Archivos para el tag ‘‘HBO’’

Empacho argumental

Hyde | 16 de enero de 2013 a las 19:50

Uno tendería a pensar que ‘Banshee’ es un totum revolutum, un cocktail tan extraño y chocante como fuerte, una rarísima mezcla de ‘Único testigo’, ‘Prison break’, ‘Justified’ y ‘True Blood’, hasta que descubre que el excéntrico Alan Ball es uno de sus productores ejecutivos. Entonces todo empieza a cobrar sentido. Bueno, todo exactamente no, pero uno se hace a la idea de que puede ocurrir cualquier cosa mientras la ve. El piloto de esta serie estrenada hace unos días por el canal Cinemax, de la cadena de pago HBO, es uno de los más intensos de los últimos meses: no hay charco en el que sus guionistas no se metan con valentía.

Tenemos al protagonista, encarnado por el macizo neozelandés Antony Starr, un ladrón recién salido de prisión, un tipo duro, curtido pero al fin y al cabo nuestro héroe. A su novia, que quince años después se ha casado, ha tenido hijos y ha asumido otra identidad en un pueblo de Pensilvania donde por cierto, para liarla más, hay una comunidad amish. Al mafioso local, casualmente es hijo repudiado de ese colectivo religioso y dueño, entre otras cosas, de un matadero. Al gran mafioso de Nueva York al que la pareja robó unos diamantes (el británico Ben Cross). A un alcalde joven que quiere contratar a un sheriff insobornable para encarcelar a su mafioso. Al fiscal del condado que es el marido de la ex novia del protagonista. A un peluquero-hacker muy al estilo Lafayette de ‘True Blood’, que ayuda al protagonista a convertirse en ese sheriff. A un barman socarrón que ‘adopta’ al protagonista y fue campeón del peso welter. Por si fuera poco, en el piloto también hay cinco muertes, una persecución con motos, coches y autobuses que vuelcan, tres peleas a cada cual más salvaje, un descubrimiento de paternidad, el robo de una caja fuerte que parece difícil de abrir, una cicatriz sospechosa y un cunnilingus. Sí, han leído bien. Y aunque parezca mentira, todo lo anterior ocurrió en sesenta minutos de un episodio que incluso se llega a disfrutar a pesar del atracón.

Así que, si por lo general resulta difícil -y existe una alta probabilidad de error- juzgar una serie por su primer episodio, imaginen hacerlo con semejante empacho visual y emocional. Da terror pensar en el segundo capítulo. Por las barbaridades que pueden ocurrir o porque simplemente a los escritores no les queda una sola tecla por tocar.

 

Cuando el continuismo es la mejor noticia

Hyde | 29 de diciembre de 2012 a las 13:41

“2011 sólo tendrá una cosa buena, que será mejor que 2012”. La profecía del presidente de Mercadona, Juan Roig, se pudo cumplir en lo económico pero, afortunadamente, no en todas las facetas de la vida. Desde luego no en televisión. En la estadounidense y británica, queremos decir. Porque 2012 ha estado marcado por el continuismo, si no por la mejora, en lo que se refiere a las series. Parecía difícil mantener el nivel de calidad del año anterior, pero así ha sido, añadiendo, por si fuera poco, el regreso de ‘Mad Men’ tras su forzoso año sabático por las duras negociaciones entre la productora y la cadena AMC, un hueso duro de roer. No ha sido 2012 un año excesivamente pródigo en nuevas producciones, entre las que que sólo han destacado, que no brillado en exceso, la ya cancelada ‘Last Resort’, del gafado Shawn Ryan, y ‘Nashville’, el retorno a la pequeña pantalla de la gran Connie Britton como reina del country. Sí se encuentra entre lo mejor del año una miniserie, pero no americana, sino británica. He dicho miniserie, no ‘Downton Abbey’. Allí sigue refulgiendo Maggie Smith, con momentos sublimes capaces de hacernos pasar de la risa al llanto con un gesto, pero la criatura de Julian Fellowes cada vez se aproxima más al género de la telenovela. Este año se cae de la lista. No entra tampoco ‘Fringe’, pese a su despedida dentro de unos días, ni la pretenciosa, utópica y algo fallida ‘The Newsroom’ de ‘Sermonorkin’, como bautizó a su guionista y creador el gran Nahum.

10.- Community. No ha sido la mejor temporada en la Universidad de Greendale, aunque sí la más movida. Tras varias broncas, el genial, histriónico y conflictivo Dan Harmon fue despedido como ‘showrunner’ de forma tan fulminante como lamentable por la NBC. Tampoco seguirá Chevy Chase. Así que si ya se encontraba en el disparadero, éste podría ser su último año. Pero hay que reconocerle la valentía, creatividad y originalidad. El capítulo en 8 bits fue una obra de arte. Otra más. Nadie parodia mejor que ‘Community’.

9.- ‘Secret State’. Ya echábamos de menos al enorme Gabriel Byrne tras el final de ‘En terapia’. El actor irlandés regresa en esta miniserie, basada en un bestseller, como primer ministro que se enfrenta a una grave crisis. Se trata de un vibrante thriller político con el sello del buen hacer televisivo británico. Una impecable factura, un estupendo guión y grandes interpretaciones. Lo mejor es la sensación permanente de que el inquilino de 10 de Downing Street, como el de La Moncloa, como quizás hasta el de la Casa Blanca, no deja de ser un pardillo, un muñeco en manos de las grandes corporaciones, de las intrigas partidistas, de los servicios secretos.

8.- ‘The Good Wife’. Resulta complicado hacer balances anuales cuando el calendario de la temporada televisiva va por semestres. Así que en 2012 tuvimos la mitad de dos temporadas de ‘The Good Wife’. La serie con el mejor banquillo, con el reparto de secundarios y estrellas invitadas más amplio, siguió brillando en el podio en la tercera temporada, pero en su cuarta entrega, puede que por ese jueguecito extraño y fallido con el personaje de Kalinda, no logra despegar. Aún así, sigue siendo la mejor serie en abierto.

7.- ‘The Walking Dead’. La serie de más éxito de la historia de la AMC está maldita. No hay ‘showrunner’ que sobreviva. Pero a tenor de lo que ocurrido con el relevo de Frank Darabont por Glen Mazzara (que dirá adiós tras la tercera temporada), que siga la cosa así. La adaptación del cómic de Kirkman no sólo sigue siendo de lo más entretenido y eléctrico de la tele. Este último año ha ganado en calidad gracias al saber hacer de Mazzara, que ha dotado de mayor profundidad y conflictos a los personajes y dado con la tecla correcta: lo que verdaderamente da susto son los vivos. De paso, la cadena se ha ahorrado una buena pasta en exteriores.Y ojito con Andrew Lincoln. Ya no podemos meternos con él.

6.- ‘Juego de tronos’.- Hace una década era impensable una serie como ésta. Por su presupuesto y por lo imposible que parece llevar a la pantalla la obra literaria de George R.R. Martin. Pero la HBO ha conseguido el sueño de los millones de fanáticos de la saga de ‘Canción de Hielo y Fuego’. Su segundo año, además de consagrar a Peter Dinklage entre los grandes, ha superado varias pruebas difíciles. Entre ellas la batalla por Desembarco del Rey. Pero lo mejor está por llegar.

5.- ‘Justified’. Este híbrido entre la novela negra y el ‘western’ se ha convertido en la mejor serie policiaca del momento. Y su protagonista, Timothy Olyphant, debería recibir el premio al mejor actor-productor. No sólo por lo que ha mejorado su interpretación desde aquel Bullock de cara de palo de ‘Deadwood’. También por saber repartir el juego entre sus compañeros, lo que a la larga le enriquece a él. Raylan Givens era el marshall más duro de Kentucky. Ya no lo es tanto. Este año lo hemos visto sufrir desde el minuto uno. Más vulnerable que nunca. Mucho mejor. Otra serie que logra lo que parecía imposible: no desplomarse tras una temporada anterior sublime. Porque Mags Bennett era mucha Mags Bennett.

4.- ‘Boardwalk Empire’. Por fin llega a la altura de sus expectativas. La heredera de ‘Los Soprano’ ha tenido que cargarse a un grande como Michael Pitt -es un milagro que no echemos de menos a Jimmy Darmody- y poner a ‘Nucky’ Thompson al borde del precipicio para que apreciemos todo su valor. Sangre, acción, intrigas y violencia extrema, un casting sensacional y un malo de época como el que ha compuesto Bobby Cannavale con su ‘Gyp’ Rosetti se dan cita en una tercera temporada estupenda, la mejor hasta ahora.

3.- ‘Breaking Bad’. En el cómputo global, la serie de Vince Gilligan será la reina de esto años. Pero la decisión de partir en dos su quinta temporada, para así emitir ocho capítulos cada año, ha restado un poco al conjunto. Aun así, se nos acaban los epítetos para el descenso de Walter White a los infiernos, la lección de interpretación que dan en cada capítulo Bryan Cranston y Aaron Paul, el extraordinario gusto por los detalles, hasta la locura, de Gilligan, y un reparto de secundarios corto pero sensacional en el que este año hay que destacar por encima de todos a Jonathan Banks. Como ocurre en el caso de ‘Boardwalk Empire’, incluso de forma más acentuada, hay que ser muy muy grande para sobrevivir a la marcha de un personaje como el Gus Fring de Giancarlo Esposito, uno de los mejores malos de la historia.

2.- ‘Mad Men’. “Siempre estoy preguntándome sobre qué trata Mad Men”, nos contaba en una entrevista su creador y productor, Matthew Weiner. En su esperada quinta temporada, tras un año de abandono a su fiel legión de fans, nos reencontramos con Don Draper y el resto de ejecutivos y creativos publicitarios. No, no se superó ni se alcanzó el nivel de la excepcional cuarta temporada. Pero hubo momentos y capítulos de libro, y seguimos asistiendo a la evolución de Draper, uno de los personajes más enigmáticos y atractivos de la historia de la tele, en parte por el carisma magnético que ha logrado imprimirle Jon Hamm. El ‘Zou bisou bisou’ de Jessica Paré dejó a muchos con la boca abierta, el capítulo ‘At the codfish ball’, el ‘Tomorrow never knows’ psicodélico de los Beatles sonando en el tocadiscos de Draper -por sus derechos se pagaron 250.000 dolares- y sí, el criticado hasta la extenuación ‘The other woman’ -quienes lo han machacado no se han puesto en los zapatos de una madre soltera-. ‘Mad Men’ sigue siendo esa extraña joya, puro arte.

1.- ‘Homeland’. Si uno echa un vistazo hacia atrás, verá que cinco de las siete mejores series del año pertenecen al duopolio HBO-AMC, el cable de calidad en EEUU. Pero el tercer rival, la cadena Showtime, ha conseguido arrebatarles el trono dos años seguidos con este thriller político y de terrorismo, este intenso duelo interpretativo entre Claire Danes y Damian Lewis, el amor imposible, y hermoso, entre un posible terrorista y la mejor analista de la CIA, tan brillante como chiflada. Y de árbitro Mandy Patinkin. ¿Se puede pedir más? Hay muchas cosas de aplaudir a rabiar en ‘Homeland’. Su osadía al tratar un tema tan espinoso en Estados Unidos como el terrorismo -la acaban de acusar de islamofóbica, una soberana tontería- e incluso justificarlo en cierta forma. La extrema valentía de sus guionistas para adentrarse en laberintos apasionantes pero sin salida aparente. Son como Houdini: cuando pensamos que ya no hay vuelta atrás, que al siguiente capítulo la serie se desplomará, la pifiará, siempre encuentran una forma de escapar del atolladero. Y lo hacen de manera sorprendente, sin insultar a la inteligencia del espectador ni traicionar el recorrido de la serie. ‘Homeland’, como el 2012 televisivo, ha mantenido el nivel. Nadie apostaba por ello.

A la tercera fue la vencida

Hyde | 6 de diciembre de 2012 a las 10:11

¿Cómo de buena tiene que ser una serie para renunciar a un actor como Michael Pitt, a un personaje como Jimmy Darmody, y que no se le eche nada de menos al año siguiente? Así de grande es ‘Boardwalk Empire’, cuya sensacional tercera temporada acaba de terminar en Estados Unidos, despejando todas las dudas posibles sobre qué show es el legítimo heredero de ‘Los Soprano’. Demasiado buena, demasiado perfecta, demasiado presupuesto. Algo le faltaba a la mayor apuesta de la HBO hasta ‘Juego de Tronos’. Decíamos, en sus primeros dos años, que carecía de alma, de esa extraña sensación, esa piel de gallina que solo las obras maestras televisivas producen al cierre de cada episodio.

Fuera lo que fuese ese intangible precioso, ‘Boardwalk Empire’ ya lo ha encontrado. Y lo ha hecho a su manera, sin renunciar a ese estilo que imprime Terence Winter, con un reparto coral de vértigo y dejando que la trama fluya y siga su curso. Repasas el casting de la serie y ya quisieran las grandes producciones de Hollywood contar con una lista parecida. Todos los actores han dado juego y han tenido su momento. Nos hemos estremecido con el Capone que magistralmente compone Stephen Graham (a su lado, siento decirlo, el de Robert de Niro parece una mala caricatura), emocionado con ese soldado roto que es Richard Harrow y hemos confirmado que Michael Shannon es uno de los mejores actores de su generación. Sí, ya sabíamos que Michael Kenneth Williams es un grande de la tele, pero pocos esperábamos que Bobby Cannavale, al que hace poco veíamos en ‘Nurse Jackie’, se sacara de la manga al gánster más psicópata que recordamos desde aquel de Joe Pesci en ‘Uno de los nuestros’, un angelito al lado de su ‘Gyp’ Rosetti. Cada vez que aparece en la pantalla uno se pone tenso, busca una escapatoria, palpa al lado del sofá por si hay algún arma con la que defenderse, consciente de que algo terrible puede ocurrir en cualquier momento. Es un rival a la altura de ‘Nucky’ Thompson, con el que Steve Buscemi sigue demostrando que era mucho más que uno de los mejores secundarios del celuloide.

En la tercera temporada de ‘Boardwalk Empire’, ya establecidas las reglas del juego en las dos entregas anteriores, nos damos cuenta de que nada es para siempre y de que todos somos vulnerables. Ya puedes ser millonario y astuto como ‘Nucky’ o confiado y valiente como su lugarteniente Slater. Siempre hay alguien más fuerte. Siempre hay alguien más listo. Y siempre hay alguien a quien creías cercano dispuesto a escuchar ofertas. No se puede confiar en nadie. Salvo en la HBO.

Idealismo televisivo y político

Hyde | 21 de junio de 2012 a las 12:24

Posiblemente ningún guionista ha escrito una América contemporánea mejor que la de Aaron Sorkin. Nadie ha sido tan idealista, tan ingenuo, tan progresista ni tan soñador, pero a la vez tan certero en las reflexiones y diálogos de sus personajes, tan fiel al pulso de un país ni tan pulcramente comprometido -a la hora de meterse en el fango nadie supera a David Simon-. Sorkin, el escritor televisivo del sueño americano, consiguió que millones de personas se enamoraran de la política con ‘El Ala Oeste de la Casa Blanca’ y que simpatizaran con esos personajes a los que en la vida real por lo general desprecian. Seguimos a los asesores del presidente Bartlet que encarnaba Martin Sheen durante kilómetros y kilómetros de pasillos. Siempre intentaban hacer lo correcto, hasta que se encontraban con el eterno dilema de si el fin justifica los medios. La serie fue un éxito tan rotundo como inesperado para la NBC, y siempre será una de las grandes. Puede que más maleado, al poco tiempo de terminarla Sorkin ajustó las cuentas con la misma política cínica de Washington con la divertida y ácida ‘La guerra de Charlie Wilson’, con Tom Hanks y un sensacional Philip Seymour Hoffman sobre el éxito de un granuja congresista para financiar la venta de armas a los guerrilleros afganos contra la invasión soviética, pero también sobre su fracaso para luego construir ni una sola escuela, lo que acabaría derivando en el pozo de cultivo talibán que todos conocemos.

No hay una sola lista de los mejores escritores de cine y televisión actuales que se precie que no incluya a Sorkin, que además tiene la bonita cualidad de hacer que su audiencia se sienta más inteligente por verle. Debutó, ahí es nada, con ‘Algunos hombres buenos’. Tras ‘El Ala Oeste’ se pegó el batacazo, injustamente, con la divertida y visionaria ‘Studio 60′, para la que la audiencia quizás no estaba preparada (curioso el éxito casi simultáneo de la parecida ’30 Rock’).

Luego volvería al cine, y de qué forma, con el guión de ‘La red social’ -que le valió un Oscar- y el de ‘Moneyball’, que le dio una nominación. Y desde hace un año los seriófilos venimos hablando de su regreso a la televisión, que se produce, finalmente, este domingo con ‘The Newsroom’. La HBO, tras el extraño fracaso de ‘Luck’, juega sobre seguro. Protagonizada por Jeff Daniels, Sorkin nos mete en la redacción del programa informativo del periodista más respetado y seguido de EEUU por su imparcialidad y neutralidad. Un tipo que no se moja ni bajo una tormenta tropical. Hasta que se harta, y en una charla universitaria le tocan un poco las narices y una alumna le pide que explique por qué América “es el mejor país del mundo”. “No somos el mejor país del mundo”, estalla. Así se supone que comienza la serie, en lo que se espera una visión más madura y cínica, pero igual de idealista, de Sorkin sobre el mundo actual y el sueño americano. Será imprescindible.

 

Las diez mejores series de 2011

Hyde | 27 de diciembre de 2011 a las 3:40

Llega el fin del año y el obligado repaso a lo mejor de la parrilla televisiva. Ausente forzosa ‘Mad Men’ tras las duras negociaciones entre la cadena AMC y su creador, Matt Weiner, estas son las diez mejores obras de 2011 a juicio, subjetivísimo, de este seriófilo. Algunas se han emitido ya en España, otras lo hacen en la actualidad y otras llegarán pronto.

10.-‘Sons of Anarchy‘. ¿Puede un último capítulo cargarse una temporada casi redonda? Si eliminamos el desastroso 4×14, la nueva entrega de esta violenta serie, revisión motera de ‘Hamlet’ y ‘El Padrino’ (aunque nuestros muchachos de Samcro se pasan más tiempo en el hospital que sobre sus Harleys), ha vuelto al nivel de sus primeros dos años, gracias a la llegada del artesano Paris Barclay. Su creador, Kurt Sutter, uno de los tipos más irreverentes, peculiares y sorprendentes de la televisión (“Haz siempre lo contrario de lo que espera el espectador”, es uno de sus lemas), ha estado más cerca que nunca de la añorada ‘The Shield’, en la que trabajó como guionista. Aunque al final, como Ícaro, se quemó.

9.- ‘Community’. No es fácil para una serie de una gran cadena generalista como la NBC jugar siempre al filo de la navaja. Por eso, y aunque su tercera y a tenor de las audiencias quién sabe si última temporada, no sea la mejor, el loco grupo de estudio de Greendale merece estar en cualquiera de estas listas. Hay unanimidad de los críticos: cuando uno de sus episodios es redondo, resulta inalcanzable. Y este año ya llevamos unos cuantos capítulos memorables. Nadie parodia mejor que ‘Community’ y no recordamos un mejor dúo que el de Abed y Troy. El talento, la asunción de riesgos y la creatividad salvaje de esta comedia, con un casting soberbio y unos guiones escritos con la locura que sólo un genio puede tener, merecen mucha mejor suerte.

8. ‘Crematorio’. También hay que tener mucho valor para coger la excelente novela de Rafael Chirbes, a base de monólogos interiores, y llevarla a la pequeña pantalla en la que posiblemente sea la primera serie española que puede mirar a la cara a las producciones de la HBO, la AMC y la BBC sin bajar la cabeza. Los hermanos Jorge y Alberto Sánchez-Cabezudo merecen todos los aplausos, a la par que Canal Plus un empujoncito para seguir destinando parte de sus ingresos a producciones propias de calidad. ‘Crematorio’, con un Pepe Sancho en el papel de su carrera, es un retrato fiel y descarnado de la corrupción y la voracidad inmobiliaria que ha asolado el litoral español. Y todo, desde los créditos iniciales con música de Loquillo, pasando por la fotografía hasta el último de los secundarios, funciona como un reloj. No estamos acostumbrados.

7.- ‘Friday Night Lights’. Si se tratara de valorar una serie en su conjunto, las cinco temporadas de ‘FNL’ merecerían estar en el podio. Si lo que cuenta es la emoción y empatía que se provoca en el espectador, sería la campeona. No, la quinta y última entrega de esta fenomenal obra sobre la familia, la pertenencia a una comunidad, la crisis, los retos de la vida diaria, con deporte como elemento catalizador pero no protagonista, no ha sido la mejor. Cuenta, eso sí, con un finale redondo, de los que pasarán a la historia por dejar a todo el mundo satisfecho. Rodada con cámara al hombro, sin ensayos y con libertad interpretativa absoluta, hasta el punto de que sus excelentes actores improvisaban sobre la marcha y cortaban o ampliaban diálogos por lealtad al espíritu de sus personajes, ‘FNL’ es la gran serie que usted no ha visto. No ha habido, ni seguramente habrá, un matrimonio más realista y perfecto en la pantalla que el que forman los Taylors de Kyle Chandler (por fin le llegó el Emmy) y Connie Britton. Tampoco un pueblo con más corazón que Dillon.

6.- ‘The Good Wife’. Si la segunda temporada fue la de confirmación de la alternativa tras un estreno sorprendente, en su tercer año ‘La Buena Esposa’ se mantiene en la cumbre, aunque sigue penando con las audiencias. Julianna Margulies reina sobre un reparto soberbio, con más banquillo que el F.C. Barcelona, el Real Madrid y el Manchester City juntos. ‘TGW’ es la serie con los guiones más actuales, no en vano sus ‘showrunners’, el matrimonio King, los escribe y graba de una semana para otra. Cual pareja de Guardiola-Mourinho televisiva, saben sacar siempre lo mejor de cada personaje y siguen su evolución al milímetro. Si un día Kalinda quita el hipo, al otro Cary Agos lo borda. Y cuando no es el genial Eli Gold de Alan Cumming, aparece como estrella invitada Michael J. Fox en un papel de abogado discapacitado y cabronazo espectacular. No, ‘The Good Wife’ no es otra serie de abogados. Es sobre la política, la ambición, la familia y la competencia profesional. Una maravilla.

5.- ‘Justified’. Bonito que una serie tan cargada de testosterona como ésta, sobre un duro, durísimo U.S. Marshall que vuelve a su cerrado condado natal de Kentucky, haya explotado gracias a sus mujeres. Con una Margo Martindale sencillamente sublime, que encarna a una de las mejores ‘malas’ de la historia de la tele, y unos diálogos soberbios a cargo del curtido Graham Yost, la segunda entrega de ‘Justified’ sorprendió a toda la crítica. Timothy Olyphant, protagonista y productor, dio un acertado paso atrás, sólo para ganar más impulso, dando mayor peso a los personajes femeninos de Zea, Carter y la niña Kaitlyn Dever, y a su lado tiene a uno de los mejores secundarios posibles: Walton Goggins. Es pecado ver esta serie doblada, porque aunque sus acentos ‘redneckianos’ resultan incomprensibles incluso para los angloparlantes, sería como poner acento gallego a un gaditano.

4.- ‘Juego de Tronos’. A priori, la formidable empresa de llevar a la pantalla la colosal e inacabada todavía –maldito viejo gordo- obra de George R.R. Martin, referente actual de la literatura fantástica, parecía demasiado incluso para la HBO. Pero aunque difícilmente encontrarán a un lector de los libros que prefiera la serie, como tiene que ser, tampoco habrá muchos que renieguen de ella. El casting, lleno de secundarios apenas conocidos para el gran público, ha sido un acierto total. Se nota que el escritor, veterano guionista, es uno de los productores y ha participado decisivamente en la elección. Las recreaciones que parecían imposibles del primer tomo de la saga ‘Canción de Hielo y Fuego’ (el Muro, los ‘niños’ de Dani…) se han solventado de forma magistral. Y aunque se trata de una obra coral, un buffé libre de protagonistas que se mueven por un tablero en el que la vida no está garantizada –amará y odiará a Martin por ello, querido lector-, sobresale entre todos el más pequeño de tamaño pero grande de talento: Peter Dinklage. También parecía imposible encontrar al Tyrion perfecto. Él lo es.

3.- ‘Boardwalk Empire’. Con ella hay que ser más exigente que con las demás, porque lo tiene todo. Todo el dinero del mundo y más (en reconstruir el viejo paseo marítimo de Atlantic City se gastaron más que en la inmensa mayoría de las películas españolas); un reparto excelente encabezado por Steve Buscemi y Michael Pitt, secundados por gente de la talla de Michael Kenneth Williams (sus escenas, antológicas, casi superan por intensidad a las del viejo Omar de ‘The Wire’) y un equipo de lujo detrás de las cámaras liderado por el ‘sopraniano’ Terence Winter, T. Van Patten y un Martin Scorsese cuya mano se intuye. A veces para bien y otras para mal. A ‘BE’ sólo le reprochamos cierta frialdad en el desarrollo de los personajes y la cargante presencia de Paz de la Huerta. Va camino de ser una obra maestra.

2.- ‘Breaking Bad’. Se nos acaban los epítetos para el descenso a los infiernos del profesor Walter White. También los halagos para Vince Gilligan y su maestría artística: ha conseguido que una serie adquiera la coherencia y la profundidad de una gran novela. Todo ocurre por una razón en ‘BB’, reina de la pantalla desde su estreno y hasta su penúltima temporada. Y sea cual sea el lío en el que se meten sus personajes, los más desarrollados e imperfectamente humanos de la televisión actual, la historia continúa sin trampa ni cartón. No sólo cuenta con dos protagonistas y antihéroes memorables, a cargo de los premiados Bryan Cranston y Aaron Paul. También Gus Frings, un extraordinario Giancarlo Esposito de momento con las manos vacías, se ha ganado un puesto entre los mejores malos televisivos de la historia.

1.- ‘Homeland’. Una lista es siempre, y sobre todo, subjetiva. Incluso contradictoria. En el balance final y tras varios años, ‘Breaking Bad’, ‘Friday Night Lights’, ‘The Good Wife’ o ‘Boardwalk Empire’ serán seguramente mejores que una serie que debería tener solo una temporada. Puede que incluso en este 2011 si hiciéramos un análisis formal y objetivo. Pero hay muchos factores por los que ‘Homeland’ merece este puesto de honor en su debut. No sólo por la solidez de sus dos dañados protagonistas, unos inmensos Claire Danes y Damian Lewis, o por la discreta maestría de don Mandy Patinkin. Tampoco porque por primera vez la cadena Showtime le hable de tú a tú a las veneradas HBO y AMC y eso sea de agradecer. Lo mejor de ‘Homeland’ es el supremo valor con el que afronta un tema tan doloroso y espinoso como el terrorismo, sus causas y sus consecuencias, en un país que todavía no ha cerrado del todo las cicatrices del 11-S. Todos sus personajes principales están traumatizados de una manera u otra, como la nación, pero eso no impide que los responsables de esta serie, inspirada en una israelí, nos pongan a menudo en la piel del terrorista y lancen al espectador la dura pregunta de si no será igual de malo un Estado que bombardea a civiles y mata niños. También hay que aplaudir su equilibrismo de cuerda floja. A medida que iban pasando sus episodios, nadie daba un duro por el desenlace, presuponiendo un ‘finale’ desastroso ‘a la The Killing’ en el que saltaran todas las costuras del argumento. Pero el traje estaba hecho como dios manda. ‘Homeland’ es un thriller psicológico fantástico, con muchos momentos de una intensidad que corta la respiración. Y ha logrado lo más difícil: situar una trama que parecía forzosamente conclusiva bien embocada hacia la segunda temporada. Como su música, es un jazz que va entrando sigilosamente, hasta que, de repente… ¡ZAS! te ha conquistado. Como en el jazz, como esa trompeta de Miles Davis que parece estremecerse, llorar y gritar en solitario, uno duda de que todo acabe entrando en armonía. Pero lo hace. Bravo.

El primer juicio

Hyde | 15 de diciembre de 2011 a las 13:08

ES muy humano, y por lo tanto bastante propenso al error, juzgar algo por la primera impresión. Ocurre con la pilotitis, esa tendencia a ensalzar o masacrar series por su primer capítulo. No sólo le pasa a los espectadores y críticos, también a los ejecutivos de las cadenas, que en ocasiones deciden si se producirá o no una obra en función de la respuesta emocional a su primer episodio. Pero tampoco hay que denostar las primeras sensaciones. Si nos enamoramos de un flechazo, también podemos odiar a primera vista.

A veces también se puede distinguir si una fruta estará o no madura con un fugaz vistazo, o un vino al primer sorbo. Hay series que desde su primer capítulo no engañan: serán un fiasco o una maravilla. Los pilotos de Damages, Breaking Bad, Perdidos y su avión estrellado, The Good Wife o aquel antológico de The Shield, dejaban conmocionado al televidente, con necesidad de más. Otras, como Falling Skies o Terra Nova, por citar dos de los desastres de esta temporada, ya hacían presagiar que no había ahí demasiado que rascar. Pero nadie puede fiarse. Hay series de maduración lenta, que tardan. A Mad Men hay que darle varias oportunidades para apreciarla en todo su esplendor, y hay muchas joyas con primeros episodios no del todo redondos pero que sería pecado perderse, como Los Soprano. Sin embargo, el principal enemigo de todo seriéfago son las expectativas previas. Uno no le exige lo mismo a una producción de la HBO o la AMC que a Showtime o a las cadenas generalistas, por ejemplo. Y si desde hace casi un año te vienen diciendo que la primera cadena, aristocracia del cable, ha juntado a David Milch (Deadwood), Michael Mann, Dustin Hoffman y Nick Nolte para una serie, cualquier cosa que no sea apabullante, que no te noquee en el sillón, dejará mal sabor de boca.

El domingo, en una estrategia nueva de promoción, la HBO preestrenó Luck, aunque no se emitirá más hasta finales de enero. Seguro que a medida que avancen los capítulos presenciaremos la maravilla prometida. De momento, y aun a riesgo de caer en la injusticia del juicio apresurado y a bote pronto, parece una obra demasiado dirigida a los amantes del juego y las carreras de caballos, con muchos tecnicismos y slang, y con un piloto en el que Michael Mann, posiblemente uno los directores más exigentes pero también más sobrevalorados, ha vuelto a abusar de su tendencia al ‘videoclipismo’. Sí, claro, la fotografía es impresionante y también las imágenes de las carreras, hay que joderse. Pero no se puede tener a Hoffman y Nolte y despreciar su talento rindiéndolo todo a la música. En una televisión generalista, Luck no habría pasado el primer corte. Por suerte hablamos de otra cosa.

Demasiado buena

Hyde | 6 de octubre de 2011 a las 9:18

Le tengo cierta manía a ‘Boardwalk Empire’. Es el mismo sentimiento ambiguo de admiración y desprecio que uno siente por el chico guapo, listo y rico del instituto que se ligaba a todas las niñas , caía bien a todo el mundo, era un deportista extraordinario, al que sus padres compraron un descapotable nada más cumplir los 18 y que acabó estudiando en Harvard. Uno presiente que algo malo debe ocultar, que lo ha tenido todo demasiado fácil, desea que envejezca mal, que engorde y se quede calvo pronto. Pues con la serie estrella de la HBO, que acaba de estrenar su segunda temporada, ocurre algo parecido. Van de sobrados.

La mayor producción de la cadena de pago americana se gastó 5 millones de dólares, un presupuesto superior al de la mayoría de las películas españolas que se graban, sólo en recrear el paseo marítimo de Atlantic City tal y como debía ser en los años 20. Y el piloto costó entre 20 y 30 millones de euros. Luego ha fichado un casting de lujo, sin enormes estrellas pero con los extraordinarios Steve Buscemi y Michael Pitt al frente y los más que solventes Michael Shannon, Kelly Macdonald, Michael Kenneth Williams, Stephen Graham y Jack Huston, por citar algunos, alrededor. Y en el banquillo, detrás de la cámara, en la producción o escribiendo los guiones, otro equipo all-star, con Martin Scorsese, Timothy van Patten, Allen Coulter y Terence Winter, entre otros nombres ilustres. Desde luego si ‘Boardwalk Empire’ no es extraordinaria sería para liarse a tiros. Pero siéndolo, notándose la pasta gastada y el talento invertido en cada plano, hay algo que le falta a la serie, algo que no se compra: alma. Puede, perdonen el sacrilegio, que le sobre la presencia de Scorsese, porque a veces parecemos encontrarnos ante una película de una hora en lugar de un episodio de una trama mayor de doce capítulos. Nominada a mejor serie y derrotada, con justicia, por la más modesta pero mejor ‘Mad Men’, las expectativas puestas en ‘Boardwalk Empire’ son enormes. La cadena quiere que sea la heredera de su producto estrella, de la, con permiso de ‘Breaking Bad’, mejor serie de la historia: ‘Los Soprano’. Todavía le queda mucho, mucho camino por recorrer para acercarse. Le faltan sobre todo cosas que no cuestan demasiado dinero, como un mayor desarrollo de los personajes, de su interacción y de las subtramas, y conseguir el elixir mágico para que una serie funcione: que el espectador sienta empatía con los protagonistas. ‘Nucky’ Thompson debería empezar a darse cuenta de que hay cosas que el dinero no puede comprar.

¡Claro que importan los Emmy!

Hyde | 18 de septiembre de 2011 a las 13:33

Puede que al espectador medio no le importe demasiado el resultado de los Emmy que se entregan esta noche. Cada uno tiene sus favoritos y poco nos importa que se le dé o no una estatuilla: en nuestro corazón están los primeros. También hay quien ve en este tipo de galas otro caso del ombliguismo de Hollywood, otra ocasión de lucir palmito para actores y actrices. Todo ello puede ser cierto, pero también se comete un error subestimando la importancia del evento.

Hay pocas series de calidad realmente rentables para las cadenas. Algunas, inexplicablemente, sobreviven en el alambre, tanto en el cable como en los network. Y aunque a veces los números no cuadren, el prestigio que otorga la crítica y los malditos premios las mantiene vivas. Sólo por eso merecen la pena estos galardones, mucho más importantes que los Globos de Oro, que al fin y al cabo otorga la prensa extranjera acreditada en Hollywood y ésta me temo que no ve demasiado la tele.

O acaso alguien duda de que sin el amor incondicional de la crítica y los Emmy de Margulies y Panjabi ‘The Good Wife’ hubiera resistido en antena, por muy extraordinaria que sea? ¿O Fringe habría sobrevivido tras un año de angustias y agonía en los ratings, especialmente tras el traslado al ‘bloody friday’?

Llega un momento en el que las cadenas tienen que sacar tajada, sencillamente porque son un negocio, no hermanitas de la Caridad comprometidas con el bienestar intelectual de una pequeña y selecta audiencia. Es lo que le ha ocurrido este verano a la AMC, que ha recibido muchas, demasiadas, críticas, por hacer una pequeña parte de lo que las mayores cadenas hacen continuamente. Cuando una serie tiene éxito es normal que tanto su creador como su casting se suban a la parra y pidan una millonada. Es lo ocurrido con ‘Mad Men’, retrasada un año por las duras negociaciones de Weiner con la pequeña pero adorada cadena. O la pelea de gallos posterior entre Gilligan y los mismos ejecutivos por recortar episodios y presupuesto de ‘Breaking Bad’ pero con más temporadas. Nos puede escandalizar, pero las cifras de audiencia de ambos shows, los dos mejores de la televisión actual, no son para tirar cohetes: entre dos millones y tres millones de espectadores. Menos que ‘El barc0′, por poneros un ejemplo gráfico y brutal. El recorte también ha afectado al producto más exitoso pero quizás de menos calidad de la AMC: ‘The Walking Dead’. A Darabont le pidieron que redujera gastos y rodara más interiores, y se lió la marimorena, incluso con la salida del guionista y ‘showrunner’.

Por todo ello, el resultado de esta noche no es baladí. Y aunque todas las quinielas den como favorita a ‘Boardwalk Empire’, en la que la HBO se ha gastado una pasta tanto en filmarla como en promocionarla, aún no está a la altura de ‘Mad Men’. Ni el gran Steve Buscemi y su ‘Nucky’ Thompson le llegan aún a la suela del zapato, en términos de hito televisivo, al Don Draper de Jon Hamm. Es la gran oportunidad de Hamm para lograr una estatuilla que en las tres ediciones ha ganado, merecidamente, el enorme Bryan Cranston por la también enorme, y en esta edición ausente por motivos de calendario, ‘Breaking Bad’.

Y puestos a ser subjetivos, que para algo está el blog, perdonen los fans de Atlantic City cuando les diga que es una blasfemia comparar la deslumbrante cuarta temporada, con capítulos históricos como ‘The suitcase’, de los creativos de Madison Avenue, con esa buena copia, que seguro nos dará grandes satisfacciones, que es ‘Boardwalk Empire’.

Siguiendo con la subjetividad, si alguien debe disputarle el Emmy a Hamm ése es Kyle Chandler. Su entrenador Eric Taylor ha dejado huella. Puede que la quinta temporada, salvo uno de los mejores series finale que se recuerdan, no haya sido excepcional. Pero tanto Chandler como Connie Britton merecen reconocimiento por crear el mejor matrimonio de la historia de la tele. Será difícil que lo reciban.

En cuanto a secundarios, este año no se puede discutir con ‘Justified’, bajo riesgo de que a uno le peguen un tiro y lo tiren a una mina abandonada. Margo Martindale y Walton Goggins (incomprensible que su Shane de ‘The Shield’ nunca fuera ni nominado) están sublimes como reina y rey de la fauna de Harlan. Sólo un pequeño grandísimo actor, Peter Dinklage y su Tyrion Lannister (qué reto tan difícil y tan bien resuelto, darle vida a la criatura de Martin), y Michelle Forbes y su madre de ‘The Killing’ pueden cuestionar esos premios.

En cuanto a la mejor serie, por mucho dinero que se gaste la HBO y por mucho que todos le debamos a su apuesta por hacer televisión de calidad (“No es TV, es HBO”), la apuesta para competir con ‘Mad Men’ puede que sea equivocada: ‘Juego de tronos’ es mejor que ‘Boardwalk Empire’. ‘Justified’ ha tenido una segunda temporada majestuosa (¿qué hacías en ‘Falling skies’, Yost?), como ‘The Good Wife’, pero resulta chocante la presencia de la flojilla, por ser benevolentes, quinta temporada de ‘Dexter’, y la ausencia absoluta de ‘Treme’ en casi todas las categorías importantes.

En miniseries, Idris Elba por su atormentado ‘Luther’ (mejor la segunda temporada que la primera) y ‘Downton Abbey’, uno de los acontecimientos del año (que esta noche regresa a la televisión británica con su segunda temporada), deberían recibir los premios. Otra cosa es si lo harán.

Suerte para nuestros favoritos.

Por una muerte digna

Hyde | 15 de septiembre de 2011 a las 13:51

Como en los toros (disculpas a los antitaurinos, pero es el símil más certero que me viene a la cabeza), las series también se enfrentan a su suerte suprema: el momento de matar y de morir. Hay pocas series que se vayan con la misma grandeza con la que se desarrollaron durante años. Cerrar el ciclo y despedirse de unos personajes y un casting con los que se han compartido años, risas, lágrimas, broncas y premios requiere talento, valentía y coherencia del creador y los productores. Y por lo general estos no están demasiado dispuestos a dejar morir dignamente a la criatura.

(A partir de ahora, ligeros espoilers sobre series ya terminadas). Ya hemos dicho por aquí alguna vez que el mejor finale, en opinión de servidor, es el de ‘The Shield’, con ese Vic Mackey encadenado a la oscura oficina cual Prometeo al que el buitre de la burocracia le picotea el hígado todos los días. No está tampoco mal, aunque no compartimos el entusiasmo generalizado, el cierre vital de ‘A dos metros bajo tierra’. Un pelín videoclip para el gusto de servidor. Tampoco me pareció justo el final anticipado que se tributó a Nate. A una de las mejores series de la historia le sobró quizás la última temporada, puede que ya víctima de la locura que Alan Ball desarrollaría años después en ‘True Blood’.

Los dos finales que más polémica han levantado, más charlas de café y análisis teórico han generado, son los de ‘Los Soprano’ y el de ‘Lost’. El primero no apasiona porque David Chase no se mojó y dejó las cosas muy abiertas. Sé que se trata de un análisis simplista, que hay hasta tesis doctorales analizando cómo estaban colocados los azucarillos del bar, si Tony Soprano ya estaba muerto o no… Personalmente, me habría sentado muy mal que se cargaran a mi mafioso favorito, aunque puede que artísticamente fuera lo mejor. Bien alto o notable. En cuanto a ‘Perdidos’, el finale fue un gran capítulo, muy espectacular, pero una estafa total al espectador que siguiera toda la serie. Ni se cerraba ni se aclaraba nada de lo que se había prometido durante años: que todo tendría sentido. Hombre, no se trató del final de ‘Los Serrano’ del “todo ha sido un sueño” (ese fue para denunciarlo directamente en Fiscalía), pero bastante tomadura de pelo con el Humo negro, el encuentro de almas y demás sí que fue.

Hay series que no sienten la necesidad de cerrar la historia. La dejan abierta, y en el caso de ‘En terapia’, con ese doctor Paul Weston mezclándose con la gente por la calle (de las contadas veces, salvo en una cafetería, que lo vemos fuera de la consulta), la opción es buena. Funciona y es bella.

Otras, en cambio, se despiden uno a uno de los personajes y nos los dejan perfectamente situados, sin cabos sueltos. Como prácticamente sus cinco temporadas, el final de ‘Friday Night Lights’ es de gran belleza y emoción. Y la imagen del balón volando es una de las mejores transiciones de la historia de la tele. Da miedo pensar que quieran rodar una película para continuar una historia perfecta, que recordamos con inmenso cariño.

‘Battlestar Galactica’ es otra de las grandes series que se nos fueron en los últimos años. Notable alto, con esos acordes de Jimmy Hendrix y su majestuoso ‘All along the watchtower’.  Y de las que nos cortaron quizás demasiado pronto, está muy, muy conseguido el adiós de ‘Lights Out’. Inquietante, tan estupendo cierre como hasta luego en el caso de que la cadena FX hubiera sido un poco más valiente y hubiera dado otro año a esta buena serie sobre el retorno al ring de un boxeador retirado.

Luego están los finales que ni apuestan por el cierre ni por la continuación, que no dan respuesta a los distintos interrogantes abiertos y que para colmo son un pésimo capítulo. Son episodios que nos dejan con un mal sabor de boca, cuando en este negocio del espectáculo y el ‘storytelling’ el ‘closure’ (el arte suprema, recuerden) es fundamental, lo que decide el aplauso o los pitos, si sacamos a hombros al showrunner o lo maldecimos.

Hace tiempo que dejé de preguntarme por qué me gustaba tanto ‘Entourage’. Disfrutaba como un enano con las aventuras de Vince Chase, las preocupaciones de E, los numeritos de Drama, las inquietudes empresariales de Tortuga y, sobre todo, con las salidas de tono de Ari Gold (grande Jeremy Piven), uno de los mejores personajes de la historia de la tele (si alguien quiere saber cómo se hace un ERE, que pinche aquí). Sí, puede que los guiones cayeran a lo largo de sus ocho años, pero al fin y al cabo en esos veintitantos minutos de cada episodio Doug Ellin conseguía meternos en la pandilla, en las fiestas de Hollywood, en la parte trasera del salvaje, duro y sin escrúpulos negocio del ‘séptimo arte’.

El finale de Entourage, que se emitió el pasado domingo en la HBO y anticipa una película que posiblemente se acabará rodando, es un ejemplo de cómo no cerrar una serie, ni siquiera para decir hasta luego. No sólo porque ya hemos visto antes esa escena en el aeropuerto. Nos saltamos el ligue y la conquista de Vince de la que iba a ser la horma de su zapato, que de repente se convierte en gatita facilona. Ni a Drama ni a Tortuga los despedimos como se merecen. Y la decisión toscana de Ari no se la creen ni él ni su mujer. Es un churro, lo miremos por donde lo miremos. Y me ofende porque hasta el final mantuve la fe y el aprecio por ‘El séquito’.

¿Dónde está Alan y quién eres tú?

Hyde | 4 de agosto de 2011 a las 2:53

A estas alturas, uno ya no se plantea qué sustancia psicotrópica, si la metaanfetamina azul de Heisenberg o los porros de ‘Weeds’, consumen los escritores de ‘True Blood’. Puede que sea la ‘v’, esa sangre de vampiro que por lo visto te da un viaje que alucinas. Tras cuatro temporadas, a cada cual más loca, la pregunta es cuándo irrumpirán los agentes de la DEA en al sala de guionistas de la serie de la HBO. También qué ha ocurrido con Alan Ball, quién ha secuestrado o liquidado al brillante autor de ‘American Beauty’, al creador de la venerada ‘A dos metros bajo tierra’. Y sobre todo, quién es el perturbado impostor que firma los créditos de la serie. Porque no puede tratarse de la misma persona. Casi más interesante que las aventuras y desventuras de Sookie Stackhouse y compañía debe ser meter una cámara en esa sala, ver cómo se desencadena el proceso creativo -por llamarlo de alguna forma- de ‘True Blood’.

“¿Qué os parece si este año, a los vampiros amorosos, los cambia-formas, la ménade, las hadas buenas y malas, los hombres-lobo y los hombres-pantera añadimos unas cuantas brujas y unos vampiros que pertenecían a la Inquisición española?”, propone un guionista. “¡Cojonudo, buena idea! Pero hay que insistir un poco más en la historia del niño mago poseído por el espíritu del padre, y no os olvidéis de introducir escenas de sexo de todo tipo y género, hetero, homo y hasta zoofilia si se tercia, que eso gusta a la audiencia. Pásame la botella de bourbon, Nick, que tengo sed”, responde Ball. “Alan, que son las diez de la mañana”, apunta Helen. “Es para ambientarme más en Bon Temps, querida, no te preocupes. Dame que le pegue otra calada, que por hoy ya hemos terminado. Mañana quiero que se os ocurra algo con el Yeti, que me apetece rescatarlo para que se tome una copa en Merlotte’s”, les espeta el jefe.

‘True Blood’, que avanza hacia la mitad de su cuarta temporada, ha sido catalogada de muchas formas. Gamberra, almodovariana, políticamente incorrecta, impúdica, incoherente. Sí, puede resultar entretenida, como una borrachera de anís, pero sobre todo se trata de una enorme tomadura de pelo, de una serie que bajo el paraguas de calidad de la HBO y de un presupuesto considerable parece que pretende aglutinar todas las películas malas del subgénero fantástico y de terror. Sólo faltan extraterrestres -y zombies, aunque no es cuestión de hacer propaganda a la cadena rival, AMC, hogar de ‘The Walking Dead’- paseando como si tal cosa por los pantanosos bosques de Luisiana, cosa que visto lo visto, no descartamos para la quinta temporada. Pero si hay algo malo de ‘True Blood’, lo peor que se puede decir de ella y de nosotros, es que la seguimos viendo. ¿Serán los calores del verano? No tenemos remedio.