Educar en frustración

Javier Gómez | 10 de mayo de 2012 a las 20:30

NO será la primera ni la última vez que estalle un escándalo por la venta de drogas en un colegio. Pero alarma especialmente no sólo la facilidad con la que dos menores habían montado todo un negocio de compraventa de marihuana a través del messenger de sus blackberries con otros escolares de entre 13 y 16 años, sino la constatación de que en este caso no se dan las habituales excusas. A menudo solemos justificar el drama de la droga identificándolo con familias desestructuradas, padres en la cárcel, traficantes, parados, barrios duros especialmente masacrados por la crisis. Pero los dos niños detenidos, de 15 y 17 años, proceden de familias bien posicionadas, pertenecían -en el caso del mayor, perteneció- a uno de los mejores colegios de Málaga, y uno incluso contaba con un buen expediente académico.

 

Así que por mucho que haga un padre, por muy bueno que sea un colegio, por muchas comodidades que se les den, llegamos adonde siempre: no hay forma de proteger a tus hijos de la vida. En este caso no hay ningún detonante aparente, nada a lo que un padre pueda agarrarse para pensar con seguridad que sus hijos serán inmunes a esas tentaciones si evitan esto o aquello. Pero sí que hay formas para comprar menos boletos en la lotería negra. Y aunque quede carroza decirlo, las nuevas tecnologías no son un juguete. Hace no tanto tiempo le leí en las páginas de este periódico al educador Javier Madrid una frase contundente: “Hay que educar en frustración a los hijos”. Pero qué difícil, y a la vez qué importante, resulta decir no con frecuencia, negar algo a un niño cuando, por lo general, sus amigos y compañeros ya lo tienen. Todavía hay madres numantinas que resisten con un estoicismo heroico las presiones de sus hijos. Y ni tienen ni tendrán smartphones, internet en el teléfono ni mucho menos cuentas en Tuenti, Twitter o Facebook. Las redes sociales son una de las grandes maravillas recientes, un invento revolucionario que ha cambiado para siempre la manera de relacionarnos, que podría decirse que ha acabado con la soledad de quien está en casa por la noche ante una fría cena y la perspectiva de ver telebasura o acostarse para afrontar al día siguiente otra triste jornada de trabajo. Son un mar de conocimiento, de información y de contactos. Pero en él abundan los tiburones, los peligros, las tentaciones.

La prensa ante el precipicio

Javier Gómez | 3 de mayo de 2012 a las 17:14

PUEDE, aunque sólo puede, que Jefferson tuviera razón, que sea preferible un país sin Gobierno a uno sin prensa libre. Y digo lo de puede porque difícilmente la prensa es libre cuando está atada por su cuenta de resultados y porque el sector tiene la mayor parte de la responsabilidad de la situación en la que se encuentra hoy, al borde del precipicio. Pero que no se nos olvide que con periódicos, radios y televisiones también caería al abismo uno de los derechos fundamentales, el de la información. Y no hay Twitters ni Facebooks que valgan para defenderlo. Puede, sí, puede, que haya que leer cada día varios periódicos, locales y nacionales, escuchar radios diferentes y ver informativos de distintas cadenas, para hacerse una idea más o menos certera de lo que ocurre, para no ir desnudo de información por la vida, para ser un ciudadano responsable, implicado. Para no ser un borrego. La prensa, decíamos, tiene gran parte de la culpa de lo que le está pasando. También porque suele ocurrir que cuanto más rentable es una empresa periodística, más sumisa suele comportarse con las instituciones y el resto de grandes anunciantes. Y, por lo tanto, más se aleja de sus objetivos principales: ejercer el control de los cargos públicos y políticos y de las empresas y garantizar el derecho a una información veraz a la ciudadanía. Si a eso le sumamos educar y entretener, casi nada por poco más de un euro en el caso de la prensa escrita.

 

Hay quien sostiene que, paralela a la inmobiliaria, Málaga experimentó una burbuja informativa en la última década. Bendita burbuja. Nunca antes coincidieron y compitieron tantos medios de comunicación para beneficio de la provincia. Nunca antes se exigió tanto a las administraciones públicas, aunque quede camino por recorrer. Nunca antes se destaparon tantos escándalos y se censuraron tantos abusos. Se acabó con el monopolio y muchos periodistas salidos de la joven facultad de la UMA pudieron desarrollar por fin su vocación en su provincia. Uno de los muchos defectos de la profesión es el ombliguismo. Pensar que lo que nos ocurre a nosotros tiene que interesar a todo el mundo. Pero en este caso, el de los 300 empleos perdidos en Málaga y 6.000 en España en la crisis y los que vendrán en los próximos meses, es rigurosamente cierto. Vamos camino de ser un país sin Gobierno y sin prensa. Un país pobre. Una ruina.

Debajo de la alfombra roja

Javier Gómez | 29 de abril de 2012 a las 14:01

OLGA es una apasionada de su trabajo, su vocación de siempre, de la que lleva cuatro meses apartada tras dar a luz a su segundo hijo. En la pantalla del ipad tiene abierta una página de internet, una calculadora de indemnizaciones por despido. Su empresa acaba de anunciar un ERE y no tiene claro si su puesto seguirá ahí cuando dentro de poco le toque volver. También desconfía de la aplicación informática. La revisa con enfermiza frecuencia, pero siempre le responde la misma cantidad. Le dice una cifra muy pequeña para los años que lleva contratada. Ridícula si piensa en los gastos mensuales de su familia, en lo que gana ahora su marido, que a duras penas mantiene abierta su empresita, y en lo difícil que será encontrar otro empleo en su sector, en el que por cierto está bastante reconocida. Se pregunta si el programador habrá tenido en cuenta la nueva reforma laboral. Esa que iba a reducir el paro…

Miguel nació en 1984. Tuvo una infancia y una adolescencia felices, despreocupadas, como las de casi cualquier niño de la entonces incipiente clase media malagueña. Sus mejores recuerdos son los de aquellos largos veranos con su pandilla en Rincón de la Victoria, donde sus padres, a los que no les sobraba el dinero, alquilaban todos los años la misma casita no muy lejos de la playa. Miguel ha recorrido el camino que le marcaron no solo su familia sino la sociedad. Sin ser brillante, no tuvo problema para sacarse una carrera en la UMA. Luego hizo un curso de especialización. Después estuvo varios meses en Londres, currando como camarero y aprendiendo inglés. Tampoco encontró trabajo en lo suyo al volver, así que sus padres decidieron usar parte de los ahorros para pagarle un máster, tan caro porque en teoría garantizaban un empleo. Ni por esas. Desesperado, se marchó a Madrid. Allí ha estado dos años, en casa de un familiar, dando bandazos de trabajo precario en trabajo precario. Hace poco volvió a Málaga. Ha dejado de sentirse humillado cuando escucha a su padre implorar a sus amigos y conocidos por un puesto para su hijo. “Lo que sea”, le oye decir. Empieza a asumir lo de la generación perdida. Ayer salió de botellón.

Dicen que tener un hijo te cambia la vida. Y tanto, piensa Martín mientras repone el pan de molde y los donuts en un lineal del supermercado de Las Flores. Hace no mucho, a estas horas, las siete de la mañana, estaba todavía de marcha, invitando a sus colegas a copas y a lo que se terciara. Gastando 300, 400 euros cada noche. A sus 23 años ha vivido mucho, demasiado. Con 19 trapicheaba con droga. Era un trabajo fácil, que sólo odió cuando empezó a conocer a sus clientes y sus vidas reales. Padres de familia, funcionarios que no lo miraban cuando se los cruzaba en el centro comercial, autónomos, muchos viejos conocidos que ponían ladrillos y se levantaban 3.000 euros al mes. Casi todos acababan perdiendo los papeles y la voluntad, dominados por ese polvito blanco que los sacaba de la rutina pero les arruinaba la vida. Todo cambió, sí, cuando hace año y medio su novia le dijo, llorando, que se había quedado embarazada. En lo que parecía otra más de las decisiones inconscientes de su vida, se empeñó en tener el bebé. Su hija Lucía es lo mejor que le ha pasado. Dejó de traficar. Demasiado riesgo de que te acaben pillando la Policía o la droga, porque no sabe qué cárcel es peor, si la del convicto o la del adicto. Puso copas, limpió tiendas, y ahora gana 800 euros como reponedor. El mes que viene se le acaba el contrato.

Inma es interina. Bueno, en realidad es maestra de Primaria, pero lleva tantos años escuchando lo de interina que ha acabado por interiorizarlo. A sus 36 años ha vivido en la mitad de Andalucía. Ha dado clases en Cabra, Baza, Isla Cristina, Cortes de la Frontera, Tabernas y Olvera. Como todas las primaveras, se prepara las oposiciones. Su novio hace lo mismo, soñando con el día en que ambos trabajen en colegios que se encuentren a menos de cien kilómetros de distancia, en poder dormir en la misma cama todas las noches. Aunque en esta ocasión no habrá exámenes que suspender. Parece difícil que el Constitucional decida antes del verano sobre el recurso del Gobierno a las pruebas de la Junta. Y después del verano, quién sabe qué ocurrirá después del verano. Por lo que dice el telediario, es posible que el año que viene se quede sin conocer otro pueblo. Le pregunta a su madre si puede recuperar su cuarto.

Paco inicia desganado el ritual del afeitado. A la maquinilla desechable no le quedan más usos, nota cómo le irrita más de lo habitual. Se pone la camisa y la chaqueta y sale caminando de casa. En el bolsillo, algo arrugado, lleva el papel que le sellarán en la oficina del paro. Con eso consigue una ayuda de 426 euros que a veces le hace sentirse como un delincuente, aunque él se sigue vistiendo como si fuera un ejecutivo como gesto de resistencia. Cada día tiene que ir a fichar. Cada día lo citan a una hora distinta. Ya conoce por sus nombres a otros en su situación, en el purgatorio laboral. Con 47 años, los últimos veinte trabajó en el mismo concesionario. Primero como administrativo. Luego de comercial. Se le daba bien engatusar a la gente, aunque aquellos deportivos alemanes se vendían solos. Cuando llegaron las vacas flacas tuvo que hacer ambas cosas. Incluso llegó a limpiar los coches. Un día el dueño lo llamó a su despacho y antes de que abriera la boca supo que debía recoger su mesa. Ve pasar un Audi. Mañana dejará de afeitarse.

Las mujeres y los niños primero

Javier Gómez | 12 de abril de 2012 a las 13:40

CON el ‘Titanic’ hundiéndose hasta en la sopa estos días, resulta casi imposible no imaginar a Mariano Rajoy ataviado con el uniforme del capitán Smith, ordenando que la orquesta siga tocando, ignorando el desastre que se acerca o plenamente consciente de él, pidiendo tranquilidad al pasaje y negando que nos vayamos a pique. Aunque no tanto como del dichoso pecio, mucho se ha escrito y dicho estos días sobre la política comunicativa del Gobierno y del PP, si es que existe alguna, que cada vez se parece más a esas escenas de pánico, descoordinación, mensajes contradictorios y mentiras, piadosas o no, que se dan en los naufragios. Resulta inaudito que un Ejecutivo anuncie por sorpresa, escondido en un comunicado de prensa, que se van a recortar 10.000 millones de euros en Educación y Sanidad. Resulta inconcebible, o al menos lo sería para cualquier otro ciudadano europeo, que el ministro de Economía, Luis de Guindos, cuente a la prensa extranjera, preferentemente alemana, lo que se va a hacer en España antes que a la española. Y resulta especialmente inquietante que un presidente del Gobierno no dé la cara en la tempestad, víctima del común síndrome de tomar a los ciudadanos por niños u ovejas descarriadas a las que pastorear sin más explicación.

Pero la popular no es la única política de negación de la realidad ante esta vía de agua que afrontamos como nación. Los socialistas tienen otra distinta, pero de origen similar, esa de que basta repetir una mentira cien veces para convertirla en realidad. Como lo de que en Andalucía no hay recortes, sino ahorro. Puede que la Junta no haya anunciado a bombo y platillo despidos o eliminación de servicios y subvenciones, pero en la práctica claro que los ha habido. Y luego está su más que preocupante problema de liquidez. El retraso o eliminación de las subvenciones a colectivos sociales han mermado la atención que reciben muchos discapacitados. En salud, lo reconozcan o no, se han cerrado camas y las urgencias andan cada vez más saturadas. Y el último episodio del corte del gas y el agua caliente durante cinco días en la única residencia de mayores pública de Málaga, la de El Palo, no hace más que confirmar los peores augurios. El barco se hunde. Estaría bien que lo admitiéramos de una vez y nos pusiéramos todos de acuerdo en cómo achicar el agua.

La semana más larga

Javier Gómez | 12 de abril de 2012 a las 13:31

Tan barroca, tan pagana, tan insoportable para algunos como extática para otros, pocas Semanas Santas han resultado tan simbólicas como la que hoy parece concluir. Y digo lo de parece porque en realidad seguiremos una temporada de estación de penitencia en estación de penitencia, penando por nuestros excesos y por los ajenos. Soportando el vía crucis en el que llevamos atascados cuatro largos años, condenados como Prometeo, encadenados para que cada día el águila, más bien buitre carroñero, de la prima de riesgo nos pegue unos picotazos en el hígado por nuestra mala cabeza. Nadie tiene respuesta a la pregunta de esta Semana Santa: ¿Cuántas cruces nos quedan por cargar, cuántos tronos por portar, cuántos latigazos tenemos aún que darnos en la espalda en forma de reforma laboral, recorte educativo, en I+D o en promoción turística para que el dios de los mercados nos permita encerrar esta maldita procesión a la que cada vez se suman más penitentes?

El Viernes de Dolores, esa fecha que tantos fanáticos tienen marcada con una cuenta atrás en su calendario, llegó efectivamente con un tremendo dolor presupuestario. No hay anestésico posible para las peores cuentas de la democracia, una amarga torrija complicada de digerir que provocará más de una úlcera de difícil cura en el futuro.

Para cualquier pesimista empático, todo en nuestra festiva representación de la Pasión de Cristo puede interpretarse en clave país. Empezando por los nombres de las hermandades. Cautivos de los mercados y la deuda tras creernos El Rico, sufrida ya la Humillación por el Descendimiento de nuestro PIB, imploramos con Humildad a Poncia Merkel –de Ángela tiene poco- para que no se lave las manos y evite la Crucifixión del terrible Rescate. Puede que queden los que ahogan sus Penas con el producto de Viñeros, los que disfrutan de la última Cena y de la nueva amnistía fiscal sin pensar en la posible Expiración, pero los más, entre ellos cinco millones de parados, padecen en un Monte Calvario al que dan la vuelta las colas del Inem. Un purgatorio a rebosar con familias a la espera de una Piedad llamada contrato de trabajo que cada vez parece más lejos, más difícil, complicada por la Sentencia de la falta de liquidez y créditos de la banca y las cajas Fusionadas, tan culpables como Judas de acercarnos al Sepulcro. No hay Resurrección posible mientras no vuelva la Esperanza. Y este año la Esperanza tampoco salió.

‘Mou’ de la Torre

Javier Gómez | 1 de marzo de 2012 a las 20:00

Puede que, camino de los 12 años como alcalde, la principal virtud de Francisco de la Torre también se haya convertido en su mayor defecto. A fuerza de contar con una memoria prodigiosa de la que presume a menudo, el regidor parece haber olvidado que los demás seres humanos también tienen hipocampo. Más pequeño que el suyo, pero hipocampo al fin y al cabo. Sólo así se explica la alegría con la que el alcalde dice en ocasiones una cosa para luego hacer la contraria, o viceversa, envalentonado como si existiera una epidemia de amnesia colectiva. Hace unos meses, en una de las mejores intervenciones de las muchas que le he oído, De la Torre, en plan ministro, analizó los muchos errores cometidos por el país, apostó por la educación como baza principal del progreso, y abogó por los contenidos en lugar de los continentes, criticando el enorme despilfarro en infraestructuras inútiles. Lástima que gran parte de lo dicho entrara en grave contradicción con lo hecho. Al alcalde de los carísimos continentes (Tabacalera, 40 millones, Gerencia de Urbanismo, 36, Astoria, más de 25) hace tiempo que se le acabó el crédito para sentar cátedra sobre rentabilidad y productividad de las inversiones públicas.

 

A De la Torre aún no le ha pasado factura electoral su gran volubilidad y su tendencia a interpretar al capitán Renault de Casablanca. Ya saben, “Qué escándalo, qué escándalo, aquí se juega”. Hace poco lo vimos con esa repentina “mentalización” de lo inadmisibles que son esos puestos hereditarios en Limasa fijados por convenio. Un escándalo que él conoce perfectamente y tolera desde hace años. O lo fácil que le fue dar ese giro de contorsionista para pasar de alcalde 24 horas a alcalde y senador a tiempo parcial y luego a alcalde, senador y presidente de comisión. Luego está su posicionamiento ante la justicia. Siempre ha subrayado tener el “máximo respeto” a las decisiones judiciales. Siempre, claro está, que no le sean desfavorables. Porque no tuvo reparo en acusar el Tribunal Supremo de cometer un “error de bulto” cuando absolvió a los socialistas por el caso Garabato. Ni tampoco se ha abstenido de sembrar dudas sobre la imparcialidad de los jueces y fiscales que dictaban resoluciones en su contra. Ocurrió con la investigación sobre su exconcejal de Urbanismo y delfín, Manuel Díaz, ya archivada, y ahora vuelve a hacerlo con la imputación de Teresa Porras, viendo fantasmas socialistas donde ni los hay ni se les espera. Hace casi dos años bautizamos a la edil como Materazzi Porras por su papel de dura fajadora del PP. Habría que empezar a llamarla Pepe Porras. Y al alcalde, Mou de la Torre. Está feo cuestionar siempre a los árbitros.

Elección

Javier Gómez | 24 de febrero de 2012 a las 14:57

En los próximos días miles de padres se enfrentan, nos enfrentamos, a una de esas decisiones a priori tan importantes que te paralizan de miedo, te angustian, te roban el sueño: la elección del colegio de tus hijos. Ya no se trata de si le das leche materna o biberones, de cómo lo vistes o de si le permites atiborrarse de gusanitos y otras chucherías de vez en cuando. Por primera vez hay una elección ineludible, un cruce de caminos en el que la dirección que escojas determinará de una u otra forma, puede que de manera decisiva, el futuro de quien más quieres en este mundo. Es un momento aterrador, y por tanto miles de padres y madres andan, andamos, de los nervios estos días. Como en cualquier decisión difícil, hay múltiples factores que se conjuran para complicarla. Aunque por lo general prima la cercanía a casa (una sabia elección, según los pedagogos), a veces no resulta tan sencillo. Durante los meses anteriores todos hemos recopilado muchos informes orales de amigos, vecinos, conocidos e incluso enemigos, sobre los centros educativos cercanos, lejanos y a media distancia. Y puede que el que te pilla al lado no tenga precisamente las mejores referencias. Luego está otro de los dilemas serios: educación pública, concertada o privada. Una cosa es lo que se piense y se opine y otra es jugar a la política con tus hijos. Habrá quien piense que a tenor de lo que está ocurriendo en Valencia y en otras comunidades no parece que corran los mejores tiempos para nuestras otrora excelentes escuelas públicas. Para quien puede permitirse el lujo, o se aprieta el cinturón para hacerlo, los diecinueve colegios extranjeros bilingües conforman una oferta cara pero tentadora. El niño hablará inglés, francés o alemán, o incluso los tres idiomas, como un nativo. Una tremenda ventaja competitiva para un mercado laboral global. De los concertados religiosos, en cambio, se espera una educación a la altura de su tradición de exigencia, aunque a muchos pueda parecernos un sacrilegio que los niños empiecen a dar clases de religión a los tres años, antes que de matemáticas o física, y nos imaginemos a Galileo retorciéndose en su tumba.

No hay padre y madre dignos de ese nombre que no quieran que sus hijos disfruten de más oportunidades, que sean mejores personas y mejores profesionales que ellos, que los superen en cualquier aspecto de la vida. Pero ninguno debe, debemos, olvidar, especialmente estos días, que la educación realmente importante de los seres que más apreciamos se da en casa. Y ningún colegio, sea el más caro de Marbella o el público más humilde, es tan determinante en la forja de una persona como el cariño y el apoyo de su familia.

La cosa

Javier Gómez | 19 de febrero de 2012 a las 22:36

Hasta tiene nombre de monstruo. Y de franquicia cinematográfica. Limasa 1, Limasa 2, Limasa 3: cada pocos años en el contenedor de basura más cerca de usted. Hace bastante tiempo que el principal engendro creado por el Ayuntamiento de Málaga, engordado con la aportación de todos y cada uno de los alcaldes Frankenstein, se volvió incontrolable. No hay regidor ni concejal de Medio Ambiente que no sueñe por las noches con la criatura, una abominación especialmente terrorífica desde que a Francisco de la Torre se le ocurrió aquella genialidad de darle la participación privada a todas las empresas que competían por el pastel.

En la empresa de limpieza municipal se dan todos los factores para la tormenta perfecta. Las dos multinacionales españolas que dominan el sector, FCC y ACS a través de Urbaser, y la principal empresa malagueña, Sando, se reparten el 51% del accionariado. La ciudad, a través del Ayuntamiento, es a la vez accionista minoritario y único cliente. Lo primero no vale para nada más que para poner dinero y para que te dejen sentarte en las reuniones con los mayores, pero sin molestar demasiado. Lo segundo debería otorgar una posición de fuerza al Consistorio para exigir un servicio intachable a buen precio, pero queda anulado por la ausencia de competencia y por un macrocontrato leonino a 16 años en el que Málaga siempre tiene las de perder.

Luego están los trabajadores, que en la práctica hacen lo mismo que la parte empresarial: tener cautiva a la ciudad que les da de comer. Cada cierto tiempo, conocedores de que un estornudo de su comité de empresa resfría al equipo de gobierno de turno, plantean exigencias inaceptables, sabedores por experiencia de que en otros conflictos si hubieran pedido la luna el Ayuntamiento se la habría concedido. Ahí está su convenio, que sería ideal de tratarse de Microsoft, Google o de una exitosa empresa privada, pero que en el caso de una sociedad semipública constituye una vergüenza para los sindicatos, un agravio para el resto de empleados públicos y un escándalo irritante tanto para los parados como para los trabajadores del sector privado que pagan con sus impuestos el servicio de limpieza.

Resulta paradójico que, en esta ocasión, los representantes de los trabajadores contaban pese a todo con gran parte de la razón: era un atropello injusto congelar los sueldos de la plantilla mientras que a la parte privada se le seguía dando su 2% de beneficio garantizado, sí o sí, por contrato -menudo negocio-. Pero cuando las empresas, presionadas por el alcalde, renunciaron a la cláusula, y además aceptaron parte de las demandas sindicales, el comité de empresa se echó al monte con nuevas exigencias, con ganas de mantener la huelga. La más demencial era la de cobrar un plus por estar de baja que en la práctica suponía que quien no trabajaba percibía más dinero que quien lo hiciera. Un incentivo al absentismo fantástico. Una barbaridad más a sumar a la larga lista de privilegios que ha ido tragando la ciudad para no ver su basura volcada en las calles.

Los 1.200 trabajadores de Limasa cobran 17 pagas (cuatro extras más una de productividad), cuentan con 36 días de vacaciones más otros cinco de asuntos propios que, lógicamente, siempre usarán. Perciben pluses casi por ir al cuarto de baño. Uno de ellos es por trabajar el día después de un festivo, cuando se supone que hay más basura por recoger. También se percibe si no se trabaja. Y luego, para escarnio de los mandatarios públicos y sindicales que lo han ido permitiendo y tolerando, sus puestos son casi propiedad de los trabajadores, que los van pasando entre sus familiares o a quien consideren oportuno que lo herede. Nepotismo por convenio publicado en el Boletín Oficial de la Provincia. Como se establece que el trabajador que se jubila designa al que lo sustituye, no hay forma de impedir que se cree un mercado negro de puestos de trabajo públicos. Una aberración de república bananera.

Resulta curioso, y bastante ilustrativo de la talla política de cada uno, que haya sido siempre el representante de IU, Pedro Moreno Brenes, quien haya predicado en el desierto contra los abusos de Limasa. El buen portavoz de la izquierda en esta ciudad no sólo ha arremetido contra la parte privada, sino también contra los atropellos de un convenio laboral inmoral, injusto e insolidario. Ni que decir tiene que es odiado a partes iguales por empresarios y trabajadores de la compañía.

Limasa es un chollo para los privados, que ya han obtenido con ella alrededor de 50 millones de euros de ganancia neta desde 2003, y un premio de lotería hereditario para su plantilla. También un pésimo negocio para la ciudad, a la que le iría mejor municipalizando el servicio, diciendo adiós a las empresas y metiendo en vereda a la plantilla. El sistema actual no tiene ningún sentido si todos los beneficios son privados y todos los problemas públicos.

El tren de Hogwarts

Javier Gómez | 16 de febrero de 2012 a las 19:02

Aeropuertos sin pasajeros ni aviones, estaciones de tren en mitad del campo, costosos convoy de AVE para llevar nueve pasajeros al día. Encantado de conocerse, este país se volvió loco en la última década, comportándose como un nuevo rico, poniendo mármol en todas partes como quien pone grifos de oro y mirós en el cuarto de baño pero luego no puede pagar la hipoteca en cuanto vienen mal dadas. Con los presupuestos inflados de forma ficticia por la burbuja inmobiliaria y el maná de millones de la UE -que debería haberse destinado a hacernos más competitivos-, se han acometido inversiones de dudosa rentabilidad social y económica. Málaga, habitualmente agraviada, no se libra del despilfarro. Sirva como testigo una de las dos estaciones Victoria Kent, cerrada tras un gasto de 12 millones de euros, y esos once kilómetros de la hiperronda con seiscientas farolas que no se han encendido. En los últimos años se han hecho, además de muchas obras imprescindibles, otras tantas absurdas. Pero no se ha puesto ni una maldita traviesa de un proyecto que la Costa del Sol necesita desde los años 70: el tren hasta Marbella y Estepona. Como la locomotora fantasma que lleva a Hogwarts a Harry Potter, el tren litoral suele aparecer una o dos veces al año: cada vez que hay elecciones. Luego si te he visto no me acuerdo. En el año 2000, no nos cansaremos de repetirlo, el entonces presidente de la Junta, Manuel Chaves, lo presentó como su gran proyecto en Málaga. Doce años y seis consejeros de Obras Públicas después el Cercanías no ha avanzado ni un milímetro desde Fuengirola. Se han hecho el estudio de viabilidad (que señalaba la impresionante, y casi increíble, cifra de cien millones de pasajeros al año) y los proyectos. Ha habido reuniones y nuevas promesas se han ido acumulando sobre las antiguas, como la de esta semana de la última consejera socialista, Josefina Cruz -vaya chiste el suyo de que “es una de las prioridades de la Junta”-, y el compromiso de Arenas de que lo hará si gobierna, aunque ya sabemos que las promesas de los políticos sólo comprometen a quien se las cree.

La pesima decisión del agonizante Gobierno socialista de excluir el litoral andaluz del Corredor Mediterráneo, ante la que Griñán debió rebelarse en lugar de aplaudir, casi enterró el viejo sueño. Ahora, electoralista o no, la inclusión del trazado entre los prioritarios por parte del nuevo Ejecutivo del PP constituye una buena noticia para la región y una victoria para los populares malagueños de Elías Bendodo. Ahora hay que empezar a exigir que la promesa, por fin sobre un mapa, se convierta en realidad. Sin prisa pero sin pausa.

Todos nuestros muertos

Javier Gómez | 9 de febrero de 2012 a las 19:00

Hay que hurgar mucho en los pozos negros de nuestra cenagosa historia para encontrar un suceso tan oscuro como el de la huida de Málaga por la carretera de Almería, de la que, mientras España es noticia internacional por el vergonzoso proceso al juez Garzón, se cumplen 75 años. Tiempo que no parece haber sido suficiente para que llegue el necesario reconocimiento de uno de los mayores crímenes de guerra del siglo XX, como fue el bombardeo sistemático e inmisericorde de una población civil que huía despavorida por el temor a la represión franquista. Un pánico plenamente justificado, como después ha atestiguado el cementerio de San Rafael, una de las mayores fosas comunes de Europa e imbatible prueba de cargo contra el genocida Franco y su régimen opresor.

Nada, ni el caos asesino que reinó en la ciudad bajo la República, cuyas sacas describe bien el diplomático y empresario estadounidense Edward Norton en su Muerte en Málaga, puede equipararse a la barbarie de la carretera de Almería. A lo largo de esos doscientos kilómetros de infierno los barcos de guerra golpistas, los aviones y los tanques italianos, se emplearon a fondo contra la indefensa carne y huesos de entre 15.000 y 150.000 -tal es hoy la nebulosa en que aún se mueve el negro episodio- hombres, mujeres y niños. La masa que huía no era un ejército republicano, sino familias, refugiados, viejos que se arrastraban y lactantes que iban en los brazos de sus madres. Murieron -y ahí también bailan las cifras- entre 3.000 y 7.000 personas, dejando miles de heridos, de huérfanos, de muñones y de cicatrices en el alma aún por cerrar.

Meses después, en Guernika, universal gracias a la obra del malagueño Picasso, se calcula que perdieron la vida algo menos de doscientas personas por las bombas de la Luftwaffe. Una diferencia abismal como para no preguntarse por qué el artista escogió ese motivo y no el mucho más brutal y cercano del sur. Quienes tuvimos la suerte de conocer, y querer, a alguna de las víctimas de la desbandá, siempre tendremos marcado su testimonio del sufrimiento. También los relatos, no menos ciertos ni menos dolorosos, sobre los asesinatos de los otros fascistas, los de izquierdas, de quienes apoyaron al bando nacional.

Tres cuartos de siglo después, cuatro o cinco generaciones después, resulta cada vez más absurdo e insano, como quien se arranca una postilla para que no cicatrice nunca una herida que deja en herencia, que sigamos sin darnos cuenta de que las víctimas inocentes duelen y pesan igual. Es inadmisible que cada partido homenajee a los caídos de uno u otro bando, como si no fueran todos nuestros muertos.