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Las diez mejores series de 2011

Hyde | 27 de diciembre de 2011 a las 3:40

Llega el fin del año y el obligado repaso a lo mejor de la parrilla televisiva. Ausente forzosa ‘Mad Men’ tras las duras negociaciones entre la cadena AMC y su creador, Matt Weiner, estas son las diez mejores obras de 2011 a juicio, subjetivísimo, de este seriófilo. Algunas se han emitido ya en España, otras lo hacen en la actualidad y otras llegarán pronto.

10.-‘Sons of Anarchy‘. ¿Puede un último capítulo cargarse una temporada casi redonda? Si eliminamos el desastroso 4×14, la nueva entrega de esta violenta serie, revisión motera de ‘Hamlet’ y ‘El Padrino’ (aunque nuestros muchachos de Samcro se pasan más tiempo en el hospital que sobre sus Harleys), ha vuelto al nivel de sus primeros dos años, gracias a la llegada del artesano Paris Barclay. Su creador, Kurt Sutter, uno de los tipos más irreverentes, peculiares y sorprendentes de la televisión (“Haz siempre lo contrario de lo que espera el espectador”, es uno de sus lemas), ha estado más cerca que nunca de la añorada ‘The Shield’, en la que trabajó como guionista. Aunque al final, como Ícaro, se quemó.

9.- ‘Community’. No es fácil para una serie de una gran cadena generalista como la NBC jugar siempre al filo de la navaja. Por eso, y aunque su tercera y a tenor de las audiencias quién sabe si última temporada, no sea la mejor, el loco grupo de estudio de Greendale merece estar en cualquiera de estas listas. Hay unanimidad de los críticos: cuando uno de sus episodios es redondo, resulta inalcanzable. Y este año ya llevamos unos cuantos capítulos memorables. Nadie parodia mejor que ‘Community’ y no recordamos un mejor dúo que el de Abed y Troy. El talento, la asunción de riesgos y la creatividad salvaje de esta comedia, con un casting soberbio y unos guiones escritos con la locura que sólo un genio puede tener, merecen mucha mejor suerte.

8. ‘Crematorio’. También hay que tener mucho valor para coger la excelente novela de Rafael Chirbes, a base de monólogos interiores, y llevarla a la pequeña pantalla en la que posiblemente sea la primera serie española que puede mirar a la cara a las producciones de la HBO, la AMC y la BBC sin bajar la cabeza. Los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo merecen todos los aplausos, a la par que Canal Plus un empujoncito para seguir destinando parte de sus ingresos a producciones propias de calidad. ‘Crematorio’, con un Pepe Sancho en el papel de su carrera, es un retrato fiel y descarnado de la corrupción y la voracidad inmobiliaria que ha asolado el litoral español. Y todo, desde los créditos iniciales con música de Loquillo, pasando por la fotografía hasta el último de los secundarios, funciona como un reloj. No estamos acostumbrados.

7.- ‘Friday Night Lights’. Si se tratara de valorar una serie en su conjunto, las cinco temporadas de ‘FNL’ merecerían estar en el podio. Si lo que cuenta es la emoción y empatía que se provoca en el espectador, sería la campeona. No, la quinta y última entrega de esta fenomenal obra sobre la familia, la pertenencia a una comunidad, la crisis, los retos de la vida diaria, con deporte como elemento catalizador pero no protagonista, no ha sido la mejor. Cuenta, eso sí, con un finale redondo, de los que pasarán a la historia por dejar a todo el mundo satisfecho. Rodada con cámara al hombro, sin ensayos y con libertad interpretativa absoluta, hasta el punto de que sus excelentes actores improvisaban sobre la marcha y cortaban o ampliaban diálogos por lealtad al espíritu de sus personajes, ‘FNL’ es la gran serie que usted no ha visto. No ha habido, ni seguramente habrá, un matrimonio más realista y perfecto en la pantalla que el que forman los Taylors de Kyle Chandler (por fin le llegó el Emmy) y Connie Britton. Tampoco un pueblo con más corazón que Dillon.

6.- ‘The Good Wife’. Si la segunda temporada fue la de confirmación de la alternativa tras un estreno sorprendente, en su tercer año ‘La Buena Esposa’ se mantiene en la cumbre, aunque sigue penando con las audiencias. Julianna Margulies reina sobre un reparto soberbio, con más banquillo que el F.C. Barcelona, el Real Madrid y el Manchester City juntos. ‘TGW’ es la serie con los guiones más actuales, no en vano sus ‘showrunners’, el matrimonio King, los escribe y graba de una semana para otra. Cual pareja de Guardiola-Mourinho televisiva, saben sacar siempre lo mejor de cada personaje y siguen su evolución al milímetro. Si un día Kalinda quita el hipo, al otro Cary Agos lo borda. Y cuando no es el genial Eli Gold de Alan Cumming, aparece como estrella invitada Michael J. Fox en un papel de abogado discapacitado y cabronazo espectacular. No, ‘The Good Wife’ no es otra serie de abogados. Es sobre la política, la ambición, la familia y la competencia profesional. Una maravilla.

5.- ‘Justified’. Bonito que una serie tan cargada de testosterona como ésta, sobre un duro, durísimo U.S. Marshall que vuelve a su cerrado condado natal de Kentucky, haya explotado gracias a sus mujeres. Con una Margo Martindale sencillamente sublime, que encarna a una de las mejores ‘malas’ de la historia de la tele, y unos diálogos soberbios a cargo del curtido Graham Yost, la segunda entrega de ‘Justified’ sorprendió a toda la crítica. Timothy Olyphant, protagonista y productor, dio un acertado paso atrás, sólo para ganar más impulso, dando mayor peso a los personajes femeninos de Zea, Carter y la niña Kaitlyn Dever, y a su lado tiene a uno de los mejores secundarios posibles: Walton Goggins. Es pecado ver esta serie doblada, porque aunque sus acentos ‘redneckianos’ resultan incomprensibles incluso para los angloparlantes, sería como poner acento gallego a un gaditano.

4.- ‘Juego de Tronos’. A priori, la formidable empresa de llevar a la pantalla la colosal e inacabada todavía –maldito viejo gordo- obra de George R.R. Martin, referente actual de la literatura fantástica, parecía demasiado incluso para la HBO. Pero aunque difícilmente encontrarán a un lector de los libros que prefiera la serie, como tiene que ser, tampoco habrá muchos que renieguen de ella. El casting, lleno de secundarios apenas conocidos para el gran público, ha sido un acierto total. Se nota que el escritor, veterano guionista, es uno de los productores y ha participado decisivamente en la elección. Las recreaciones que parecían imposibles del primer tomo de la saga ‘Canción de Hielo y Fuego’ (el Muro, los ‘niños’ de Dani…) se han solventado de forma magistral. Y aunque se trata de una obra coral, un buffé libre de protagonistas que se mueven por un tablero en el que la vida no está garantizada –amará y odiará a Martin por ello, querido lector-, sobresale entre todos el más pequeño de tamaño pero grande de talento: Peter Dinklage. También parecía imposible encontrar al Tyrion perfecto. Él lo es.

3.- ‘Boardwalk Empire’. Con ella hay que ser más exigente que con las demás, porque lo tiene todo. Todo el dinero del mundo y más (en reconstruir el viejo paseo marítimo de Atlantic City se gastaron más que en la inmensa mayoría de las películas españolas); un reparto excelente encabezado por Steve Buscemi y Michael Pitt, secundados por gente de la talla de Michael Kenneth Williams (sus escenas, antológicas, casi superan por intensidad a las del viejo Omar de ‘The Wire’) y un equipo de lujo detrás de las cámaras liderado por el ‘sopraniano’ Terence Winter, T. Van Patten y un Martin Scorsese cuya mano se intuye. A veces para bien y otras para mal. A ‘BE’ sólo le reprochamos cierta frialdad en el desarrollo de los personajes y la cargante presencia de Paz de la Huerta. Va camino de ser una obra maestra.

2.- ‘Breaking Bad’. Se nos acaban los epítetos para el descenso a los infiernos del profesor Walter White. También los halagos para Vince Gilligan y su maestría artística: ha conseguido que una serie adquiera la coherencia y la profundidad de una gran novela. Todo ocurre por una razón en ‘BB’, reina de la pantalla desde su estreno y hasta su penúltima temporada. Y sea cual sea el lío en el que se meten sus personajes, los más desarrollados e imperfectamente humanos de la televisión actual, la historia continúa sin trampa ni cartón. No sólo cuenta con dos protagonistas y antihéroes memorables, a cargo de los premiados Bryan Cranston y Aaron Paul. También Gus Frings, un extraordinario Giancarlo Esposito de momento con las manos vacías, se ha ganado un puesto entre los mejores malos televisivos de la historia.

1.- ‘Homeland’. Una lista es siempre, y sobre todo, subjetiva. Incluso contradictoria. En el balance final y tras varios años, ‘Breaking Bad’, ‘Friday Night Lights’, ‘The Good Wife’ o ‘Boardwalk Empire’ serán seguramente mejores que una serie que debería tener solo una temporada. Puede que incluso en este 2011 si hiciéramos un análisis formal y objetivo. Pero hay muchos factores por los que ‘Homeland’ merece este puesto de honor en su debut. No sólo por la solidez de sus dos dañados protagonistas, unos inmensos Claire Danes y Damian Lewis, o por la discreta maestría de don Mandy Patinkin. Tampoco porque por primera vez la cadena Showtime le hable de tú a tú a las veneradas HBO y AMC y eso sea de agradecer. Lo mejor de ‘Homeland’ es el supremo valor con el que afronta un tema tan doloroso y espinoso como el terrorismo, sus causas y sus consecuencias, en un país que todavía no ha cerrado del todo las cicatrices del 11-S. Todos sus personajes principales están traumatizados de una manera u otra, como la nación, pero eso no impide que los responsables de esta serie, inspirada en una israelí, nos pongan a menudo en la piel del terrorista y lancen al espectador la dura pregunta de si no será igual de malo un Estado que bombardea a civiles y mata niños. También hay que aplaudir su equilibrismo de cuerda floja. A medida que iban pasando sus episodios, nadie daba un duro por el desenlace, presuponiendo un ‘finale’ desastroso ‘a la The Killing’ en el que saltaran todas las costuras del argumento. Pero el traje estaba hecho como dios manda. ‘Homeland’ es un thriller psicológico fantástico, con muchos momentos de una intensidad que corta la respiración. Y ha logrado lo más difícil: situar una trama que parecía forzosamente conclusiva bien embocada hacia la segunda temporada. Como su música, es un jazz que va entrando sigilosamente, hasta que, de repente… ¡ZAS! te ha conquistado. Como en el jazz, como esa trompeta de Miles Davis que parece estremecerse, llorar y gritar en solitario, uno duda de que todo acabe entrando en armonía. Pero lo hace. Bravo.

Por una muerte digna

Hyde | 15 de septiembre de 2011 a las 13:51

Como en los toros (disculpas a los antitaurinos, pero es el símil más certero que me viene a la cabeza), las series también se enfrentan a su suerte suprema: el momento de matar y de morir. Hay pocas series que se vayan con la misma grandeza con la que se desarrollaron durante años. Cerrar el ciclo y despedirse de unos personajes y un casting con los que se han compartido años, risas, lágrimas, broncas y premios requiere talento, valentía y coherencia del creador y los productores. Y por lo general estos no están demasiado dispuestos a dejar morir dignamente a la criatura.

(A partir de ahora, ligeros espoilers sobre series ya terminadas). Ya hemos dicho por aquí alguna vez que el mejor finale, en opinión de servidor, es el de ‘The Shield’, con ese Vic Mackey encadenado a la oscura oficina cual Prometeo al que el buitre de la burocracia le picotea el hígado todos los días. No está tampoco mal, aunque no compartimos el entusiasmo generalizado, el cierre vital de ‘A dos metros bajo tierra’. Un pelín videoclip para el gusto de servidor. Tampoco me pareció justo el final anticipado que se tributó a Nate. A una de las mejores series de la historia le sobró quizás la última temporada, puede que ya víctima de la locura que Alan Ball desarrollaría años después en ‘True Blood’.

Los dos finales que más polémica han levantado, más charlas de café y análisis teórico han generado, son los de ‘Los Soprano’ y el de ‘Lost’. El primero no apasiona porque David Chase no se mojó y dejó las cosas muy abiertas. Sé que se trata de un análisis simplista, que hay hasta tesis doctorales analizando cómo estaban colocados los azucarillos del bar, si Tony Soprano ya estaba muerto o no… Personalmente, me habría sentado muy mal que se cargaran a mi mafioso favorito, aunque puede que artísticamente fuera lo mejor. Bien alto o notable. En cuanto a ‘Perdidos’, el finale fue un gran capítulo, muy espectacular, pero una estafa total al espectador que siguiera toda la serie. Ni se cerraba ni se aclaraba nada de lo que se había prometido durante años: que todo tendría sentido. Hombre, no se trató del final de ‘Los Serrano’ del “todo ha sido un sueño” (ese fue para denunciarlo directamente en Fiscalía), pero bastante tomadura de pelo con el Humo negro, el encuentro de almas y demás sí que fue.

Hay series que no sienten la necesidad de cerrar la historia. La dejan abierta, y en el caso de ‘En terapia’, con ese doctor Paul Weston mezclándose con la gente por la calle (de las contadas veces, salvo en una cafetería, que lo vemos fuera de la consulta), la opción es buena. Funciona y es bella.

Otras, en cambio, se despiden uno a uno de los personajes y nos los dejan perfectamente situados, sin cabos sueltos. Como prácticamente sus cinco temporadas, el final de ‘Friday Night Lights’ es de gran belleza y emoción. Y la imagen del balón volando es una de las mejores transiciones de la historia de la tele. Da miedo pensar que quieran rodar una película para continuar una historia perfecta, que recordamos con inmenso cariño.

‘Battlestar Galactica’ es otra de las grandes series que se nos fueron en los últimos años. Notable alto, con esos acordes de Jimmy Hendrix y su majestuoso ‘All along the watchtower’.  Y de las que nos cortaron quizás demasiado pronto, está muy, muy conseguido el adiós de ‘Lights Out’. Inquietante, tan estupendo cierre como hasta luego en el caso de que la cadena FX hubiera sido un poco más valiente y hubiera dado otro año a esta buena serie sobre el retorno al ring de un boxeador retirado.

Luego están los finales que ni apuestan por el cierre ni por la continuación, que no dan respuesta a los distintos interrogantes abiertos y que para colmo son un pésimo capítulo. Son episodios que nos dejan con un mal sabor de boca, cuando en este negocio del espectáculo y el ‘storytelling’ el ‘closure’ (el arte suprema, recuerden) es fundamental, lo que decide el aplauso o los pitos, si sacamos a hombros al showrunner o lo maldecimos.

Hace tiempo que dejé de preguntarme por qué me gustaba tanto ‘Entourage’. Disfrutaba como un enano con las aventuras de Vince Chase, las preocupaciones de E, los numeritos de Drama, las inquietudes empresariales de Tortuga y, sobre todo, con las salidas de tono de Ari Gold (grande Jeremy Piven), uno de los mejores personajes de la historia de la tele (si alguien quiere saber cómo se hace un ERE, que pinche aquí). Sí, puede que los guiones cayeran a lo largo de sus ocho años, pero al fin y al cabo en esos veintitantos minutos de cada episodio Doug Ellin conseguía meternos en la pandilla, en las fiestas de Hollywood, en la parte trasera del salvaje, duro y sin escrúpulos negocio del ‘séptimo arte’.

El finale de Entourage, que se emitió el pasado domingo en la HBO y anticipa una película que posiblemente se acabará rodando, es un ejemplo de cómo no cerrar una serie, ni siquiera para decir hasta luego. No sólo porque ya hemos visto antes esa escena en el aeropuerto. Nos saltamos el ligue y la conquista de Vince de la que iba a ser la horma de su zapato, que de repente se convierte en gatita facilona. Ni a Drama ni a Tortuga los despedimos como se merecen. Y la decisión toscana de Ari no se la creen ni él ni su mujer. Es un churro, lo miremos por donde lo miremos. Y me ofende porque hasta el final mantuve la fe y el aprecio por ‘El séquito’.

No me cuentes películas

Hyde | 11 de agosto de 2011 a las 10:56

Como si todavía no tuviéramos clara la primacía de las series de televisión como formato narrativo de ficción frente al cine, todavía hay productores que insisten en arrodillarla, en convertir la pequeña pantalla en un accidente económico y en darle al cine la última palabra. A menudo, casi siempre, esa última palabra es un sacrilegio. Las series, lo hemos escrito muchas veces aquí, llegan a donde no llega el cine por la sencilla razón de su duración, su división en episodios, el feed-back que se produce con la audiencia y la menor dependencia que tiene de la taquilla. El riesgo económico es menor y la libertad creativa, inversamente proporcional, mucho mayor. Una serie, repetimos, te permite conocer a sus protagonistas y secundarios mejor que a tus amigos. Sabes de qué pie cojean, cuál fue su amor adolescente, la relación que tienen con su familia, sus secretas ambiciones. Los vemos reaccionar en todo tipo de circunstancias, favorables o adversas, sufrimos, lloramos y reímos con ellos. Pero si algo distingue al formato televisivo frente al cinematográfico, es que en las diez, doce o veinte horas que dura una temporada, asistimos a la evolución de los personajes, algo que difícilmente apreciaremos en el cine. Padrinos sólo hay tres.

Por todo ello resulta terriblemente irritante para cualquier seriófilo que se precie oír las intenciones de algunos estudios de producir películas a modo de series finale, epílogos innecesarios que pueden arruinar el buen sabor de boca que nos quedó tras años de fidelidad a una obra. Porque claro, iríamos a ver la maldita película aunque sólo sea para después despotricar de ella. El crimen está en marcha con ‘Friday Night Lights’, por ejemplo, con el agravante de que Peter Berg, su creador, decidió hacer la serie tras dirigir años atrás la película protagonizada por Billy Bob Thorton. Ni que decir tiene que el producto televisivo superó con creces al cinematográfico. Y no tendría ningún sentido seguir a la familia Taylor en Philadelphia, ver cómo Tim Riggins construye la casa de sus sueños o a los jóvenes Saracen compartiendo otro desayuno. El riesgo de pifia es enorme.

También hace un año que Doug Ellin, responsable de ‘Entourage’, anunció que habrá un largometraje tras esta última octava temporada, que se ha estrenado hace tres semanas en EEUU. Si la deriva de ‘El séquito’ ha sido algo errática en los últimos años, hora y media o dos horas seguidas pueden ser insoportables, por muchos buenos momentos que nos hayan dado y nos sigan dando Ari Gold, Drama, Turtle, E, Vinnie y sobre todo los cameos de esta serie inclasificable.

Calidad vs. público: el peaje emocional de Friday Night Lights

Hyde | 19 de febrero de 2011 a las 14:07

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En este blog seguimos de luto por ‘Friday Night Lights’ (y lo que nos queda), rezando por no tener que bajar también las banderas la media asta en el caso de ‘Fringe’. Hay una reflexión que quisiera compartir con los amantes de esta serie -y con los que aún lo sean-, que resume a la perfección la clave de su éxito narrativo y su relativo fracaso de audiencia (la poca que tenía era fidelísima y militante). La hizo hace unos días Alan Sepinwall en Hitfix. Es la siguiente, con su traducción casera, y no contiene espoilers:

There’s a level of honest, raw humanity in “Friday Night Lights” that few TV dramas have ever achieved. Over and over and over, the show and its characters wore their hearts on their sleeves, in a way that somehow made them more solid than characters on other series of comparable quality.

That rawness made the show great, but it was also likely one of the aspects (along with the high school football setting) that kept the show from being a hit, as most viewers don’t turn to TV to be confronted by emotions as powerful as the ones this series brought up. Watching “Friday Night Lights” often felt like being put through a ringer. You felt like part of the town, and the team, and you bled with the characters and cried with them, and on occasion you got to soar with them, too. And a lot of people simply don’t want to get that close to the fictional characters they watch – don’t feel that experiencing the devastating lows is worth also getting to share in the glorious highs.

Hay un nivel de honesta, cruda humanidad en ‘Friday Night Lights’ que pocos dramas televisivos han alcanzado. Una y otra y otra vez, el show y sus personajes han ido con el corazón en la mano, de una forma que en alguna forma los ha hecho más sólidos que personajes de otras series de calidad similar.

Esa crudeza hizo grande a la serie, pero también fue posiblemente uno de los aspectos (junto con el escenario de fútbol de instituto) que impidió que fuera un éxito, ya que la mayoría de los espectadores no encienden la tele para enfrentarse a emociones tan poderosas como las que esta serie sacaba. Ver ‘FNL’ a menudo era como ponerte a presión. Te sentías parte del pueblo, y del equipo, y sangrabas con los personajes y llorabas con ellos, y en ocasiones también te elevabas con ellos. Y un montón de gente simplemente no quiere acercarse tanto a los personajes de ficción que ven en la tele, no siente que experimentar esos devastadores bajones vale también para compartir los gloriosos subidones…

Amen. Amén

Siempre con Dillon

Hyde | 13 de febrero de 2011 a las 19:27

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Las despedidas son siempre tristes. Pero a veces la pena del adiós se ve mitigada por un inabarcable sentimiento de gratitud, de plena satisfacción por el camino recorrido, de llorosa felicidad por la suerte de haber compartido días, meses o años con los seres queridos que desde ahora nos faltarán. El último capítulo de ‘Friday Night Lights’ fue una inmensa despedida, un final perfecto para una serie que ha dominado como pocas los sentimientos, la extrema necesidad que tiene el ser humano de formar parte de algo más grande que el individuo, ya sea la pareja, la familia en todas sus múltiples y variadas formas, o la comunidad. Y Dillon, ese ficticio pueblo de Texas en el que a los amantes de esta serie nos gustaría empadronarnos, es la mayor familia de la historia de la televisión. Por eso nos duele tanto dejarlo después de cinco intensos años.

A partir de aquí, espoilers.

En los últimos días he leído numerosas críticas y posts, todas positivas, sobre ‘Always’, el series finale de FNL. Por anticipado mis disculpa si uso o robo pensamientos de compañeros y amigos blogueros. Me han gustado especialmente el de mi querido diamante en serie Nahum, y el de  Poniewozik. El crítico televisivo de ‘Time’, una referencia para este blog, lo ha definido como la sesión final del seminario sobre ‘Cómo ser un Maldito Hombre’ que Kyle Chandler, el excelente actor que interpreta al coach Eric Taylor, ha estado impartiendo en los últimos cinco años.

Yo añadiría que Connie Britton, su esposa Tami en la ficción, no se ha quedado atrás. Porque el pegamento de esta serie, su núcleo central y fuerza gravitatoria alrededor de la que orbitan el resto de personajes, es el matrimonio Taylor y la forma en que se enfrentan a las dificultades. No ha habido una pareja más real y perfecta en la historia de la televisión. Tampoco he visto una declaración de amor más hermosa que la de Eric, cediendo por primera vez ante la carrera de su esposa tras  tenernos dos capítulos en vilo: “Te toca a ti. ¿Me dejarás ir a Philadelphia contigo?”.

El segundo visionado de este capítulo es incluso más emocionante que el primero. Cuesta contener las lágrimas, porque hay despedidas de una intensidad difícil de aguantar. Como el abrazo entre Mindy y Becky. O la de Vince y Jess, o la de ésta y el entrenador (“Formar parte de los Lions ha sido la mejor experiencia de mi vida”. “También de la mía”, le responde Eric). Parece imposible que en una hora los creadores de la serie, y en concreto su ‘showrunner’, Jason Katims, responsable del guión, hayan podido concentrar tantos cierres y con tanto cariño hacia los personajes. Dejamos a Tim Riggins construyendo su hogar, por supuesto en Texas (¿qué demonios era eso de Alaska?), con su hermano, por fin reconciliados. A Buddy Garrity mirando, con los ojos llorosos, cómo se coloca en el vestuario una placa en honor a su viejo amigo, con la famosa leyenda que todos conocemos; recuperamos al querido Landry, aunque sólo sea por un instante, para volver a dar el consejo adecuado, y jocoso, a su buen amigo Matt Saracen; vivimos, también por poco tiempo, la intensidad de la relación paterno-filial entre Eric y Vince (“Puede que nunca sepas lo orgulloso que estoy de ti”, “Usted cambió mi vida, entrenador”). Sabemos que Vince, como hizo anteriormente Smash Williams, no sólo corre por deporte. Lo hace por su madre.

Y luego está la cena, claro. El discurso del entrenador a su hija y a Matt sobre lo que debe ser un matrimonio, sobre la importancia del compromiso y del sacrificio, mientras la cámara se centra en un primer plano de su esposa, al borde de las lágrimas. Casi nos dan ganas de hacer igual que ella y salir corriendo al baño para no montar una escena en el sofá de casa. Y esa discusión, al estilo Taylor, en un plano lejano en la puerta del restaurante, en el que Tami le dice que ahora le toca a ella, que cómo va a poder aconsejar a su hija si siempre hace lo que él quiere. O, dando marcha atrás, el momento en el que Matt le pide a Eric la mano de Julie, primero la risa, luego la incredulidad y finalmente la furia que Chandler es capaz de transmitir con una mirada. Y su llegada a casa, casi estampida, en la que le cuenta a su esposa el asunto. “Tenemos un problema, un problema de verdad”. Le cuenta la historia del anillo y vuelven a discutir, sale corriendo, como ha venido, de casa, mientras Tami le grita “¡Pero si estamos de acuerdo en esto!”. Ahí sabemos que el asunto de Philadelphia no va a acabar con nuestro matrimonio favorito, como muchos temíamos.

Para el final he dejado el que quizás sea el cierre más hermoso de una serie de televisión. El vuelo del balón que va a dar el campeonato a los moribundos Lions, esos primeros planos de los personajes atentos, y como en lugar de llegar al touchdown y al éxtasis colectivo, saltamos ya a Philadelphia, donde el coach Taylor ya está al frente de otro equipo. Y de nuevo empezando el camino. Ni siquiera se saben su grito de guerra. Sabemos en un instante que la victoria llegó, al ver el anillo de  Vince, ya un Panther, que Luke se va a la guerra y que los Taylors están en casa. Ya no es Texas, sino Pennsylvania. Pero tu hogar es donde viven los seres que amas. Gracias, FNL, por estos cinco años en los que Dillon se ha convertido en nuestra segunda casa. Ojalá pudiéramos seguir con los Taylors en Philadelphia. Pero así es la vida, llena de senderos que se bifurcan.

La belleza de la derrota

Hyde | 10 de febrero de 2011 a las 11:08

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Cuando estas líneas llegaron anoche a la rotativa de su periódico se estaba emitiendo, al otro lado del charco, el último capítulo de Friday Night Lights. No nos hace falta verlo para asegurar que se trata de una de las mejores series de la última década, un drama redondo difícil de describir, porque en apariencia es de lo más simple del mundo. ¿Qué extraña razón hace que FNL haya cautivado a los críticos y seriófilos de medio mundo? En apariencia, con un vistazo muy superficial, la calificaríamos como una americanada más para adolescentes. Craso error. No, no es una serie sobre fútbol americano y un instituto. Tampoco sobre las bondades del deporte, la miel de la victoria y la hiel de la derrota. En realidad, puede que FNL sea la serie que mejor ha retratado, sin exageraciones ni dramas fáciles, el impacto de la crisis en la clase media de cualquier población mediana de la periferia. Y lo que vale para el ficticio pueblo tejano de Dillon también sirve para Andalucía.

Friday Night Lights también nos ha mostrado como nadie un amplio abanico de modelos familiares enfrentándose a los problemas reales de la vida diaria. Alrededor del nucleo del matrimonio Taylor, la mejor pareja de la televisión y encarnada por los magníficos Kyle Chandler y Connie Britton, hemos compartido la lucha de un quaterback abandonado por su madre, criado por su abuela y con su padre en la guerra de Iraq, de un impetuoso, rebelde y autodestructivo Tim Riggins saliendo adelante solo o con su hermano, la titánica pelea diaria por escapar del guetto y los estereotipos de dos atletas negros, los problemas de identidad de la sex symbol del instituto escondiendo su enorme inteligencia, la conquista de la seguridad en sí mismo del más empollón, los líos de faldas del sin embargo fidelísimo amigo del entrenador Taylor, el imprescindible Buddy Garrity…

Friday Night Lights no es una serie sobre fútbol americano. Tampoco sobre el deporte y sus mensajes, que también. Es una obra sobre la vida real, en la que no todo son victorias épicas en el último segundo. Lo habitual en la vida es perder. Y lo más importante es levantarse para seguir luchando. Vale para el campo de juego, para la crisis, para los estudios, para el trabajo y para tu matrimonio.

Por eso, cuando escucho a Cristiano Ronaldo o a algún cretino similar decir que no le gusta perder ni a las canicas, en lo que viene a ser una justificación estúpida de alguna patada indigna, escupitajo o demostración adicional de su nula educación, cuando se trata de ídolos de masas juveniles que deberían recordar su enorme responsabilidad, siempre me viene a la cabeza FNL y su bella exaltación de que la esencia de la victoria, en realidad, reside en cómo reaccionamos ante la inevitable derrota.

Lo mejor de 2010

Hyde | 23 de diciembre de 2010 a las 10:44

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Gus, el gerente de Los Pollos Hermanos. Giancarlo Esposito es un secundario habitual, un rostro familiar de cuyo dueño, sin embargo, conocemos poco. Esta tercera temporada ha sido lo mejor de ‘Breaking Bad’, y decir eso equivale a que ha sido lo mejor de todo el año. No recordamos demasiados malos a su nivel, ni siquiera los dos hermanos demoniacos. En este tratado sobre los grises, en este camino del fin, los medios y los umbrales del mal que uno está dispuesto a cruzar por el bien de su familia o el propio y en el que seguimos a Walter White, Esposito ha creado un personaje terrorífico que, sin embargo, parece incapaz de matar una mosca. No es personal, sólo negocios.

Alicia y Kalinda.- No hay dos personajes femeninos más atractivos, sensuales, interesantes, inteligentes y a la vez reales en la pequeña pantalla que la abogada que interpreta Julianna Margulies y la investigadora que encarna Archie Panjabi, ambas ganadoras del Emmy. Las dos protagonistas de esa maravilla que es ‘The Good Wife’, con un casting de lujo, siguen redimiendo años y años de series soporíferas de abogados.

Friday Night Lights. El hijo y la hija. El mejor drama convencional de la tele ha vuelto a darnos momentos inolvidables. Lástima su escasa audiencia y que se despida este año, aunque lo haga por la puerta grande. El episodio sobre el luto del quaterback Matt Saracen por la muerte de un padre ausente no podría reflejar mejor el dolor por el absurdo de la guerra, la compleja relación entre padres, hijos y mentores que hemos vuelto a ver en la quinta temporada con el personaje de Vince. Por si fuera poco, en el primer episodio de la quinta se nos regala una escena antológica sobre el síndrome del nido vacío por la marcha de Julie. Ningún matrimonio televisivo es más real que el de los Taylors. Qué preciosa historia de amor.

Mad Men. La maleta. Si usted creía que la tercera temporada fue insuperable, espere a ver la cuarta. El divorcio ha sido la mejor catarsis que podía experimentar Don Draper, al que vemos en sus horas más bajas, pero también posiblemente en las más brillantes, en este capítulo excepcional. La nueva oficina sienta muy bien a los personajes de Matt Weiner, casi tantos como las escapadas californianas a Don, aunque echamos de menos a Sal.

The Walking Dead. El piloto de esta serie de la AMC ha monopolizado los dos últimos meses del panorama televisivo. Basada en el cómic homónimo, esta ‘carretera mccarthiana’ llena de muertos vivientes promete seguir dominando la audiencia en el cable el próximo año.

Fringe.- Todo apuntaba que la deriva tomada por la heredera de Expediente X no apuntaba nada bueno. ¿Una guerra entre universos paralelos? Demasiado enrevesado hasta para las mentes perturbadas que vemos estas series. Me equivocaba. Aunque la audiencia no está respondiendo, la serie de la FOX ha alcanzado un nivel altísimo con sus dos Olivias, su Walternate y episodios memorables como ‘Peter’, ‘The abducted’ y ‘Marionette’. Pero qué exigentes son las mujeres, ¿verdad, Pete?

Dexter.- La relativamente fallida no puede eclipsar una cuarta temporada de escándalo, con un maléfico Trinity (John Lithgow) robándole la cartera al mismísimo Michael C. Hall y el episodio final más traumático que recordamos desde la muerte de la madre de Jackie el osito. Y eso son palabras mayores, oiga. Sí, en puridad se emitió en diciembre de 2009, pero en España lo hizo más tarde.

Boardwalk Empire. El duelo entre Buscemi y Pitt. ‘BE’ es una maravilla y Scorsese y Winter lo saben y se recrean demasiado en ello. Esta serie va para largo, y el duelo soterrado entre sus dos protagonistas promete, tanto en la trama como en la interpretación por parte de dos actores en esplendor. Sin embargo, el mejor momento de este año se los hurtó Michael K. Williams, con su interrogatorio al líder local del KKK.

Katey Sagal- El desaguisado de la aventura norirlandesa de la tercera temporada de ‘Sons of Anarchy’ no puede hacernos olvidar lo genial que fue la segunda. Principalmente porque pilotaba sobre los hombros de esta magnífica actriz. Es la mujer del creador de la serie, Kurt Sutter. ¿O deberíamos decir que él es su afortunado marido?

Padres e hijos

Hyde | 17 de noviembre de 2010 a las 3:21

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Dos chavales de instituto que crecieron sin padre. Uno estaba en Iraq, el otro en la cárcel. Uno de los niños fue criado por una abuela entrando en la senilidad y el otro en las calles, con una madre adicta al crack y amigos delincuentes. Uno es blanco, el otro negro. Los dos inseguros. Comparten algo más que su pueblo, Dillon. Ambos son, o han sido, los quaterbacks del entrenador Eric Taylor. Dos ‘underdogs’, hablando en yankee…

Los dos mejores capítulos de la extraordinaria ‘Friday Night Lights’ son ‘The son’, de la cuarta temporada, en el que acompañamos a Matt Saracen en el duelo por su padre (memorable interpretación de Zach Gilford), y ‘The right hand of the father’, emitido el pasado miércoles, en el que sufrimos con Vince Howard el regreso de su progenitor, en libertad condicional, pero eterno culpable para un hijo obligado a ser demasiado pronto el hombre de la casa.

Michael B. Jordan es el desafortunado nombre de un joven actor de gran talento que nos seguirá dando que hablar. Y en cuanto a ‘Friday Night Lights’, en su temporada de despedida, a mí se me sigue erizando el pelo cada vez que escucho la música de sus créditos de inicio, a cargo de W.G. Snuffy Walden (autor, por cierto, de la apertura de ‘The West Wing’). Esta serie no debería acabar nunca. Go Lions!

La mejor serie desconocida

Hyde | 29 de octubre de 2010 a las 11:54

fnl

El entrenador Taylor se parece a Guardiola, aunque también puede ser un poco Mourinho. Vive por y para el fútbol (que sea americano o europeo nos es indiferente), da igual que se trate de un equipo profesional como los Dallas Cowboys o de sus Panteras o Leones de Dillon, esa pequeña ciudad imaginaria de Texas que tan bien refleja los golpes de la crisis económica, los sueños rotos y las frustraciones de los habitantes de cualquier lugar periférico, sea en Estados Unidos o aquí en Andalucía. ‘Friday Night Lights’ no es una serie sobre el deporte ni sobre adolescentes, aunque quien haya tenido la mala suerte de no verla nunca podría catalogarla así. Es quizás la ficción televisiva que más certeramente se aproxima a los problemas del día a día, que mejor sabe tejer las relaciones de sus personajes, que más profundamente nos sumerge en lo que significa la familia, sea eso lo que sea. Algunos incluso podrían confundirla con una telenovela. Si efectivamente lo es, tiene enganchados a los críticos de televisión de todo el mundo. Pocas series, quizás sólo ‘Mad Men’, te dejan como ésta el vello erizado cuando llega la música de los créditos finales.

Si el entrenador Eric Taylor es el referente moral y vital de muchos de los jóvenes de su equipo, el pilar que lo sostiene a él es su mujer, orientadora y directora del instituto. Los Taylors, el mejor matrimonio de la televisión reciente, es tan real como la vida misma: se quieren, se pelean, discuten y se apoyan frente a las adversidades. Todo sin excesos poco creíbles: si se cabrean, se acuestan en la cama refunfuñando; se levantan con cara de sueño, y sus problemas son tan reales como los nuestros. Tienen el amigo gorrón que acaba haciéndose querer, el guaperas descarriado medio adoptado, el novio de la hija, huérfano, al que protegen y exigen como a un hijo. Por algo las merecidas nominaciones a los últimos Emmy de Kyle Chandler y Connie Britton, justo reconocimiento a una serie que ha pasado muchas veces desapercibida de cara a los premios. No lo ha tenido fácil esta adaptación de la misma película de Peter Berg. La NBC se planteó cancelarla tras la segunda temporada, pero un pionero acuerdo con el canal de pago Direct TV, que la emite unos meses antes que la generalista, ha permitido mantener este producto de culto hasta ésta, su quinta y última temporada, que hoy comienza.

Friday Night Lights, ha funcionado además como cantera de otras series y de Hollywood. Los productores, con tino, han huido de explotar a los protagonistas hasta que les salieran canas en el instituto, así que los han ido graduando progresivamente. De aquí han salido las disputadas bellezas Minka Kelly y Adrianne Palicki, Taylor Kitsch, Zach Gilford y Scott Porter, ahora magnético rival de la aún más eléctrica Kalinda de Archie Panjabi, en ‘The Good wife’.

Atraco en la Academia

Hyde | 15 de julio de 2010 a las 12:35

sons

Entre unas cortas vacaciones desconectado de todo, incluso de las series, en un cercano y hermoso desierto, y el margen que me he impuesto para que se me pasara la irritación, han pasado unos días desde que se conocieran las candidaturas de los Emmys. Aunque hay algunas sorpresas agradables, predomina el disgusto.

Si yo me siento atracado, no me hace falta leer el blog de Kurt Sutter (aunque desde luego lo he hecho) para imaginar su digna ira. Dice que le importa un carajo que la Academia de la TV vuelva a pasar de sus ‘Sons of Anarchy’, siempre que estos sigan rodando libres en la modesta cadena FX. Pero no puede ocultar su encabronamiento (ni yo el mío) por el nuevo desaire a su esposa, la excelente actriz Katey Sagal. La matriarca de los moteros de Sam Crow, Gemma Teller, está sencillamente espectacular en la segunda temporada de esta gran serie. Su ausencia es una indecencia, dan ganas de coger la moto y plantarse en el auditorio el día de la entrega de premios, quemar la alfombra roja.

Ni siquiera el reconocimiento a Connie Britton, cuyo personaje en ‘Friday Night Lights’ tampoco lo ha tenido fácil esta cuarta temporada, y la tardía nominación de Kyle Chandler (el coach Taylor ha tenido años mucho mejores), nos pueden resarcir. Entre otras cosas porque tampoco se incluye a ‘FNL’ entre los mejores dramas (¿pero qué demonios hace ahí ‘True Blood’?), ni al joven Zach Gilford, cuya actuación en el episodio ‘The Son’ fue absolutamente memorable. ¡Qué ganas tenemos de que vuelva FNL, ahora que además de ‘Entourage’ sólo tenemos vampiros y gigolós que echarnos a la boca!

Ya hemos alabado en alguna ocasión la frescura que ha aportado ‘Glee’ este año. Pero tampoco hay que pasarse. La serie está bien, pero tiene demasiados altibajos. Un capítulo estupendo cada seis o siete petardazos, y esa frecuencia cada vez se amplía más. Así que ‘The Big Bang Theory’ debería estar nominada en su lugar.

Después del incendio del auditorio, debería llegar un huracán, y luego unas inundaciones, que se traguen a los votantes que se han olvidado de ‘Treme’. No se trata del orgullo herido de este blogger, que vaticinó que la serie de David Simon arrasaría (como adivino no tengo precio…). Se trata de ser mínimamente objetivos, de apreciar la belleza, la originalidad, la oportunidad de esta obra maestra. Cuando dentro de unos años ‘Treme’ esté en los altares, como merece, los malditos miembros de la Academia debería arrastrarse hasta la casa de Simon, de Wendell Pierce, del magnífico elenco de intérpretes que crean esta genial serie.

Por lo demás, esperamos que se premie a Aaron Paul, el estupendo actor capaz de plantar cara a Bryan Cranston en ‘Breaking Bad’. Ambos intérpretes y la serie de Vince Gilligan deben volver a arrasar. Aunque también se ha olvidado a ese estremecedor secundario que ha forjado a un malo inolvidable, Giancarlo Espósito y su Gus, gerente de Los Pollos Hermanos.