Zarrías y el peor sueño de Keynes

Javier Gómez | 22 de diciembre de 2012 a las 23:00

Cada noche paso, camino de casa, por delante de un edificio minimalista, cristales de colores y fachada blanca quebrada, un inmueble de tres plantas y diseño propio de premio arquitectónico. Sería un dignísimo ayuntamiento en la mitad de los municipios de España. Pero en realidad se trata, probablemente, de la mejor sede de una asociación de vecinos del país. O al menos de la más bonita. La planta baja se ha dedicado a algo tan español como un bar. Lo escudriño parado en el semáforo y me pregunto qué tendrá de economía sostenible, si creará mucha riqueza y empleo en el humilde barrio malagueño en el que se ubica, si habrá sido rentable y productivo destinarle 999.999 euros de dinero público -la cifra tiene delito-, incluso qué cara pondría la Merkel si se lo enseñáramos y le explicáramos su finalidad. No es una chapuza, como aquel carril bici del paseo del Campo del Sur de Cádiz que consistió en pintar dos líneas blancas en el suelo, ni un exceso hortera, como ese monumento al agricultor de Vícar que costó 575.000 euros y tiene más mármol que el palacio de un jeque árabe. Pero los tres son ejemplos de la inutilidad del llamado Plan ZP, ese derroche descomunal de dinero público que define muy bien al bambismo: tenía buena intención, pero a menudo es más peligroso un tonto con iniciativa que un malvado.

 

Como expuso esta semana el presidente del Tribunal de Cuentas, el Plan E fue un desastre tanto en su concepción como en su ejecución. Pero tampoco conviene mucha alegría en las filas del PP a la hora de tirar la primera piedra. Los populares gobiernan en la mayoría de los ayuntamientos y fueron éstos los que presentaron y adjudicaron -la mitad a dedo- las obras a financiarse. Aunque es cierto que las prisas, limitaciones y requisitos con que se diseñó el plan desde el Gobierno socialista, luego sistemáticamente incumplidos, tampoco ayudaron a elaborar iniciativas de provecho. Se trataba de contratar como fuera y ni eso se logró de forma eficiente. Cada puesto de trabajo creado costó casi 40.000 euros públicos y apenas duró unos meses. Y sólo el 4% de los parados contratados conservó el empleo luego. Cuánto echamos de menos ahora esos 8.000 millones en campos como la sanidad, la educación y la investigación, mucho más productivos, o en algunas de las grandes obras paradas, como el tren de la Costa del Sol, la autovía Motril-Adra o la SE-40, por ejemplo.

 

El socialista Gaspar Zarrías, uno de los ejecutores de aquella fallida idea, la ha defendido sin embargo con garras y dientes. Los adalides del austericidio estarían encantados escuchándole. Y Keynes revolviéndose en su tumba. La inversión pública era, es, otra cosa.

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