Diplomacia

Javier Gómez | 25 de enero de 2013 a las 17:45

Hablé tres veces con él, todas sobre su discípulo predilecto, Alejandro Rodríguez Carrión, y en su conversación se adivinaba el mismo magisterio, la misma sabiduría, el mismo talento para la ironía fina, la misma devoción por la enseñanza, la investigación y, sobre todo, los derechos humanos. Con la muerte de Juan Antonio Carrillo Salcedo, cuya estupenda necrológica firmaba mi compañero de página, la universidad pública andaluza perdió el sábado uno de sus grandes puntales, como ya ocurriera hace casi cuatro años con el fallecimiento del catedrático de Derecho Internacional de la UMA. Puede que Málaga y Sevilla, tan dadas al recelo mutuo, no hayan tenido en común nunca un proyecto más ilusionante que el campus de excelencia de sus universidades, el Andalucía Tech. Pero se trata de una cooperación y de una excelencia que desde la dirección de sus departamentos en sus facultades de Derecho tanto Carrillo Salcedo como Rodríguez Carrión llevaban décadas practicando. No se me ocurren dos mejores abogados para la defensa de la educación pública universitaria ni una mejor conversación que la que, en alguna parte, los dos hermamigos deben de estar manteniendo.

 

Puede que charlen sobre la situación de la diplomacia española. Esa imagen me vino a la cabeza al oír en la radio al ministro de Exteriores, García-Margallo, defendiendo lo indefendible. Entre los recortes a la educación y la sanidad, la corrupción y el paro, cuesta reparar en otro de los graves problemas del país: la absoluta pérdida de influencia en el tablero mundial. Al margen de nuestras penosas cuentas, por tradición, por su condición de puente entre Latinoamérica y Europa y entre el Viejo Continente y el Magreb, España está obligada a interpretar un papel relevante en el escenario internacional, no el de extra, cómico, actual. Todos los presidentes han definido su estrategia. Felipe González, en parte gracias a su magnetismo, devolvió a nuestro país a la escena como actor de primer orden. Aznar apostó fuerte, quizás demasiado, por Estados Unidos y el Eje atlántico, y luego llegaría Zapatero y lo desmontaría todo a cambio de su Alianza de Civilizaciones. De Rajoy, de momento, lo único que conocemos es el reciente y ridículo pataleo español en el nombramiento del presidente del Eurogrupo, su incapacidad para encontrar aliados y su facilidad para irritar a nuestra tradicional valedora, Francia, muy molesta por la tibieza y la tardanza con la que nuestro país se ha ofrecido a colaborar en su intervención en Malí.

 

Cuando más apoyo necesita, España está más sola que nunca. Y nos lo hemos buscado.

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