Sacrilegio sin perdón

Javier Gómez | 1 de abril de 2013 a las 20:54

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COMO una marca de preservativos patrocinando las procesiones del Viernes Santo, una gasolinera en calle Larios, un toldo de Coca-Cola en el pórtico de la Catedral o un escudo del Sevilla en el centro del césped de La Rosaleda. Hay sacrilegios imperdonables. Como el pecado mortal, sin penitencia redentora posible, que están cometiendo por acción, diseño y omisión, el Ayuntamiento de Málaga, los empresarios de playas y la Dirección General de Costas en el paseo marítimo Pablo Picasso. No soy ni mucho menos el primero en apuntarlo, porque hacía mucho tiempo que un asunto no suscitaba semejante unanimidad crítica en esta ciudad de blancos y negros. Pero por una vez he pretendido ser disciplinado y he intentado hacerle caso al alcalde de Málaga, que pedía paciencia hasta que estuvieran terminados. Pero resulta imposible aguantarse más. Los siete engendros, mal llamados chiringuitos, que se están levantado en la playa de La Malagueta son uno de los mayores atentados urbanísticos y ambientales jamás cometidos en Málaga, y mira que eso son palabras mayores en una ciudad que no se distingue precisamente por su respeto al entorno.

 

Salvando las distancias, el tramo que va del Paseo de la Farola a los Baños del Carmen no debería tener mucho que envidiarle a la Concha de San Sebastián. Pero, como casi siempre, los malagueños nos hemos empeñado en cargarnos lo que la naturaleza nos ha regalado. Como dice un amigo empresario: menos mal que todavía no hemos averiguado cómo apagar el sol, que si no… En lugar de habilitar un paseo marítimo de bandera, allí tenemos un autovía urbana -que el Consistorio pretendió ampliar con otro carril sobre la playa- y una zona peatonal miserable, en la que se apilan viandantes y ciclistas, y en la que uno se juega la vida a la mínima que se descuide. Pero como apunta la Ley de Murphy, con especial predicamento en Málaga, todo es susceptible de empeorar, y si la reforma de los chiringuitos podía salir mal, estaba claro que iba a salir mal. Y eso que una de sus responsables es la concejala Teresa Porras, de conocidos gustos estéticos.

 

Los siete chiringuitos de marras, que horrorizan a los vecinos y han cambiado para siempre una bonita estampa de la ciudad, arruinando las perspectivas y el paisaje de todo el paseo marítimo, tampoco gustan al jefe provincial de Costas, según dijo hace unos días. Y uno se pregunta entonces que por qué demonios permite, cómplice, semejante aberración. Sí, cumplen la vigente Ley de Costas, pero parecen un adelanto de la pesadilla de reforma que ha planteado el Gobierno del PP, un atropello al dominio público y a las playas. Un chiringuito sobre la arena, por definición, no debería estar hecho de ladrillo y hormigón. Luego habría que preguntarse también por la responsabilidad del Ayuntamiento en el control de los parámetros edificatorios. Con media Gerencia de Urbanismo ociosa por el parón inmobiliario, resulta insultante que a nadie se le haya pasado por la cabeza parar este espanto. Pero claro, de los responsables de Arquitectura de la Gerencia salió la reforma de la Merced, un bodrio que lo explica todo.

 

Cada uno de los establecimientos playeros, que parecen inspirados en los tiempos de Jesús Gil, va a costar unos 400.000 euros a los empresarios, 3,5 millones en total si contamos los dos de Guadalmar. Pero a la ciudad le va a costar mucho más. Pocas veces se ha hecho tanto daño por tan poco dinero. Aunque todavía estamos a tiempo de tirarlos. Para una vez que hay consenso ciudadano…

Cómo ser Antonio Banderas

Javier Gómez | 15 de marzo de 2013 a las 13:55

HABRÍA que encargarle un guión a Charlie Kaufman (Cómo ser John Malkovich, Adaptation) sobre Antonio Banderas. Meternos en la cabeza del actor malagueño. Porque sigue constituyendo un misterio. ¿De veras es Banderas como parece? ¿El padre, el hijo, el cuñado, el yerno, el amigo perfecto que todo el mundo querría tener? En un país, en una región, tan acostumbrados a las decepciones, a que tanta gente acabe siendo un fraude, veinte años después de conquistar Hollywood no hay quien le encuentre una fisura. A veces no por pensar mal aciertas.

 

Hace unas semanas, el 28-F, leía en Twitter a mucha gente, no sólo periodistas, impresionada tras oír en el Teatro de la Maestranza el discurso de nuestro paisano. La mayoría de los andaluces no tenían la suerte de conocer su talento oratorio. En Málaga hace tiempo que dejó de sorprendernos. En su tierra natal sentó cátedra -nunca mejor dicho- con su extraordinaria e inspiradora intervención para recibir el honoris causa de la UMA. Un texto maravilloso sobre la importancia de perseguir los sueños y sobre el verdadero éxito, que consiste en mirarse al espejo y ser feliz con lo que reflejan tus ojos. Tampoco se recuerda un pregón de Semana Santa más apasionado y la vez más diferente que el que pronunció hace un par de años, que emocionó hasta a quienes huyen de las procesiones.

 

Esta noche, Banderas reúne a quinientos comensales en una cena benéfica en Málaga, en la que participan varios chefs que suman siete estrellas Michelin, para recaudar fondos para su Fundación Lágrimas y Favores. Ésta los destinará a Cáritas, a Cudeca, una entidad que se encarga de cuidar a enfermos de cáncer terminales, y a becar a alumnos de la Universidad para que amplíen sus estudios en el extranjero. ¿Demasiado bueno para ser verdad? Banderas ha montado negocios en Málaga. Algunos le han salido bien y otros no tanto. Con él no ha habido favoritismos. En su momento, cuando las administraciones no se ponían de acuerdo sobre qué hacer con la transformación urbanística del puerto, se ofreció a montar una Escuela de Arte Dramático. Acabó aburrido de los políticos. También se le ha intentado afear que su casa en Marbella ocupe suelo público, cuando lo que hizo fue comprar el chalé que construyó, con licencia ilegal de Jesús Gil, la periodista Encarna Sánchez. “Pase lo que pase no voy a protestar, no haré daño a mi tierra”, dijo dolido.

 

En la vida real no creo que actúe. Pero sí, yo pagaría, lo he hecho, por ver una peli de Banderas. Suya o sobre él.

El chollo de Limasa

Javier Gómez | 11 de marzo de 2013 a las 17:43

Aunque pueda parecerlo, el objetivo de Limasa no es generar cada año millones de beneficio fácil, sin riesgo alguno, a los socios privados que controlan la mayoría de la empresa mixta de limpieza de Málaga (FCC, Urbaser y Sando). Su función tampoco es tener una plantilla privilegiada, mejor pagada que muchos médicos, profesores y casi cualquier funcionario que logró su puesto tras obtener una carrera universitaria y aprobar unas duras oposiciones. Desde luego sus empleados disfrutan de mejores salarios y horarios que la mayoría de trabajadores del sector privado, esos que ven recortados sus sueldos sin rechistar y no, no tienen derecho a huelga. Bueno, lo tienen, pero equivale a irse al paro. La razón de ser de Limasa tampoco es contar con un convenio laboral de lujo, cargado de pluses y de privilegios.

 

Al (buen) salario base se suman un complemento por antigüedad, un plus de nocturnidad, un plus de actividad, un plus extrasalarial, un plus por los festivos trabajados, un plus por día posterior a domingo o festivo trabajado, y cinco, sí, cinco, pagas extraordinarias, una de ellas para evitar el absentismo laboral. Además hay un fondo social de 409 euros, una ayuda de Navidad de 68 euros, otra por tener hijos de 202 euros, 183 euros por casarse, 429 euros por jubilarse y 244 euros por año trabajado en caso de jubilación. No, las ventajas no se han acabado. Los empleados de Limasa tienen derecho a 20 días naturales por matrimonio, cinco más de los que marca la ley, a 36 días de vacaciones y a cinco días de asuntos propios.

 

Por último, pero no menos importante, el convenio convierte los puestos de trabajo de una empresa en la práctica pública (el 49% del capital es del Ayuntamiento, a la vez el único cliente) en hereditarios. Es una aberración consentida durante años, en los que se ha engordado este convenio de oro, tanto por el PP como por el PSOE. El único que en su momento tuvo valor de señalar la injusticia que suponían los empleos hereditarios en Limasa fue el ex portavoz de IU Pedro Moreno Brenes, quien logró ruborizar al alcalde con este asunto -su ignorancia de la cláusula, en alguien que se sabe de memoria los metros cuadrados baldeados, no hay quien se la crea- y forzar que en un pleno, en febrero del año pasado, los tres grupos aprobaran eliminar esa cláusula. Pero tanto la empresa como el comité -los sindicalistas sostienen que es “inamovible”- pretenden ignorar ese acuerdo unánime de los representantes de la ciudad y hay una quincena de personas esperando a entrar en Limasa sin más criterio selectivo que ser familiar o amigo de un trabajador (del mercado negro de puestos de trabajo mejor no hablar demasiado).

 

Como decíamos, Limasa no existe para ser un chollo para las empresas privadas y sus trabajadores. Si existe es para tener limpia la ciudad. Muy limpia, reluciente, a tenor del dineral desproporcionado que estamos pagando los ciudadanos por su contrato. Un contrato -el megacontrato del siglo se llamó- que tiene a la ciudad atada de pies y manos y que es responsabilidad exclusiva de De la Torre. Cada vez que expira el convenio de Limasa, Málaga no puede ser rehén de la irrealidad ajena a la crisis y sufrimiento de los demás en que viven sus trabajadores -deberían recordar que son dignos barrenderos y recogebasuras de una sociedad municipal, no ingenieros de Google-, y de la avaricia desmedida del capital privado. En el caso de la empresa de basura, que nos sale más cara que a otras ciudades más grandes, aunque la generación de residuos de Málaga ha disminuido considerablemente, y por lo tanto son muchos cientos de camiones menos los que salen a la calle al año, cada vez pagamos más. Se supone que la única ventaja competitiva de una empresa privada frente a una pública es su mayor flexibilidad laboral, sus menores costes de plantilla. Si en Limasa eso en absoluto es así, ¿para qué demonios seguir manteniendo privatizado un servicio público que sería mucho más barato con gestión municipal? Unos 47 millones de euros de ahorro de aquí a que acabe el contrato en 2017, según un estudio interno que publicaron hace unos días los colegas de La Opinión.

 

Luego está el derecho a la huelga. Los trabajadores de este periódico, del bar de la esquina o de su supermercado habitual, tenemos derecho a hacer huelga. Pero usted bien puede comprar entonces otro periódico, tomar café en otro establecimiento, o hacer sus compras en la cadena de la competencia. Con Limasa no existe tal opción, y mira que sería tan deseable como conveniente que pudiéramos contratar a otra compañía para recoger la basura esos días. Sus trabajadores secuestran a toda una ciudad en un momento tan delicado para la imagen y el turismo como la Semana Santa. Sólo por ese chantaje indecente, Málaga no puede permitirse ceder . Pero habría que recordarle al alcalde que el “amor” a Málaga no consiste sólo en no tomarla de rehén para mantener unos privilegios inasumibles. Si se ama, si se representa a la ciudad y a sus contribuyentes, uno no puede seguir permitiendo un disparate como el de Limasa ni haber contribuido a un convenio y un contrato dorados.

El final del juego

Javier Gómez | 25 de febrero de 2013 a las 13:06

DURANTE la última década, esta ciudad, sus políticos, sus periodistas e incluso sus colectivos, han estado jugando a los trenecitos. Todo el mundo ocultaba un ingeniero de caminos en potencia, y los ingenieros de caminos titulados sencillamente se ocultaban, sin aportar luz a un debate estéril, absurdamente ideológico y para nada técnico. Como todo juego, partía de una premisa ficticia: en Málaga se construirá un Metro. Primera gran mentira que nadie se ha encargado de aclarar todos estos años. Porque en Málaga, en realidad, lo que se iba a construir y se ha acabado construyendo, es un tranvía con la mayor parte del recorrido bajo tierra. Un tranvía carísimo, seguramente de los más caros del mundo -si no batimos el récord estaremos cerca-, lejos de la capacidad de traslado de pasajeros de un metro pesado y de su velocidad comercial. Pero tranvía, en superficie, aún siendo lo que necesitaba el transporte público de esta ciudad -el propio alcalde, entonces concejal de Urbanismo, lo señalaba en una entrevista en 1998-, suena a añejo, a rancio. Sobre todo, suena a menos que Sevilla. Y eso es intolerable -aunque en la capital andaluza, con un Metro sin concluir desde finales de los 70, también se ha hecho un metro ligero o tranvía-.

 

Al denominado pomposamente Metro de Málaga le ha ocurrido de todo, y nada bueno, en su errática trayectoria. Ha sido objeto del agravio con la capital hispalense, caballo de batalla entre De la Torre y la Junta de sus amores -¿qué haría el alcalde sin el Gobierno andaluz?-, protagonista de encendidos debates por la idoneidad del uso de las tuneladoras fachas o los muros pantalla rojos. La Consejería de Obras Públicas y Transportes, ahora llamada de Fomento, ha tenido seis consejeras (cinco mujeres y un hombre) desde que empezaran las obras en 2006. Seis. Prácticamente una al año. Y tanto el alcalde como el principal grupo de la oposición, el PSOE, han visto siempre el Metro más como un problema que como una solución. Si De la Torre no ha parado de poner pegas, obstáculos y exigencias al proyecto en todo momento, la cobarde postura veleta de los socialistas, primero con Marisa Bustinduy y ahora con María Gámez, es responsable de gran parte de sus males.

 

Así que resulta cuando menos curioso que el partido habitualmente más demagógico y utópico, incluso a veces irresponsable, Izquierda Unida, sea el único que está tirando de sentido común y números, realidades económicas, para abordar el asunto. De los muchos marrones de ese regalito envenenado que les dio Griñán llamado Consejería de Fomento, quizás el Metro de Málaga fuera el más oscuro de ellos. Con múltiples promesas incumplidas, empezando por las distintas fechas de inauguración y terminando por la falsa licitación en 2012 del tramo más delicado, Guadalmedina-Malagueta, que se llegó a llevar al Diario Oficial de la Unión Europea. Otro compromiso solemne de la Junta, como el megahospital, el tren de la Costa o el saneamiento, a tirar a la papelera. Y luego, claro está, unas arcas con telarañas, una Consejería que no podía seguir pagando las obras en El Perchel y que se enfrentaba al hartazgo de los malagueños y a la desesperación de muchos comerciantes, completamente arruinados tras varios años de zanjas abiertas.

 

Ese panorama se encontraron cuando llegaron al departamento Elena Cortés y su viceconsejero, José Antonio García Cebrián, que esta semana ha estado en Málaga intentado convencer al alcalde de la realidad de los números, de lo ruinoso que será para Málaga y Andalucía que no reconsidere su postura. El regidor sólo acepta el Metro soterrado por la Alameda. Es un mínimo de cuatro veces más caro (para empezar), se tardaría al menos 36 meses, tres años con aquello abierto en canal, en ejecutar las obras, y los riesgos son impredecibles, tanto por los más que probables hallazgos arqueológicos como por el posible impacto en los ficus centenarios de la Alameda o incluso en el Parque.

 

En la Junta sostienen que a De la Torre siempre le ha dado pavor, incluso con un proyecto soterrado, la posibilidad de comenzar aquellas obras, de abrir la columna vertebral de la ciudad. Lo que no parece preocuparle al alcalde es la factura económica que tendrá todo esto. 63 millones de euros por las obras que tendrá que pagar el Ayuntamiento, más 47 millones al año -el 25% aportados por las arcas municipales- para sostener la explotación del Metro. Y si no llega a La Malagueta cuando estaba previsto y se pierden los cinco o seis millones de viajeros que se estimaban, unos diez millones de euros al año más de compensación a la concesionaria. Eso visto de forma optimista, porque lo más probable es que la empresa presente una demanda multimillonaria (en Sevilla es de 150 millones y los retrasos allí fueron inferiores) que el Gobierno andaluz se niega a asumir. Por eso quiere que De la Torre, de una vez por todas, se retrate con el Metro. Que diga por escrito lo que quiere y que asuma las consecuencias y responsabilidades de ello. Se acabaron el juego y los faroles. Toca pagar.

 

El Metro de Málaga es otro símbolo de la burbuja inmobiliaria y financiera en la que ha vivido el país. Era como pretender ir a trabajar en un coche que costaba como un Rolls, tenía el motor y la capacidad de un seiscientos y consumía como un camión. Y parece que nadie se hizo nunca la pregunta principal: ¿Para qué quiere Málaga un Metro? Porque la respuesta era muy sencilla: Para tener un sistema de transporte público potente, eficiente y barato que cubriera a la mayor parte de la población posible y acabara con los atascos y la tiranía del coche. Si el objetivo era ése, con lo que se ha gastado ya en los túneles, podríamos tener cuatro o cinco líneas funcionando en superficie y atendiendo toda la ciudad, de oeste a este y de norte a sur. Y un centro histórico para los peatones. Es justo lo que propugna el Plan de Movilidad del Ayuntamiento de Málaga, ese del que reniegan De la Torre y sus asesores del siglo pasado. Su modelo es hacer el tercer carril en el Paseo de los Curas que nadie quería y mantener la aberración actual que es la Alameda principal, con una decena de carriles para el tráfico rodado. Eso sí que es peligroso para el peatón, y no el tranvía. Y luego, claro, la terrible decisión de postergarlo todo, como si alguna vez fuéramos a volver a la insana burbuja. Málaga no puede permitirse otra década perdida con el Metro. Hay que mirar al futuro, asumir los (muchos) errores cometidos y aprender de ellos. No obcecarse en ellos.

Infamia

Javier Gómez | 15 de febrero de 2013 a las 12:43

Qué mejor historia de amor para abrir los periódicos por San Valentín que la de la ministra Ana Mato y su ex marido Jesús Sepúlveda. Él, exculpándola en un lugar tan romántico como la puerta de la Audiencia Nacional; ella en el Congreso de los Diputados, confundiendo infamia con escándalo. Infamia es una maldad, una vileza, un descrédito o deshonra, según la RAE. Es lo que hicieron los japoneses en Pearl Harbor, según Roosevelt. Infamia es, si acaso, enarbolar la bandera de la igualdad para defender lo indefendible, acusar de machistas a quienes piden la dimisión de la ministra, alegar que se intenta “responsabilizar a una mujer de lo que haya podido hacer un hombre”. Infamia pueden ser muchas cosas, pero no lo es creer que Mato no debería seguir en su puesto por el escándalo de los regalos de la trama Gürtel.

 

“Esta infamia no me va a doblegar”, dijo pomposamente la ministra, refiriéndose, en realidad, al escándalo que supone el nuevo informe policial que refleja que Francisco Correa, el cabecilla de la red, pagó viajes y otros gastos para ella, su ex marido, sus hijos e incluso su empleada de hogar por valor de 50.000 euros entre 2000 y 2004. También un par de artículos de lujo de Louis Vuitton y los cumpleaños de sus hijos, esos a los que visten criados para regocijo de la dirigente popular. Imaginemos por un momento que todo esto no resulta escandaloso, ilegal, inmoral y deshonesto. Imaginemos que la defensa de la titular de Sanidad no es que no ha sido imputada porque los posibles delitos han prescrito. Aún así, la ministra debería dimitir. ¿De veras se puede mantener como responsable de un Ministerio que toma decisiones de cientos, miles de millones de euros, que afectan a todos los españoles, a alguien que no se enteraba de lo que ocurría en su casa? ¿Alguien que no sabía qué coche tenía su marido, de dónde procedía el dinero de los viajes familiares, de los vuelos, de los hoteles, de los coches de alquiler, de las fiestas? ¿Alguien que ya allá por 1994 compró un coche -otro, no el Jaguar- a la mujer de Correa pero que ahora dice que no tenía amistad con él y apenas coincidieron en “momentos puntuales”?

 

Suponer la ignorancia de Mato en todas esas cuestiones sí que es machista. Entre otras cosas porque la ministra ha sido además durante años vicesecretaria de Organización del PP, y por lo tanto, jefa de su ex marido. También de Luis Bárcenas. Por supuesto, dice ignorar cualquier tipo de sobresueldos y, claro, cómo 22 millones de euros acabaron en una cuenta en Suiza del ex tesorero del partido. Si no por deshonesta, la ministra debería dimitir por inepta, por demagoga, por impresentable. Y por machista.

Misión de guerra

Javier Gómez | 11 de febrero de 2013 a las 22:00

COMO en el hermoso cuadro de Turner, pero sin ser remolcado como el Temerario, el portaaviones Príncipe de Asturias abandonaba el miércoles la base naval de Rota rumbo a su retiro y desguace en el arsenal de Ferrol. Si la obra maestra del pintor romántico británico simbolizaba el fin de una era y el comienzo de otra, algo similar se puede decir de la estampa del que ha sido buque insignia de la Armada española en el último cuarto de siglo dejando atrás el Golfo de Cádiz. Cerca de aquellas aguas, en Trafalgar, combatió el cañonero inglés, en una de las mayores batallas navales de la historia. Sería recordada, doscientos años después, con una serie de actos en los que participaría nuestro portaaviones. El Príncipe de Asturias se va sin haber entrado en combate, aunque formó parte del dispositivo naval de la OTAN en la primera Guerra del Golfo y en la de los Balcanes. Cuando entró en servicio, representó con orgullo la capacidad tecnológica y militar de los astilleros españoles, así como cierta intención de recuperar un papel importante en la escena internacional.

 

Todo eso se ha acabado. Simplemente porque no podemos pagarlo. El portaaviones se convertirá en chatarra en los próximos meses porque había que invertir unos cien millones de euros en su modernización y su mantenimiento, aún parado, cuesta cada año unos 30 millones. Su adiós será su último servicio a una España, esta vez sí, en guerra. En guerra contra la crisis, contra el déficit, contra el paro, contra la prima de riesgo, contra la quinta columna de la corrupción. Una España atrincherada que debe hacer recortes como el capitán debe elegir a los hombres que enviará a una misión suicida. Y desde luego los gastos militares deberían ser de los primeros sacrificios. Aún así, con todo el simbolismo del que queramos dotar la despedida de la inmensa nave, en materia de ahorro su inmolación será como mandar una patera contra un destructor en esta batalla de los recortes. A políticas de sanidad y prestaciones sociales, Andalucía tiene previsto destinar algo más de 10.000 millones de euros en 2013. Habría que retirar del servicio 335 Príncipes de Asturias para ahorrar esa cifra. Mantener abierto cualquiera de los 47 hospitales del Servicio Andaluz de Salud cuesta bastante más que hacer navegar un portaaviones, incluso de los nucleares. Y la mayor flota del mundo, la estadounidense, sólo tiene diez. La sanitaria, la educativa, es la Armada de la que debemos presumir, la que hace a un país, la que hay que defender a toda costa. Pero el enemigo está a las puertas. Y en algunos casos, infiltrado en casa. En la misma consejería.

Diplomacia

Javier Gómez | 25 de enero de 2013 a las 17:45

Hablé tres veces con él, todas sobre su discípulo predilecto, Alejandro Rodríguez Carrión, y en su conversación se adivinaba el mismo magisterio, la misma sabiduría, el mismo talento para la ironía fina, la misma devoción por la enseñanza, la investigación y, sobre todo, los derechos humanos. Con la muerte de Juan Antonio Carrillo Salcedo, cuya estupenda necrológica firmaba mi compañero de página, la universidad pública andaluza perdió el sábado uno de sus grandes puntales, como ya ocurriera hace casi cuatro años con el fallecimiento del catedrático de Derecho Internacional de la UMA. Puede que Málaga y Sevilla, tan dadas al recelo mutuo, no hayan tenido en común nunca un proyecto más ilusionante que el campus de excelencia de sus universidades, el Andalucía Tech. Pero se trata de una cooperación y de una excelencia que desde la dirección de sus departamentos en sus facultades de Derecho tanto Carrillo Salcedo como Rodríguez Carrión llevaban décadas practicando. No se me ocurren dos mejores abogados para la defensa de la educación pública universitaria ni una mejor conversación que la que, en alguna parte, los dos hermamigos deben de estar manteniendo.

 

Puede que charlen sobre la situación de la diplomacia española. Esa imagen me vino a la cabeza al oír en la radio al ministro de Exteriores, García-Margallo, defendiendo lo indefendible. Entre los recortes a la educación y la sanidad, la corrupción y el paro, cuesta reparar en otro de los graves problemas del país: la absoluta pérdida de influencia en el tablero mundial. Al margen de nuestras penosas cuentas, por tradición, por su condición de puente entre Latinoamérica y Europa y entre el Viejo Continente y el Magreb, España está obligada a interpretar un papel relevante en el escenario internacional, no el de extra, cómico, actual. Todos los presidentes han definido su estrategia. Felipe González, en parte gracias a su magnetismo, devolvió a nuestro país a la escena como actor de primer orden. Aznar apostó fuerte, quizás demasiado, por Estados Unidos y el Eje atlántico, y luego llegaría Zapatero y lo desmontaría todo a cambio de su Alianza de Civilizaciones. De Rajoy, de momento, lo único que conocemos es el reciente y ridículo pataleo español en el nombramiento del presidente del Eurogrupo, su incapacidad para encontrar aliados y su facilidad para irritar a nuestra tradicional valedora, Francia, muy molesta por la tibieza y la tardanza con la que nuestro país se ha ofrecido a colaborar en su intervención en Malí.

 

Cuando más apoyo necesita, España está más sola que nunca. Y nos lo hemos buscado.

Maestros

Javier Gómez | 13 de enero de 2013 a las 18:15

Nadie tiene una familia más amplia ni deja una herencia mayor que un profesor. Por eso hay algo tristemente hermoso en su despedida. Uno recorre con la mirada la capilla en la que se celebra el funeral y ve reflejos, destellos, del fallecido, sobreviviendo en cada uno de los asistentes. Y no, no se trata del teorema de Pitágoras, de la lectura de Tiempo de silencio o Treasure Island, de una discusión sobre la Brigada Abraham Lincoln durante una lección de historia contemporánea o del descubrimiento en una diapositiva de un cuadro de Friedrich que te perseguirá toda tu vida.

 

Como decía Henry B. Adams, un profesor trabaja para la eternidad: Nadie puede saber dónde acaba su influencia. En la jerarquía clásica, se supone que en la cúspide del magisterio se encuentran los catedráticos de Universidad. Luego el resto de docentes universitarios, los catedráticos y profesores de instituto, y por último los maestros de primaria y de infantil. ¿Pero alguien se atreve a establecer esos rangos con esa facilidad si echa un vistazo atrás? Un buen profesor enseña algo que se encuentra más allá de los libros, algo que tiene poco que ver con los títulos y que por fortuna suele escaparse de las malditas reformas educativas: valores. Y empezamos a recibir esa educación desde que acudimos al cole con babero.

 

Uno es la suma de los profesores que le han tocado en vida, la inspiración que recibió de ellos. También, desde luego, sus broncas, su aplauso y su ánimo. Tras la familia, nada hay más importante para la forja de un individuo que sus maestros. Y tras los padres y familiares directos, difícilmente habrá nadie más preocupado por sus problemas ni más orgulloso por sus éxitos. Si una etiqueta imaginaria en el cuello explicara nuestra composición, bien podría decir, por ejemplo, que este individuo contiene un porcentaje difícilmente cuantificable de Rodríguez Carrión, de Mr. Grimes, de doña María José Vázquez, de don Javier Meca y de don Alfredo Arrebola, de don Jesús Gutiérrez y de Mr. O’Brien. Y desde luego, evidentemente, un porcentaje bastante mayor de doña África, maestra de primaria. Y podríamos seguir así hasta citar a varias decenas de personas, todas decisivas, todas influyentes.

 

El domingo murió uno de esos profesores. Todos los días se nos mueren esos profesores. Pero el del domingo era especial. Don José Sánchez, que además fue director durante muchos años del colegio García Lorca de Málaga. Todos los presentes el lunes en San Gabriel recordaron su sonrisa, su autoridad sin gritos ni malas caras o formas, la cercanía que transmitía a alumnos y compañeros y lo bien que representaba la entonces sagrada, hoy acorralada, figura del maestro.

 

Prima de riesgo, déficit, plazos de pago a proveedores, EREs… Nos pasamos el día hablando de los problemas menos importantes y obviando uno de los principales: cómo recuperar el respeto perdido a los profesores como pilar fundamental de cualquier progreso educativo. El respeto de los dirigentes políticos, que se pasan el día haciendo miserable política de mercadillo con los docentes; el respeto de los padres, el respeto de los alumnos y el respeto que ellos deben tenerse a sí mismos como protagonistas y garantes del futuro. El colectivo, y no le faltan razones, anda deprimido, con unos sueldos muy bajos que no paran de recortarse o congelarse, con la enorme responsabilidad de cuidar del bien más preciado de cualquier sociedad, sus niños y jóvenes, y con el tremendo mareo de la errática política educativa. En cualquier país que se respete, la educación es una cuestión de Estado. En España, en Andalucía, hasta a los directores de los colegios los nombra el partido.

 

Por eso, cuando a menudo nos enzarzamos en duras discusiones y diatribas sobre los funcionarios, o cuando escuchamos a algún responsable político pontificando sobre la educación, deberíamos recordar que todos llevamos veinte, treinta, cincuenta maestros dentro. Y esa figura merece un mínimo respeto.

Elefantes

Javier Gómez | 11 de enero de 2013 a las 14:10

POR elefante en la habitación, los angloparlantes se refieren a un problema de cuya existencia todo el mundo es consciente, pero al que nadie se refiere para evitar una discusión o conflicto mayor. Aunque anglosajona, de origen periodístico y que Banksy inmortalizó en una exhibición pintando un elefante de carne y hueso con el color de la pared de un salón, la expresión podría ser española. Vivimos rodeados de elefantes que preferimos ignorar. Aunque nos den un pisotón. Desde luego, si recientemente ha habido un elefante en la habitación fue el de la pseudoentrevista de Hermida al Rey, una vergüenza para la profesión, para la televisión pública, para la democracia española y un flaco favor a la Casa Real. En el despacho no estaban sus fotos, pero todos vimos el paquidermo de Botsuana y al yerno real.

 

Hay todo tipo de elefantes. Abundan los políticos. A cada reunión de una ejecutiva suelen acudir en manada. Como a las últimas del PSOE federal, con estampidas entre Rubalcaba y Griñán, o del PP andaluz. Muchos dirigentes, sobre todo los malagueños, se pasan la semana cuestionando el liderazgo de Zoido, pero luego nadie le brama ni le dice ni mu.

 

Otro ejemplar, con cuernos, es el de los fondos de formación. La UE ha inundado España de miles de millones de euros para combatir su paro estructural. El INE refleja cada mes el resultado. Ahora Unió Democrática de Catalunya (UDC), el partido de Duran Lleida, tras 14 años de proceso judicial y un escandaloso pacto con el fiscal, admite que se financió ilegalmente para evitar la cárcel a seis ex cargos. A ver qué partido tira la primera piedra, cuando casi todos se han financiado ilegalmente, cuando del reparto indecente de estos fondos se han beneficiado sindicatos y empresarios.

 

La cercana bancarrota de la Junta de Andalucía es otro bonito elefante que recorre los pasillos de San Telmo. Está por todas partes. Detrás del conflicto de los comedores escolares, de miles de parados procedentes de empresas asfixiadas por la morosidad autonómica, y de muchos recortes en servicios sociales, los que prestan ONG que no reciben su subvención. Uno puede dar bonitos discursos de izquierdas, pero tarde o temprano la contabilidad te retrata. Como el falso debate que ha abierto la Consejería de Educación con los colegios concertados o la de Salud en su día con las clínicas privadas. Si ha habido conciertos es porque la Administración se ha ahorrado mucho dinero desviando estudiantes y pacientes a la privada, algo mucho más barato que construir y mantener colegios y hospitales. Ahora se pretende ocultar el desmantelamiento y la saturación de lo público bajo el discurso de la defensa atrincherada de lo público. Ni Banksy habría pintado mejor el elefante.

Zarrías y el peor sueño de Keynes

Javier Gómez | 22 de diciembre de 2012 a las 23:00

Cada noche paso, camino de casa, por delante de un edificio minimalista, cristales de colores y fachada blanca quebrada, un inmueble de tres plantas y diseño propio de premio arquitectónico. Sería un dignísimo ayuntamiento en la mitad de los municipios de España. Pero en realidad se trata, probablemente, de la mejor sede de una asociación de vecinos del país. O al menos de la más bonita. La planta baja se ha dedicado a algo tan español como un bar. Lo escudriño parado en el semáforo y me pregunto qué tendrá de economía sostenible, si creará mucha riqueza y empleo en el humilde barrio malagueño en el que se ubica, si habrá sido rentable y productivo destinarle 999.999 euros de dinero público -la cifra tiene delito-, incluso qué cara pondría la Merkel si se lo enseñáramos y le explicáramos su finalidad. No es una chapuza, como aquel carril bici del paseo del Campo del Sur de Cádiz que consistió en pintar dos líneas blancas en el suelo, ni un exceso hortera, como ese monumento al agricultor de Vícar que costó 575.000 euros y tiene más mármol que el palacio de un jeque árabe. Pero los tres son ejemplos de la inutilidad del llamado Plan ZP, ese derroche descomunal de dinero público que define muy bien al bambismo: tenía buena intención, pero a menudo es más peligroso un tonto con iniciativa que un malvado.

 

Como expuso esta semana el presidente del Tribunal de Cuentas, el Plan E fue un desastre tanto en su concepción como en su ejecución. Pero tampoco conviene mucha alegría en las filas del PP a la hora de tirar la primera piedra. Los populares gobiernan en la mayoría de los ayuntamientos y fueron éstos los que presentaron y adjudicaron -la mitad a dedo- las obras a financiarse. Aunque es cierto que las prisas, limitaciones y requisitos con que se diseñó el plan desde el Gobierno socialista, luego sistemáticamente incumplidos, tampoco ayudaron a elaborar iniciativas de provecho. Se trataba de contratar como fuera y ni eso se logró de forma eficiente. Cada puesto de trabajo creado costó casi 40.000 euros públicos y apenas duró unos meses. Y sólo el 4% de los parados contratados conservó el empleo luego. Cuánto echamos de menos ahora esos 8.000 millones en campos como la sanidad, la educación y la investigación, mucho más productivos, o en algunas de las grandes obras paradas, como el tren de la Costa del Sol, la autovía Motril-Adra o la SE-40, por ejemplo.

 

El socialista Gaspar Zarrías, uno de los ejecutores de aquella fallida idea, la ha defendido sin embargo con garras y dientes. Los adalides del austericidio estarían encantados escuchándole. Y Keynes revolviéndose en su tumba. La inversión pública era, es, otra cosa.