Archivos para el tag ‘Alan Ball’

Empacho argumental

Hyde | 16 de enero de 2013 a las 19:50

Uno tendería a pensar que ‘Banshee’ es un totum revolutum, un cocktail tan extraño y chocante como fuerte, una rarísima mezcla de ‘Único testigo’, ‘Prison break’, ‘Justified’ y ‘True Blood’, hasta que descubre que el excéntrico Alan Ball es uno de sus productores ejecutivos. Entonces todo empieza a cobrar sentido. Bueno, todo exactamente no, pero uno se hace a la idea de que puede ocurrir cualquier cosa mientras la ve. El piloto de esta serie estrenada hace unos días por el canal Cinemax, de la cadena de pago HBO, es uno de los más intensos de los últimos meses: no hay charco en el que sus guionistas no se metan con valentía.

Tenemos al protagonista, encarnado por el macizo neozelandés Antony Starr, un ladrón recién salido de prisión, un tipo duro, curtido pero al fin y al cabo nuestro héroe. A su novia, que quince años después se ha casado, ha tenido hijos y ha asumido otra identidad en un pueblo de Pensilvania donde por cierto, para liarla más, hay una comunidad amish. Al mafioso local, casualmente es hijo repudiado de ese colectivo religioso y dueño, entre otras cosas, de un matadero. Al gran mafioso de Nueva York al que la pareja robó unos diamantes (el británico Ben Cross). A un alcalde joven que quiere contratar a un sheriff insobornable para encarcelar a su mafioso. Al fiscal del condado que es el marido de la ex novia del protagonista. A un peluquero-hacker muy al estilo Lafayette de ‘True Blood’, que ayuda al protagonista a convertirse en ese sheriff. A un barman socarrón que ‘adopta’ al protagonista y fue campeón del peso welter. Por si fuera poco, en el piloto también hay cinco muertes, una persecución con motos, coches y autobuses que vuelcan, tres peleas a cada cual más salvaje, un descubrimiento de paternidad, el robo de una caja fuerte que parece difícil de abrir, una cicatriz sospechosa y un cunnilingus. Sí, han leído bien. Y aunque parezca mentira, todo lo anterior ocurrió en sesenta minutos de un episodio que incluso se llega a disfrutar a pesar del atracón.

Así que, si por lo general resulta difícil -y existe una alta probabilidad de error- juzgar una serie por su primer episodio, imaginen hacerlo con semejante empacho visual y emocional. Da terror pensar en el segundo capítulo. Por las barbaridades que pueden ocurrir o porque simplemente a los escritores no les queda una sola tecla por tocar.

 

Cosas del verano

Hyde | 5 de julio de 2012 a las 13:42

En plena sequía veraniega de series nos aproximamos al oasis, pero qué oasis, de la quinta temporada de ‘Breaking Bad’. El 15 de julio se estrenan los primeros ocho episodios y hasta el verano de 2013 no veremos los ocho últimos, que cerrarán una serie histórica a la altura, si no por encima, de las otras grandes del Olimpo, como ‘Los Soprano’, ‘Mad Men’, ‘The Wire’ o ‘A dos metros bajo tierra’. Mientras, el seriófilo adicto tiene que conformarse con los restos de la programación habitual por estas fechas. Alguna cosa decente como ‘The Newsroom’ de Sorkin -aunque por el momento, sin dejar de ser un producto de calidad, no alcanza el nivel de sus expectativas-, nuevas series que no aportan nada nuevo pero se dejan ver como ‘Longmire’, el regreso del pequeño fiasco que es ‘Falling skies’ -ya no es cuestión de que nos creamos a sus pobres extraterrestres de serie B, sino a sus personajes y sus escenas- y luego, claro está, ‘True Blood’.

Un verano más resucita uno de los grandes misterios de la televisión. ¿Cómo es posible que alguien como Alan Ball, un guionista con un oscar por ‘American Beauty’ y el padre de la extraordinaria serie sobre la funeraria Fisher que antes mencionamos, sea también el responsable de este esperpento vampírico? Y aunque Ball ya haya confirmado que esta será su última temporada como productor ejecutivo -eso no significa que la serie se acabe, porque la HBO acaba de anunciar su renovación y la de ‘The Newsroom’-, mucha pasta ha tenido que cobrar para seguir ligando su nombre a este artificio engañoso.

Puede tener los mejores créditos y canción de arranque de la tele actual. También a algunos de los protagonistas que ponen los dientes más largos al personal, aunque más ellos que ellas. Son legión las fans de Alexander Skarsgard (Eric), Ryan Kwanten (Jason), Joe Manganiello (Alcide) e incluso de Stephen Moyer (Bill), y en cambio solo Deborah Ann Woll (Jessica) suscita las mismas pasiones. Pero ‘True Blood’, que comenzó como una sátira política fantástica, ha terminado como un culebrón sobrenatural en ese Macondo de pacotilla que es Bon Temps. Si bien este año no tenemos de momento el empacho de criaturas de los anteriores y la tensión sexual -posiblemente la clave de su éxito de audiencia- entre los protagonistas ha bajado también el pistón. Para octubre se habrán pasado los calores. Aunque sea entonces cuando la televisión entre en erupción tras la calma anodina de lo que nos viene. Buen verano.

 

¿Dónde está Alan y quién eres tú?

Hyde | 4 de agosto de 2011 a las 2:53

A estas alturas, uno ya no se plantea qué sustancia psicotrópica, si la metaanfetamina azul de Heisenberg o los porros de ‘Weeds’, consumen los escritores de ‘True Blood’. Puede que sea la ‘v’, esa sangre de vampiro que por lo visto te da un viaje que alucinas. Tras cuatro temporadas, a cada cual más loca, la pregunta es cuándo irrumpirán los agentes de la DEA en al sala de guionistas de la serie de la HBO. También qué ha ocurrido con Alan Ball, quién ha secuestrado o liquidado al brillante autor de ‘American Beauty’, al creador de la venerada ‘A dos metros bajo tierra’. Y sobre todo, quién es el perturbado impostor que firma los créditos de la serie. Porque no puede tratarse de la misma persona. Casi más interesante que las aventuras y desventuras de Sookie Stackhouse y compañía debe ser meter una cámara en esa sala, ver cómo se desencadena el proceso creativo -por llamarlo de alguna forma- de ‘True Blood’.

“¿Qué os parece si este año, a los vampiros amorosos, los cambia-formas, la ménade, las hadas buenas y malas, los hombres-lobo y los hombres-pantera añadimos unas cuantas brujas y unos vampiros que pertenecían a la Inquisición española?”, propone un guionista. “¡Cojonudo, buena idea! Pero hay que insistir un poco más en la historia del niño mago poseído por el espíritu del padre, y no os olvidéis de introducir escenas de sexo de todo tipo y género, hetero, homo y hasta zoofilia si se tercia, que eso gusta a la audiencia. Pásame la botella de bourbon, Nick, que tengo sed”, responde Ball. “Alan, que son las diez de la mañana”, apunta Helen. “Es para ambientarme más en Bon Temps, querida, no te preocupes. Dame que le pegue otra calada, que por hoy ya hemos terminado. Mañana quiero que se os ocurra algo con el Yeti, que me apetece rescatarlo para que se tome una copa en Merlotte’s”, les espeta el jefe.

‘True Blood’, que avanza hacia la mitad de su cuarta temporada, ha sido catalogada de muchas formas. Gamberra, almodovariana, políticamente incorrecta, impúdica, incoherente. Sí, puede resultar entretenida, como una borrachera de anís, pero sobre todo se trata de una enorme tomadura de pelo, de una serie que bajo el paraguas de calidad de la HBO y de un presupuesto considerable parece que pretende aglutinar todas las películas malas del subgénero fantástico y de terror. Sólo faltan extraterrestres -y zombies, aunque no es cuestión de hacer propaganda a la cadena rival, AMC, hogar de ‘The Walking Dead’- paseando como si tal cosa por los pantanosos bosques de Luisiana, cosa que visto lo visto, no descartamos para la quinta temporada. Pero si hay algo malo de ‘True Blood’, lo peor que se puede decir de ella y de nosotros, es que la seguimos viendo. ¿Serán los calores del verano? No tenemos remedio.

Un regalo inolvidable

Hyde | 4 de enero de 2011 a las 14:15

ESPAÑA-NAVIDAD

En estas entrañables fiestas, y no sigo con ese tono porque corro el riesgo de parecerme al Rey, la mayoría de nosotros hace juegos malabares para encontrar el regalo adecuado para la persona adecuada y al precio adecuado. Si ustedes son como servidor, corren el riesgo de dejarlo todo para última hora, es decir, hoy, y eso se paga caro. Al final acabamos comprando lo primero que nos entra por los ojos, y como los ojos no son tontos, la gracia nos cuesta un dineral. Por lo general nos olvidamos de que todavía hay mucha gente, cada vez menos, que aún gusta de ver las series dobladas, que tiene la paciencia suficiente para esperar a que termine toda la temporada e incluso para que una cadena española compre sus derechos. No es mi caso. Soy físicamente incapaz de esperar todo ese tiempo, a veces más de un año, para que las televisiones nacionales tengan a bien mostrarme lo que quiero ver y no las bazofias con que habitualmente nos obsequian y que engulle a la fuerza, almax mediante, el sofalícola Gallardo. Mi estantería está repleta de series compradas a tocateja hace años, de hecho ese fue el inicio de una adicción que poco más tarde se rebeló, cual la tripulación de la Bounty, contra un absurdo: ¿por qué esperar tanto y pagar un pasta cuando puedes descargarte un capítulo que fue emitido horas antes en la televisión americana? ¿Si estás en EEUU de viaje o te conectas a una tele por internet puedes verlo gratis y si no es así, no? Entiendo que el cine, que implica pagar una entrada, es otra cosa, pero no se pueden poner barreras al consumo de la poca televisión de calidad que se emite. Y qué demonios, si la AMC y la HBO establecieran un mecanismo por el que tuviera que pasar por caja para ver sus joyas, estaría más que dispuesto a hacerlo.

En todo caso, y sin perdernos en la polémica de la ley Sinde, pocos regalos pueden ser mejores, y más rentables, que descubrir a un ser querido el insuperable mundo de las series. Requiere un trabajo psicológico previo, porque no a todo el mundo le gusta ‘Dexter’, y quizás el adicto de ‘Mad Men’ abomine de ‘Battlestar Galactica’, aunque no lo creo. Así que ahí van diez recomendaciones de ahora y siempre. Y ojo que según el establecimiento el mismo pack puede costar hasta 20 euros más o menos:

Los Soprano (visto a 85,49 euros): A menos de un euro cada episodio, no hay mejor regalo que éste. Sus seis temporadas le cambiarán la vida. Cualquier loa se queda corta para esta obra maestra de lo audiovisual. No es sólo un tratado sobre la mafia, la familia, la ambición, el drama y la comedia. Los Soprano lo abarca todo. El afortunado que reciba este regalo estará siempre en deuda con usted. Ya mandará a Tony Soprano a cobrarse el favor.

A dos metros bajo tierra (a 68,39 euros): La vida y la muerte, y no es la letra del romance de Curro el Palmo. Sólo a Alan Ball, guionista de American Beauty, se le podía ocurrir hacer una serie sobre la familia que dirige un funeraria. No sólo se trata de una obra extraordinaria, poética, divertida y trágica, sino que además le debemos haber descubierto a uno de los iconos de la nueva TV, el gran actor Michael C. Hall.

Mad Men (tres temporadas a 80 euros). Puede quedar como un visionario regalando esta serie inclasificable y pionera, exigente, que pone un listón de entrada muy alto, pero cuando le aguantas los primeros capítulos a esta pandilla de creativos machistas, fumadores y alcohólicos, descubres que no hay nada más parecido a la vida. Nadie dice lo piensa y nadie es más brillante, más misterioso y quizás más desgraciado que Don Draper. La única pega a este pack es que le falta la rompedora e histórica cuarta temporada, con algunos de los mejores capítulos jamás emitidos en televisión.

Perdidos (a 170 euros). Aunque a priori pueda parecer un regalo caro, son 94 horas de emociones trepidantes, una montaña rusa de acción, suspense e intriga que ha revolucionado la historia de la televisión, pese a su controvertido final. Las aventuras de un grupo de supervivientes en la isla misteriosa (no confundir con la de Julio Verne, que acojonaba mucho menos). Si usted es capaz de ver la primera temporada sin engullir con ansiedad varios capítulos seguidos, seguro que le devuelven el dinero.

The Wire (a 90 euros). Más que un obsequio navideño, es una faena. La magistral inmersión del periodista David Simon en los guetos de Baltimore, el mundo de la droga, el crimen, la trata de blancas y la corrupción general. No es una serie fácil (“Que se joda el espectador medio”, llegó a decir su creador), pero muchos sostienen que es la mejor de la historia. Quizás no de servidor, pero no seré yo quien inicie una polémica por ello.

Roma (45,60 euros). Son sólo dos temporadas, pero qué dos temporadas. Esta ‘joint-venture’ de la HBO y la BBC, en esos momentos las dos grandes cadenas de referencia en términos de calidad (luego llegaría la AMC) fue una producción carísima y ruinosa que mereció la pena para los que la disfrutamos. De la mano de un casting extraordinario retrocedemos a los días de Julio César, Augusto, Cleopatra y Marco Antonio, contados por un centurión romano y su fiel compañero de armas. Violencia, sexo e intrigas palaciegas para una recreación histórica de primera. Lástima que se incendiaran los estudios de Cinecittá, aunque quizás les prendieran fuego para cobrar al menos el seguro.

Hermanos de Sangre (40 euros). Ni se le ocurra regalar o regalarse The Pacific si no vio la anterior miniserie sobre la campaña europea, de los amigos Spielberg y Hanks, basada en el estupendo libro homónimo de Stephen Ambrose. Seguimos a la compañía Easy de la División 101 aerotransportada en su lucha contra los nazis. Una joya.

Damages, Daños y perjuicios (primera temporada a 30 euros). Puestos a hacer un buen regalo no demasiado caro, la primera temporada de esta serie de abogados protagonizada por Glen Close es histórica y redonda. Luego cae en picado. Una brillante abogada recién salida de la facultad decide fichar por el polémico bufete de Patty Hewes, especializada en demandas colectivas y con unos métodos poco ortodoxos. Ambición, suspense y una mala para el recuerdo.

El Ala Oeste de la Casa Blanca (97 euros). No es sólo una serie, sino un tratado utópico sobre lo que es y debería ser la política. Una obra maravillosa, escrita y producida por ese maestro de los diálogos que es Aaron Sorkin (guionista de ‘La red social’, ‘Algunos hombres buenos’ y ‘La guerra de Charlie Wilson’), y protagonizada por Martin Sheen, un presidente de ficción que seguro influenció a Obama.

Battlestar Galactica (100 euros). La versión moderna es mucho mejor que la antigua, pese a que alguna de las temporadas se pareció peligrosamente a una telenovela entre humanos y cylons. La raza humana busca refugiarse en la Tierra tras quedar al borde de la extinción por un ataque a traición de los cylons. Protagoniza Edward James Olmos, muy bien como comandante Adama.

Una copa de sangre y un Emmy, por favor

Hyde | 21 de agosto de 2010 a las 11:56

OJO, ESPOILER!!!! Esta secuencia es del último capítulo emitido de la tercera temporada de ‘True Blood’. Así que si no sois otros adictos a la sangre, a esta serie tan chabacana, surrealista y tramposa como entretenida de Alan Ball, mejor será que lo dejéis para más adelante.

Una de las claves del éxito de True Blood son sus secundarios, mucho, mucho mejores que sus protagonistas. Ya he contado aquí que no soporto a la Sookie Stackhouse de Anna Paquin, por muchos premios que se haya llevado la niña, y el Bill Compton de su novio, Stephen Moyer, empieza a cargarme con tanto “Sookie is mine”. Tara también se merece que la maten de una vez. En cambio, el Lafayette de Nelsan Ellis fue el mejor personaje de la primera temporada y el sueco Alexander Skarsgard, el sheriff Eric Northman, lo mejor de la segunda. En esta temporada no hay ninguna duda de quién es el rey: Russell Edgington, el rey de Mississippi. La secuencia que os cuelgo, junto con la locura colectiva de Bon Temps, en el penúltimo capítulo de la segunda temporada, es a mi juicio lo mejor de esta serie montaña rusa, que a veces nos hace preguntarnos qué demonios hacemos viéndola. Otras, como esta semana, te quedas frente a la tele repitiendo una y otra vez una secuencia. Si el año que viene el actor Denis O’Hare no se lleva algún premio por ella, debería arrancarles el espinazo a más de un miembro de la academia…

Blasfemia sangrienta

Hyde | 17 de junio de 2010 a las 10:57

Parece una blasfemia dedicar este artículo al estreno de la tercera temporada de ‘True Blood’, cuando éste llegaba el domingo casi al mismo tiempo que terminaba la tercera entrega de Breaking Bad. Puestos a blasfemar, déjenme simplemente decirles que si al principio fue Los Soprano, y luego llegó A dos metros bajo tierra, en la Santísima Trinidad televisiva se ha instalado por méritos propios la serie de Bryan Cranston y Vince Gilligan, tan imprescindible, o más, que las dos anteriores. Pero ya hablaremos de las desventuras del profesor Walter White, de Jesse y de Los Pollos Hermanos la próxima semana. En esta tocan vampiros, a los que tenemos últimamente hasta en la sopa. Y como hablábamos de pecado, está claro que ‘True Blood’ es la irreverencia pura.

Cuesta creer que Alan Ball, el venerado creador de la serie funeraria de la familia Fisher, un guionista exquisito, ganador del oscar por ‘American Beauty’, esté detrás de esta historia de chupasangres sureños salidos del armario que no tiene ni pies ni cabeza. De acuerdo, es adictiva, como esa V con la que trafican, pero no resiste ningún tipo de análisis objetivo, porque en el fondo tenemos que ser conscientes de que nos estamos tragando una chorrada considerable. Volvemos a Bon Temps, en ese sur de EEUU tan castigado por el derrame de crudo, y volvemos a encontrarnos con la insoportable Sookie que (mal)interpreta Anna Paquin. También cuesta creer que a esta chica, también ganadora de un oscar, como la niña de ‘El Piano’, la consideren cada año para los Emmy. Es un insulto a la inteligencia y el buen gusto situarla en el mismo plano, escenario, mesa o auditorio que Julianna Margulies o Edie Falco.

Este año también tenemos nuevos y peludos monstruos, y se adivina un pulso al estilo ‘Crepúsculo’, así que nos tememos lo peor. Lo mejor de ‘True Blood’ son sus personajes secundarios. El inquietante sheriff vampiro, Eric, que encarna el sueco Alexander Skarsgard, el paleto de Jason Stackhouse, el mutante Sam Merlotte, la vampira novata, el siempre estupendo Chris Bauer y su no tan estúpido detective Andy Bellefleur. Y po supuesto, el histriónico Lafayette. Aunque pagaríamos por que algún vampiro acabara de una vez por todas con el sufrimiento de otros personajes, como los de Tara y su madre.

Por supuesto que veremos la tercera de ‘True Blood’, aunque a sabiendas de que es una soberana tomadura de pelo. A su lado, los guiones de ‘Perdidos’ parecen obra de Shakespeare.

Nuestras diez series de la década

Hyde | 30 de noviembre de 2009 a las 19:02

six-feet-underLos anglosajones gustan mucho de los rankings y no sé muy bien por qué no los hacemos más por aquí. Así que aprovechando que The Hollywood Reporter ha hecho su lista de las mejores diez series de la década (con ausencias ominosas), que el Pisuerga pasa por Valladolid, haremos otra lista rápida por aquí. Pueden mandar sus aportaciones, que seguro que las hay. Aunque hablamos de series como un conjunto, porque si analizáramos sólo una temporada, tendríamos que incluir productos que comenzaron en el cielo (‘Prison Break’, ‘Damages’, incluso ‘Heroes’) y acabaron totalmente estrellados.  Ahí va nuestra lista:

1.- ‘Los Soprano’. Si alguien duda de ello, le mando un pescado envuelto en papel con Paulie de mensajero. David Chase revolucionó el género televisivo y James Gandolfini creó el mejor personaje mafioso de la historia. Sí, incluidos Vito y Michael Corleone. Echamos de menos a la familia, los suburbios de Nueva Jersey y a la terapeuta.

2.- ‘A dos metros bajo tierra’. Podría haber ganado el oro de no ser por la caída del nivel en las dos últimas temporadas. Los Fischer y su funeraria, o cómo divagar sobre la muerte en televisión sin poder quitarte la sonrisa de la boca y a veces las lágrimas de los ojos. Alan Ball, guionista de ‘American Beauty’, dejó una obra duradera que resistirá el tiempo, y nos descubrió a todos un actor formidable, Michael C. Hall. Tras ‘Six Feet Under’, la muerte tiene otra pinta.

3.- ‘Breaking Bad’. No vamos a rellenar la lista sólo con series de la HBO. Así que, a pesar de que sólo lleva dos temporadas, resulta justo reconocer la originalidad, atrevimiento y calidad de esta ácida -nunca mejor dicho- serie, en la que brilla Bryan Cranston, ganador de dos Emmy. Un perdedor, un profesor de química de instituto de un pueblo de Nuevo Méjico, con un hijo con parálisis cerebral y otro en camino, descubre que tiene un cáncer terminal. Así que decide empezar a sacarle provecho económico a sus conocimientos con el quimicefa para que su familia no tenga problemas en su ausencia. La metamorfosis del profesor Walter White es una de las cosas más impresionantes que hemos visto en televisión.

4.- ‘Entourage’.- Ya iba siendo hora de meter una comedia, aunque ‘El séquito’ sea mucho más que eso. Es una serie sobre el implacable negocio del entretenimiento, sobre la amistad, sobre el éxito y el fracaso. Con cameos de lujo y uno de los mejores secundarios ever, el Ari Gold de Jeremy Piven.

5.- ‘Lost’.- J.J. Abrams es a la televisión lo que Spielberg al cine. Todo lo que toca se convierte en oro. Aunque con ‘Fringe’ no acaba de despegar, ‘Perdidos’ supuso un cataclismo en la narrativa televisiva, especialmente por su uso de los flashbacks. La corporación Dharma, los otros, la isla… aunque ha tenido altibajos, esta isla misteriosa es posiblemente la serie que más engancha. Si tienes varios capítulos, es imposible ver sólo uno. Pero empieza a hacerse pesadita. Y como al final nos digan que todo ha sido un sueño, prometo ir a la isla y prenderle fuego (con Abrams dentro, claro está).

6.- ‘Dexter’.- ¿Una serie protagonizada por un asesino psicópata que no puede pasar unas semanas sin descuartizar a alguien pero que se busca un sistema para hacer el bien?  La idea parece descabellada pero es genial. Cambio radical de papel para Michael C. Hall, que lo borda como este enfermo asocial al que tenemos que querer. Y aunque parezca increíble, los creadores de la serie se las han apañado para que no baje mucho el nivel en sus cuatro temporadas. Mención especial merece el fiscal Prado que encarna Jimmy Smits.

7.- ‘The shield’.- Shawn Ryan hace lo imposible: ser absolutamente original con una serie sobre policias en Los Ángeles. Cámara al hombro seguimos las aventuras, corruptelas y desgracias de Vic Mackey, otro de los personajes antológicos de esta década, por cortesía de Michael Chiklis, a través de los barrios más degradados por la droga y la delincuencia. Es una serie brutal, que impacta desde el episodio piloto, con secundarios de absoluto lujo, en especial Forest Whitaker, que lo borda. Además, en su nómina de guionistas y productores aparece en lugar destacado Kurt Sutter, creador de ‘Sons of anarchy’, actual reina motera de la parrilla.

8.- ‘In treatment’.- ¿Qué clase de bloguero y crítico sería si no recompensara el esfuerzo mental  y físico de Gabriel Byrne para interpretar al terapeuta Paul Weston? Basada en una serie israelí, Rodrigo García (no, no diré de nuevo de quien es hijo, que ya suficiente carga tiene el hombre) nos demuestra que se puede crear una tensión extrema con una charla en una habitación. Seis personas en terapia, con sus distintas sesiones, bastan para darnos cuenta del principio fundacional de la psicología: la culpa de todo es de los padres. Genial.  

9- ‘El Ala Oeste de la Casa Blanca’. Aaron Sorkin, uno de los mejores guionistas de Hollywood, nos enseñó lo que no vemos del edificio en el que se toman las decisiones que rigen el mundo. En lo que iba a ser una serie sobre el gabinete del presidente, Martin Sheen se tomó tan en serio a su presidente Bartlet que acabó protagonizando los momentos más intensos. Este show un líder demócrata idealista, honrado, culto y profundamente comprometido con sus principios, se emitió paradójicamente durante los tenebrosos años de la era Bush. Pero nos gusta pensar que preparó el terreno para la llegada de Obama. ‘The west wing’ nos devuelve la fe en la política tan rápido como la perdemos en cuanto termina la serie y vemos las noticias…

10.- ‘The wire’. Aunque se me quedan fuera series como ‘Curb your enthusiasm’, ‘Damages’, ‘Mad men’,  ‘How I met your mother’, ‘True Blood’ o incluso ‘Friday Night Lights’, resulta imposible no incluir en una lista de diez series de la década a ‘The wire’, de una factura con una calidad indiscutible. Como ‘The shield’, nos aporta una visión diferente, en este caso de la terrible Baltimore, y nos enseña lo que nunca antes habíamos visto: cómo se desmonta una banda con las escuchas telefónicas.

Los vampiros no tienen acné

Hyde | 19 de noviembre de 2009 a las 10:10

Uno de los poderes universalmente aceptados de los vampiros y vampiresas es su seducción hipnótica. Porque hemos visto vampiros que explotan con el sol, que brillan como diamantes o que simplemente lo soportan poniéndose un anillo. También los hay que comen ajo y se reflejan en el espejo, aunque todos están educados a la antigua: deben ser invitados para poder entrar en una casa. Unos se convierten en murciélagos o ratas, otros corren que se las pelan y otros vuelan. Pero a pesar de esta heterogeneidad según la fuente, algo tienen los puñeteros chupasangres a casi todos nos atraen. Habrá que preguntarle a nuestro terapeuta de cabecera, el doctor Paul Preston, por las connotaciones sexuales de los colmillos, pero el caso es que de los no muertos nos gustan, como del cerdo, hasta los andares. En los últimos años se ha producido una revisión adolescente del mito de Bram Stoker. Si en los ochenta películas como ‘Jóvenes Ocultos’ -cómo se vengó Jason Patric del vampiro Kiefer Sutherland birlándole a Julia Roberts- o ‘Noche de miedo” frivolizaron con el asunto, en los noventa Francis Ford Coppola sentó las bases del romanticismo de la historia, con una película de una estética imponente. Paralelamente, triunfaban las novelas de Anne Rice, también llevadas al cine pero con peor fortuna. Y ahora la televisión pelea con el Hollywood por la adaptación de novelas que triunfan entre jovencitos. Si la saga ‘Crepúsculo’ de Meyer arrasa en la gran pantalla, lo propio han hecho las dos últimas temporadas de ‘True Blood’ en la pequeña y está empezando a hacer ‘Los diarios del vampiro’, de un parecido con la primera que raya en el plagio (guapo vampiro adolescente conoce a guapa humana adolescente en el instituto y se enamoran perdidamente a pesar de los peligros y de las obvias dificultades a la hora de almorzar). De todas, como corresponde a un fiel seguidor de Alan Ball desde su magistral ‘A dos metros bajo tierra’, mi favorita es ‘True Blood’. Vale, es surrealista y a veces ridícula, pero también es irreverente, política y siempre nos sorprende. Aunque es una recomendación extensible a todas las series -ya hablaremos de eso en otra ocasión- hay que verla en versión original con subtítulos. En el doblaje se pierden los cerrados acentos sureños de sus personajes, que son parte de la gracia del show. En cuanto a la más reciente ‘Los diarios del vampiro’, que la cadena CW ha enganchado a la veterana ‘Sobrenatural’ -ambas se emiten seguidas los jueves-, de momento no nos convence. Pero también debe de habernos hechizado porque la vemos cada semana.

Rectificamos

Hyde | 12 de agosto de 2009 a las 11:31

Tras otros seis capítulos emitidos, sirva este post a modo de rectificación. Sí, queridos lectores, la cosa ha mejorado y tras el fiasco de inicio de temporada del que hablamos hace más de un mes, True Blood ha remontado el vuelo. Ciertas de las cosas que escribimos entonces se confirman. Sí, a Alexander Skarsgard le dan más juego, y sí, Michelle Forbes se convierte en extraña e inquietante protagonista. Pero no, a Sookie siguen sin dejarla seca, y mira que lo merece.

En serio, puede que True Blood siga padeciendo los mismos problemas que en la primera temporada, o te la crees o no, o entras en un juego tramposo o no, pero dentro de este páramo de entretenimiento que es el verano, dentro de la depresión que provoca trabajar en agosto con los calores, sigue siendo de lo mejorcito en pantalla. Y en esta segunda temporada hay más acción, más vampiros, más monstruos extraños y da la impresión de que Alan Ball se ha tomado las cosas un poco más en serio. Sólo un poco.

Fiasco en Fangtasia

Hyde | 19 de junio de 2009 a las 19:07

http://www.youtube.com/watch?v=qufAFY7FL0U Hacía meses que la HBO de nuestros amores no aportaba nada nuevo a la mesa. Y el primero de los ansiados platos sabe a mil rayos, centellas y demonios, que diría el capitán Haddock. A la espera de que nuestros queridos muchachos de Entourage nos resarzan próximamente, lamento comunicarles que el primer capítulo de la segunda temporada de True Blood es malo, malo, malo. El trailer de hace semanas que les adjunta sobre estas líneas, con música de Bob Dylan, es mucho más entretenido. Pero sí, seguiremos viendo esta serie porque nos negamos a renegar tran pronto del gamberro Alan Ball.

Afortunadamente no les ha dado por cambiar los magníficos créditos y canción de entrada de Jace Everett. Pero si ya el año pasado hablábamos de que la serie se asomaba al precipicio de la ridiculez, sobre todo por la interpretación de Anna Paquin / Sookie, esta primera entrega de la segunda temporada da cierta vergüenza ajena. Parece que los productores se han currado más el marketing y la venta de camisetas y chorradas para los fans que los guiones, sólo hay que echar un vistazo a la web oficial de la serie.

Sí, el personaje de la siempre sugerente Michelle Forbes, la mujer de nuestro terapeuta favorito en In treatment, promete. No, el hermano tonto de Sookie no ha espabilado. Sí, el sueco Alexander Skarsgard, protagonista de Generation Kill, tendrá más presencia este año. No, afortunadamente no ha desaparecido uno de los mejores personajes del show.

Pero después de tanto esperar la continuación, anoche me sentí un poco estafado. A pesar de que no pagué un duro por bajarme el capítulo televisivo emitido en USA, queridos lectores amantes de la SGAE. ¡¡¡Eso es vampirismo y lo de True Blood tonterías!!!