Debajo de la alfombra roja

Javier Gómez | 29 de abril de 2012 a las 14:01

OLGA es una apasionada de su trabajo, su vocación de siempre, de la que lleva cuatro meses apartada tras dar a luz a su segundo hijo. En la pantalla del ipad tiene abierta una página de internet, una calculadora de indemnizaciones por despido. Su empresa acaba de anunciar un ERE y no tiene claro si su puesto seguirá ahí cuando dentro de poco le toque volver. También desconfía de la aplicación informática. La revisa con enfermiza frecuencia, pero siempre le responde la misma cantidad. Le dice una cifra muy pequeña para los años que lleva contratada. Ridícula si piensa en los gastos mensuales de su familia, en lo que gana ahora su marido, que a duras penas mantiene abierta su empresita, y en lo difícil que será encontrar otro empleo en su sector, en el que por cierto está bastante reconocida. Se pregunta si el programador habrá tenido en cuenta la nueva reforma laboral. Esa que iba a reducir el paro…

Miguel nació en 1984. Tuvo una infancia y una adolescencia felices, despreocupadas, como las de casi cualquier niño de la entonces incipiente clase media malagueña. Sus mejores recuerdos son los de aquellos largos veranos con su pandilla en Rincón de la Victoria, donde sus padres, a los que no les sobraba el dinero, alquilaban todos los años la misma casita no muy lejos de la playa. Miguel ha recorrido el camino que le marcaron no solo su familia sino la sociedad. Sin ser brillante, no tuvo problema para sacarse una carrera en la UMA. Luego hizo un curso de especialización. Después estuvo varios meses en Londres, currando como camarero y aprendiendo inglés. Tampoco encontró trabajo en lo suyo al volver, así que sus padres decidieron usar parte de los ahorros para pagarle un máster, tan caro porque en teoría garantizaban un empleo. Ni por esas. Desesperado, se marchó a Madrid. Allí ha estado dos años, en casa de un familiar, dando bandazos de trabajo precario en trabajo precario. Hace poco volvió a Málaga. Ha dejado de sentirse humillado cuando escucha a su padre implorar a sus amigos y conocidos por un puesto para su hijo. “Lo que sea”, le oye decir. Empieza a asumir lo de la generación perdida. Ayer salió de botellón.

Dicen que tener un hijo te cambia la vida. Y tanto, piensa Martín mientras repone el pan de molde y los donuts en un lineal del supermercado de Las Flores. Hace no mucho, a estas horas, las siete de la mañana, estaba todavía de marcha, invitando a sus colegas a copas y a lo que se terciara. Gastando 300, 400 euros cada noche. A sus 23 años ha vivido mucho, demasiado. Con 19 trapicheaba con droga. Era un trabajo fácil, que sólo odió cuando empezó a conocer a sus clientes y sus vidas reales. Padres de familia, funcionarios que no lo miraban cuando se los cruzaba en el centro comercial, autónomos, muchos viejos conocidos que ponían ladrillos y se levantaban 3.000 euros al mes. Casi todos acababan perdiendo los papeles y la voluntad, dominados por ese polvito blanco que los sacaba de la rutina pero les arruinaba la vida. Todo cambió, sí, cuando hace año y medio su novia le dijo, llorando, que se había quedado embarazada. En lo que parecía otra más de las decisiones inconscientes de su vida, se empeñó en tener el bebé. Su hija Lucía es lo mejor que le ha pasado. Dejó de traficar. Demasiado riesgo de que te acaben pillando la Policía o la droga, porque no sabe qué cárcel es peor, si la del convicto o la del adicto. Puso copas, limpió tiendas, y ahora gana 800 euros como reponedor. El mes que viene se le acaba el contrato.

Inma es interina. Bueno, en realidad es maestra de Primaria, pero lleva tantos años escuchando lo de interina que ha acabado por interiorizarlo. A sus 36 años ha vivido en la mitad de Andalucía. Ha dado clases en Cabra, Baza, Isla Cristina, Cortes de la Frontera, Tabernas y Olvera. Como todas las primaveras, se prepara las oposiciones. Su novio hace lo mismo, soñando con el día en que ambos trabajen en colegios que se encuentren a menos de cien kilómetros de distancia, en poder dormir en la misma cama todas las noches. Aunque en esta ocasión no habrá exámenes que suspender. Parece difícil que el Constitucional decida antes del verano sobre el recurso del Gobierno a las pruebas de la Junta. Y después del verano, quién sabe qué ocurrirá después del verano. Por lo que dice el telediario, es posible que el año que viene se quede sin conocer otro pueblo. Le pregunta a su madre si puede recuperar su cuarto.

Paco inicia desganado el ritual del afeitado. A la maquinilla desechable no le quedan más usos, nota cómo le irrita más de lo habitual. Se pone la camisa y la chaqueta y sale caminando de casa. En el bolsillo, algo arrugado, lleva el papel que le sellarán en la oficina del paro. Con eso consigue una ayuda de 426 euros que a veces le hace sentirse como un delincuente, aunque él se sigue vistiendo como si fuera un ejecutivo como gesto de resistencia. Cada día tiene que ir a fichar. Cada día lo citan a una hora distinta. Ya conoce por sus nombres a otros en su situación, en el purgatorio laboral. Con 47 años, los últimos veinte trabajó en el mismo concesionario. Primero como administrativo. Luego de comercial. Se le daba bien engatusar a la gente, aunque aquellos deportivos alemanes se vendían solos. Cuando llegaron las vacas flacas tuvo que hacer ambas cosas. Incluso llegó a limpiar los coches. Un día el dueño lo llamó a su despacho y antes de que abriera la boca supo que debía recoger su mesa. Ve pasar un Audi. Mañana dejará de afeitarse.


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