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Calendario en rojo

Hyde | 16 de mayo de 2013 a las 8:47

Los calendarios televisivos que vigilamos los seriófilos empiezan a llenarse de nombres en rojo. Son las series que acaban por este año. También está marcado, con letras de oro, el 11 de agosto, fecha en la que empieza a despedirse ‘Breaking Bad’. Sólo nos quedan ocho capítulos para decir adiós a una de las mejores y más atrevidas series de todos los tiempos, la obra con la que Vince Gilligan, Bryan Cranston, Aaron Paul y Giancarlo Esposito –hay que añadir a Gus- revolucionaron el mundo de la televisión.

Estos días, ya despedida para siempre, casi con lágrimas, la desapercibida pero majestuosa ‘Southland’, con un Michael Cudlitz al que es criminal no dar un premio, y tras acabar la cuarta temporada, de transición pero a buen nivel, de ‘The Good Wife’, disfrutamos de la sexta temporada de ‘Mad Men’. Matt Weiner mantiene el pulso tras el esplendor del año pasado y Don Draper sigue haciendo de las suyas y nos sigue sorprendiendo en una trama de una calidad literaria y visual excepcional. También está en antena la tercera entrega de ‘Juego de Tronos’, con mucho más ritmo que la lenta segunda temporada, y en la que Daenerys ha brindado ya una escena incendiaria. Aguardan una gran sorpresa final a los espectadores que no hayan leído la obra de George R.R. Martin.

Asimismo, es tiempo para hacer balance de la temporada. La serie triunfadora es indiscutible. Dos críticos de referencia para este blog, James Poniewozik, de ‘Time’, y Alberto Nahum, de ‘Diamantes en serie’, no recuerdan un estreno mejor en años. Hablamos de ‘The Americans’, esa pareja de espías rusos infiltrados, como familia de clase media, en el Washington de Reagan y la Guerra de las Galaxias. La serie de la cadena FX da para un ensayo sobre la paciencia y el buen hacer a la hora de escribir un guión. Como en el buen sexo, no hay prisas. Ni gatillazos. No hay cliffhangers, no hay fuegos de artificio. Y en realidad, aunque nos sumerjamos en los últimos coletazos de la Guerra Fría, tan despiadada como una guerra caliente, se trata de una serie sobre la familia y sus equilibrios.

Los intérpretes de ‘The Americans’ están soberbios. Matthew Rhys, Keri Russell, Noah Emmerich y Margo Martindale. Pasados la country-soap ópera de ‘Nashville’, el hundimiento de ‘Last Resort’, y las mediocres ‘Revolution’, ‘Vegas’ y ‘The Following’, esta pareja de la KGB ha ganado la partida de calle. Son el ‘Homeland’ de este año.

 

La madre patria

Hyde | 6 de febrero de 2013 a las 19:38

Puede que sea el empacho de corrupción, que veamos a Bárcenas por todas partes, que uno encienda la tele y le den ganas de tirarla por la ventana. Puede que se trate de que el nivel de las novedades de este año no ha sido precisamente brillante. O puede, simplemente, que nos encontremos ante lo que puede ser una gran serie. Ante el mejor estreno desde ‘Homeland’. Había ganas, muchas ganas, de la première de ‘The Americans’, y el primer episodio no defraudó las expectativas. La idea de partida parece buena. Viajamos al Washington de principios de los ochenta, con Reagan -“los americanos han elegido a un loco”- recién nombrado presidente y en plena carrera armamentística de la Guerra Fría, y nos metemos en una familia de clase media americana de los suburbios.

Hasta ahí todo normal, hasta que, como apunta Poniewozik, vuelve el clásico recurso de “¡pero el protagonista tiene un secreto!”. Y, como señala el crítico de Time, a pesar de que ya hemos visto al profesor de Química que es un traficante de drogas, al exitoso ejecutivo publicitario que robó la identidad de un hombre muerto, al héroe de guerra que en realidad es un terrorista, al forense que es un asesino en serie o al dueño de una empresa de recogida de basuras que es un jefe de la mafia, funciona. El secreto del matrimonio Jennings, interpretado por Matthew Rhys (‘Cinco hermanos’) y Keri Russell (‘Felicity’) es tan gordo que no lo saben ni sus dos hijos. Pese a su acento inmaculado, los brownies que hornea ella o el bailecito country que se marca él, son espías del KGB que llevan ya más de una década infiltrados.

Donde suelen fallar tantos pilotos, en las prisas en presentarnos la trama e introducirnos en las vidas y conflictos de los protagonistas, la serie de Joseph Weisberg -entre sus productores figura el gran Graham Yost- se lo toma con calma. Exactamente como ‘Homeland’. Y desde el minuto uno resulta difícil no simpatizar con nuestros supuestos antihéroes. Al fin y al cabo, se supone que los comunistas eran los malos. ¿O al final va a ser que no? La ambientación y vestuario ochenteros están muy logrados, y sólo hay un pequeño desliz, que podría haber sido patinazo, cuando precisamente el nuevo vecino de la pareja resulta ser un agente del FBI (Noah Emmerich) que ha trabajado como infiltrado en un grupo supremacista pero que acaba de ser asignado a contrainteligencia. Demasiado pronto, demasiado fácil. Y sin embargo funciona.

Lo apasionante de la serie son las múltiples posibilidades que ofrece la historia. En el piloto, pese a la ausencia de prisas, hay abundante acción, se nos presenta el origen de los protagonistas y el carácter de su relación. Las dudas de uno y de otro. Se trata de una serie sobre lealtades, sobre las bases que forman un matrimonio, sobre si alguna vez llegamos a conocer del todo a la persona con la que compartimos la cama. Sobre cuál es la patria verdadera, ¿la bandera o la familia?