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Las diez mejores series de 2011

Hyde | 27 de diciembre de 2011 a las 3:40

Llega el fin del año y el obligado repaso a lo mejor de la parrilla televisiva. Ausente forzosa ‘Mad Men’ tras las duras negociaciones entre la cadena AMC y su creador, Matt Weiner, estas son las diez mejores obras de 2011 a juicio, subjetivísimo, de este seriófilo. Algunas se han emitido ya en España, otras lo hacen en la actualidad y otras llegarán pronto.

10.-‘Sons of Anarchy‘. ¿Puede un último capítulo cargarse una temporada casi redonda? Si eliminamos el desastroso 4×14, la nueva entrega de esta violenta serie, revisión motera de ‘Hamlet’ y ‘El Padrino’ (aunque nuestros muchachos de Samcro se pasan más tiempo en el hospital que sobre sus Harleys), ha vuelto al nivel de sus primeros dos años, gracias a la llegada del artesano Paris Barclay. Su creador, Kurt Sutter, uno de los tipos más irreverentes, peculiares y sorprendentes de la televisión (“Haz siempre lo contrario de lo que espera el espectador”, es uno de sus lemas), ha estado más cerca que nunca de la añorada ‘The Shield’, en la que trabajó como guionista. Aunque al final, como Ícaro, se quemó.

9.- ‘Community’. No es fácil para una serie de una gran cadena generalista como la NBC jugar siempre al filo de la navaja. Por eso, y aunque su tercera y a tenor de las audiencias quién sabe si última temporada, no sea la mejor, el loco grupo de estudio de Greendale merece estar en cualquiera de estas listas. Hay unanimidad de los críticos: cuando uno de sus episodios es redondo, resulta inalcanzable. Y este año ya llevamos unos cuantos capítulos memorables. Nadie parodia mejor que ‘Community’ y no recordamos un mejor dúo que el de Abed y Troy. El talento, la asunción de riesgos y la creatividad salvaje de esta comedia, con un casting soberbio y unos guiones escritos con la locura que sólo un genio puede tener, merecen mucha mejor suerte.

8. ‘Crematorio’. También hay que tener mucho valor para coger la excelente novela de Rafael Chirbes, a base de monólogos interiores, y llevarla a la pequeña pantalla en la que posiblemente sea la primera serie española que puede mirar a la cara a las producciones de la HBO, la AMC y la BBC sin bajar la cabeza. Los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo merecen todos los aplausos, a la par que Canal Plus un empujoncito para seguir destinando parte de sus ingresos a producciones propias de calidad. ‘Crematorio’, con un Pepe Sancho en el papel de su carrera, es un retrato fiel y descarnado de la corrupción y la voracidad inmobiliaria que ha asolado el litoral español. Y todo, desde los créditos iniciales con música de Loquillo, pasando por la fotografía hasta el último de los secundarios, funciona como un reloj. No estamos acostumbrados.

7.- ‘Friday Night Lights’. Si se tratara de valorar una serie en su conjunto, las cinco temporadas de ‘FNL’ merecerían estar en el podio. Si lo que cuenta es la emoción y empatía que se provoca en el espectador, sería la campeona. No, la quinta y última entrega de esta fenomenal obra sobre la familia, la pertenencia a una comunidad, la crisis, los retos de la vida diaria, con deporte como elemento catalizador pero no protagonista, no ha sido la mejor. Cuenta, eso sí, con un finale redondo, de los que pasarán a la historia por dejar a todo el mundo satisfecho. Rodada con cámara al hombro, sin ensayos y con libertad interpretativa absoluta, hasta el punto de que sus excelentes actores improvisaban sobre la marcha y cortaban o ampliaban diálogos por lealtad al espíritu de sus personajes, ‘FNL’ es la gran serie que usted no ha visto. No ha habido, ni seguramente habrá, un matrimonio más realista y perfecto en la pantalla que el que forman los Taylors de Kyle Chandler (por fin le llegó el Emmy) y Connie Britton. Tampoco un pueblo con más corazón que Dillon.

6.- ‘The Good Wife’. Si la segunda temporada fue la de confirmación de la alternativa tras un estreno sorprendente, en su tercer año ‘La Buena Esposa’ se mantiene en la cumbre, aunque sigue penando con las audiencias. Julianna Margulies reina sobre un reparto soberbio, con más banquillo que el F.C. Barcelona, el Real Madrid y el Manchester City juntos. ‘TGW’ es la serie con los guiones más actuales, no en vano sus ‘showrunners’, el matrimonio King, los escribe y graba de una semana para otra. Cual pareja de Guardiola-Mourinho televisiva, saben sacar siempre lo mejor de cada personaje y siguen su evolución al milímetro. Si un día Kalinda quita el hipo, al otro Cary Agos lo borda. Y cuando no es el genial Eli Gold de Alan Cumming, aparece como estrella invitada Michael J. Fox en un papel de abogado discapacitado y cabronazo espectacular. No, ‘The Good Wife’ no es otra serie de abogados. Es sobre la política, la ambición, la familia y la competencia profesional. Una maravilla.

5.- ‘Justified’. Bonito que una serie tan cargada de testosterona como ésta, sobre un duro, durísimo U.S. Marshall que vuelve a su cerrado condado natal de Kentucky, haya explotado gracias a sus mujeres. Con una Margo Martindale sencillamente sublime, que encarna a una de las mejores ‘malas’ de la historia de la tele, y unos diálogos soberbios a cargo del curtido Graham Yost, la segunda entrega de ‘Justified’ sorprendió a toda la crítica. Timothy Olyphant, protagonista y productor, dio un acertado paso atrás, sólo para ganar más impulso, dando mayor peso a los personajes femeninos de Zea, Carter y la niña Kaitlyn Dever, y a su lado tiene a uno de los mejores secundarios posibles: Walton Goggins. Es pecado ver esta serie doblada, porque aunque sus acentos ‘redneckianos’ resultan incomprensibles incluso para los angloparlantes, sería como poner acento gallego a un gaditano.

4.- ‘Juego de Tronos’. A priori, la formidable empresa de llevar a la pantalla la colosal e inacabada todavía –maldito viejo gordo- obra de George R.R. Martin, referente actual de la literatura fantástica, parecía demasiado incluso para la HBO. Pero aunque difícilmente encontrarán a un lector de los libros que prefiera la serie, como tiene que ser, tampoco habrá muchos que renieguen de ella. El casting, lleno de secundarios apenas conocidos para el gran público, ha sido un acierto total. Se nota que el escritor, veterano guionista, es uno de los productores y ha participado decisivamente en la elección. Las recreaciones que parecían imposibles del primer tomo de la saga ‘Canción de Hielo y Fuego’ (el Muro, los ‘niños’ de Dani…) se han solventado de forma magistral. Y aunque se trata de una obra coral, un buffé libre de protagonistas que se mueven por un tablero en el que la vida no está garantizada –amará y odiará a Martin por ello, querido lector-, sobresale entre todos el más pequeño de tamaño pero grande de talento: Peter Dinklage. También parecía imposible encontrar al Tyrion perfecto. Él lo es.

3.- ‘Boardwalk Empire’. Con ella hay que ser más exigente que con las demás, porque lo tiene todo. Todo el dinero del mundo y más (en reconstruir el viejo paseo marítimo de Atlantic City se gastaron más que en la inmensa mayoría de las películas españolas); un reparto excelente encabezado por Steve Buscemi y Michael Pitt, secundados por gente de la talla de Michael Kenneth Williams (sus escenas, antológicas, casi superan por intensidad a las del viejo Omar de ‘The Wire’) y un equipo de lujo detrás de las cámaras liderado por el ‘sopraniano’ Terence Winter, T. Van Patten y un Martin Scorsese cuya mano se intuye. A veces para bien y otras para mal. A ‘BE’ sólo le reprochamos cierta frialdad en el desarrollo de los personajes y la cargante presencia de Paz de la Huerta. Va camino de ser una obra maestra.

2.- ‘Breaking Bad’. Se nos acaban los epítetos para el descenso a los infiernos del profesor Walter White. También los halagos para Vince Gilligan y su maestría artística: ha conseguido que una serie adquiera la coherencia y la profundidad de una gran novela. Todo ocurre por una razón en ‘BB’, reina de la pantalla desde su estreno y hasta su penúltima temporada. Y sea cual sea el lío en el que se meten sus personajes, los más desarrollados e imperfectamente humanos de la televisión actual, la historia continúa sin trampa ni cartón. No sólo cuenta con dos protagonistas y antihéroes memorables, a cargo de los premiados Bryan Cranston y Aaron Paul. También Gus Frings, un extraordinario Giancarlo Esposito de momento con las manos vacías, se ha ganado un puesto entre los mejores malos televisivos de la historia.

1.- ‘Homeland’. Una lista es siempre, y sobre todo, subjetiva. Incluso contradictoria. En el balance final y tras varios años, ‘Breaking Bad’, ‘Friday Night Lights’, ‘The Good Wife’ o ‘Boardwalk Empire’ serán seguramente mejores que una serie que debería tener solo una temporada. Puede que incluso en este 2011 si hiciéramos un análisis formal y objetivo. Pero hay muchos factores por los que ‘Homeland’ merece este puesto de honor en su debut. No sólo por la solidez de sus dos dañados protagonistas, unos inmensos Claire Danes y Damian Lewis, o por la discreta maestría de don Mandy Patinkin. Tampoco porque por primera vez la cadena Showtime le hable de tú a tú a las veneradas HBO y AMC y eso sea de agradecer. Lo mejor de ‘Homeland’ es el supremo valor con el que afronta un tema tan doloroso y espinoso como el terrorismo, sus causas y sus consecuencias, en un país que todavía no ha cerrado del todo las cicatrices del 11-S. Todos sus personajes principales están traumatizados de una manera u otra, como la nación, pero eso no impide que los responsables de esta serie, inspirada en una israelí, nos pongan a menudo en la piel del terrorista y lancen al espectador la dura pregunta de si no será igual de malo un Estado que bombardea a civiles y mata niños. También hay que aplaudir su equilibrismo de cuerda floja. A medida que iban pasando sus episodios, nadie daba un duro por el desenlace, presuponiendo un ‘finale’ desastroso ‘a la The Killing’ en el que saltaran todas las costuras del argumento. Pero el traje estaba hecho como dios manda. ‘Homeland’ es un thriller psicológico fantástico, con muchos momentos de una intensidad que corta la respiración. Y ha logrado lo más difícil: situar una trama que parecía forzosamente conclusiva bien embocada hacia la segunda temporada. Como su música, es un jazz que va entrando sigilosamente, hasta que, de repente… ¡ZAS! te ha conquistado. Como en el jazz, como esa trompeta de Miles Davis que parece estremecerse, llorar y gritar en solitario, uno duda de que todo acabe entrando en armonía. Pero lo hace. Bravo.

Siempre con Dillon

Hyde | 13 de febrero de 2011 a las 19:27

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Las despedidas son siempre tristes. Pero a veces la pena del adiós se ve mitigada por un inabarcable sentimiento de gratitud, de plena satisfacción por el camino recorrido, de llorosa felicidad por la suerte de haber compartido días, meses o años con los seres queridos que desde ahora nos faltarán. El último capítulo de ‘Friday Night Lights’ fue una inmensa despedida, un final perfecto para una serie que ha dominado como pocas los sentimientos, la extrema necesidad que tiene el ser humano de formar parte de algo más grande que el individuo, ya sea la pareja, la familia en todas sus múltiples y variadas formas, o la comunidad. Y Dillon, ese ficticio pueblo de Texas en el que a los amantes de esta serie nos gustaría empadronarnos, es la mayor familia de la historia de la televisión. Por eso nos duele tanto dejarlo después de cinco intensos años.

A partir de aquí, espoilers.

En los últimos días he leído numerosas críticas y posts, todas positivas, sobre ‘Always’, el series finale de FNL. Por anticipado mis disculpa si uso o robo pensamientos de compañeros y amigos blogueros. Me han gustado especialmente el de mi querido diamante en serie Nahum, y el de  Poniewozik. El crítico televisivo de ‘Time’, una referencia para este blog, lo ha definido como la sesión final del seminario sobre ‘Cómo ser un Maldito Hombre’ que Kyle Chandler, el excelente actor que interpreta al coach Eric Taylor, ha estado impartiendo en los últimos cinco años.

Yo añadiría que Connie Britton, su esposa Tami en la ficción, no se ha quedado atrás. Porque el pegamento de esta serie, su núcleo central y fuerza gravitatoria alrededor de la que orbitan el resto de personajes, es el matrimonio Taylor y la forma en que se enfrentan a las dificultades. No ha habido una pareja más real y perfecta en la historia de la televisión. Tampoco he visto una declaración de amor más hermosa que la de Eric, cediendo por primera vez ante la carrera de su esposa tras  tenernos dos capítulos en vilo: “Te toca a ti. ¿Me dejarás ir a Philadelphia contigo?”.

El segundo visionado de este capítulo es incluso más emocionante que el primero. Cuesta contener las lágrimas, porque hay despedidas de una intensidad difícil de aguantar. Como el abrazo entre Mindy y Becky. O la de Vince y Jess, o la de ésta y el entrenador (“Formar parte de los Lions ha sido la mejor experiencia de mi vida”. “También de la mía”, le responde Eric). Parece imposible que en una hora los creadores de la serie, y en concreto su ‘showrunner’, Jason Katims, responsable del guión, hayan podido concentrar tantos cierres y con tanto cariño hacia los personajes. Dejamos a Tim Riggins construyendo su hogar, por supuesto en Texas (¿qué demonios era eso de Alaska?), con su hermano, por fin reconciliados. A Buddy Garrity mirando, con los ojos llorosos, cómo se coloca en el vestuario una placa en honor a su viejo amigo, con la famosa leyenda que todos conocemos; recuperamos al querido Landry, aunque sólo sea por un instante, para volver a dar el consejo adecuado, y jocoso, a su buen amigo Matt Saracen; vivimos, también por poco tiempo, la intensidad de la relación paterno-filial entre Eric y Vince (“Puede que nunca sepas lo orgulloso que estoy de ti”, “Usted cambió mi vida, entrenador”). Sabemos que Vince, como hizo anteriormente Smash Williams, no sólo corre por deporte. Lo hace por su madre.

Y luego está la cena, claro. El discurso del entrenador a su hija y a Matt sobre lo que debe ser un matrimonio, sobre la importancia del compromiso y del sacrificio, mientras la cámara se centra en un primer plano de su esposa, al borde de las lágrimas. Casi nos dan ganas de hacer igual que ella y salir corriendo al baño para no montar una escena en el sofá de casa. Y esa discusión, al estilo Taylor, en un plano lejano en la puerta del restaurante, en el que Tami le dice que ahora le toca a ella, que cómo va a poder aconsejar a su hija si siempre hace lo que él quiere. O, dando marcha atrás, el momento en el que Matt le pide a Eric la mano de Julie, primero la risa, luego la incredulidad y finalmente la furia que Chandler es capaz de transmitir con una mirada. Y su llegada a casa, casi estampida, en la que le cuenta a su esposa el asunto. “Tenemos un problema, un problema de verdad”. Le cuenta la historia del anillo y vuelven a discutir, sale corriendo, como ha venido, de casa, mientras Tami le grita “¡Pero si estamos de acuerdo en esto!”. Ahí sabemos que el asunto de Philadelphia no va a acabar con nuestro matrimonio favorito, como muchos temíamos.

Para el final he dejado el que quizás sea el cierre más hermoso de una serie de televisión. El vuelo del balón que va a dar el campeonato a los moribundos Lions, esos primeros planos de los personajes atentos, y como en lugar de llegar al touchdown y al éxtasis colectivo, saltamos ya a Philadelphia, donde el coach Taylor ya está al frente de otro equipo. Y de nuevo empezando el camino. Ni siquiera se saben su grito de guerra. Sabemos en un instante que la victoria llegó, al ver el anillo de  Vince, ya un Panther, que Luke se va a la guerra y que los Taylors están en casa. Ya no es Texas, sino Pennsylvania. Pero tu hogar es donde viven los seres que amas. Gracias, FNL, por estos cinco años en los que Dillon se ha convertido en nuestra segunda casa. Ojalá pudiéramos seguir con los Taylors en Philadelphia. Pero así es la vida, llena de senderos que se bifurcan.

Padres e hijos

Hyde | 17 de noviembre de 2010 a las 3:21

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Dos chavales de instituto que crecieron sin padre. Uno estaba en Iraq, el otro en la cárcel. Uno de los niños fue criado por una abuela entrando en la senilidad y el otro en las calles, con una madre adicta al crack y amigos delincuentes. Uno es blanco, el otro negro. Los dos inseguros. Comparten algo más que su pueblo, Dillon. Ambos son, o han sido, los quaterbacks del entrenador Eric Taylor. Dos ‘underdogs’, hablando en yankee…

Los dos mejores capítulos de la extraordinaria ‘Friday Night Lights’ son ‘The son’, de la cuarta temporada, en el que acompañamos a Matt Saracen en el duelo por su padre (memorable interpretación de Zach Gilford), y ‘The right hand of the father’, emitido el pasado miércoles, en el que sufrimos con Vince Howard el regreso de su progenitor, en libertad condicional, pero eterno culpable para un hijo obligado a ser demasiado pronto el hombre de la casa.

Michael B. Jordan es el desafortunado nombre de un joven actor de gran talento que nos seguirá dando que hablar. Y en cuanto a ‘Friday Night Lights’, en su temporada de despedida, a mí se me sigue erizando el pelo cada vez que escucho la música de sus créditos de inicio, a cargo de W.G. Snuffy Walden (autor, por cierto, de la apertura de ‘The West Wing’). Esta serie no debería acabar nunca. Go Lions!

La mejor serie desconocida

Hyde | 29 de octubre de 2010 a las 11:54

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El entrenador Taylor se parece a Guardiola, aunque también puede ser un poco Mourinho. Vive por y para el fútbol (que sea americano o europeo nos es indiferente), da igual que se trate de un equipo profesional como los Dallas Cowboys o de sus Panteras o Leones de Dillon, esa pequeña ciudad imaginaria de Texas que tan bien refleja los golpes de la crisis económica, los sueños rotos y las frustraciones de los habitantes de cualquier lugar periférico, sea en Estados Unidos o aquí en Andalucía. ‘Friday Night Lights’ no es una serie sobre el deporte ni sobre adolescentes, aunque quien haya tenido la mala suerte de no verla nunca podría catalogarla así. Es quizás la ficción televisiva que más certeramente se aproxima a los problemas del día a día, que mejor sabe tejer las relaciones de sus personajes, que más profundamente nos sumerge en lo que significa la familia, sea eso lo que sea. Algunos incluso podrían confundirla con una telenovela. Si efectivamente lo es, tiene enganchados a los críticos de televisión de todo el mundo. Pocas series, quizás sólo ‘Mad Men’, te dejan como ésta el vello erizado cuando llega la música de los créditos finales.

Si el entrenador Eric Taylor es el referente moral y vital de muchos de los jóvenes de su equipo, el pilar que lo sostiene a él es su mujer, orientadora y directora del instituto. Los Taylors, el mejor matrimonio de la televisión reciente, es tan real como la vida misma: se quieren, se pelean, discuten y se apoyan frente a las adversidades. Todo sin excesos poco creíbles: si se cabrean, se acuestan en la cama refunfuñando; se levantan con cara de sueño, y sus problemas son tan reales como los nuestros. Tienen el amigo gorrón que acaba haciéndose querer, el guaperas descarriado medio adoptado, el novio de la hija, huérfano, al que protegen y exigen como a un hijo. Por algo las merecidas nominaciones a los últimos Emmy de Kyle Chandler y Connie Britton, justo reconocimiento a una serie que ha pasado muchas veces desapercibida de cara a los premios. No lo ha tenido fácil esta adaptación de la misma película de Peter Berg. La NBC se planteó cancelarla tras la segunda temporada, pero un pionero acuerdo con el canal de pago Direct TV, que la emite unos meses antes que la generalista, ha permitido mantener este producto de culto hasta ésta, su quinta y última temporada, que hoy comienza.

Friday Night Lights, ha funcionado además como cantera de otras series y de Hollywood. Los productores, con tino, han huido de explotar a los protagonistas hasta que les salieran canas en el instituto, así que los han ido graduando progresivamente. De aquí han salido las disputadas bellezas Minka Kelly y Adrianne Palicki, Taylor Kitsch, Zach Gilford y Scott Porter, ahora magnético rival de la aún más eléctrica Kalinda de Archie Panjabi, en ‘The Good wife’.

Placaje a ‘Perdidos’

Hyde | 18 de febrero de 2010 a las 11:49

Lo siento por los millones de fans, por la campaña de marketing mundial, y por mí mismo. Pero los tres primeros capítulos de ‘Perdidos’ son una tomadura de pelo. No teman, que no vamos a emplear espoilers, pero hay un momento concreto, en el que se nota en las propias caras de los actores que ni ellos mismos se creen ya tanto giro de guión. A estas alturas no hace falta recordar que la serie estaba pensada para una temporada. Habría sido excepcional, histórica. Y sí, nos habría dejado sin muchos buenos momentos posteriores (entre esos momentos sublimes está la muerte de Charlie…). Pero también nos habría ahorrado el desengaño final. No tengo problema en tirar la primera piedra: de momento la última temporada de ‘Lost’ no nos convence en absoluto. Exigimos ahora mismo mayor respeto a su trayectoria y a sus fans. Porque hasta el tercer capítulo, lo mejor de la sexta es, con diferencia, la magnífica promo que hicieron los muchachos de Cuatro y que fue explotada por la Fox. Ya saben, el tablero de ajedrez, el poema de Omar Khayyam. 

Aunque mientras todos nos volvemos locos con Perdidos, ha pasado bastante desapercibido en EEUU, y totalmente ignorado en España, el final de la cuarta temporada de ‘Friday Night Lights’. Hace semanas escribimos de esta estupenda serie de Peter Berg. Si el grado de ansiedad con la que uno espera que se descarguen los capítulos es directamente proporcional a lo que le gusta una serie, debo admitir que ésta es ahora mismo nuestra favorita. Pero no sólo de servidor, también de muchos críticos y guionistas de EEUU. Hay que tener talento para mantener e incrementar la tensión narrativa cuando la trama iba en teoría de algo tan superficial como el equipo de fútbol americano de un instituto de un pueblo tejano que vive obsesionado con ese deporte. Pero luego descubres que es lo único que le da alegría, sueños, a Dillon, una población sumida en la crisis, con graves diferencias sociales. Todo abordado con una exquisita distancia, sin caer en las tentaciones fáciles de enfrentar a blancos y negros, de banalizar un aborto juvenil, los problemas de las drogas o las bandas. En esta temporada incluso se afronta el drama de la muerte de un padre que es un desconocido para su hijo, un capítulo memorable que ejemplifica muy bien el alto nivel de esta serie.

Friday Night Lights es un retrato de un pueblo medio con el deporte de fondo, con un grupo de grandes y jóvenes actores que se va renovando cada año. En éste ha irrumpido con fuerza Michael B. Jordan, que ya nos gustó en ‘The Wire’. Pero a esta serie le ocurre lo mismo que a sus protagonistas: tiene que estar en permanente pelea para que sus méritos sean reconocidos, para no pasar desapercibida. Una bellísima historia sobre el fracaso, el éxito y la lucha. Grave error el mío si no la incluí en la lista de las diez mejores series de la década. Merece estar en el top5.

Touchdown

Hyde | 7 de diciembre de 2009 a las 14:07

Cada vez me gusta más Friday Night Lights. Cada vez esta serie aparentemente superficial se vuelve más profunda, más dramática, más rica en el desarrollo de sus personajes. En este show los placajes no los da la defensa del equipo rival, sino la vida misma. El miércoles pasado uno de los protagonistas, que dentro de poco dejará el show (Peter Berg contaba hace semanas que a todos sus jóvenes actores les avisaba de que no podían permanecer en el instituto hasta los 30 años…), dio una lección de interpretación. Incluso algún gurú televisivo como James Poniewozik, de Time, ha sugerido que merecería un Emmy por su papel en el episodio ‘El hijo’. Matt Saracen, su personaje, lo simboliza todo en esta serie. De suplente a titular por accidente, de estrella del pueblo a secundario de nuevo por la llegada de una joven estrella. De aspirante a artista a repartidor de pizza. De familia humilde, abandonado por su madre, criado por una abuela que se está volviendo senil y con un padre que huyó al ejército tras el divorcio, el pobre Matt nunca lo ha tenido fácil. Siempre ha sido el cabeza de familia, el currante, el humillado. En este episodio (ojo, spoiler) entierra a su padre, fallecido en Iraq. El ataúd trae sus restos a casa, una imagen que seguro se ha visto en miles de pueblos americanos como Dillon.

Y en una serie que en teoría iba sobre tan banal como fútbol americano experimentamos, sufrimos, todo el resentimiento del hijo abandonado hacia su padre fallecido, los conflictos internos entre el luto y el odio, cómo Matt se viene abajo al empeñarse en abrir el atáud y ver a su padre desfigurado, cómo acaba haciendo una bonita, por realista, elegía. Pocas veces en televisión se pueden sentir tantas emociones en apenas 40 minutos. FNL nos deja siempre muy tocados. FNL es grande.