El Lado Oscuro de Heisenberg
La primera temporada de ‘Breaking Bad’ fue la sensación del año pasado. Ya lo hemos contado aquí. También en este blog expresábamos nuestros temores a que el interés de las desventuras de nuestro querido profesor Walter White, que interpreta magistralmente Bryan Cranston, cayera en picado víctima del síndrome de la segunda temporada. Todo lo contrario. En la segunda temporada de Breaking Bad, que recientemente concluyó en EEUU (y no me vengan ahora otra vez con la SGAE, pequeños aprendices de Ramoncín), asistimos a una transformación. De comedia ácida pasamos a drama con algunas, pocas, pinceladas cómicas. La mayoría proporcionadas por cierto por un nuevo personaje, un abogado tan estrambótico como corrupto.
El profesor sigue batallando el cáncer y cocinando cristal, MDMA o como quiera Dios que se traduzca aquí la droga de diseño que cual alquimista privilegiado, produce. Pero empezamos a no tener tan claro que el fin justifique los medios, que sus motivos sean tan morales y admirables como eran al principio. Walt cambia, se pasa al Lado Oscuro, cual Darth Vader de Nuevo Méjico, y su Mr Hyde particular, Heisenberg, cada vez lo domina más. No contaremos aquí detalles, pero algunos de los episodios de esta segunda temporada son duros, sórdidos, estremecedores. La serie de Vince Gilligan se ha convertido en un brillante pero turbio ensayo sobre el engaño, la ambición, las adicciones, la muerte, la paternidad. Nos sigue encantando.


