Maestros

Javier Gómez | 13 de enero de 2013 a las 18:15

Nadie tiene una familia más amplia ni deja una herencia mayor que un profesor. Por eso hay algo tristemente hermoso en su despedida. Uno recorre con la mirada la capilla en la que se celebra el funeral y ve reflejos, destellos, del fallecido, sobreviviendo en cada uno de los asistentes. Y no, no se trata del teorema de Pitágoras, de la lectura de Tiempo de silencio o Treasure Island, de una discusión sobre la Brigada Abraham Lincoln durante una lección de historia contemporánea o del descubrimiento en una diapositiva de un cuadro de Friedrich que te perseguirá toda tu vida.

 

Como decía Henry B. Adams, un profesor trabaja para la eternidad: Nadie puede saber dónde acaba su influencia. En la jerarquía clásica, se supone que en la cúspide del magisterio se encuentran los catedráticos de Universidad. Luego el resto de docentes universitarios, los catedráticos y profesores de instituto, y por último los maestros de primaria y de infantil. ¿Pero alguien se atreve a establecer esos rangos con esa facilidad si echa un vistazo atrás? Un buen profesor enseña algo que se encuentra más allá de los libros, algo que tiene poco que ver con los títulos y que por fortuna suele escaparse de las malditas reformas educativas: valores. Y empezamos a recibir esa educación desde que acudimos al cole con babero.

 

Uno es la suma de los profesores que le han tocado en vida, la inspiración que recibió de ellos. También, desde luego, sus broncas, su aplauso y su ánimo. Tras la familia, nada hay más importante para la forja de un individuo que sus maestros. Y tras los padres y familiares directos, difícilmente habrá nadie más preocupado por sus problemas ni más orgulloso por sus éxitos. Si una etiqueta imaginaria en el cuello explicara nuestra composición, bien podría decir, por ejemplo, que este individuo contiene un porcentaje difícilmente cuantificable de Rodríguez Carrión, de Mr. Grimes, de doña María José Vázquez, de don Javier Meca y de don Alfredo Arrebola, de don Jesús Gutiérrez y de Mr. O’Brien. Y desde luego, evidentemente, un porcentaje bastante mayor de doña África, maestra de primaria. Y podríamos seguir así hasta citar a varias decenas de personas, todas decisivas, todas influyentes.

 

El domingo murió uno de esos profesores. Todos los días se nos mueren esos profesores. Pero el del domingo era especial. Don José Sánchez, que además fue director durante muchos años del colegio García Lorca de Málaga. Todos los presentes el lunes en San Gabriel recordaron su sonrisa, su autoridad sin gritos ni malas caras o formas, la cercanía que transmitía a alumnos y compañeros y lo bien que representaba la entonces sagrada, hoy acorralada, figura del maestro.

 

Prima de riesgo, déficit, plazos de pago a proveedores, EREs… Nos pasamos el día hablando de los problemas menos importantes y obviando uno de los principales: cómo recuperar el respeto perdido a los profesores como pilar fundamental de cualquier progreso educativo. El respeto de los dirigentes políticos, que se pasan el día haciendo miserable política de mercadillo con los docentes; el respeto de los padres, el respeto de los alumnos y el respeto que ellos deben tenerse a sí mismos como protagonistas y garantes del futuro. El colectivo, y no le faltan razones, anda deprimido, con unos sueldos muy bajos que no paran de recortarse o congelarse, con la enorme responsabilidad de cuidar del bien más preciado de cualquier sociedad, sus niños y jóvenes, y con el tremendo mareo de la errática política educativa. En cualquier país que se respete, la educación es una cuestión de Estado. En España, en Andalucía, hasta a los directores de los colegios los nombra el partido.

 

Por eso, cuando a menudo nos enzarzamos en duras discusiones y diatribas sobre los funcionarios, o cuando escuchamos a algún responsable político pontificando sobre la educación, deberíamos recordar que todos llevamos veinte, treinta, cincuenta maestros dentro. Y esa figura merece un mínimo respeto.

  • Jesús Ruiz Aznar

    Gracias Javier, soy profesor de Filosofía (en la Universidad Laboral) y me alegra ver que tu paso por el centro (y por la enseñanza en general) es valorado por ti en una forma, por desgracia, no muy habitual. Gracias. Estoy de acuerdo contigo. Siempre he pensado que yo soy yo y mis profesores y profesoras. Es una lástima que la mayor parte de la gente no lo sepa. Gracias de nuevo.

  • JESÚS GUTIÉRREZ RABANAL

    Querido Javier:
    Tus palabras no necesitan añadidos.
    Comentaba yo a veces in mi aula todo lo que yo debía a mi maestro, refiriéndome al de mi pueblo pequeñito en la montaña leonesa. Al despedirme de una alumna, que siempre sintonizó conmigo como ningún otro alumno, le pregunté sorprendido y con cara de susto: “¿Qué quieres dedicarte a la enseñanza?”
    Y ella contestó algo como esto: “Tengo tantas razones como usted mismo”. Pues eso.

  • JESÚS GUTIÉRREZ RABANAL

    Debo volver sobre mis pasos, para decir que el acento de la palabra “que” lo puso el corrector, puesto que NO debe llevarlo.
    Y me permito en recordar mis escrúpulos y mis buenos consejos sobre este asunto de escribir con corrección.
    Aprovecho, además, para decir lo que no debes decir tú, pero puedo y debo hacer yo.
    Cuando un profesor se va, se lleva también no solo el afecto de la mayor parte de sus alumnos, sino una inmensa colección de experiencias y aprendizajes, de los que no era tan consciente cuando estaba en activo.