo delante de mucha gente el airado mensaje que le dejó Chase en su móvil tras haberse reído a su costa-.

Hay decisiones difíciles de comprender, como el ‘sacrificio’ habitual de uno de los mejores secundarios de los últimos años, el señor Chang de Ken Jeong, al que cuando se da juego provoca carcajadas inmediatas. Por su gran nivel de exigencia, la comedia tiene un público pequeño pero muy fiel y ruidoso, cuyo enfado ante su suspensión temporal el pasado invierno evitó la cancelación definitiva esta tercera temporada. ‘Community’ se ha atrevido prácticamente con todo, aunque esa valentía intelectual puede acertar -y cuando lo hace, a dios pongo por testigo, no hay episodios más cómicos- o fallar estrepitosamente. Y por eso se trata de una serie de picos de sierra, con valles no tan graciosos y cimas inigualables. Ejemplo de ello es uno de los tres episodios que emitió la semana pasada para despedir su penúltimo año -al día siguiente relevarían a Harmon en una maniobra que vuelve a ser un tiro en el pie para la NBC-. Sólo una serie como ‘Community’ se atrevería a convertir a sus siete protagonistas del grupo de estudio de Greendale en muñequitos de un videojuego de 16 bits. Y que el resultado no sólo fuera hilarante sino un derroche artístico y de imaginación pocas veces visto en televisión. Si acaso visto, otras veces, en ‘Community’.

 

Dramedias en horas bajas

Hyde | 17 de mayo de 2012 a las 17:33

La cadena Showtime, la segunda de pago de EEUU y propiedad de la Corporación CBS, cuenta con un trozo importante de la tarta de la ficción televisiva de calidad, si bien no el que le correspondería por tamaño. La firma ha jugado casi siempre a llegar a más audiencia a base de no competir en excelencia -y, por tanto, exigencia con el espectador- con la HBO. A éstas que llegó la joven y modesta AMC y creó un estilo y un ritmo propios marca de la casa, primero con ‘Mad Men’ y luego con ‘Breaking Bad’, que siguen siendo las dos mejores series de la parrilla televisiva. Hace dos años, incluso se atrevieron a ir a por más audiencia con ‘The Walking Dead’, en un escalón inferior pero con muchos más seguidores. Esa competencia brutal por el trono de la calidad -el último contraataque de la HBO se llamará ‘Newsroom’, de Aaron Sorkin-, dejó a SHO como una marca inferior.Hasta esta última temporada, en que sacaron la magnífica ‘Homeland’ -a efectos de estilo mucho más propia de AMC-, gran revelación de los últimos años. Pero el resto del portafolio de la cadena empieza a amarillear. ‘Dexter’ tiene mucho éxito pero agoniza. Debió acabar en su excepcional cuarta temporada. ‘Californication’ sigue con sus momentos de excesos divertidos pero hasta el propio Duchovny parece cansado de tanto mirarse al espejo y repetirse, y ‘Los Borgia’ es una copia mala de ‘Los Tudor’.

Pero algo en lo que la cadena se había distinguido claramente eran sus chocantes dramedias con potentes protagonistas femeninas. Pero todas han decaído. Por un lado estaba la demencial ‘United States of Tara’, con Toni Collete encarnando a una mujer que lucha por mantener unida a su familia pese a su trastorno de personalidad múltiple, una idea de Diablo Cody que, sí, quizás habría quedado mejor en una película indie. Luego ‘The Big C’, con una trama y casting al servicio de una cansina Laura Linney batallando contra el cáncer, y la extraña ‘Nurse Jackie’, con la magnífica Edie Falco al frente.

Si la primera terminó el año pasado, la segunda se pegó en su regreso para la tercera temporada un tiro en el pie. No hay nada peor que insultar la inteligencia del espectador. Y crear ambiente de finale matando un personaje para resucitarlo al año siguiente es de los trucos más sucios, de las trampas más cutres, que puede hacer un guionista. Así que tachen ‘The Big C’ de la lista de servidor. En cuanto a ‘Nurse Jackie’, tras una deriva algo loca, el arranque de su cuarta temporada promete. Más negra que nunca, nuestra santa protagonista sigue hundiéndose en su infierno particular. Y aunque dan ganas de matar de una vez por todas a la irritante Zoey, para así evitarnos a todos el sufrimiento de aguantarla, lo que ocurre en el hospital All Saints, y sobre todo fuera de él, sigue resultando interesante. Aunque eso no debería ser ya suficiente para la cadena hogar de ‘Homeland’. Es lo que ocurre cuando elevas el listón.

 

El mejor banquillo

Hyde | 10 de mayo de 2012 a las 13:27

Los ascensores son esos sitios apretados, casi tensos, en los que el silencio obliga muchas veces a decir tonterías, a hablar del tiempo, a mirar nerviosamente el reloj, el techo, hasta llegar a la planta de destino. Si encima se trata de un rascacielos, uno se pasa cierto tiempo en ellos. Dan mucho juego en los anuncios y en dos de las mejores series de televisión del momento y de todos los tiempos, como son ‘Mad Men’ y ‘The Good Wife’. Esta última despedía hace una semana su tercera temporada prácticamente saliendo del ascensor. En una secuencia cómica que refleja su grandeza y su insuperable casting.

La serie de la CBS, la cadena en abierto líder en Estados Unidos, nunca será una obra de masas y grandes audiencias, pero es la que le otorga más prestigio a la emisora, garantizando premios y buenas críticas. De ahí su renovación para una cuarta entrega. La creación del matrimonio King es mucho más que un vehículo para el lucimiento de la extraordinaria Julianna Margulies. En estos tres años ha demostrado una profundidad de banquillo esplendorosa, con personajes perfectamente concebidos que ‘clavan’ sus intérpretes. Y no se trata ya solo de su larga lista de secundarios de lujo. Kalinda, Diane, Will, Cary, Eli Gold, Peter Florrick, la abuela, los niños, David Lee forman un equipo titular que se va pasando el balón el uno al otro a la perfección. Pero es que luego llegan una tercera traca de fuegos artificiales con las estrellas invitadas, sea un juez loco, abogados rivales como los que encarnan Michael J. Fox y Martha Plimpton, o incluso clientes insoportables como el que interpreta Dylan Baker. También el ‘enemigo’ de este año del fiscal Florrick en su camino a la política es formidable: Matthew Perry demuestra que además de talento para la comedia, puede resultar un perfecto y cínico hijo de puta.

 

Puede que esta haya sido la menos buena de las tres temporadas de ‘La Buena Esposa’. Lo cual no constituye una crítica, sino un elogio a lo fantásticas que fueron las dos primeras. Ha habido más altibajos y la trama ha ido buscando su rumbo, como es natural cuando encima se filman 22 episodios de gran calidad media, un alarde creativo y de guión. Si el primer año nos encontrábamos un ama de casa relativamente insegura en su regreso al duro mundo de la abogacía tras el escándalo de su marido, y en el segundo empezaban a cambiar las tornas, ya no está claro ni que la buena esposa sea tan buena ni que la serie vaya exclusivamente sobre ella.

 

Leer o no leer

Hyde | 3 de mayo de 2012 a las 11:28

A estas alturas lo mejor que se puede decir de ‘Juego de Tronos’ ya está dicho una y cien veces: si es posible alguna traducción audiovisual a la colosal obra literaria fantástica de George R.R. Martin no será mejor que ésta. Aunque, como dice más de un crítico, hay dos tipos de espectadores para esta serie, quienes no han leído los libros y consideran que se encuentran ante historia viva de la televisión, ante la mayor empresa jamás desarrollada por una cadena, y quienes lo han hecho y, pese a admitir el éxito de la adaptación, siguen echando en falta muchas cosas de los libros.

Sin embargo, tras temporada y media, la serie de la HBO ya se ha enfrentado a varios de los grandes desafíos que estaban en la mente de los fieles, qué digo fieles, fanáticos lectores de Martin y su saga ‘Canción de Hielo y Fuego’. El impresionante Muro fue uno de ellos. Luego llegaron los dragones. Y recientemente la sombra. Hasta se esperaba con la pistola cargada el examen como Tyrion, protagonista real de la obra, de Peter Dinklage, un actor solvente sin nada que demostrar y que se llevará muchos más premios por su interpretación.

Si hay otra cosa que distingue a los libros que edita en España Gigamesh es su enorme riqueza en personajes, la facilidad con la que Martin los introduce y enseguida ganan un lugar en el corazón de sus lectores. Habría que subrayar, claro, que con la misma facilidad los despeña, manteniendo así la tensión constante del lector/espectador. Y la serie de Benioff y Weiss también ha sabido aprovecharse de esa gran cualidad, sin que se le vean costuras prácticamente por ningún lado. Estupendos, por ejemplo, Liam Cunnigham como ser Davos Seaworth, el contrabadista caballero de la cebolla, y el alemán políglota Tom Wlaschiha, que clava a la perfección el enigmático personaje de Jaqen H’ghar. Del casting original, aunque a muchos sigue sin convencernos demasiado Lena Headey como Cersei, hay que levantarse y aplaudir al joven Jack Gleeson, que logra componer a uno de los personajes más odiosos de la televisión actual, el rey Joffrey Baratheon.

Se sea o no lector de ‘Canción de Hielo y Fuego’ -lo recomendable, desde luego, es serlo- la serie de la HBO es todo un acontecimiento, una exhibición de medios técnicos, presupuestarios y, sobre todo, de interpretaciones y guión.

 

Entrevista a Matthew Weiner: “Siempre estoy preguntándome sobre qué trata Mad Men”

Hyde | 29 de abril de 2012 a las 11:35

  • ¿Por qué es tan difícil etiquetar Mad Men? Cuesta mucho explicar brevemente de qué trata. ¿Es sobre Don Draper? ¿Es sobre el ascenso de las mujeres en un mundo machista? ¿Sobre los cambios sociales de una época turbulenta?

Estoy de acuerdo. Es difícil de explicar. Aunque la serie se enclava en una larga tradición de un tipo de drama en el lugar de trabajo, en el que en términos de trama, el héroe se encuentra entre dos mundos, su trabajo y su familia, y se enfrenta a los problemas de ambos. Durante 25 años fue un tipo de historia muy popular en EEUU y después desapareció. Yo no he inventado el género, pero a efectos de sobre qué trata el show, es sobre hombres y mujeres que trabajaron en el negocio de la publicidad, sobre sus vidas personales y los conflictos que surgen entre tus expectativas sobre la vida y la realidad de la vida. Ése sería el enfoque más filosófico de la serie. Siempre estoy preguntándome sobre qué trata Mad Men, y una de las grandes cosas de tener este tipo de audiencia que tenemos es que podemos cambiar la serie todo el tiempo, y esa es otra cosa que la hace difícil. El mundo es el mismo, y está ocupado por la misma gente, pero puedo cambiar el tono, el ambiente y en lo que nos centramos semana a semana. Por todo eso creo que sea lo que sea sobre lo que trata, una de las cosas que le gustan a la gente es que nunca es la misma serie. A veces hacemos comedia, a veces horror, otras veces suspense, drama, tragedias… Siempre intento contar la historia que quiero contar y tengo unos actores y escritores con mucho talento que pueden asumir esos cambios.

  • ¿Ha dicho que Don Draper es el héroe? ¿Así lo ve?

Don Draper es un héroe, sí, no hay ninguna duda. Hace muchas cosas heroicas y, sí, hace muchas cosas antiheroicas. Pero sí, creo que es un héroe. Es un héroe muy realista. Tiene el tipo de habilidades personales exageradas que necesita un héroe y a menudo, en situaciones en las que hay una crisis real, hace lo correcto, toma decisiones difíciles, aunque también tenga un montón de cobardía dentro de él. Y creo que esa especie de realista y al mismo tiempo comprensiva naturaleza de su historia es parte de lo que le gusta a la gente. No tiene razón siempre, y él se gusta a sí mismo y a los demás un montón. Pero es alguien que está intentando ser una persona mejor y hacer lo correcto. Eso es lo que hace de él un héroe.

  • ¿Alguna vez pensó que crearía un personaje tan icónico mundialmente?

No! (risas)

  •  Quiero decir que usted ya trabajó con otro personaje global, como Tony Soprano

Supongo que Don Draper se ha convertido en un icono. Sobre el papel, siempre pensé que era un personaje intrigante e interesante, pero cuando le añades a Jon Hamm… Creo que él y su interpretación hacen a Draper icónico. Hay episodios en los que tiene solo 15 líneas, pero bastan para que domine el paisaje del show. Es un actor muy poderoso, que aporta tridimensionalidad al personaje. Además de ser guapo y tan buen intérprete, luego está la apariencia externa de imperturbable del personaje, como en los créditos de inicio. Por fuera le va fenomenal pero por dentro se está derrumbando. Eso es algo con lo que la gente se identifica. Todo el mundo se está derrumbando por dentro…

  • Acabamos de ver que Draper puede ser hasta fontanero…

No actúa como un ejecutivo. Sabemos que procede de un entorno rural y sí, puede trabajar con sus manos. Tengo que decir, sobre ese capítulo al que se refiere, que muchas mujeres se volvieron a sus novios y maridos y les dijeron: “Sabes que si fueras capaz de arreglar algo así me pondrías cachonda, ¿no?”. (Risas)

  • Cuando pienso en una canción para Mad Men, me viene siempre la de Sam Cooke, ‘A change is gonna come’. En la serie siempre se percibe el cambio que viene, pero no acaba de llegar…

Dímelo tú, ¿Eres consciente del cambio que está ocurriendo cuando estás en medio del mismo? Yo no viví en aquella época, y parte de lo que me interesa como escritor es ver cómo experimentamos la historia. Y si la repasas a veces ocurren cosas gigantescas y no las percibes en toda su dimensión. A ver, cuando murió Franco en España hubo un cambio enorme que luego se transformó en otra cosa, y en Estados Unidos o cualquier otra parte del mundo, si piensas en los últimos diez años y lo que ha ocurrido, no creo que nadie haya sido consciente de todo ello. Cuando estás inmerso en los eventos, no los ves, y el mundo ha cambiado enormemente en estos años, probablemente más de lo que lo ha hecho en muchísimo tiempo. Por eso lo que intento mostrar es la sensación, la experiencia del cambio. Sea lo que sea lo que creemos que en un libro de historia parece un cambio, no es como lo vive una persona. En la serie sabes lo que va a ocurrir históricamente. Ya hemos conocido el asesinato de Kennedy, la crisis de los misiles de Cuba, y hay un par de cambios en esta quinta temporada. La serie no es una lección de historia, pero lo que a mí me improta es cómo cambia la vida y cuán poco sentimos ese cambio. El cambio lo sentimos al ver a tus hijos crecer. Eso te hace sentir cambiado. Aparte de eso, creo que por dentro uno se siente la misma persona ante otros acontecimientos.

  • ¿Tiene el final de la serie en la cabeza? ¿Cómo es la dinámica de su proceso creativo? ¿Trabaja con episodios, temporadas o con la trama entera?

Tendrás que creer en mi palabra, porque no voy a escribirlo en un papel, ponerlo en una caja fuerte y sacarlo luego.. (risas) Pero sí, tengo una forma en la que me gustaría que acabara la serie, y si la gente quiere sentirse cómoda con el hecho de que la trama se dirige hacia algún sitio, lo hace. Pero si hablamos de cosas específicas del final, todavía no lo he clavado. Soy un gran creyente en el subconsciente. Y confío en él cuando trabajo. Mientras me preocupo, espero que mi subconsciente no lo haga y trabaje, por lo que el ejercicio de crear el show se convierte algo menos racional e intelectual. Tengo imágenes y pensamientos, y honestamente, sentimientos sobre cómo es el final de la serie. Y hacia él me estoy dirigiendo. En cuanto a toda la trama, no, trabajo temporada a temporada, y quiero que la gente disfrute de estos episodios que no han visto. Todavía no hemos hecho los últimos 26, y no he pensado sobre ellos.

  • Tras casi dos años fuera de pantalla, el regreso de la quinta temporada fue raro, puede que difícil para los espectadores. Se han tenido que volver a acostumbrar a una serie diferente, con un ritmo y un estilo narrativo únicos, muy distinta de las demás.

Aprecio que digas eso, para mí es un grandísimo cumplido. Obviamente, estaba muy preocupado sobre el regreso y todos tuvimos que hacer un esfuerzo extra para asegurarnos de que la audiencia sabía que volvíamos. Quise ser un buen anfitrión.

  • Ya, pero el regreso fue extraño. Es como si Mad Men no volviera hasta el episodio tercero.

Eso es interesante. Por mi experiencia, y si miras en la prensa, en todas las temporadas escucho eso. En serio, la audiencia es habitualmente muy dura con el episodio dos, los críticos dicen que es prometedor pero no saben si hay una historia ahí. Creo que he hecho algo un poquito peligroso para la audiencia pero muy satisfactorio para mí como escritor, y no sé trabajar de otra forma. Cambio la historia todos los años. Y de veras que me comprometo a cambiarla y contar algo nuevo. Hay muy pocas series en las que un personaje se divorciaría y mudaría a otro lugar, en las que alguien dejaría su empresa y montaría otra, en la que un personaje sería despedido y desaparecería realmente del show. Yo me comprometo a esas cosas y a contar una nueva historia en el principio de cada temporada. Y la audiencia a menudo queda decepcionada y confundida entonces porque quiere que siga la historia del año anterior. Pero siento que ya he dado todo lo que puedo dar de esa trama y que sería repetitivo inmediatamente. Entre la primera y la segunda temporada de Mad Men hay un salto temporal. Podría haber fijado la continuación de la historia en el día siguiente al finale de la temporada uno, pero me pareció mucho más interesante intentar contar algo con un escenario más amplio. También hago algo inusual, como es decir la edad de los personajes. Nunca te enteras de la edad de los personajes en otras series. Simplemente sus creadores y productores no se comprometen a decírtelas, no quieren hacerlo porque no saben cuánto va a durar la serie y quieren que todo el mundo tenga la misma apariencia siempre, por si hay reemisiones y así la gente no sabe de cuándo son los capítulos. Pero yo me comprometo a una nueva historia y que haya el mismo arte del descubrimiento. Con suerte ocurrirá otra vez esta temporada, que la gente esté muy contenta de que llegue el primer episodio, que odien el segundo, porque la nueva trama está comenzando, y que estén preguntándose “¿dónde está esto, dónde está lo otro, por qué no vemos a tal personaje, por qué no tenemos más de aquello?”. Y por mi experiencia, tras llevar tiempo en este negocio y haber tenido la suerte de estar en Los Sopranos, no se debe escuchar a la audiencia y sus deseos, porque te mentirán. Te dirán que quieren más de x y si se lo das protestarán y dirán, ¿en serio? ¿eso es todo? ¿Sólo x?

  • David Chase, el creador de Los Sopranos, abogaba por que la ficción no siempre diera respuesta a todas las preguntas, como ocurre en la vida real. Hablo de aquel famoso capítulo, Pine Barrens, en el que un mafioso ruso se pierde en el bosque, herido, y nunca más sabemos de él.

En teoría no creo que el entretenimiento debe seguir las mismas reglas que la vida, no quiero estar atrapado por ellas. Pero sin duda pienso que los asuntos sin resolver son muy buenos para la ficción. Así no sabes lo que es importante. Mi trabajo es intentar sorprender siempre a la audiencia. No voy a hacer una voltereta hacia atrás para sorprender al público, pero siempre intento mantenerme por delante de sus expectativas, para que no se aburran, se entretengan y no sepan qué va a ocurrir a continuación. A veces la audiencia lo encuentra frustrante, y alguna gente siente que no saber lo que va a pasar les hace sentir tontos, pero una gran mayoría de nuestra audiencia disfruta no sabiendo. Y cuando no sabes qué va a pasar no puedes prestar atención a todo lo que parece importante. ¿Tiene sentido lo que digo? (risas)

  • No le digo que no me gustara el regreso, solo que se sintió extraño, como cuando uno vuelve a casa después de un largo viaje.

¿Era desorientador, verdad? Un montón de gente nuevo y uno preguntándose por qué Don actúa de esa forma…

  • ¿No teme que el nuevo Don Draper, más simpático, enamorado, fiel, pierda el encanto? ¿No es un gran riesgo?

El hombre se ha casado con una mujer de 25 años. Uno pensaría que puede mantenerla en los pantalones al menos seis meses, ¿no? (Risas). Creo de veras que lo que se está viendo ahora, y no he hablado de esto en los Estados Unidos, pero te lo voy a decir, es que está temporada estoy contando una historia sobre el éxito. La gente cree que en el éxito no hay conflicto, pero hay muchos, y eso es lo que ahora estás viendo. El público se siente incómodo ahora con Don, y no se está dando cuenta de que no está trabajando nada. .

  • Pero es feliz.

Sí, parece feliz. Es feliz en tanto en cuanto controle todo. Está intentado ser fiel, pero ¿por qué no lo sería? Se ha casado por segunda vez, podía haber seguido soltero pero necesitaba casarse, necesitaba un filete en la mesa, y lo quería de verdad. Ama a esta mujer y cree que ella va a serlo todo para él. ¿Así que no crees que al menos intentará ser fiel? Eso es lo que me gusta. Encuentro fascinante que la gente quiera tanto que Don Draper haga cosas malas. Y me gusta, jajaja. La gente quiere que haga cosas malas, se entretiene con ellas, pero luego se quejan de lo inmoral que es. ¡A ver si os decidís! (risas). En expresión española, diría que es un personaje un poco picaresco.

  • Usted ya ha participado en dos de las series más influyentes de la edad de oro de la televisión. ¿Se ve haciendo otra?

Sí (risas). Adoro la televisión. Creo que en algún momento todo será visto en las casas de la gente, y ya casi no se puede decir la diferencia entre lo que es televisión y lo que no lo es. Todo se ve en la pantalla de casa, o incluso eventualmente en la pantalla de tu smartphone, algo que no me gusta nada. Sí, amo la televisión y en lo que se va a convertir, tanto si trabajo para internet o para un chip que se instale en la cabeza. Espero ser capaz de contar historias en ese entorno del futuro. Para una persona creativa es muy satisfactoria, ofrece mucha libertad, y puedes atraer a los mejores actores y guionistas. Pero no, no espero que esto vuelva a ocurrir, al menos no de la misma forma, pero sí sé que artísticamente me encantaría seguir haciendo lo que hago y probar cosas distintas.

  • ¿Tiene alguna serie favorita?

Breaking Bad. Y también me encanta 30 Rock. Veo tanta televisión como puedo. Por cierto que he visto la primera temporada de Downton Abbey y me encantó. Hay muchos tipos de entretenemiento teleevisivo, incluso veo ‘Ley y Orden’ cada vez que puedo.

  • Por cierto, tenga cuidado con Jon Hamm como director. No lo hace nada mal…

Oh, estuvo fantástico. Jon es genial. Es muy difícil dirigir esta serie, y yo soy un productor ejecutivo muy sobrecontrolador, así que si otro dirige puedo ser el doble de aterrador. Pero él hizo un gran trabajo.

Entrevista en Málaga Hoy.

Infierno o paraíso, pero genial

Hyde | 19 de abril de 2012 a las 18:11

En su página web oficial, el condado de Harlan, en Kentucky, parece un paraíso natural. Bosques y valles presididos por la Montaña Negra. Apenas se dice nada, salvo los museos al respecto, sobre su industria minera, ni sobre sus violentas huelgas por mejorar unas condiciones de vida precarias, tercermundistas, que sirvieron de argumento a un documental en 1976 que llegó a ganar el oscar. “Donde la aventura comienza”, es la leyenda que intenta captar visitantes atraídos por los deportes de riesgo y que deben saber que se trata de un condado ‘húmedo’ en el que sólo se permite beber alcohol en unos pocos lugares.

Para miles de seriófilos, Harlan, efectivamente, es un lugar donde sobra la adrenalina. Pero también el bourbon. Es el hogar –cuesta llamar hogar a un sitio tan inhóspito y violento- de ‘Justified’ una de las mejores, si no la mejor, series que se emiten actualmente en EEUU. El Harlan imaginado –con mucho realismo- por el escritor Elmore Leonard y el gran Graham Yost no tiene nada de paraíso pero bastante de infernal. De allí es natural, de sus pozos de cochambre consiguió salir, el US marshal Raylan Givens, aunque el resto de sus conocidos de infancia son delincuentes. Los creadores de ‘Justified’ han conseguido construir un lugar que no tiene nada que envidiar a aquellos pueblos de los grandes clásicos del Oeste, porque estamos ante un excepcional western moderno. Que comparte protagonista, el cada vez más brillante Timothy Olyphant, con la otra gran serie del género en televisión, ‘Deadwood’.

Como ocurre con muchas de las grandes series, hay varias barreras de entrada que criban al espectador. La primera temporada fue bastante decente, pero nada que ver con las extraordinarias segunda y tercera que la han seguido. Y si hay una serie que sufre en la traducción es ésta. Una gran parte de su encanto radica en el acento redneckiano de sus personajes, en sus diálogos afilados, breves e intensos como un intercambio de balas. Siendo una serie violenta, policial, también es una obra maestra de la ironía. Y cuenta sin duda con uno de los mejores casting de la televisión. Tras su sensacional segunda temporada, no hubo crítico que no se preguntara qué ocurriría sin la enorme presencia de Mags Bennet, la memorable mala que construyó Margo Martindale. La respuesta llegó como la caballería: un regimiento de malos como nunca antes se ha visto en televisión para oponerse al duro Givens, encabezado por supuesto por ese genio llamado Walton Goggins y este año con las incorporaciones de Neal McDonough y Mykelti Williamson. Sus Quarles y Limehouse son de los personajes recientes en televisión más inquietantes. Y Jeremy Davies y Jere Burns (Dickie Bennet y Wynn Duffy) no se quedan cortos.

En su página web oficial, el condado de Harlan, en Kentucky, parece un paraíso natural. Bosques y valles presididos por la Montaña Negra. Apenas se dice nada, salvo los museos al respecto, sobre su industria minera, ni sobre sus violentas huelgas por mejorar unas condiciones de vida precarias, tercermundistas, que sirvieron de argumento a un documental en 1976 que llegó a ganar el oscar. “Donde la aventura comienza”, es la leyenda que intenta captar visitantes atraídos por los deportes de riesgo y que deben saber que se trata de un condado ‘húmedo’ en el que sólo se permite beber alcohol en unos pocos lugares. Para miles de seriófilos, Harlan, efectivamente, es un lugar donde sobra la adrenalina. Pero también el bourbon. Es el hogar –cuesta llamar hogar a un sitio tan inhóspito y violento- de ‘Justified’ una de las mejores, si no la mejor, series que se emiten actualmente en EEUU. El Harlan imaginado –con mucho realismo- por el escritor Elmore Leonard y el gran Graham Yost no tiene nada de paraíso pero bastante de infernal. De allí es natural, de sus pozos de cochambre consiguió salir, el US marshal Raylan Givens, aunque el resto de sus conocidos de infancia son delincuentes. Los creadores de ‘Justified’ han conseguido construir un lugar que no tiene nada que envidiar a aquellos pueblos de los grandes clásicos del Oeste, porque estamos ante un excepcional western moderno. Que comparte protagonista, el cada vez más brillante Timothy Olyphant, con la otra gran serie del género en televisión, ‘Deadwood’. Como ocurre con muchas de las grandes series, hay varias barreras de entrada que criban al espectador. La primera temporada fue bastante decente, pero nada que ver con las extraordinarias segunda y tercera que la han seguido. Y si hay una serie que sufre en la traducción es ésta. Una gran parte de su encanto radica en el acento redneckiano de sus personajes, en sus diálogos afilados, breves e intensos como un intercambio de balas. Siendo una serie violenta, policial, también es una obra maestra de la ironía. Y cuenta sin duda con uno de los mejores casting de la televisión. Tras su sensacional segunda temporada, no hubo crítico que no se preguntara qué ocurriría sin la enorme presencia de Mags Bennet, la memorable mala que construyó Margo Martindale. La respuesta llegó como la caballería: un regimiento de malos como nunca antes se ha visto en televisión para oponerse al duro Givens, encabezado por supuesto por ese genio llamado Walton Goggins y este año con las incorporaciones de Neal McDonough y Mykelti Williamson. Sus Quarles y Limehouse son de los personajes recientes en televisión más inquietantes. Y Jeremy Davies y Jere Burns (Dickie Bennet y Wynn Duffy) no se quedan cortos.

Imprescindible

Hyde | 12 de abril de 2012 a las 13:02

Hay algo rotundamente masoquista, un placer perverso, en disfrutar bajando a los infiernos callejeros de Los Ángeles. Primero con la extraordinaria y añorada ‘The Shield’, y en la actualidad con ‘Southland’, que cada año se nos hace más corta. Si la primera nos adentraba en la corrupción plena, de bandas, de drogas, prostitución y de los propios policías protagonistas, la segunda se ha emancipado y ha logrado dejar de ser considerada como su heredera.

A los cuatro años, la criatura de Ann Binderman (‘Las dos caras de la verdad’, ‘Enemigo público’, ‘Policías de Nueva York’) y John Wells (‘El ala oeste de la Casa Blanca’, ‘Urgencias’) se ha consolidado como una de las mejores series de la parrilla televisiva. La competencia es durísima, sí, pero ‘Southland’, con ese formato tan especial, de falso documental, con sus elipsis, su voz en off inicial, puede mirar cara a cara a cualquiera. Y en la edad dorada de la televisión, con tantas joyas y obras maestras compitiendo simultáneamente como ‘Breaking Bad’, ‘Mad Men’, ‘Justified’, ‘Juego de Tronos’ o ‘The Good Wife’, eso son palabras mayores. ‘Southland’ tiene un casting modesto pero tremendamente funcional y talentoso. Al repartirse los tiempos de cada episodio, no hay un protagonista claro. Aunque a efectos de brillo, nadie lo hace tanto como Shawn Hatosy y Michael Cudlitz, los dos pesos pesados. La serie, a la que en una de sus decisiones desastrosas, renunció la NBC -se emite en TNT-, es una de las más crudas y emocionalmente violentas que jamás se hayan hecho.

Ninguna te agarra y retuerce las tripas de esa forma, sumergiéndonos en las dudas de sus policías patrulleros, siempre sintiendo la tentación del camino más fácil pero menos correcto, la impotencia de luchar con unos medios y un sistema ineficaces contra una hydra a la que siempre le vuelven crecen las cabezas que le cortas. Este año han estado como estrellas invitadas Lucy Liu, que pese a las dudas iniciales ha creado un personaje tan redondo como odioso, y Lou Diamond Phillips, en el papel de poli pasado de vueltas que ya lo ha visto todo. Y el finale probablemente haya sido el mejor del año. Será muy difícil superar la intensidad de esas notas del ‘Street Fighting Man’ de los Rolling mientras se produce ese cruce de miradas entre Obi wan Kenobi y Anakin Skywalker… Sí, en ‘Southland’ siempre se siente la presencia del Lado Oscuro.

Está tostada

Hyde | 5 de abril de 2012 a las 13:59

No hay nada remotamente parecido en televisión a ‘Mad Men’. Y quien ha intentado acercarse, copiarla o siquiera osar mirarla de reojo, se ha estrellado estrepitosamente, ya sean las azafatas de ‘Pan Am’ o esa tontuna con la que la NBC volvió a humillarse llamada ‘Playboy’, que duró dos telediarios. La serie de culto de Matt Weiner tiene un ritmo, una estética y una cadencia narrativa propias e intransferibles, y su independencia artística roza la prepotencia frente a las miserias de los cliffhangers o los mcguffins a los que estamos habituados en otras ficciones.

¿Alguien es capaz de explicar de qué va ‘Mad Men’ en una frase? ¿La vida en la América de los 50 y los 60? ¿El desarrollo del mundo de la publicidad y el marketing en Madison Avenue? ¿El retrato de un ejecutivo de edad media con sus secretos, ambiciones e incoherencias masculinas? ¿La lucha de un grupo de mujeres por lograr la igualdad de derechos y oportunidades con los hombres en un entorno despiadadamente machista? Cualquier definición de ‘Mad Men’ tiene necesariamente que quedarse corta, porque estamos ante una enciclopedia. Brillante hasta deslumbrar, adictiva como pocas y entretenida hasta cortar la respiración, pero enciclopedia sobre la vida en un momento temporal al fin y al cabo.

En estos días de ‘hype’ por el regreso de la por otra parte excepcional ‘Juego de Tronos’, sublime adaptación de la colosal obra literaria de George R.R. Martin, se han leído muchas exageraciones. Sí, es genial, refleja estupendamente la riqueza de los libros -por algo Martin es productor- y se nota que la HBO se está gastando una pasta gansa. Pero por mucho que pese todo eso, resulta totalmente precipitado arrebatarle la corona a ‘Mad Men’ o a ‘Breaking Bad’, tras cuatro años históricos en la más modesta AMC. Hace dos semanas, tras dos largos años de espera por una durísima negociación para su renovación, volvió la quinta entrega de la vida de Don Draper y compañía. Draper es y será para siempre uno los más fascinantes y complejos personajes de la ficción audiovisual. Es un catálogo de virtudes y defectos, y sin llegar al exceso de Tony Soprano, nos ha enfrentado como nadie con el lado oscuro que todo hombre intenta dominar.

El reencuentro con la oficina de publicistas, como no podía ser de otra forma, fue raro. Chocante. Costó cogerle el ritmo, sincronizarse con esta forma especial y única de contar una historia. No era la serie, sino los espectadores. Pero el tercer capítulo, dirigido precisamente por Jon Hamm, el actor que da vida a Draper, nos devolvió a la excelente cuarta temporada.

Por muchos dragones, lobos huargos, Starks y Lannister que campen por Poniente, que nadie se atreva a bajar todavía del trono a ‘Mad Men’. Como diría Draper, “It’s toasted”.

En otro universo

Hyde | 1 de marzo de 2012 a las 9:30

“No estamos en el negocio de perder dinero”, dijo en enero el presidente de la división de Entretenimiento de la cadena Fox cuando le preguntaron por ‘Fringe’. “Perdemos mucho dinero con esa serie, y con esa audiencia tan baja en las noches de los viernes es imposible obtener beneficios”, abundó Kevin Reilly, sin admitir, claro está, que su arriesgada decisión de cambiarla de día y ponerla en la conocida como “franja de la muerte” no ayudó precisamente hace más de un año a levantar sus cifras. Todo por la obsesión de la cadena de resucitar el éxito en ese espacio horario de la legendaria ‘Expediente X’, el espejo de ‘Fringe’. La criatura de la factoría Abrams y sus colegas Kurtzman y Orci nunca lo ha tenido fácil y cuando lo podía haber tenido tampoco cogió el camino más corto. Se trata probablemente de la serie con la barrera de entrada más alta: prácticamente habría que hacer un máster para engancharse a su cuarta temporada sin haber visto las anteriores. Es una obra con muchos picos de sierra, con subidas espectaculares pero también sus profundos valles. Tan inteligente, brillante y loca como su verdadero protagonista, el doctor Walter Bishop -menudo caso Fringe la continua sequía de premios para el magistral John Noble-. Su complejidad puede resumirse, que no entenderse, en un párrafo. Se trata de una serie sobre una división especial del FBI que investiga extraños fenómenos paracientíficos y se mete en una guerra entre universos, con hasta cuatro universos y líneas temporales paralelas, con sus correspondientes personajes y alternativos. También hay unos extraños seres, calvos vestidos de ejecutivos cincuenteros, llamados observadores. Y cambiaformas, unos replicantes que suplantan a los seres humanos persiguiendo no se sabe exactamente qué pérfido objetivo.

Admitámoslo: ‘Fringe’ es un completo galimatías. Pero es nuestro galimatías. Los pocos que hemos llegado hasta aquí constituimos una audiencia pequeña pero militante. Al fin y al cabo hemos invertido horas y horas en una serie que casi te obliga a estudiar, que apenas hace concesiones, fiel a sí misma hasta el precipicio. Algunos también la ven por la preciosa Anna Torv, la agente Olivia Dunham, aunque quien espere que se quite la ropa para subir la audiencia se quedará con las ganas. O porque es la única serie de ciencia ficción digna -que nadie ose mencionar ese autoplagio barato que es ‘Alcatraz’- de la actualidad.

 

El caso es que ‘Fringe’ enfila sus últimos nueve episodios de su cuarta temporada sin que se sepa aún si habrá una quinta. Y aunque sus productores ejecutivos aseguran tener un final conclusivo que vale lo mismo para un roto que un descosido, por un lado los fríos números dicen que no será renovada. Pero por otro cada vez hay más rumores sobre la negociación entre la Fox y la Warner, el estudio que la produce, para un nuevo año siempre que se bajen los costes. O la tercera vía, a la ‘Friday Night Lights’, que consistiría en la serie siendo emitida y costeada por otra cadena de la competencia, de cable o en abierto. Hablando de universos paralelos…

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Correr o no correr

Hyde | 23 de febrero de 2012 a las 11:02

Poco a poco, alejándose de los muertos vivientes y centrándose mejor en los conflictos a muerte entre los vivos, la exitosa ‘The Walking Dead’ va adquiriendo el tono de la cadena AMC, sacrosanta casa de ‘Mad Men’ -que regresa, por fin, el 25 de marzo- y ‘Breaking Bad’ -cuya quinta y última temporada, según explicaba su creador, Vince Gilligan, nos mostrará la conversión absoluta al reverso tenebroso de Walter White-. Puede que los aficionados a las series de acción le reprochen su lentitud actual, pero da la sensación de que la larga pausa y refugio en la granja, seguramente motivada también por esos recortes presupuestarios que provocaron la escandalosa salida de Frank Darabont, ha sentado muy bien a la trama. Hay una larga tradición en la ficción anglosajona a echar mano de los clásicos. Todo acaba robándole al mejor, cómo no, a Shakespeare. Y el pulso por el poder y el liderazgo del grupo, en realidad por el amor de Lori y de Carl, y también por la propiedad de algo más, que mantienen Rick y Shane, y que cada vez fractura más al colectivo, es puro guión a lo el Bardo de Avon. Traición, traición y traición. Y las conspiraciones necesarias para llevarla a cabo. Y aunque no falte en cada capítulo el momento absolutamente ‘gore’, la aparición sorpresiva de los asquerosos caminantes, la verdadera tensión y el peligro están en casa. Y no exactamente en el granero…

Con ‘Justified’, en cambio, no hay que aplaudir ningún cambio de ritmo, sino su dificilísima continuidad. En la tercera temporada todo sigue tan sensacional como en la segunda, a pesar de que todo hacía presagiar que se resentiría por una ausencia a priori tan notable como la de Mags Bennet. Como un fondo de armario sin fin, todas las apariciones en Harlan son inquietantes, especialmente los nuevos malos que le van saliendo al encuentro a Raylan Givens, ese moderno vaquero. Debemos quitarnos el sombrero, literalmente, ante el crecimiento interpretativo de Timothy Olyphant. Hay quien sostiene que Boyd Crowder, al que da vida el sublime Walton Goggins, es el verdadero protagonista de la saga. Y si bien es cierto que cada vez que sale en pantalla dan ganas de levantarse del sofá, para aplaudir o para refugiarse detrás porque sabes que algo gordo va a pasar, la maduración del personaje de Olyphant, gracias a esa progresiva debilidad y a esos diálogos , es lo que ha enriquecido a esta serie. La mejor del momento.