No hagan caso

Javier Gómez | 15 de mayo de 2011 a las 12:38

EN la prensa estadounidense es tradición que los periódicos se mojen en las campañas electorales. Al contrario de lo que ocurre en la mayor parte de la europea, el posicionamiento ideológico de los medios impresos es difícil de adivinar en las informaciones en los cuatro años anteriores. Se debe tanto a su larga educación democrática de respeto a la libertad de prensa como a la configuración empresarial y geográfica de las cabeceras. La mayoría de los rotativos pretende abarcar un área y no reniega de ningún lector, aunque cuando llega el momento de votar opina cuál es la mejor opción. Lo normal es que el periódico apoye a un candidato en su editorial tras examinar los programas punto por punto.

En el Viejo Continente, y en España en particular, gran parte de los periódicos se alinean con un partido o corriente. Y haga lo que haga esa formación y sus gobiernos, jamás veremos al diario apoyando otra cosa distinta. Pasear con determinados periódicos equivale casi a exhibir el carné de militante. Aquí parece difícil, por no decir inaudito, que un votante de derechas compre Público, por ejemplo, y uno de izquierdas ABC o La Razón. Algo similar ocurre en Francia, en Alemania e incluso en el Reino Unido, donde la mayor independencia de la prensa no impide su adscripción ideológica. El caso italiano sería parecido sin ese elemento distorsionador llamado Berlusconi que tienen por primer ministro.

En Málaga, desde luego, no veremos editoriales estos días pidiendo el voto para De la Torre, Gámez o Moreno Brenes. No sólo porque resulta contra natura y más de un lector se llevaría las manos a la cabeza, como si el entreguismo no fuera algo mucho más sutil. También porque resulta poco menos que imposible decantarse por uno de ellos. En los últimos cuatro años han acumulado más deméritos que otra cosa y las perspectivas para los próximos cuatro no son nada halagüeñas, con el grifo de la inversión absolutamente cerrado por más milongas que nos cuenten desde el atril.

No es extraño que en esta primera semana de campaña, el alcalde y candidato del PP haya centrado su mensaje en atacar a la Junta, como si la cita fuera autonómica y no municipal. De la Torre no puede presumir de grandes logros desde 2007. Por mucho que nos cite cuántos metros de acera se han baldeado, bombillas instalado y medianas adornado con césped artificial, llama más la atención su lista de fiascos (Málaga 2016, el bulevar, el plan de guarderías, el plan de centros deportivos, los escándalos de las piscinas, Díaz y Porras, la tardía chapuza de la Merced…).

Su rival socialista, María Gámez, se presenta como una opción renovadora, aunque resulta imposible disociarla de su labor al frente del Gobierno andaluz en Málaga. El listado de agravios, promesas incumplidas y tomaduras de pelo es largo, y De la Torre se lo sabe al dedillo. El ahora sí y luego no de los fondos europeos, el megaconejo de la chistera, perdón, megahospital; el tren litoral, el retraso de las obras del Metro, el bloqueo del Auditorio, la desaparición amnésica del Cinturón Verde o la propia demora de los estudios del Guadalmedina no parecen el mejor aval para confiar en ella ni en su formación. El crédito socialista cotiza últimamente a nivel subprime.

Del tercer candidato en liza, Pedro Moreno Brenes, que aspira a ser bisagra, no se puede decir nada malo. Otra cuestión es si entramos a evaluar su partido y su comportamiento en Manilva, Carratraca o la Diputación, por poner tres ejemplos bochornosos… Quizás no sea casualidad, y sí un castigo divino, que la avería telefónica que Málaga lleva sufriendo una semana haya provocado que en la sede de IU se reciban las llamadas destinadas a una Empresa de Trabajo Temporal (ETT). Debe de haber alguien muy cachondo allí arriba. Alguien a quien seguramente no le hizo mucha gracia ayer el patinazo de Gámez, cuando pretendió mofarse del electorado popular (“irán a votar después de misa”).

En cualquier caso, habrá que encomendarse a dios, al diablo o quien ustedes quieran, para votar el próximo domingo. Y eso que la fe hace tiempo que la perdimos.

Un bonito elefante en la campaña

Javier Gómez | 12 de mayo de 2011 a las 9:33

Tras apenas cinco días de campaña de las municipales ya tenemos elefante en la habitación. Y es precioso. Con esa expresión, los americanos se refieren a las verdades o hechos evidentes que se ignoran o se eluden, a esos tabúes repentinos a los que preferimos no dirigirnos para evitar riesgos. Pues bien, el embarazo de la candidata socialista a la Alcaldía de Málaga, María Gámez, se ha convertido en un paquidermo pastando en el salón de casa, y no sólo para los políticos. El anuncio de Gámez a los periodistas (“Tengo que comunicarles que voy a incorporar a otra persona a la campaña”, dijo provocando el posterior aplauso cariñoso de los plumillas) ha sido interpretado en clave electoral tanto por sus rivales como por analistas y académicos de Ciencia Política.

¿Por qué lo cuenta ahora? La pregunta, quizás, habría que hacerla al revés, ¿por qué no contarlo ahora? ¿por qué ocultar su condición al ciudadano cuando aspira a ser la próxima alcaldesa de Málaga? Hay coincidencia al señalar que tanto Gámez como el PSOE buscan beneficiarse del embarazo ante el electorado, apelando a sus emociones, haciendo que la gente la sienta más cercana. Las especulaciones no se han quedado ahí. Que si el voto femenino, que si los indecisos, que si los impactos mediáticos, que si otra muestra más de que Gámez podría ser hija del alcalde, que si la humanización de la candidata (¿acaso son los políticos personas, sueñan con ovejas políticas?). Sólo nos ha faltado preguntarle al feliz futuro padre, que de asesoramiento político sabe lo suyo, si la jugada ha sido calculada calendario en mano.

De momento, lo que ha conseguido la buena nueva de Gámez, su proyecto estrella, es precisamente deshumanizar a sus oponentes del PP. Al alcalde, incómodo con este asunto, le costó decir ayer, al ser preguntado al respecto, que cuando vea a su rival la felicitará. Como si también le hubiera afectado la avería masiva telefónica de estos días y le fuera imposible llamarla. Y en las redes sociales, hiperactivas y con sobredosis de chorradas políticas, no hay constancia de que ninguno de los activistas populares tuviera el mínimo gesto de mandar un mensaje cariñoso a la socialista. Ese tema no existió para ellos. En cambio, Moreno Brenes sí le envió su felicitación.

Un compañero y sin embargo amigo se negaba ayer a sospechar del predictor: “Si cuando un político tiene una mala noticia personal que comunicar, como una enfermedad, lo animamos y felicitamos por su valentía, ¿por qué no hacemos lo mismo cuando se trata de una buena noticia?”. No sé si a Málaga, pero desde luego entre el vídeo y la eco Gámez ha logrado darle la vuelta a la campaña.

¡Junta!

Javier Gómez | 11 de mayo de 2011 a las 14:25

Esta mañana sólo ha faltado que relincharan los caballos cada una de las aproximadamente veinte veces que el alcalde de Málaga y candidato del PP a la reelección, Francisco de la Torre, ha citado ‘cariñosamente’ a la Junta de Andalucía durante su participación en un foro. Aunque las elecciones son municipales y no autonómicas, también el Gobierno regional protagonizó su intervención en el primer debate televisivo con sus dos rivales, María Gámez y Pedro Moreno Brenes.

De la Torre nunca ha sido un amante del Ejecutivo autonómico y no pierde ocasión de atizarle por la lista de agravios que considera ha cometido con Málaga. La estrategia le da muchos votos. Pero resulta ciertamente cansina.

Maldición, ¡es la campaña!

Javier Gómez | 8 de mayo de 2011 a las 17:11

Yo te maldigo, oh campaña, por todos esos políticos que durante estos días prometen que harán y no harán justamente lo contrario de lo que sus compañeros de partido hacen y no hacen allá donde gobiernan.

Yo te maldigo, oh, campaña, porque durante tu reinado, cada vez más largo, desaparece no sólo el sentido común, sino también cualquier sentido del ridículo entre tus súbditos los aspirantes al sillón público.

Yo te maldigo, oh campaña, no ya porque tus hijos piensen que todas los ciudadanos somos imbéciles, sino porque durante estos días lo expresan sin complejos en voz alta.

Yo te maldigo, oh campaña, por inundar mi Twitter, mi Facebook y hasta mi viejo buzón analógico, con mensajes electorales y partidistas, exponentes del sectarismo imperante y del pensamiento único. Todos de candidatos que dicen estar deseando escuchar mis aportaciones e ideas pero jamás contestan a los mensajes que les mando. Por no responder, ni devuelven los buenos días.

Yo te maldigo, oh campaña, por el ataque de amnesia colectiva que provocas a tu alrededor, porque eres capaz de que proyectos como el saneamiento de la Costa del Sol, el campamento Benítez, los Baños del Carmen o incluso el tren de la Costa del Sol vuelvan a ser objeto de nuevas promesas, como si el pasado hubiera sido un mal sueño.

Yo te maldigo, oh campaña, no sólo porque este mes y el que viene están perdidos a efectos de trabajo en las administraciones públicas, sino porque paralizas un país en el momento en que más necesita ser productivo.

Yo te maldigo, oh campaña, porque en cuanto termine la de las municipales empezará la de las autonómicas y estatales. Los próximos meses van a ser insoportables.

Yo te maldigo, oh campaña, porque se debate sobre los debates y no sobre las ideas. Me pones de los nervios porque ningún partido será capaz de reconocer que algunas de las propuestas del rival son estupendas, porque ahora todo se basa en el y tú más y especialmente en el y tú menos.

Yo te maldigo, oh campaña, por tanto pelota que brota alrededor de los que se dan por ganadores seguros, por tanto aspirante a cargo de confianza que ahora surge con el carné en la boca. Más que unas elecciones, alguno pensaría que esto parece un anuncio de Donettes: a los políticos les salen amigos por todas partes.

Yo te maldigo, oh campaña, porque parece que sólo hubiera corrupción ahora, y no el resto del año. Cuando acabas los partidos se cuidan mucho de enchufar el ventilador, porque también expande su propia mierda.

Yo te maldigo, oh campaña, por el afán de tus hiperactivos candidatos en darnos a conocer estos días su programa electoral. Los ganadores lo esconderán bajo tierra durante los próximos cuatro años.

Una aberración disfrazada de asilo

Javier Gómez | 5 de mayo de 2011 a las 11:40

COMO una maldición o una de esas almas en pena que sólo aparecen cada cierto tiempo, una de las mayores aberraciones urbanísticas de la Costa del Sol no ha faltado a su cita con la campaña electoral. En 1964, un empresario vasco levantó el hotel Marymar sobre casi 3.000 metros cuadrados de arena de la playa de Santa Ana de Benalmádena. Pese a los informes contrarios de varios organismos estatales, logró licencia del Ayuntamiento para perpetrar la ilegalidad, una más de las barbaridades cometidas en el litoral malagueño. Algunos de los autores y cómplices de tanto disparate, por cierto, son los mismos que ahora patalean exigiendo al Gobierno arena blanca de Cozumel para recuperar artificialmente unas playas heridas de muerte por el cemento. El hotel, castigo divino, fue una ruina y acabó en manos de Unicaja, que lo destinó a una residencia de mayores: pasó a ser intocable.

El edificio envenenó durante muchos años los sueños del entonces jefe de Costas, Luis López Peláez, quien intentó la cuadratura del círculo para su derribo y la reposición de la playa a su estado original. Entre 1994 y 1995 logró que la Dirección General de Costas, Unicaja y el Ayuntamiento de Benalmádena pactaran un convenio para la construcción de una nueva residencia -desde luego más barata de mantener- por parte de la entidad financiera en unos terrenos municipales cedidos por el Consistorio, mientras el Gobierno se comprometía a pagar la costosa operación de demolición y la mejora de la playa. Por supuesto llegaron las elecciones y todo se fue al carajo.

No fue el único intento. El Marymar aparece de forma recurrente en los periódicos. Siempre estaba en las quinielas de derribos de la última década, dentro de ese plan de esponjamiento del litoral del Gobierno socialista, una de las mayores tomaduras de pelo sufridas por estas latitudes, con el parque de Arraijanal de Cristina Narbona como exponente.

Ahora, de nuevo en campaña, Unicaja ha decidido cerrar la residencia por su mal estado de conservación (es lo que tiene la cercanía al mar, que corroe) y por motivos de seguridad. No parece que sean razones medioambientales, sino económicas, las que motivan la decisión. Y de paso le ha lanzado a los distintos partidos que se disputan la Alcaldía un capotazo irresistible: sesenta ancianos se quedan en la calle si no aceptan la oferta de la entidad de trasladarse a otras residencias en distintos municipios. A un político hay pocas cosas que le motiven más que erigirse en salvador de bebés o viejecitos en apuros. Salvo que a alguien le dé un poco probable ataque de responsabilidad, el Marymar seguirá en pie otros cuatro años.

Funcionarios

Javier Gómez | 1 de mayo de 2011 a las 10:34

Soy orgulloso hijo, hermano, nieto, sobrino y bisnieto de funcionarios. Pero, si les digo la verdad, no es que me quite el sueño que mi hijo también lo sea. O al menos no tal y como entendemos hoy día la función pública. He conocido de primera mano las frustraciones de un trabajo estabilísimo, sí, pero por lo general mal remunerado, en el que los jefes supremos suelen ser políticos con una discutible capacidad para la gestión, en muchas ocasiones con ningún mérito profesional más allá de los obtenidos en los pasillos de las agrupaciones de su partido. Es un empleo finalista, con escasas o nulas posibilidades de progresar, en el que no se contempla la carrera profesional y en el que para cualquier ascenso a menudo pesa, de una forma insoportable, el carné de militante o los politiqueos internos. Por si fuera poco, al funcionario le persigue toda su vida, como una maldición, el tópico del escaqueo, del flojerío, del vuelva usted mañana o mejor ni vuelva. Casi todos los días tiene que soportar los comentarios, chistes, improperios e insultos facilones, que les echan la culpa de la crisis del país, del cambio climático o del asesinato de Kennedy, lo mismo da.

Dicho todo lo anterior, sin duda uno de los muchos problemas de España está en la productividad de sus empleados públicos. Y en su invulnerabilidad. Resulta más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que despedir a un funcionario en este país.

Esta semana, la Delegación de la Consejería de Obras Públicas de la Junta se ha hecho tristemente famosa en toda España porque su secretaria general y a la sazón responsable de personal, ha estallado. Lo ha hecho de mala manera, de una forma censurable y confundiendo a la parte con el todo, a pecadores con justos. Pero seguro que a la número dos de la delegación no le falta razón. En el correo electrónico enviado a una veintena de funcionarios para que estos, a su vez, se lo transmitieran al resto del personal (unas 400 personas repartidas en dos sedes), la secretaria, como saben, arremetía contra quienes se ausentan dos horas del trabajo para ir de compras, a la peluquería o de largo desayuno. Carga contra los pocos, o muchos, que fomentan esa imagen del funcionario holgazán regodeándose en un momento en que estamos a punto de llegar a los 5 millones de parados.

El mail, además de indignar a la mayoría de los lectores y de encrespar a los desempleados, también ha irritado a los funcionarios, pues su contenido corrió como la pólvora entre el resto del personal de la Junta de Andalucía (unos cuantos miles de personas en la provincia). La primera que no hace su trabajo correctamente, pensaría uno, es la señora secretaria general. Si, como cuenta, se está notando “una relajación en el cumplimiento de los horarios” que no cree que sea “honesta”, su responsabilidad es velar por que se cumpla la jornada laboral o castigar a quienes se la salten. Sí, seguramente esos mismos sindicatos que ahora piden su cabeza le declararían la guerra, pero al fin y al cabo para eso está en el puesto. Su responsabilidad también reside en evitar que un solo empleado fiche por varios en las jornadas de tarde, como al parecer es hábito generalizado.

Pero aunque el problema ha saltado allí, desde luego no es exclusivo de Obras Públicas. Lo sufren el resto de delegaciones y de instituciones. El Ayuntamiento y la Diputación reconocen que tienen que pagar pluses a sus empleados para combatir el absentismo. Inaudito, más dinero por tener la suerte de trabajar. En una empresa privada eso resulta inconcebible. Y luego está el rigor de los controles. Un responsable de Personal de la Corporación provincial contaba que quien se ausentaba una veintena de días por semestre se arriesgaba a perder ese complemento salarial. ¿Qué habrá que hacer para perderlo con seguridad?

Por mucho que se empeñen los verdaderos culpables, y resulta llamativa su falta de pudor para señalarlos, la causa de esta crisis no está ni en los trabajadores ni en los empleados públicos. Aunque para salir del hoyo son imprescindibles los cambios en su status quo.

Las reformas deben ser amplias, desde luego empezar por las bolsas, la banca, la construcción, las agencias de calificación de riesgo, las tasadoras de viviendas y el resto de la banda que nos ha metido en este agujero. Luego meterle mano a los sindicatos y a las organizaciones empresariales, tan responsables unos como otras de haberse repartido miles de millones de subvenciones sin control alguno, y de convertirse en agencias de colocación o de enriquecimiento personal.

Pero urge también transformar radicalmente el modelo de lo público. No para atacar el Estado del bienestar, sino para apuntalarlo y hacerlo viable. Si los funcionarios no añaden valor, están destinados a desaparecer. Y mientras sean intocables y se sigan viendo como una casta privilegiada inmune a cualquier crisis, la presión del resto de los trabajadores irá en aumento para que eso ocurra.

Los guardianes del vertedero

Javier Gómez | 28 de abril de 2011 a las 10:33

HUBO un tiempo, no demasiado lejano aunque ahora parezca que fue hace una eternidad, en que los medios de comunicación en general, y los periódicos en particular, no sólo cumplíamos una función por lo que contábamos, sino también por lo que no publicábamos. Éramos guardianes del interés público, algo muy, muy distinto, del interés del público. Pero en esas llegó internet y después la imparable ola de las redes sociales, y afortunadamente perdimos el monopolio de la información. Ahora cualquier ciudadano con un teléfono móvil puede contar una noticia. O lo que cree que es noticia.

Vivimos en plena orgía de la información, algo que tiene innegables ventajas democráticas, como las revueltas islámicas, pero después de una bacanal siempre llega la resaca. Cualquier indocumentado puede escribir un disparate, insultar, injuriar o mentir, darle a un botón para lanzarlo para siempre al mar de la red, y después pretender acogerse a la libertad de expresión o esconderse bajo un cobarde anonimato. En la mayoría de los casos no hace falta que el autor de la estupidez la difunda. Ya estamos ahí los medios para poner el ventilador. Lo hacemos cada día, especialmente en campaña, con las tonterías que a menudo salen de la boca de nuestros políticos.

Como internet permite saber con precisión cuánta gente lee algo, como Twitter nos informa con sus trending topics de cuáles son los temas y personajes que más interesan en cada lugar del mundo, podemos afirmar con certeza que cuanto mayor sea la barbaridad publicada o el bulo inventado, mayores serán la audiencia y el beneficio. Es el lema fundacional de la telebasura, ese negocio visionario.

Hace unos años habría sido inaudito leer en la prensa que un personaje como Belén Esteban presentaba una colección de zapatos en Málaga. En este periódico decidimos no publicar ni una línea ni una foto, nada de nada, y todavía me pregunto si nos equivocamos. Durante días, la visita de la princesa del pueblo fue la no-noticia más leída en las webs de la competencia. Siempre habrá quien publique lo que desechas. Los rastreadores de porquería llenamos los vertederos informativos, lo compramos todo y, lo que es peor, todo se vende.

Eso ha convertido en triunfador global a otro antihéroe, Mourinho, máster del Universo en manipular a los medios de comunicación para convertirlos en su jugador número doce. Quiero creer que hace no demasiado tiempo no lo habría tenido tan fácil para ver sus palabras reproducidas, repetidas y amplificadas, día sí y día también. Pero admito que puede que en ese caso también me equivoque.

Otra izquierda es imprescindible

Javier Gómez | 17 de abril de 2011 a las 22:26

OTRA izquierda es posible. Seguro que sí. Durante los últimos años, da la sensación de que IU se ha empeñado convencer al electorado, a la tremenda, de su lema. Izquierda Unida, que ni está unida ni se suele comportar como un partido progresista en las instituciones en las que gobierna, ha sido probablemente el partido que menos ha guardado las formas en Málaga. Aunque desde luego resulta innegable que muchos de sus miembros sí que han progresado. Allá donde ha ejercido el poder, la coalición de izquierdas ha supeditado la acción política a la laboral. Es decir, que ha colocado hasta el apuntador.

Quizás confiada en que no gobierna en demasiados sitios, la formación se ha sentido ajena al escrutinio de los medios que sí sufren PSOE y PP. Un ejemplo de ello es la Diputación de Málaga. Nunca dos diputados, por muy claves que hayan sido para mantener en la presidencia al socialista Salvador Pendón, habían dado tanto juego a los compañeros. Nunca se ha hecho tanto viaje, y tan caro, a costa del erario público, con fines supuestamente solidarios. Pocas veces se ha tenido más descaro con los cargos de confianza, con casos inauditos. No hubo castigo para Óscar Román cuando decidió desertar de la alcaldía de Carratraca por negarse a cumplir la ley: siguió cobrando sus cerca de 3.000 euros mensuales como asesor en la Diputación. Al menos Román tuvo la decencia de dimitir de ese puesto cuando resultó condenado por una sentencia urbanística, algo que todavía está por ver que haga la alcaldesa de Manilva, Antonia Muñoz.

El escándalo de sus decenas de enchufes, de sus 33 adjudicaciones a dedo de contratos a empresas suyas (lo de los 10.000 euros de madera para el júa municipal lo dice todo de este país) o de familiares, ha tirado por el barro el poco crédito ético que le quedaba a la coalición en Málaga. De poco vale el órdago de Encarnación Páez si luego José Antonio Castro -quien antes de cobrar como parlamentario lo hizo como cargo de confianza en Diputación-, Diego Valderas o Cayo Lara protegen a la alcaldesa empleadora. De poco vale el excelente, serio y honrado trabajo de Pedro Moreno Brenes y su justito equipo en el Ayuntamiento de Málaga -qué buen vasallo si tuviera un buen señor- si 16 de los 17 candidatos de la coalición en Manilva han acabado trabajando para el ayuntamiento costasoleño, como muchos de sus familiares.

Tampoco es que el PSOE, por cierto, pueda abrir la boquita. Ha participado como el que más de la orgía de enchufes. Porque aquello, más que un ayuntamiento parece una central eléctrica de ciclo combinado, con ambos partidos de izquierdas colocando a su personal.

Hace unos días, los dirigentes de IU firmaron un compromiso ético por la regeneración democrática. Sí, desde luego que otra izquierda es posible. Y además de posible, absolutamente necesaria.

Siempre pierden los mismos

Javier Gómez | 14 de abril de 2011 a las 8:41

Pese al largo centenar de salas de cine que hay en la provincia de Málaga, no pierdan el tiempo buscando en la cartelera la estremecedora, terrorífica y necesaria ‘Inside Job’, la película documental que los críticos del New York Times han definido como una lección magistral de economía y a la vez un sermón de una fortaleza moral que haría temblar cualquier púlpito. No la encontrarán entre la invasión de Torrentes que estos días llena la oferta cinematográfica malagueña. Y sin embargo es probable que este sea uno de los lugares donde debiera ser obligatorio su visionado.

‘Inside job’ es una obra maestra del periodismo, una causa abierta y vista para sentencia contra la mayor estafa de la historia: la burbuja inmobiliaria y financiera que ha hecho más ricos a unos pocos y pobres o más pobres a millones de personas en todo el planeta. A través de decenas de entrevistas, de imágenes de Islandia, de Wall Street, de las urbanizaciones vacías, de los desahucios, de los nuevos barrios de tiendas de campaña en que duermen los parados que lo han perdido todo, Charles Ferguson nos presenta a los principales responsables del fraude. Pocos se escapan de la condena. Los directivos de los bancos de inversión, los analistas de riesgo de Moody’s, Standard&Poor’s y Fitch que dieron su bendición a los fondos basura subprime que después estallaron, los catedráticos de prestigiosas universidades como Harvard o Berkeley que no tenían empacho en recomendar la desregulación de productos financieros como los derivados que llevaron al abismo, a políticos como Clinton, Bush y Obama, sí Obama, que no sólo no cumplieron con su obligación de prevenir la catástrofe sino que mantuvieron y mantienen en altos cargos de la administración estadounidense a algunos de sus causantes y beneficiarios. Todos impunes.

La conclusión del documental deja al espectador sumido en un estado de estupor, rabia, indignación y frustración. Y la certeza de que los poderes públicos suelen ponerse casi siempre del lado de los poderosos y en perjuicio de los débiles. La Costa del Sol es uno de los lugares más dañados por la burbuja inmobiliaria y la corrupción moral y ética provocada por la ambición desmedida que dominó la última década. Y aquí también pierden los débiles. La Audiencia provincial de Málaga, en un fallo tan sorprendente como indignante, acaba de absolver al promotor Ávila Rojas, un empresario de largo currículum delictivo, que acumula condenas e imputado en la operación Malaya, por vender y cobrar a dos familias unas viviendas que nunca llegó a construir. No hace mucho ocurrió otro tanto con Aifos, otra de las empresas bajo sospecha permanente y con múltiples procesos abiertos.

Quizás algún día alguien se atreva a filmar en Málaga un documental sobre la justicia, los promotores y sus víctimas.

Cambio de estilo

Javier Gómez | 12 de abril de 2011 a las 11:16

A fuerza de intentar resumir la realidad en los 140 caracteres del Twitter, a veces a uno no se le ocurre nada mejor que una frase condensada: El Museo Thyssen de Málaga ha pasado del costumbrismo al surrealismo en apenas 18 días. ¿Quién dijo que su colección no era variada?

Por segunda vez en dos meses, tendré además que rectificar un artículo. Si hace un tiempo retiré de las estanterías de internet (en realidad lo maticé) un prisma que pedía cierta esperanza con el nombramiento de Manuel Díaz como concejal de Urbanismo en 2007, ahora toca revisar las palabras dedicadas a Javier Ferrer cuando fue nombrado gerente del Museo Thyssen.

Es una tontería decir que en los museos no funcionan las bicefalias y no puede haber un gerente junto al director artístico. Ocurre en el Museo Picasso, con Elisa Maldonado y José Lebreros,  y de momento no tenemos noticias de una guerra civil soterrada en el Palacio de Buenavista. Y anteriormente estuvieron Francisco Fernández y Bernardo Laniado. Pero sí resulta oportuno señalar que quizás Javier Ferrer se ha contagiado de uno de los defectos del alcalde. O quizás el jefe de gabinete fue el que se lo pegó a De la Torre: una evidente incapacidad para trabajar en equipo y al mismo nivel que otros directivos.

Puede que Ferrer tuviera razón, desde luego no toda, en su pulso con Juan López Cohard en la Fundación Málaga 2016 y el fiasco de candidatura que salió para la Capitalidad Cultural. Y seguro que Carmen Cervera comprobó algunas de sus virtudes durante las obras del Palacio de Villalón. Ferrer es trabajador, tenaz, implacable cuando hace falta, alguien que resuelve los problemas, por mucho que últimamente sea quien los crea. Pero en el conflicto del Thyssen ya no tiene excusas. Cuando uno llega nuevo a un sitio, sea una empresa, una urbanización, una familia o una guerra, hay que asentarse primero, dominar el territorio, conocer y entender a los agentes principales (como eran la directora, María López, y el prestigioso Tomás Llorens), antes de montar un cristo. Si es que es absolutamente necesario hacerlo. Y si encima el guirigay ocurre a poco más de un mes para las elecciones, habrá que certificar que Ferrer se ha convertido en el último año, queremos suponer que involuntariamente, en el peor enemigo de su jefe.