El final del juego

Javier Gómez | 25 de febrero de 2013 a las 13:06

DURANTE la última década, esta ciudad, sus políticos, sus periodistas e incluso sus colectivos, han estado jugando a los trenecitos. Todo el mundo ocultaba un ingeniero de caminos en potencia, y los ingenieros de caminos titulados sencillamente se ocultaban, sin aportar luz a un debate estéril, absurdamente ideológico y para nada técnico. Como todo juego, partía de una premisa ficticia: en Málaga se construirá un Metro. Primera gran mentira que nadie se ha encargado de aclarar todos estos años. Porque en Málaga, en realidad, lo que se iba a construir y se ha acabado construyendo, es un tranvía con la mayor parte del recorrido bajo tierra. Un tranvía carísimo, seguramente de los más caros del mundo -si no batimos el récord estaremos cerca-, lejos de la capacidad de traslado de pasajeros de un metro pesado y de su velocidad comercial. Pero tranvía, en superficie, aún siendo lo que necesitaba el transporte público de esta ciudad -el propio alcalde, entonces concejal de Urbanismo, lo señalaba en una entrevista en 1998-, suena a añejo, a rancio. Sobre todo, suena a menos que Sevilla. Y eso es intolerable -aunque en la capital andaluza, con un Metro sin concluir desde finales de los 70, también se ha hecho un metro ligero o tranvía-.

 

Al denominado pomposamente Metro de Málaga le ha ocurrido de todo, y nada bueno, en su errática trayectoria. Ha sido objeto del agravio con la capital hispalense, caballo de batalla entre De la Torre y la Junta de sus amores -¿qué haría el alcalde sin el Gobierno andaluz?-, protagonista de encendidos debates por la idoneidad del uso de las tuneladoras fachas o los muros pantalla rojos. La Consejería de Obras Públicas y Transportes, ahora llamada de Fomento, ha tenido seis consejeras (cinco mujeres y un hombre) desde que empezaran las obras en 2006. Seis. Prácticamente una al año. Y tanto el alcalde como el principal grupo de la oposición, el PSOE, han visto siempre el Metro más como un problema que como una solución. Si De la Torre no ha parado de poner pegas, obstáculos y exigencias al proyecto en todo momento, la cobarde postura veleta de los socialistas, primero con Marisa Bustinduy y ahora con María Gámez, es responsable de gran parte de sus males.

 

Así que resulta cuando menos curioso que el partido habitualmente más demagógico y utópico, incluso a veces irresponsable, Izquierda Unida, sea el único que está tirando de sentido común y números, realidades económicas, para abordar el asunto. De los muchos marrones de ese regalito envenenado que les dio Griñán llamado Consejería de Fomento, quizás el Metro de Málaga fuera el más oscuro de ellos. Con múltiples promesas incumplidas, empezando por las distintas fechas de inauguración y terminando por la falsa licitación en 2012 del tramo más delicado, Guadalmedina-Malagueta, que se llegó a llevar al Diario Oficial de la Unión Europea. Otro compromiso solemne de la Junta, como el megahospital, el tren de la Costa o el saneamiento, a tirar a la papelera. Y luego, claro está, unas arcas con telarañas, una Consejería que no podía seguir pagando las obras en El Perchel y que se enfrentaba al hartazgo de los malagueños y a la desesperación de muchos comerciantes, completamente arruinados tras varios años de zanjas abiertas.

 

Ese panorama se encontraron cuando llegaron al departamento Elena Cortés y su viceconsejero, José Antonio García Cebrián, que esta semana ha estado en Málaga intentado convencer al alcalde de la realidad de los números, de lo ruinoso que será para Málaga y Andalucía que no reconsidere su postura. El regidor sólo acepta el Metro soterrado por la Alameda. Es un mínimo de cuatro veces más caro (para empezar), se tardaría al menos 36 meses, tres años con aquello abierto en canal, en ejecutar las obras, y los riesgos son impredecibles, tanto por los más que probables hallazgos arqueológicos como por el posible impacto en los ficus centenarios de la Alameda o incluso en el Parque.

 

En la Junta sostienen que a De la Torre siempre le ha dado pavor, incluso con un proyecto soterrado, la posibilidad de comenzar aquellas obras, de abrir la columna vertebral de la ciudad. Lo que no parece preocuparle al alcalde es la factura económica que tendrá todo esto. 63 millones de euros por las obras que tendrá que pagar el Ayuntamiento, más 47 millones al año -el 25% aportados por las arcas municipales- para sostener la explotación del Metro. Y si no llega a La Malagueta cuando estaba previsto y se pierden los cinco o seis millones de viajeros que se estimaban, unos diez millones de euros al año más de compensación a la concesionaria. Eso visto de forma optimista, porque lo más probable es que la empresa presente una demanda multimillonaria (en Sevilla es de 150 millones y los retrasos allí fueron inferiores) que el Gobierno andaluz se niega a asumir. Por eso quiere que De la Torre, de una vez por todas, se retrate con el Metro. Que diga por escrito lo que quiere y que asuma las consecuencias y responsabilidades de ello. Se acabaron el juego y los faroles. Toca pagar.

 

El Metro de Málaga es otro símbolo de la burbuja inmobiliaria y financiera en la que ha vivido el país. Era como pretender ir a trabajar en un coche que costaba como un Rolls, tenía el motor y la capacidad de un seiscientos y consumía como un camión. Y parece que nadie se hizo nunca la pregunta principal: ¿Para qué quiere Málaga un Metro? Porque la respuesta era muy sencilla: Para tener un sistema de transporte público potente, eficiente y barato que cubriera a la mayor parte de la población posible y acabara con los atascos y la tiranía del coche. Si el objetivo era ése, con lo que se ha gastado ya en los túneles, podríamos tener cuatro o cinco líneas funcionando en superficie y atendiendo toda la ciudad, de oeste a este y de norte a sur. Y un centro histórico para los peatones. Es justo lo que propugna el Plan de Movilidad del Ayuntamiento de Málaga, ese del que reniegan De la Torre y sus asesores del siglo pasado. Su modelo es hacer el tercer carril en el Paseo de los Curas que nadie quería y mantener la aberración actual que es la Alameda principal, con una decena de carriles para el tráfico rodado. Eso sí que es peligroso para el peatón, y no el tranvía. Y luego, claro, la terrible decisión de postergarlo todo, como si alguna vez fuéramos a volver a la insana burbuja. Málaga no puede permitirse otra década perdida con el Metro. Hay que mirar al futuro, asumir los (muchos) errores cometidos y aprender de ellos. No obcecarse en ellos.

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