Milonga de la Diada andaluza

Javier Gómez | 7 de diciembre de 2012 a las 12:54

Más de la mitad de la población actual de Andalucía no había nacido el 4 de diciembre de 1977 o era demasiado joven para ser consciente de que estaba viviendo un momento histórico. Dicho histórico sin pretensión alguna de imitar las grandilocuencias con las que se quiere equiparar esa fecha con la toma de la Bastilla, la Declaración de Independencia de EEUU, que tampoco fue para tanto, oiga. A algunos, a pesar de ir en pañales, nos sacaron a las manifestaciones, aunque no recordamos absolutamente nada, por mucho que cada efeméride se nos cuente que allí cerca perdió la vida por una bala asesina un joven de 18 años, el pobre García Caparrós, convertido en mártir y héroe andaluz por su maldita mala suerte. Por eso, cada año a gran parte esa generación de nacidos en la Transición o ya en la democracia nos resulta más chocante tanto golpe en el pecho, tanta nostalgia del pasado y de correr delante de los grises, tanta retórica vacua que aspira a convertir una bonita fecha en una suerte de Diada andaluza. Y especialmente incomprensible resulta escuchar hablar del 4-D a supuestos miembros de esa generación -más por contemporáneos que por compartir inquietudes ni problemas-, como la consejera de Presidencia, Susana Díaz, que tenía 3 añitos ese día pero que, vista su carrera, lo mismo ya ostentaba algún cargo político entonces. No es más que otra prueba de la desconexión total de la clase política con los problemas de la calle. Sí, hace 35 años, un 4 de diciembre, los andaluces hablaron. Pero lo han vuelto a hacer muchas más veces después y ni puñetero caso.

 

Usar aquel recuerdo para hacer oposición al Gobierno es una más de las manipulaciones que se deben aprender en las escuelas de verano de los partidos, si es que acaso allí se enseña algo. Como a crear problemas donde no los hay para distraer la atención de los verdaderos. Tan cortina de humo es la última idiotez del ministro Wert con el catalán, y así hablamos menos del penúltimo engaño del PP con las pensiones, como ese Pacto por Andalucía lanzado unos días después del fiasco de los ERE. Una componenda de Griñán con sindicatos y empresarios que apesta a uno de esos acuerdos por la concertación social con los que han repartido 128.000 millones de euros desde 1993. De euros, han leído bien. Así cualquiera compra la paz social. Y el paro al 35%. Otro éxito imparable de la Junta. ¿De veras podemos estar tan orgullosos del autogobierno treinta años después? ¿En serio nos damos palmaditas en la espalda por las inversiones acometidas gracias a los fondos de la UE? ¿Nos vamos a quejar del centralismo de Madrid cuando en la región se ha implantado uno aún más férreo? Va siendo hora de admitir alguna responsabilidad en la gestión autonómica. Y de reconocer que ni esto es el sueño que nos cuentan ni existen fórmulas mágicas e indoloras para salir de la crisis. Si en el PSOE hubiera tantos premios Nobel de Economía como parece quizás no estaríamos en este pozo.

 

Cuando el cielo cae a menudo sobre nuestras cabezas

Javier Gómez | 19 de noviembre de 2012 a las 17:45

EN unos tiempos terribles en los que la palabra desahucio protagoniza a diario la actualidad, los ríos y arroyos de Málaga también parecen más activos en lo que antes hacían cada cuatro o cinco años: reclamar las escrituras de lo que es suyo. Hay poco que el hombre pueda hacer cuando la madre naturaleza desencadena toda su furia, como ocurrió en la larga mañana de ayer. Cien litros por metro cuadrado en doce horas, y más con un suelo saturado, provocan una inundación, aquí y en cualquier lugar del mundo. Otra cuestión es si la acción e inacción humanas ha empeorado las cosas en Málaga, donde seguimos sin aprender la lección que nos llega riada tras riada.

 

Claro que ha habido notables avances desde la catástrofe de 1989. Quien opine lo contrario desconoce la realidad y no vive en Guadalmar. El millonario y complejo encauzamiento del Guadalhorce, así como la presa de Casasola, han evitado muchos y mayores disgustos. Especialmente este otoño. Pero quedan muchísimas cosas por hacer, la mayoría a cargo de la Junta de Andalucía. Porque podemos criticar la mayor o menor inversión de los ayuntamientos de la Costa del Sol en la mejora de sus sistemas de alcantarillado, si han destinado el suficiente dinero en los últimos años de abundancia a la separación de pluviales y fecales, si han sido todo lo prudentes que hubieran debido ser a la hora de autorizar urbanizaciones y construcciones. Pero no podemos olvidar que además de tratarse de obras costosísimas, y más en los centros históricos -en Carretería parte del alcantarillado sigue siendo el medieval-, ayer también se hubieran colapsado con la tromba de agua que cayó sobre la ciudad.

 

También podemos hablar, y mucho, de la necesaria limpieza de los cauces, que cada año enfrenta a la Junta y a los ayuntamientos. Limpios o no, lo que importa es lo que ocurre en la cabecera y parte media de las cuencas, donde el agua gana su fuerza. El principal problema, y lo vienen predicando en el desierto desde hace años profesores de la Universidad de Málaga como José Damián Ruiz Sinoga o Baltasar Cabezudo -estaría bien que el alcalde contribuyera más al progreso de la UMA en lugar de andar criticándola en público en el extranjero-, está en la corona metropolitana de Málaga y su alarmante deforestación. Nos fijamos en las alcantarillas taponadas y olvidamos que es la rápida y grave erosión de los montes lo que las colapsa. De acuerdo, no es un tema tan apasionante y polémico como Tabacalera, ni provoca molestias diarias como los atascos, ni lo vemos todos los veranos en las playas como las natas de nuestro fallido saneamiento. Pero la pérdida continua de suelo no sólo está reduciendo dramáticamente su capacidad de retención del agua en caso de fuertes aluviones, también hace más complicada la solución: plantar árboles y matorral mediterráneo de una maldita vez.

 

Hace ya casi quince años que la Junta presentó el plan de defensa de Málaga contra las inundaciones, el mal llamado Cinturón Verde -con ese nombre, algún insensato pensó que se trata de un capricho ecologista-. Consistía en multiplicar por seis la superficie forestal de Los Montes de Málaga, un parque artificial que se plantó precisamente para eso, para defender la ciudad de las riadas, pero que lógicamente se ha quedado pequeño con el crecimiento de la ciudad. Una buena y necesaria idea que no se ha desarrollado nada, salvo aquella aberración llamada Parque Ciudad de Málaga que enriqueció a unos pocos en Las Virreinas y consistió en plantar ornamentación y pocos árboles. Y los pocos que se plantaron, para mayor escándalo, ya estaban muertos y procedían de otro horror: Colinas del Limonar.

 

Porque si la inacción reforestadora tiene gran parte de la culpa, la misma o más la tiene el urbanismo salvaje que se ha practicado en montes y laderas. Parque Victoria fue un buen ejemplo de ello. Y no escarmentamos. Después se aprobó la barbaridad cometida en Altos del Limonar, un atentado ambiental impropio de estos tiempos. Y que sigue simbolizando la burbuja inmobiliaria en la capital de la Costa del Sol. Ayer buena parte de los restos de esas colinas arrasadas volvió a acabar en la playa de La Caleta.

 

Cuando el cielo cae sobre nuestras cabezas, como ayer, no tiene clemencia con los errores ni los olvidos. Si uno de los símbolos de la ineficacia de nuestra administración, en este caso del Ayuntamiento, se encuentra en la zona acomodada, el otro estaba en el extremo opuesto de la ciudad: Los Asperones. La lluvia obligó a desalojar y refugiar en una iglesia a varias familias del último reducto chabolista, que la Junta de Andalucía lleva más de veinte años prometiendo desmantelar. Un incumplimiento ante el que el Consistorio no es nada guerrero. Como el monte sin reforestar, como las alcantarillas, a esa gente apenas la vemos muy de vez en cuando. Y ni gana elecciones ni la queremos ver.

La Justicia de Nottingham

Javier Gómez | 19 de noviembre de 2012 a las 17:43

EN su cruzada de podas directa al precipicio, no queda matorral en el bosque público que el Gobierno de Mariano Rajoy no haya recortado. Y aunque los expertos económicos coinciden en la necesidad de luchar contra el déficit y hacer viable un Estado que era insostenible, también la mayoría se echa las manos a la cabeza ante la insensatez de acometer todos los ajustes a la vez, cercenando cualquier brote de crecimiento. Ha habido recortes para todos los gustos y de distinta intensidad. Los más tenues, curiosamente, los que parecían más obvios. Coches oficiales, cargos de confianza, puestos de designación política, administraciones públicas que se superponen -en Italia Monti ha reducido las provincias de 85 a 51 y por aquí aún leemos absurdos como la constitución de nuevos ayuntamientos en aldeas de 500 habitantes-. Por no hablar de la incólume lista de privilegios de la clase política, desde las pensiones hasta los ipads perdidos, por más que un diputado socialista andaluz haya insinuado que quien se indigna con esas minucias es poco menos que antidemócrata.

 

Ha habido tijeretazos dolorosos contra el Estado de bienestar en salud, dependencia y cultura, y también tiros en el pie, medidas suicidas como disminuir la baja inversión en educación e investigación, las dos únicas salidas factibles a la crisis. Pero si hay una medida injusta, un atropello contra el Estado de Derecho, la Constitución y la igualdad de los ciudadanos, es la que fue aprobada el miércoles por el Senado, casi a hurtadillas entre el ruido de la huelga. La ley de tasas judiciales, contra la que han protestado -muy solos- los abogados, fue llamada por la prensa ley del copago judicial. No estuvimos finos. No se trata de pagar un euro cada vez que uno pise, dios le libre, un juzgado. Consiste en un incremento brutal, con subidas de entre 50 y 750 euros y que superan el 100% en algunos procesos y apelaciones, así como la inclusión de las personas físicas. Ruiz-Gallardón explicó que su intención es desatascar los juzgados, aunque no dijo que pretende conseguirlo convirtiendo la justicia en un bien de lujo al alcance de unos pocos. Si, medio en broma, medio en serio, los letrados siempre señalan a sus clientes el factor de azar de todo juicio, con su parte de lotería, ahora habrá que acudir al tribunal como al casino de Montecarlo. No todo el mundo podrá apostar.

 

De todos los servicios públicos, el de Justicia es el peor valorado. Busquen a un ciudadano que haya salido satisfecho de la terrible experiencia de un pleito. Cualquiera prefiere una visita al dentista. En los tercermundistas retrasos de los procesos mercantiles, civiles y contenciosos, se desangra la economía y se escabullen los morosos. ¿Cuántos parados habrá detrás de esos legajos pendientes de resolver que acumulan polvo en los juzgados? Uno de los principales problemas de nuestra democracia quiere el Gobierno solucionarlo a lo sheriff de Nottingham. Y todo para recaudar 300 millones de euros al año, calderilla si de lo que se trata es de prostituir, más si cabe, la Justicia.

De Obama a la Pantoja

Javier Gómez | 9 de noviembre de 2012 a las 19:21

Los analistas se han puesto de acuerdo en las razones del triunfo de Obama. No sólo su reacción ante el huracán Sandy frente a la dejadez de Bush tras el Katrina. El electorado también tuvo muy en cuenta las meteduras de pata de Romney. El candidato millonario se negó a hacer pública su declaración de la renta y sin embargo despreció al 47% de los ciudadanos, los que no pagaban ese impuesto. “Se creen víctimas, creen que el Gobierno tiene que cuidar de ellas”, dijo. En el cinturón industrial tampoco sentó nada bien un artículo que publicó en el New York Times en 2008 en el que pedía dejar quebrar a Detroit. Hay pocas cosas que un americano ame más que los coches y odie más que los impuestos, así que Obama también se la jugó cuando rescató con dinero público la industria automovilística. Pero si algo ha pagado caro Romney ha sido la radicalidad del Tea Party y de algunos compañeros. “El cuerpo femenino tiene mecanismos para cerrarse del todo ante una violación legítima”, dijo Todd Akin contra el aborto. No le tiraron ningún vademécum a la cabeza, por más ganas que tuviera algún asesor de la campaña. “Los embarazos tras una violación son porque Dios quiere que sucedan”, le siguió otro republicano que también se ha quedado fuera del Senado, Richard Mourdock. No le cayó ningún rayo encima. Seguro que Dios se contuvo.

 

A menudo solemos juzgar lo que ocurre en Estados Unidos desde una atalaya intelectual. Y sin embargo, tenemos tanto que aprender de esa democracia. Criticamos el dinero que mueven las elecciones y los lobbies. Pero no hay mayor derrotado en estas elecciones que ese dinero y que Sheldon Adelson, el magnate de Eurovegas, el que más pasta puso sobre el tapete. Unos 60 millones de dólares aportó para hacer campaña contra Obama. El demócrata se enfrentó a publicidad negativa financiada por entes ajenos al Partido Republicano por 386 millones, aunque hay quien apunta que ésta puede generar el efecto contrario: si esta corporación o tal pseudomafioso no quiere que ganes, yo estoy contigo.

 

Si allí un error grave acaba con un candidato, en España no se conoce aún la profundidad del pozo moral, ético o intelectual en el que un político debe caer para que le pase factura en las urnas. Debe llevar el país a la ruina, como Zapatero, y luego hasta el infinito y más allá, como parece pretender Rajoy. Por una vez, eso no es culpa de los políticos. Para que la democracia funcione, el ciudadano tiene la obligación de estar informado y no entregar su alma a un partido como si fuera su equipo de fútbol. En Marbella, Jesús Gil ganó varias elecciones a pesar de que la prensa llevaba años publicando sus desmanes. Incluso tras pasar por la cárcel venció. Y luego lo hizo Julián Muñoz, tan popular como Gil gracias a su noviazgo con Isabel Pantoja. Esta semana, el llanto de la tonadillera al perderse el nacimiento de su nieto por estar siendo juzgada por blanqueo ha competido en horas de televisión con la victoria de Obama. Seguro que sus lágrimas sí las ha visto toda España.

Cuentas, cunetas y alces

Javier Gómez | 2 de noviembre de 2012 a las 12:58

ESTA semana me invitaron a un curso de conducción organizado por una marca alemana con la idea de probar esos acrónimos que tanto han mejorado la seguridad al volante. La idea de ellos, ilusos, era vender coches que cuestan un dineral y que cada vez se alejan más de la clase media española en peligro de extinción. Antes de dejarnos los deportivos en un circuito en el que pisaríamos a tope el freno, pegaríamos el volantazo de la prueba del alce -ese imprevisto que se cruza en la carretera-, y derraparíamos en una curva cerrada con agua, los instructores ofrecieron una clase teórica. Y de todas las nociones básicas de seguridad, resulta que la fundamental tiene mucho de psicología. “Cuando tenemos un problema en la carretera, siempre nos fijamos en el único pino que hay en el campo o nos obsesionamos con el guardarraíles. Es la forma más segura de acabar estampados contra él. Lo que hay que hacer siempre es buscar la salida, mirar hacia dónde queremos llevar el coche. Con eso gran parte del problema está resuelto”. Las palabras del profesor, y el poder del subconsciente, se demostrarían después en la pista.

 

Seguro que es mucho más complicado, y muchísimo menos divertido, elaborar un presupuesto. Pero revisando las cuentas de la Junta de Andalucía para 2013, como anteriormente hiciéramos con las del Gobierno central, uno no puede dejar de preguntarse si el piloto está mirando la salida del problema o se ha obsesionado con la cuneta. Que vamos hacia ella es la sensación que dejaron tanto las ruedas de prensa provinciales, como la central de la consejera Martínez Aguayo, como el powerpoint disponible en la web. Sobran las excusas y las culpas al resto del mundo, al alce, y falta información. Como siempre. Las cuentas andaluzas nunca han sido un dechado de transparencia, sino de maquillaje, un ejercicio de malabarismo contable con menos crédito que la próxima empresa de la familia Ruiz-Mateos. Intenten encontrar las partidas de cada proyecto. Con todo, lo importante en un presupuesto, como en una carrera, es cómo se acaba. Así que sería conveniente que en cada presentación presupuestaria, en lugar de perder tanto tiempo culpando a Rajoy, Merkel, Draghi, Lehman Brothers y al cha-cha-chá, se emplearan unos minutos en hablar del cumplimiento del presupuesto en vigor. Sólo por saber la credibilidad del siguiente, oiga.

 

¿De qué vale tanto alarde de responsabilidad y compromiso con la creación de empleo si la Junta se ha financiado los últimos años a costa de sus proveedores, si ha machacado a cientos de empresas con sus impagos? ¿A cuento de qué presumir de gasto social cuando tantas ONG que sostienen parte de nuestro Estado de bienestar las están pasando canutas porque no llegan las ayudas comprometidas? ¿Cómo se saca pecho de que aquí no se cierran hospitales cuando sí se cierran camas y no se abren los centros terminados?¿Para qué la autonomía si luego no tenemos nunca responsabilidad de los problemas?

Pantalones que arden

Javier Gómez | 19 de octubre de 2012 a las 17:42

POLITIFACT.com es una web del diario Tampa Bay Times, que a su vez es propiedad del Poynter Institute, una de las escuelas de periodismo más prestigiosas del mundo. En 2009, apenas dos años después de su creación, esta fenomenal publicación tan periodística como democrática ganó el premio Pulitzer. Bien merecido. Separando la verdad en política, dice su lema. Se trata de un vigilante fabuloso, y divertido, de las promesas y declaraciones de los políticos estadounidenses. Tiene un Verdadómetro en el que las clasifica: verdadero, mayormente cierto, media verdad, mayormente falso, falso y mentira cochina -la expresión equivalente en inglés, pants on fire, siempre me fascina-. También destaca cuándo los cargos públicos cambian de opinión o dan un triple salto mortal, como por ejemplo Obama con el matrimonio gay: “A favor, en contra y a favor de nuevo”. Los comentarios que incluyen sus periodistas son certeros e incisivos, sin miedo a reprender a los políticos cuando mienten. “Repetir esa frase una y otra vez no va a hacerla verdadera”, le reprochan a Romney. Y no suele haber nada más falso que un político parafraseando a otro. Tras la victoria del demócrata en 2008 también crearon el Obámetro, en el que reunieron las más de 500 promesas que hizo en campaña para ver su cumplimiento. A la fecha, ha cumplido 192, el 38%, se ha comprometido con otras 76 (15%), ha roto 86 (17%), tiene bloqueadas 45 y aún trabaja en 107.

 

En España los incumplimientos y las mentiras de los políticos son tan habituales que lo tenemos asumido con un dicho: las promesas sólo comprometen a quien se las cree. Y hay que mentir mucho, y reiteradamente, para que pase factura. ¿Imaginan un politifact español? Seguramente a Rajoy le arderían los pantalones tras cada rueda de prensa. ¿Cuál sería el grado de cumplimiento de las promesas electorales de José Antonio Griñán? -presidente, por cierto, tienes pendiente volver a dos residencias de ancianos, como prometiste-. ¿En qué categorías entrarían las declaraciones de Mario Jiménez, de Valderas, de Susana Díaz, de Sánchez Gordillo? Nos pasaríamos días riendo. Por no hablar de la necesidad de un medidor de promesas en Andalucía. Cada campaña llueven hospitales, el tren de la Costa del Sol, los metros de Sevilla, Málaga y Granada, el tranvía de Cádiz, los AVE a Huelva y Granada, la SE-40, la autovía del Mediterráneo cuya falta convierte en un martirio ir de Motril a Almería, el palacio de congresos de Córdoba….

 

Hace días cayó en mis manos una entrevista a Harold Burson, fundador de la agencia de relaciones públicas más importante del mundo, Burson Marsteller. El viejo experiodista, con 91 años, se quejaba de que los gobiernos “prometen demasiado” pese a que saben que no podrán cumplir. “Eres lo que haces y no lo que dices, tus hechos tienen que sostener tus palabras”, decía. Debería ser la primera regla de oro de todos los directores de Comunicación. Y de nuestros políticos.

‘Andalucizar’

Javier Gómez | 12 de octubre de 2012 a las 18:55

¿Qué es ser andaluz? Llevo una semana haciéndome la pregunta y soy incapaz de responderla. Y ahora que mi hijo ha empezado el colegio, temo el día en que me la lance a la cara. Hace una semana fui a la primera reunión de padres y madres, en la que entre otros muchos temas -las mochilas, los pipís, los popós- salieron las actividades que se realizan y se destacó como principal la semana cultural andaluza. Esos días en los que la Consejería de Educación marca la ambigua pero obligatoria directriz de “trabajar la cultura andaluza” -de aquí a las ikastolas hay un paso-, los más pequeños dibujan corridas de toros, bailes flamencos y procesiones de Semana Santa. Y como evento estelar, el desayuno típico andaluz, que consiste en que los escolares coman pan con aceite vestidos de andaluces: ellas de faralaes y ellos de romeros. Al fin y al cabo, si uno ha zapeado durante los últimos veinte años, esa es la imagen del andaluz transmitida por Canal Sur. ¿Ser andaluz es pasarse la vida de feria, papá?, me podría preguntar mi hijo. Y si llegara a esa conclusión tras ver una caricatura nuestra en la televisión catalana, vasca o madrileña, se me llevarían los demonios por la ofensa. Pero que lo haga porque es lo que le enseñan en el colegio y en la nuestra merece un exorcismo.

 

¿Qué es ser andaluz? ¿Qué tienen en común un malagueño y un sevillano, un almeriense y un gaditano, un onubense y un granadino? Espero que algo más que las fiestas típicas. Si algo compartimos los andaluces es la frecuencia con la que nos sentimos agraviados, ridiculizados. Alguien con acento andaluz no interpretará a un médico o una abogada en una serie. Estadísticamente tiene todas las papeletas de ser la chacha, el vago, el que cobra el PER mientras juega al dominó. Son tópicos que nos indignan, pero no somos conscientes de que nosotros etiquetamos con la misma alegría a catalanes y vascos. Y juraría que no hay nada mejor para construir la identidad nacional que los ataques externos, los tópicos injustos, las generalizaciones ignorantes. En Andalucía tendemos a considerar insolidarias a las comunidades nacionalistas, aunque habría que vernos si los ricos fuésemos nosotros. Nos parece, eso sí, de lo más natural y justo exigir por Estatuto al Gobierno central que invierta aquí como mínimo el equivalente a nuestra población. Sin considerar si ese criterio, que casualmente nos beneficia, perjudica a otras regiones y sin preguntarnos por qué la Junta no lo utiliza también para repartir sus inversiones por provincias. En Andalucía nos molestamos mucho cuando alguien se ríe de cómo hablamos. Pero luego hay quien se ofende con demasiada rapidez cuando catalanes y vascos usan su lengua materna.

 

Sin saber muy bien qué es ser andaluz, en Andalucía creemos tener muy claro en qué consiste ser español. Pero no hay una sola respuesta correcta para esa pregunta. Simplemente es mejor no hacérsela.

‘Patapúm parriba’

Javier Gómez | 8 de octubre de 2012 a las 17:28

POR definición, ninguna amnistía puede resultar del todo justa, salvo que las leyes incumplidas a las que se refiera el indulto fueran aberrantes y abusivas, propias de una dictadura. No era ni mucho menos el caso de la actual Ley de Costas, que se enfrentó en los 80 al tremendo desafío de recuperar nada menos que los 8.000 kilómetros de litoral español para el dominio público -parece absurdo tener que recordar que eso significa de todos, pero hay que hacerlo- y poner orden en un frente marítimo caótico que muchos creían de su propiedad exclusiva. Una ley imperfecta, como casi todas, con sonoros fracasos más achacables a la falta de medios para hacerla cumplir que a su filosofía progresista y modernizadora. Porque ahora nos podemos echar las manos a la cabeza ante la idea, pero basta un viaje a la vecina Italia para comprobar que en nuestro entorno más cercano sigue habiendo playas privadas, en las que o bien hay que pagar para acceder o directamente no te dejan pasar. Algo que, afortunadamente, ni entiende ni comparte ningún español.

 

La reforma de la ley de Costas aprobada por el Gobierno del PP es, posiblemente, una de las actuaciones más salvajemente liberales que ha acometido en este año el Ejecutivo de Rajoy. Y eso es mucho decir. Se regala lo que es de todos o se vende a precio de saldo, y a la hora de afrontar los problemas más acuciantes, se juega a la fea táctica del patapúm parriba, el clásico juego de quien no tiene más ideas que la cobardía y la marrullería. Las concesiones que caducaban masivamente en 2018 se renuevan otros 75 años, una forma de evitar muchos derribos necesarios y de perpetuar la propiedad privada de un bien público como son las playas. Cuando vayan a concluir las futuras concesiones, el mar se lo habrá llevado todo por delante.

 

En Málaga, donde quejarse por la desaparición de la arena de las playas -cada vez más artificiales- es el pan nuestro de cada primavera, esta reforma era largamente esperada por dos asuntos casi identitarios: los chiringuitos y las casas de Pedregalejo y El Palo. Y como ocurre casi siempre con esos temas, se han mezclado churras con merinas y en la confusión del rebaño se han colado muchos aprovechados. Suele pasar cuando el pastor además es un demagogo. Lo admitía un portavoz vecinal, al señalar que no son lo mismo las familias que llevan más de un siglo viviendo en el antiguo barrio de pescadores que quienes acaban de llegar con fines especulativos, quienes han construido o reformado pequeñas viviendas hasta hacerse casoplones, con la permisividad cómplice del Ayuntamiento.

 

En cuanto a los chiringuitos, sí, mantienen miles de puesto de trabajo y constituyen un atractivo turístico para nuestras playas. Pero conviene no olvidar que son un negocio privado que se asienta sobre eso, nuestras playas, y que pueden suponer un grave caso de competencia desleal con los empresarios hosteleros que están a pocos metros. Arrogándose unos derechos históricos que en puridad son tan defendibles como los de los okupas desalojados esta semana de los Baños del Carmen, algunos, muchos, han cometido grandes abusos, como si la arena fuera suya, y la mayoría prefiere olvidarse de cuando vertían sus aguas residuales en pozos negros, algo con lo que, por cierto, acabó la ahora denostada ley.

 

Resulta muy instructiva la visita a la sede de la Demarcación de Costas de Málaga para examinar detenidamente la colección de fotos que allí dejó su viejo jefe, y uno de los redactores de la ley en los 80, Luis López Peláez. Las chabolas mal llamadas entonces chiringuitos que desmanteló y cómo se han perdido las grandes playas de la Costa del Sol en los últimos cincuenta años por la voracidad urbanística.

 

López Peláez se jubiló con la espina clavada de no haber podido derribar una de las grandes aberraciones levantadas en la Costa del Sol: el hotel Marymar que un empresario construyó sobre la arena en Benalmádena. Más tarde lo compraría Unicaja y lo convertiría en una residencia de ancianos. Inviable, por cierto, por sus altos costes de mantenimiento. Allí sigue en pie, testimonio de la incapacidad de unos y otros para hacer cumplir una ley compleja pero bienintencionada, a la que sucederá una tabla rasa indecente que mantiene muchos agravios y crea otros nuevos. Y la llaman sostenible…

España la zombie

Javier Gómez | 6 de octubre de 2012 a las 0:17

La imagen, en el mundo de los negocios, no es sólo importante. A menudo es lo más importante. Y si cuesta mucho esfuerzo, tiempo y dinero construirla, se puede destruir en dos telediarios. Qué digo en dos, en uno. La marca España es el mejor ejemplo. Podemos considerarla oficialmente apestada. Me lo contaba, humillado, un amigo empresario al que una firma francesa no le envía sus productos si no paga por adelantado. “Ven que soy español y casi tengo que suplicarles para que me vendan”, dice. Sea justo o no, nadie quiere estar junto a un enfermo contagioso, que se le acerque uno de esos zombies de The Walking Dead. Y siempre ha sido parte de las campañas de liderazgo de los matones meterse con los débiles, los discapacitados, los gordos, los pobres, los feos, los piojosos.

Así lo entendió Romney, como antes Sarkozy con Hollande, cuando nos introdujo con calzador en su debate con Obama: “España gasta el 42% de su economía en el Gobierno. Nosotros (EEUU) estamos gastando ahora el 42%. Yo no quiero seguir el camino de España”. Lástima que Obama, tan espeso que perdió el debate, no llevara hechos los deberes. ¿No quiere usted seguir el camino de Alemania, señor Romney? ¿Ni el de Noruega, Suecia, Holanda o Dinamarca, los mejores países del mundo para vivir, según la ONU? En realidad, según Eurostat, en 2011 España fue incluso más gastosa de lo que dijo el millonario republicano: llegó al 43,6%. Aunque esa cifra fue dos puntos inferior a la alemana y seis menos que la media de la UE. Y desde luego mucho más austera que la danesa (57,9%), francesa (55,9%) o finlandesa (54%). Todos países derrochadores que deben de ser un infierno para vivir según la filosofía de Romney, que evitó meterse con ellos para no parecer un palurdo, un redneck. Pero la política hace mucho que se apropió de la máxima periodística de que no dejes que la realidad te estropee un buen titular. Y meterse con España vende aunque se haga con argumentos falsos.

El Gobierno ha intentado sacar nuestra imagen de la miseria paseando al Rey Juan Carlos por la redacción de The New York Times -querida Old Gray Lady, apuesto a que hay muchas más personas buscando comida en los contenedores de basura en Estados Unidos- y a Rajoy por The Wall Street Journal, tras fumarse un puro junto al Radio City Music Hall. Vistos los zurriagazos recibidos a posteriori, no parece que la misión de relaciones públicas tuviera éxito. Quizás la visita idónea hubiera sido a Madison Avenue, a buscar a un Don Draper que saque la palabra España del lugar en el que se encuentra ahora en el imaginario colectivo mundial y que nos haga otra vez atractivos y seductores. Un publicista que venda, a lo carrusel Kodak, lo que somos: un país en dificultades pero solidario, que aguanta de pie y en la tormenta un sistema público sanitario, educativo y social que sigue siendo mejor que la mayoría. Un país con empresas líderes y muchos campeones más allá del deporte. Y sí, pobre, desgraciado, en políticos.

Líneas rojas

Javier Gómez | 28 de septiembre de 2012 a las 18:21

HAY distintos escenarios cuando el barco se hunde, una situación que, como cualquier otra desesperada, mide el valor de las personas y las sociedades. Es habitual que el pánico y el caos barran la cubierta y que tanto el pasaje, descontrolado, como la tripulación, indisciplinada, se dediquen al clásico sálvese quien pueda. Que por cierto es la forma más segura de que se salve menos gente. Existe también la posibilidad de que, por incapacidad del capitán o conflictos anteriores, estalle un motín mientras la nave se va a pique. Algo bastante inoportuno si no se quiere acabar en el fondo del mar. Pero a veces, ante el desastre, ocurre que hay un buen líder y oficiales que diagnostican y jerarquizan los problemas y sus soluciones. Llamen a la nave España y contemplen las múltiples vías de agua en su viejo casco. Algunas salen por antiguas grietas mal calafateadas, como el independentismo catalán. Si alguna responsabilidad hay que exigirle al capitán es que acierte a tapar primero los mayores agujeros.

Tanto Rajoy como Zapatero pensaron que la gran amenaza se llamaba déficit, y en consecuencia las bombas de agua achicaron gastos e inversiones. Pero el buque se siguió hundiendo. Luego pensaron que el boquete más grande era el de las cajas. La banca alemana y francesa, principal acreedora, aplaudió cuando pedimos ayuda para taparlo, porque íbamos a arrastrarla con nosotros. Pero el rescate nos deja con el agua al cuello, porque aún no nos damos cuenta de que la brecha más peligrosa es la del paro y que se agranda con cada orden de austeridad.

 

Los expertos señalan que España sufre un grave problema de competitividad. Hay dos formas de mejorarla: competir con los países pobres, bajando salarios y subiendo horas de trabajo, o con los ricos, apostando por la educación y la investigación. Ya saben cuál es la elección del Gobierno. La educación, mientras, sigue siendo el gran problema que no afrontamos. Cada partido cae en la tentación de reformarla cuando llega al poder, y lo hace sin consenso. Chocamos siempre con el mismo arrecife ideológico, llámenlo Religión o Educación para la Ciudadanía, de forma que el debate no gira nunca sobre lo importante, la necesidad de impartir más horas de Matemáticas, Física, Literatura o Arte, o de añadir el alemán o el chino como idiomas.

En Andalucía, la tierra de las líneas rojas de la educación y la sanidad que Griñán se comprometió a no cruzar -debería mirarse ahora la planta de los pies-, las universidades piden auxilio, que se ahogan, por la morosidad de la Junta, que les debe 750 millones. Y en los institutos tenemos profesores de Francés dando clases de Inglés, o de Biología impartiendo Matemáticas, por culpa de un decreto que ha subido las horas lectivas pero reducido las plantillas y la calidad de la enseñanza. Firmado por el mismo ministro Wert que dice que no faltan recursos en la educación mientras la recorta en 6.000 millones de euros. Puede que salgamos de ésta. Pero con este rumbo el naufragio está garantizado en el futuro.