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Vivos y muertos

Hyde | 21 de marzo de 2013 a las 13:41

Que no cunda el pánico. Claro que la muerte de Henry Bromell será un golpe para ‘Homeland’, la mejor serie de los últimos años. Pero si algo distingue a las grandes es su profundidad de banquillo. Y Bromell, siendo un gran artista -como sólo puede ser alguien que haya escrito un capítulo como ‘Q&A’- no era ni del equipo titular de la serie ni formaba parte de su columna vertebral. Las estrellas de ‘Homeland’, además de su trío protagonista, son Alex Gansa, Howard Gordon, Michael Cuesta y Gideon Raff, el creador de la serie israelí original, ‘Hatufim’. Esos son los nombres que han soportado el peso principal de escritura, producción y dirección de los 24 episodios emitidos. Claro está que Bromell no sólo aportaba su talento, también una gran experiencia y el paso por una serie de cuyo estilo sin duda bebe ‘Homeland’, la añorada ‘Rubicon’, posiblemente la cancelación anticipada que más ha dolido a los críticos en los últimos años.

 

Hay series tan grandes que acaban independizándose de sus creadores, por mucho que en algunas se note su ausencia. Y luego hay producciones personalísimas, que mueren en cuanto se marcha su autor original. Le está pasando en la actualidad a ‘Community’ tras el despido de Dan Harmon. Hay series cantera, que bajo la batuta de un gran director, forman a guionistas, productores y ‘showrunners’. Uno repasa los créditos de ‘Los Soprano’ y aquello parece el All-Star de la televisión actual. Estaban Matthew Weiner, creador de la estelar ‘Mad Men'; Todd A. Kessler, de ‘Damages'; y Terence Winter, Tim Van Patten, y Allen Coulter, los grandes nombres, exceptuando a Scorsese, detrás de ‘Boardwalk Empire’. Luego hay series personalísimas, como la citada ‘Mad Men’, que no se entiende sin su creador, o su rival por el trono televisivo y ‘hermana de la cadena AMC ‘Breaking Bad’, que no podría existir su su peculiar creador, el genial Vince Gilligan.

 

Luego están las series que cambian de ‘showrunner’ o productor y si se nota, es para mejor. Ha ocurrido con ‘The Walking Dead’, tras la salida de Darabont y esperemos que siga pasando tras la marcha, el próximo año, de Glen Mazzara, que ha llevado a la serie a su cima. Gracias, por otra parte, tanto a la inestimable ayuda del ‘Gobernador’, un soberbio David Morrisey, como a que por fin se han dado cuenta de que lo verdaderamente terrorífico son los vivos, no los muertos.

 

Los golpes de la vida

Hyde | 17 de febrero de 2011 a las 11:14

lightsout

Para sobrevivir en la jungla de la parrilla televisiva hay que ser muy duro. Al acecho merodean programadores con menos sentimientos de culpa que un tiburón blanco tras zamparse una foquita, o reality shows de mierda pueden devorarte en menos que canta un gallo. En esta selva las condiciones son cambiantes cada día, y todo se decide por los fríos números, la audiencia y sus perfiles. Para salir ileso de todos esos peligros hay que repartir muchos mamporros. Y hacerlo rápido, desde el principio y con eficiencia.

Los cementerios de series están llenos de buenas tramas que esperaron demasiado para soltar los fuegos artificiales. Este año ocurrió, por ejemplo, con Rubicon. También la UCI televisiva, ese limbo en el que actualmente se debaten entre la vida y la muerte una decena de buenas series, cuenta con muchas obras que se equivocaron en el golpe y luego rectificaron, a lo mejor demasiado tarde. Es la agonía que está sufriendo, injustamente, la magnífica Fringe. Su errático primer año, con una trama central sin dirección clara, espantó a muchos espectadores, que se han perdido las dos excelentes temporadas siguientes. Fox sopesa estos días si hacer caso a slos críticos televisivos y a sus (pocos) millones de seguidores en todo el mundo, que saturan las redes sociales pidiendo su continuidad, o las tablas de audiencia. En el último capítulo ocurrió algo desconcertante: vimos a su bellísima protagonista, Anna Torv, en sujetador, cuando habitualmente su personaje, Olivia Dunham, en sus múltiples facetas, es bastante recatada. Por muy agradable que fuera la estampa, ese truco barato tiene muy mala pinta. Y no es la única treta desesperada por captar más espectadores de esta estupenda serie de fenómenos científicos extraños, guerra de universos y calvos observadores que cuidan por el destino. Uno de esos alucinantes casos Fringe bien podría ser la incertidumbre que rodea a la mejor serie de las cadenas generalistas, ‘The good wife’. Si hasta el bufete de Lockhart&Gardner y Alicia Florrick corren peligro de cambiar de día de emisión, qué será de las demás.

Uno de los estrenos más decentes de este año, ‘Lights Out’, la historia de un boxeador retirado que lo pierde todo y se dirime entre volver al ring por su familia o convertirse en matón mafioso, está contra las cuerdas. Y todo por no dar mamporros pronto a diestro y siniestro. “Es que tarda demasiado en llegar al combate”, me respondía la otra noche Mrs. Hyde, con más frialdad que Don King viendo caer a uno de sus patrocinados, cuando le contaba sorprendido sus problemas de audiencia. El público no tiene paciencia. Y muchas veces tampoco gusto. Es una pena, pero nadie dijo que la vida en la jungla fuera justa.

Masoquismo inevitable

Hyde | 6 de enero de 2011 a las 13:23

james-badge-dale-rubicon-amc

El parón navideño se hace duro para los adictos a las series. No sólo han acabado las temporadas de algunas de nuestras obras favoritas, sino que las que se siguen emitiendo dejan de hacerlo durante varias semanas. Así que no tenemos más excusas para terminar de ver aquella serie que abandonamos, la que nos da pereza empezar o la que nos han recomendado encarecidamente.

Hay algo intrínsecamente masoquista en el hecho de ver una serie a sabiendas de que ha sido cancelada. Pueden ocurrir dos cosas. O que sea rematadamente mala, y por tanto fue suspendida con justicia y estamos perdiendo el tiempo, o lo que es peor, que sea tan buena y exquisita que nadie la veía y, por tanto, la cadena decidió no continuarla. Y así llegamos al capítulo final con la incertidumbre de si la serie tendrá un remate digno o quedará abierta, cual libro inconcluso para siempre, a la espera de que algún ejecutivo se apiade de la trama y la resucite.

En estas vacaciones no he podido prolongar durante más tiempo la agonía de ‘Rubicon’ en mi disco duro. Como todo producto salido de la factoría AMC, la esperaba con ansiedad de gourmet cuando comenzó a emitirse. Pero pasados tres o cuatro capítulos, el ritmo resultó demasiado lento para engancharme, pese a la evidencia de que aquello era delicatessen. Y aunque la audiencia de ‘Rubicon’ no fue de hecatombe -también ‘Mad Men’ y ‘Breaking Bad’ tuvieron poco público en sus primeras temporadas, los analistas de API tenían que competir con el pelotazo de los muertos vivientes de ‘The Walking Dead’ para ganarse el cariño de los directivos de la cadena. No lo consiguieron. Es el peligro del éxito, que cuando te acostumbras quieres más y lo quieres de inmediato. Así que pagué mi deuda pendiente y estos días terminé ‘Rubicon’. Pasó lo previsto, un tremendo dolor por la certeza de que no va a continuar esta maravilla sobre los servicios de inteligencia, una serie en la que brillan todos sus actores, pero muy especialmente Arliss Howard y Michael Cristofer. El marido de Debra Winger, ahora en el sofá del doctor Weston, y el actor, director y escritor ganador de un Pulitzer, componen dos de los personajes más siniestros, oscuros y a la vez atractivos que recordamos como jefes de los analistas superdotados de la API. Tampoco está nada mal uno de los descubrimientos del año, el actor James Badge Dale, que lideró ‘The Pacific’ y aguanta bien el protagonismo, pese a la excesiva languidez de su personaje.

‘Rubicon’ es un paseo por el mundo que no vemos pero intuimos, el que provoca las guerras, derroca gobiernos y, a veces, evita atentados. Cuesta trabajo creer que tanto talento en la dirección y guion de esta serie no adivinó que hay que meter más tensión al principio y no dejarlo todo para los capítulos finales.

Pilotos y estrellados

Hyde | 30 de septiembre de 2010 a las 11:58

¿Qué distingue a un buen episodio piloto de uno malo? ¿Es determinante para una serie contar con un arranque espectacular que enganche a la audiencia, o mejor ir paso a paso, sin prisa pero sin pausa, hasta el clímax final? Los archivos de las cadenas están llenos de series que comenzaron de forma extraordinaria pero tuvieron una vida más corta que la de una mariposa, y en cambio hay productos que van madurando en la cabeza del espectador sin someterlo a un tratamiento de choque inicial. Quizás todo se resuma en la frase de David Simon, el maestro creador de ‘The Wire’ y ‘Treme': “Que se joda el espectador medio”.

Con la eclosión digital y la enorme competencia de las cadenas de pago en EEUU en la ficción -la guerra entre HBO, AMC y Showtime tiene millones de beneficiarios colaterales-, cada vez resulta más difícil para las televisiones generalistas producir una serie que capte a todos los públicos. El espectador es cada vez más impaciente, cada vez está más acostumbrado a la incorrección política y ha empezado a desarrollar alergia al almíbar. Así que la línea que separa una serie para toda la familia y un producto imbécil para esos “tontos tontísimos” a los que se refiere Simon cada vez es más pequeña y evidente. Es lo que le ha ocurrido al piloto de ‘No ordinary Family’, el producto de la ABC sobre una familia de superhéroes inspirado en ‘Los Increíbles’ de Pixar -eso sí que es ponerse el listón alto-. El primer capítulo, emitido el martes pero difundido por internet semanas antes, es de una ñoñería insultante, indigno de gente del talento de Michael Chiklis o Julie Benz. A otras series nuevas, como ‘The Event’, una de las apuestas de la NBC, le puede ocurrir como a Ícaro: el piloto vuelta tan alto que corre serios riesgos de estrellarse en siguientes capítulos -y no desvelo ningún espoiler-. Es candidata a sufrir el síndrome ‘Flashforward’, empezar genial, acostumbrar a la audiencia a la adrenalina y luego no cumplir el compromiso de aportarla cada semana.

Es una de las producciones que aspiran esta temporada a rellenar el enorme nicho de mercado sin dueño tras el fin de ‘Perdidos’. Sin embargo, será muy difícil que una sola serie ocupe ese hueco, porque la audiencia cada vez está más fragmentada. La muy exigente y lenta ‘Rubicon’ no es una de ellas, es para minorías, aunque es evidente que hablamos de un producto marca de la casa AMC: calidad a raudales. En cambio, su hermana ‘Breaking Bad’ tiene un piloto espectacular, antológico con esos pantalones volando solos en medio de un desierto de Nuevo México, y ha logrado mantener la tensión narrativa, y multiplicarla por cien, durante sus tres temporadas. La magia y a la vez la miseria de la televisión, un producto de ficción con vida propia y final incierto, es precisamente ésa: las series nacen de la cabeza de su creador, pero acaban perteneciendo a su audiencia.

Comparaciones odiosas

Hyde | 24 de junio de 2010 a las 9:51

Si lo peor que se le puede hacer a una nueva serie es etiquetarla con el odioso tópico de ‘la sucesora de Los Soprano’ -una utopía-, lo siguiente peor es nombrarla como ‘la nueva Entourage’. Eso mismo le ocurrió este año a ‘How to make it in America’, una serie menor, pero decente, de la HBO, que no ha sobrevivido a la comparación. Ni era el nuevo séquito, ni coser vaqueros se parece a hacer películas, ni Nueva York tiene nada que ver con Los Ángeles.

El pasado octubre, qué largo se nos ha hecho, comenzábamos los artículos semanales en las páginas de televisión de los periódicos del Grupo Joly con un texto dedicado a ‘Entourage’.La serie de Doug Ellin, sobre las andanzas de la joven estrella de Hollywood Vincent Chase, su grupo de tres amigos que lo escoltan y la carrera de su histriónico agente, el histórico Ari Gold de Jeremy Piven, estaba en el trono de la parrilla televisiva. Con capítulos de apenas 20 minutos, uno de sus productores, el actor Mark Walhberg -de hecho la trama está basada en su vida-, está pensando en llevarla a la gran pantalla. Este domingo se empieza a emitir su séptima temporada, una cifra a la que sólo llegan las grandes o los culebrones tipo ‘Anatomía de Grey’.

En este tiempo ha llegado ‘Treme’, la segunda mejor opción de la HBO, pero la corona de la tele se la ha arrebatado ‘Breaking Bad’. Muy difícil lo tendrán los muchachos de Chase, con su amigo E a la cabeza, para igualar lo que ha aportado este año la tercera entrega de la bajada a los infiernos del profesor Walter White, ‘aka’ Heisenberg. Apuesten por que Cranston volverá a llevarse los premios, por que se le unirán el joven pero talentoso Aaron Paul y, sobre todo, Giancarlo Esposito, un veterano secundario que ha creado el personaje de su vida, el estremecedor narcotraficante Gus, gerente de Los Pollos Hermanos.

Como decíamos al principio, lo peor que le puede ocurrir a cualquier obra nueva, a una estrella emergente, es que la comparen antes de tiempo con otra consolidada. Quizás es lo que le ha ocurrido a ‘Rubicon’, la nueva serie de la AMC que se preestrenó coincidiendo con la emisión del capítulo final de ‘Breaking Bad’. Oscuras conspiraciones que deberán ser descubiertas por el melancólico James Badge Dale, el protagonista de ‘The Pacific’. Te lo han puesto muy difícil, Jimmy.