Sacrilegio sin perdón

Javier Gómez | 1 de abril de 2013 a las 20:54

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COMO una marca de preservativos patrocinando las procesiones del Viernes Santo, una gasolinera en calle Larios, un toldo de Coca-Cola en el pórtico de la Catedral o un escudo del Sevilla en el centro del césped de La Rosaleda. Hay sacrilegios imperdonables. Como el pecado mortal, sin penitencia redentora posible, que están cometiendo por acción, diseño y omisión, el Ayuntamiento de Málaga, los empresarios de playas y la Dirección General de Costas en el paseo marítimo Pablo Picasso. No soy ni mucho menos el primero en apuntarlo, porque hacía mucho tiempo que un asunto no suscitaba semejante unanimidad crítica en esta ciudad de blancos y negros. Pero por una vez he pretendido ser disciplinado y he intentado hacerle caso al alcalde de Málaga, que pedía paciencia hasta que estuvieran terminados. Pero resulta imposible aguantarse más. Los siete engendros, mal llamados chiringuitos, que se están levantado en la playa de La Malagueta son uno de los mayores atentados urbanísticos y ambientales jamás cometidos en Málaga, y mira que eso son palabras mayores en una ciudad que no se distingue precisamente por su respeto al entorno.

 

Salvando las distancias, el tramo que va del Paseo de la Farola a los Baños del Carmen no debería tener mucho que envidiarle a la Concha de San Sebastián. Pero, como casi siempre, los malagueños nos hemos empeñado en cargarnos lo que la naturaleza nos ha regalado. Como dice un amigo empresario: menos mal que todavía no hemos averiguado cómo apagar el sol, que si no… En lugar de habilitar un paseo marítimo de bandera, allí tenemos un autovía urbana -que el Consistorio pretendió ampliar con otro carril sobre la playa- y una zona peatonal miserable, en la que se apilan viandantes y ciclistas, y en la que uno se juega la vida a la mínima que se descuide. Pero como apunta la Ley de Murphy, con especial predicamento en Málaga, todo es susceptible de empeorar, y si la reforma de los chiringuitos podía salir mal, estaba claro que iba a salir mal. Y eso que una de sus responsables es la concejala Teresa Porras, de conocidos gustos estéticos.

 

Los siete chiringuitos de marras, que horrorizan a los vecinos y han cambiado para siempre una bonita estampa de la ciudad, arruinando las perspectivas y el paisaje de todo el paseo marítimo, tampoco gustan al jefe provincial de Costas, según dijo hace unos días. Y uno se pregunta entonces que por qué demonios permite, cómplice, semejante aberración. Sí, cumplen la vigente Ley de Costas, pero parecen un adelanto de la pesadilla de reforma que ha planteado el Gobierno del PP, un atropello al dominio público y a las playas. Un chiringuito sobre la arena, por definición, no debería estar hecho de ladrillo y hormigón. Luego habría que preguntarse también por la responsabilidad del Ayuntamiento en el control de los parámetros edificatorios. Con media Gerencia de Urbanismo ociosa por el parón inmobiliario, resulta insultante que a nadie se le haya pasado por la cabeza parar este espanto. Pero claro, de los responsables de Arquitectura de la Gerencia salió la reforma de la Merced, un bodrio que lo explica todo.

 

Cada uno de los establecimientos playeros, que parecen inspirados en los tiempos de Jesús Gil, va a costar unos 400.000 euros a los empresarios, 3,5 millones en total si contamos los dos de Guadalmar. Pero a la ciudad le va a costar mucho más. Pocas veces se ha hecho tanto daño por tan poco dinero. Aunque todavía estamos a tiempo de tirarlos. Para una vez que hay consenso ciudadano…

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