‘Mou’ de la Torre

Javier Gómez | 1 de marzo de 2012 a las 20:00

Puede que, camino de los 12 años como alcalde, la principal virtud de Francisco de la Torre también se haya convertido en su mayor defecto. A fuerza de contar con una memoria prodigiosa de la que presume a menudo, el regidor parece haber olvidado que los demás seres humanos también tienen hipocampo. Más pequeño que el suyo, pero hipocampo al fin y al cabo. Sólo así se explica la alegría con la que el alcalde dice en ocasiones una cosa para luego hacer la contraria, o viceversa, envalentonado como si existiera una epidemia de amnesia colectiva. Hace unos meses, en una de las mejores intervenciones de las muchas que le he oído, De la Torre, en plan ministro, analizó los muchos errores cometidos por el país, apostó por la educación como baza principal del progreso, y abogó por los contenidos en lugar de los continentes, criticando el enorme despilfarro en infraestructuras inútiles. Lástima que gran parte de lo dicho entrara en grave contradicción con lo hecho. Al alcalde de los carísimos continentes (Tabacalera, 40 millones, Gerencia de Urbanismo, 36, Astoria, más de 25) hace tiempo que se le acabó el crédito para sentar cátedra sobre rentabilidad y productividad de las inversiones públicas.

 

A De la Torre aún no le ha pasado factura electoral su gran volubilidad y su tendencia a interpretar al capitán Renault de Casablanca. Ya saben, “Qué escándalo, qué escándalo, aquí se juega”. Hace poco lo vimos con esa repentina “mentalización” de lo inadmisibles que son esos puestos hereditarios en Limasa fijados por convenio. Un escándalo que él conoce perfectamente y tolera desde hace años. O lo fácil que le fue dar ese giro de contorsionista para pasar de alcalde 24 horas a alcalde y senador a tiempo parcial y luego a alcalde, senador y presidente de comisión. Luego está su posicionamiento ante la justicia. Siempre ha subrayado tener el “máximo respeto” a las decisiones judiciales. Siempre, claro está, que no le sean desfavorables. Porque no tuvo reparo en acusar el Tribunal Supremo de cometer un “error de bulto” cuando absolvió a los socialistas por el caso Garabato. Ni tampoco se ha abstenido de sembrar dudas sobre la imparcialidad de los jueces y fiscales que dictaban resoluciones en su contra. Ocurrió con la investigación sobre su exconcejal de Urbanismo y delfín, Manuel Díaz, ya archivada, y ahora vuelve a hacerlo con la imputación de Teresa Porras, viendo fantasmas socialistas donde ni los hay ni se les espera. Hace casi dos años bautizamos a la edil como Materazzi Porras por su papel de dura fajadora del PP. Habría que empezar a llamarla Pepe Porras. Y al alcalde, Mou de la Torre. Está feo cuestionar siempre a los árbitros.

Elección

Javier Gómez | 24 de febrero de 2012 a las 14:57

En los próximos días miles de padres se enfrentan, nos enfrentamos, a una de esas decisiones a priori tan importantes que te paralizan de miedo, te angustian, te roban el sueño: la elección del colegio de tus hijos. Ya no se trata de si le das leche materna o biberones, de cómo lo vistes o de si le permites atiborrarse de gusanitos y otras chucherías de vez en cuando. Por primera vez hay una elección ineludible, un cruce de caminos en el que la dirección que escojas determinará de una u otra forma, puede que de manera decisiva, el futuro de quien más quieres en este mundo. Es un momento aterrador, y por tanto miles de padres y madres andan, andamos, de los nervios estos días. Como en cualquier decisión difícil, hay múltiples factores que se conjuran para complicarla. Aunque por lo general prima la cercanía a casa (una sabia elección, según los pedagogos), a veces no resulta tan sencillo. Durante los meses anteriores todos hemos recopilado muchos informes orales de amigos, vecinos, conocidos e incluso enemigos, sobre los centros educativos cercanos, lejanos y a media distancia. Y puede que el que te pilla al lado no tenga precisamente las mejores referencias. Luego está otro de los dilemas serios: educación pública, concertada o privada. Una cosa es lo que se piense y se opine y otra es jugar a la política con tus hijos. Habrá quien piense que a tenor de lo que está ocurriendo en Valencia y en otras comunidades no parece que corran los mejores tiempos para nuestras otrora excelentes escuelas públicas. Para quien puede permitirse el lujo, o se aprieta el cinturón para hacerlo, los diecinueve colegios extranjeros bilingües conforman una oferta cara pero tentadora. El niño hablará inglés, francés o alemán, o incluso los tres idiomas, como un nativo. Una tremenda ventaja competitiva para un mercado laboral global. De los concertados religiosos, en cambio, se espera una educación a la altura de su tradición de exigencia, aunque a muchos pueda parecernos un sacrilegio que los niños empiecen a dar clases de religión a los tres años, antes que de matemáticas o física, y nos imaginemos a Galileo retorciéndose en su tumba.

No hay padre y madre dignos de ese nombre que no quieran que sus hijos disfruten de más oportunidades, que sean mejores personas y mejores profesionales que ellos, que los superen en cualquier aspecto de la vida. Pero ninguno debe, debemos, olvidar, especialmente estos días, que la educación realmente importante de los seres que más apreciamos se da en casa. Y ningún colegio, sea el más caro de Marbella o el público más humilde, es tan determinante en la forja de una persona como el cariño y el apoyo de su familia.

La cosa

Javier Gómez | 19 de febrero de 2012 a las 22:36

Hasta tiene nombre de monstruo. Y de franquicia cinematográfica. Limasa 1, Limasa 2, Limasa 3: cada pocos años en el contenedor de basura más cerca de usted. Hace bastante tiempo que el principal engendro creado por el Ayuntamiento de Málaga, engordado con la aportación de todos y cada uno de los alcaldes Frankenstein, se volvió incontrolable. No hay regidor ni concejal de Medio Ambiente que no sueñe por las noches con la criatura, una abominación especialmente terrorífica desde que a Francisco de la Torre se le ocurrió aquella genialidad de darle la participación privada a todas las empresas que competían por el pastel.

En la empresa de limpieza municipal se dan todos los factores para la tormenta perfecta. Las dos multinacionales españolas que dominan el sector, FCC y ACS a través de Urbaser, y la principal empresa malagueña, Sando, se reparten el 51% del accionariado. La ciudad, a través del Ayuntamiento, es a la vez accionista minoritario y único cliente. Lo primero no vale para nada más que para poner dinero y para que te dejen sentarte en las reuniones con los mayores, pero sin molestar demasiado. Lo segundo debería otorgar una posición de fuerza al Consistorio para exigir un servicio intachable a buen precio, pero queda anulado por la ausencia de competencia y por un macrocontrato leonino a 16 años en el que Málaga siempre tiene las de perder.

Luego están los trabajadores, que en la práctica hacen lo mismo que la parte empresarial: tener cautiva a la ciudad que les da de comer. Cada cierto tiempo, conocedores de que un estornudo de su comité de empresa resfría al equipo de gobierno de turno, plantean exigencias inaceptables, sabedores por experiencia de que en otros conflictos si hubieran pedido la luna el Ayuntamiento se la habría concedido. Ahí está su convenio, que sería ideal de tratarse de Microsoft, Google o de una exitosa empresa privada, pero que en el caso de una sociedad semipública constituye una vergüenza para los sindicatos, un agravio para el resto de empleados públicos y un escándalo irritante tanto para los parados como para los trabajadores del sector privado que pagan con sus impuestos el servicio de limpieza.

Resulta paradójico que, en esta ocasión, los representantes de los trabajadores contaban pese a todo con gran parte de la razón: era un atropello injusto congelar los sueldos de la plantilla mientras que a la parte privada se le seguía dando su 2% de beneficio garantizado, sí o sí, por contrato -menudo negocio-. Pero cuando las empresas, presionadas por el alcalde, renunciaron a la cláusula, y además aceptaron parte de las demandas sindicales, el comité de empresa se echó al monte con nuevas exigencias, con ganas de mantener la huelga. La más demencial era la de cobrar un plus por estar de baja que en la práctica suponía que quien no trabajaba percibía más dinero que quien lo hiciera. Un incentivo al absentismo fantástico. Una barbaridad más a sumar a la larga lista de privilegios que ha ido tragando la ciudad para no ver su basura volcada en las calles.

Los 1.200 trabajadores de Limasa cobran 17 pagas (cuatro extras más una de productividad), cuentan con 36 días de vacaciones más otros cinco de asuntos propios que, lógicamente, siempre usarán. Perciben pluses casi por ir al cuarto de baño. Uno de ellos es por trabajar el día después de un festivo, cuando se supone que hay más basura por recoger. También se percibe si no se trabaja. Y luego, para escarnio de los mandatarios públicos y sindicales que lo han ido permitiendo y tolerando, sus puestos son casi propiedad de los trabajadores, que los van pasando entre sus familiares o a quien consideren oportuno que lo herede. Nepotismo por convenio publicado en el Boletín Oficial de la Provincia. Como se establece que el trabajador que se jubila designa al que lo sustituye, no hay forma de impedir que se cree un mercado negro de puestos de trabajo públicos. Una aberración de república bananera.

Resulta curioso, y bastante ilustrativo de la talla política de cada uno, que haya sido siempre el representante de IU, Pedro Moreno Brenes, quien haya predicado en el desierto contra los abusos de Limasa. El buen portavoz de la izquierda en esta ciudad no sólo ha arremetido contra la parte privada, sino también contra los atropellos de un convenio laboral inmoral, injusto e insolidario. Ni que decir tiene que es odiado a partes iguales por empresarios y trabajadores de la compañía.

Limasa es un chollo para los privados, que ya han obtenido con ella alrededor de 50 millones de euros de ganancia neta desde 2003, y un premio de lotería hereditario para su plantilla. También un pésimo negocio para la ciudad, a la que le iría mejor municipalizando el servicio, diciendo adiós a las empresas y metiendo en vereda a la plantilla. El sistema actual no tiene ningún sentido si todos los beneficios son privados y todos los problemas públicos.

El tren de Hogwarts

Javier Gómez | 16 de febrero de 2012 a las 19:02

Aeropuertos sin pasajeros ni aviones, estaciones de tren en mitad del campo, costosos convoy de AVE para llevar nueve pasajeros al día. Encantado de conocerse, este país se volvió loco en la última década, comportándose como un nuevo rico, poniendo mármol en todas partes como quien pone grifos de oro y mirós en el cuarto de baño pero luego no puede pagar la hipoteca en cuanto vienen mal dadas. Con los presupuestos inflados de forma ficticia por la burbuja inmobiliaria y el maná de millones de la UE -que debería haberse destinado a hacernos más competitivos-, se han acometido inversiones de dudosa rentabilidad social y económica. Málaga, habitualmente agraviada, no se libra del despilfarro. Sirva como testigo una de las dos estaciones Victoria Kent, cerrada tras un gasto de 12 millones de euros, y esos once kilómetros de la hiperronda con seiscientas farolas que no se han encendido. En los últimos años se han hecho, además de muchas obras imprescindibles, otras tantas absurdas. Pero no se ha puesto ni una maldita traviesa de un proyecto que la Costa del Sol necesita desde los años 70: el tren hasta Marbella y Estepona. Como la locomotora fantasma que lleva a Hogwarts a Harry Potter, el tren litoral suele aparecer una o dos veces al año: cada vez que hay elecciones. Luego si te he visto no me acuerdo. En el año 2000, no nos cansaremos de repetirlo, el entonces presidente de la Junta, Manuel Chaves, lo presentó como su gran proyecto en Málaga. Doce años y seis consejeros de Obras Públicas después el Cercanías no ha avanzado ni un milímetro desde Fuengirola. Se han hecho el estudio de viabilidad (que señalaba la impresionante, y casi increíble, cifra de cien millones de pasajeros al año) y los proyectos. Ha habido reuniones y nuevas promesas se han ido acumulando sobre las antiguas, como la de esta semana de la última consejera socialista, Josefina Cruz -vaya chiste el suyo de que “es una de las prioridades de la Junta”-, y el compromiso de Arenas de que lo hará si gobierna, aunque ya sabemos que las promesas de los políticos sólo comprometen a quien se las cree.

La pesima decisión del agonizante Gobierno socialista de excluir el litoral andaluz del Corredor Mediterráneo, ante la que Griñán debió rebelarse en lugar de aplaudir, casi enterró el viejo sueño. Ahora, electoralista o no, la inclusión del trazado entre los prioritarios por parte del nuevo Ejecutivo del PP constituye una buena noticia para la región y una victoria para los populares malagueños de Elías Bendodo. Ahora hay que empezar a exigir que la promesa, por fin sobre un mapa, se convierta en realidad. Sin prisa pero sin pausa.

Todos nuestros muertos

Javier Gómez | 9 de febrero de 2012 a las 19:00

Hay que hurgar mucho en los pozos negros de nuestra cenagosa historia para encontrar un suceso tan oscuro como el de la huida de Málaga por la carretera de Almería, de la que, mientras España es noticia internacional por el vergonzoso proceso al juez Garzón, se cumplen 75 años. Tiempo que no parece haber sido suficiente para que llegue el necesario reconocimiento de uno de los mayores crímenes de guerra del siglo XX, como fue el bombardeo sistemático e inmisericorde de una población civil que huía despavorida por el temor a la represión franquista. Un pánico plenamente justificado, como después ha atestiguado el cementerio de San Rafael, una de las mayores fosas comunes de Europa e imbatible prueba de cargo contra el genocida Franco y su régimen opresor.

Nada, ni el caos asesino que reinó en la ciudad bajo la República, cuyas sacas describe bien el diplomático y empresario estadounidense Edward Norton en su Muerte en Málaga, puede equipararse a la barbarie de la carretera de Almería. A lo largo de esos doscientos kilómetros de infierno los barcos de guerra golpistas, los aviones y los tanques italianos, se emplearon a fondo contra la indefensa carne y huesos de entre 15.000 y 150.000 -tal es hoy la nebulosa en que aún se mueve el negro episodio- hombres, mujeres y niños. La masa que huía no era un ejército republicano, sino familias, refugiados, viejos que se arrastraban y lactantes que iban en los brazos de sus madres. Murieron -y ahí también bailan las cifras- entre 3.000 y 7.000 personas, dejando miles de heridos, de huérfanos, de muñones y de cicatrices en el alma aún por cerrar.

Meses después, en Guernika, universal gracias a la obra del malagueño Picasso, se calcula que perdieron la vida algo menos de doscientas personas por las bombas de la Luftwaffe. Una diferencia abismal como para no preguntarse por qué el artista escogió ese motivo y no el mucho más brutal y cercano del sur. Quienes tuvimos la suerte de conocer, y querer, a alguna de las víctimas de la desbandá, siempre tendremos marcado su testimonio del sufrimiento. También los relatos, no menos ciertos ni menos dolorosos, sobre los asesinatos de los otros fascistas, los de izquierdas, de quienes apoyaron al bando nacional.

Tres cuartos de siglo después, cuatro o cinco generaciones después, resulta cada vez más absurdo e insano, como quien se arranca una postilla para que no cicatrice nunca una herida que deja en herencia, que sigamos sin darnos cuenta de que las víctimas inocentes duelen y pesan igual. Es inadmisible que cada partido homenajee a los caídos de uno u otro bando, como si no fueran todos nuestros muertos.

El comodín de lo público

Javier Gómez | 2 de febrero de 2012 a las 21:50

SI hay una gran reforma pendiente en este país es aquella que iguale los derechos y deberes de los ciudadanos y de las empresas con los de la administración. Vivimos maniatados por un conjunto de normas, leyes y obligaciones marcado claramente por el poder político, que luego se excluye de su cumplimiento. Un particular o una compañía tienen un plazo fijado, por lo general demasiado corto, para pagar sus impuestos; están a la merced, lógicamente, de cualquier inspección de Hacienda, de Trabajo o de Urbanismo, y si se les ocurre recurrir con un contencioso ante una medida administrativa que consideran injusta, que dios les pille confesados y pacientes: pueden prepararse para un lento calvario de años. Los autónomos tienen que liquidar cada tres meses el IVA de facturas, a veces de instituciones públicas, que en muchos casos ni han cobrado ni cobrarán en muchos meses más; o las empresas privadas competir con las públicas cuando éstas se escapan y saltan los controles de la Inspección de Trabajo -habría que revisar los contratos leoninos que se hacían por horas a médicos del SAS para que no cobraran por los fines de semana o los salientes de guardia-. En definitiva, los dirigentes políticos crean unas reglas del juego que después se saltan a la torera recurriendo al comodín de lo público.

Luego está la tremenda falta de responsabilidad de los partidos ante las grandes cuestiones, que deja al administrado a expensas de la voluntad del dirigente de turno en asuntos capitales que, simplemente, trascienden a la ideología o que deberían resistir a los cambios de Gobierno. Como la política energética, que da más giros que un molino, con la correspondiente inseguridad para los inversores. O esa reforma educativa que el PP acaba de plantear, tan imprescindible ahora como lo era durante los años en los que el socialista Gabilondo casi suplicaba por un acuerdo a los populares, que entonces se cerraban en banda. Si la prosperidad futura de un país se mide principalmente por la calidad de su educación, las posibilidades de éxito son reducidas si cada vez que llega un gobernante a La Moncloa le da por cambiar de arriba abajo el modelo sin el necesario consenso. En un país serio debería ser más fácil reformar la Constitución que el sistema educativo, desde luego bastante más crucial que el control del déficit, por ejemplo. ¿Qué pensarían ustedes de una familia que cada cuatro años cambia a sus hijos de colegio y de método educativo? Pues sencillamente que el resultado no puede ser bueno y que esos niños estarán abonados a septiembre.

El mal menor

Javier Gómez | 22 de enero de 2012 a las 21:40

Para tratarse de alguien que lleva tanto tiempo queriendo ser presidente de la Junta de Andalucía, de alguien incapaz de aceptar la derrota por muy fiel que ésta le haya sido en cada cita con las urnas, se diría que Javier Arenas quiere, secretamente, seguir donde está: en la oposición. Es lo que tiene ser conservador, el inmovilismo viene de casa. Y al fin y al cabo, en realidad uno se encuentra bastante más cómodo señalando los muchos, muchísimos errores ajenos que afrontando la tremenda responsabilidad de gestionar un gobierno y tener que tomar decisiones difíciles. Y además mira que es divertido, y fácil, meterse con el pobre Griñán y sus intentos de achicar con un cubito de playa agujereado la tempestad que se va a llevar por delante el barco del PSOE andaluz.

Arenas lleva tantos años de líder de la oposición que ya hasta parece bueno en su trabajo. Estamos tan acostumbrados a verlo en Canal Sur dando ruedas de prensa protestando como a los programas de Los Morancos. Nos hemos inmunizado. Pero eso no significa necesariamente ni que un especial de los humoristas sevillanos con la duquesa de Alba sea lo ideal para una televisión pública ni que el político de Algodonales sea el más adecuado para presidir el Gobierno andaluz. Desde luego, con posicionamientos como el de esta semana en defensa del alcalde de Alhaurín el Grande, recién condenado por corrupción, resuelve muchas dudas sobre si es digno del puesto. Ante su primera decisión difícil, pero clara, ha suspendido el examen estrepitosamente. Si sin haber llegado aún al Gobierno autonómico el aspirante demuestra que no distingue lo que está bien de lo que está mal, su confusión moral y ética sólo puede empeorar con el paso del tiempo.

Tras poner el grito en el cielo en decenas, cientos de ocasiones, por comportamientos muy criticables, pero todavía no enjuiciados, de los socialistas, a los que los populares piden dimisiones prácticamente por respirar, el líder del PP-A defiende ahora que sería conveniente hacer una reflexión entre los partidos, un “debate franco y sereno”, para ver el alcance de la presunción de inocencia, incluso más allá de la primera condena. No señor. Ningún acuerdo entre formaciones políticas, ningún nuevo ejemplo de la partitocracia perversa que tiene al país donde lo tiene, hurtará a los ciudadanos el derecho a considerar corruptos, con sus ocho letras, a los políticos condenados.

Quizás vaya siendo hora de exigirle a la oposición tanto como a los gobiernos. Y preguntarle a Arenas qué haría si uno de sus hipotéticos consejeros resulta detenido, imputado, procesado y condenado por cohecho, por exigir dinero a un empresario a cambio de una resolución administrativa ventajosa. ¿Lo mantendrá en su ejecutivo hasta que la condena no sea firme? ¿Tendremos que esperar ocho, nueve, diez años, hasta que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo dictamine sobre el último recurso? Arenas y Elías Bendodo, quien también se ha mojado en defensa de Martín Serón, él sabrá por qué, se han retratado. También a su partido. ¿Con qué cara defenderán en su congreso de Sevilla esa carta de compromisos que obligará a sus políticos a dejar los cargos cuando estén inmersos en procesos judiciales que dañen la imagen popular? ¿Se lo va a creer alguien?

Javier Arenas se presenta como el adalid del cambio necesario en Andalucía cuando él es precisamente lo único que no ha cambiado en los últimos veinte años en la escena política andaluza. Promete austeridad cuando los alcaldes de su partido han sido tan derrochadores como los que más -ay, Art Natura-, transparencia cuando algunos de sus colaboradores más cercanos -su portavoz parlamentaria, Esperanza Oña- son referentes de opacidad, y ejemplaridad cuando ante la primera oportunidad desprecia las decisiones judiciales y ampara a un condenado que arremete contra la Policía, la Fiscalía y los jueces.

Es comprensible que el electorado esté harto de los socialistas tras treinta años en los que han construido un régimen que ahora hace aguas, una trinchera de intereses que se resisten a abandonar cuando el escándalo de los ERE habría derribado gobiernos en otros países en los que se tiene más respeto al ciudadano. Como Rajoy, Arenas pretende llegar a la Junta sin más mérito que el demérito del rival. En lugar de como el cambio, debería presentarse como el mal menor. Que nadie reproche nada a los andaluces que se queden en casa el 25-M. Empieza a ser lo más natural.

Arte

Javier Gómez | 19 de enero de 2012 a las 19:38

HAY días en que los acontecimientos parecen confabularse, en que los astros se alinean con el articulista para que todo parezca carne de columna. O de obra de Yasmina Reza. Ayer fue uno de esos. Mientras el Gobierno del PP anunciaba responsabilidades penales para quien gaste más de lo presupuestado, en un intento de meter en la mollera de los políticos el hecho de que los fondos públicos no son un concepto etéreo, sino el dinero finito, contado y cada vez más escaso de todos, en Málaga se abría y cerraba un supuesto museo de las gemas que, a falta de joyas, constituye un monumento colosal al dispendio y al disparate.

Puede que Art Natura siempre fuera una solemne tomadura de pelo, aunque también cabe la posibilidad de que nos encontremos ante una suprema obra de arte. ¿O no ha sido la provocación uno de los grandes motivos artísticos, desde Manet a los dadaístas, desde Miguel Ángel a Hirst? Habría que admitir entonces que los señores de Royal Collections, la promotora del presunto centro cultural, se han superado. Bravo. Cual Fura del Baus, han logrado dejar en ridículo a toda una ciudad, desnudar al alcalde y de paso embolsarse cinco millones de euros en concepto de canon. Pagados, por cierto, sin exigir un aval que protegiera el interés público.

Y mientras, decíamos, Montoro anuncia responsabilidades penales para quienes derrochen sin medida, en el Ayuntamiento nadie ha asumido una minúscula responsabilidad por el escándalo mayúsculo, convertido ya en pecado nacional a la altura de esos aeropuertos sin aviones o AVE sin pasajeros. Un fiasco que suma casi 30 millones de euros, si contamos lo invertido en rehabilitar esa parte de Tabacalera, que será el punto negro, el chapapote que manchará la etapa de Francisco de la Torre como alcalde de Málaga. Contra viento y marea, y contra los antecedentes de estos perlas -no los quisieron ni en la Valencia de los trajes, los bolsos y los pelucos-, el regidor se empeñó en gastarse el dinero que la ciudad no tenía en un proyecto tan personal como innecesario e injustificado. Porque Málaga es a la gemología lo que Albacete a la artesanía vietnamita.

De los juzgados, donde acabará este asunto, salía ayer otra joya, otro fiasco: la sentencia del caso Troya. La Fiscalía solo ha podido probar uno de los trece delitos de cohecho de los que acusaba al alcalde de Alhaurín el Grande y a su concejal de Urbanismo. Por el camino han quedado 18 acusados a los que se retiraron los cargos tras una torpe instrucción y una penosa investigación policial -y ya van demasiadas-, en la que pareció pensarse más en el espectáculo de las detenciones, en la escenografía, que en obtener pruebas.

La cosecha de Ciézar

Javier Gómez | 12 de enero de 2012 a las 13:34

TUVE la gran suerte de entrevistar en un par de ocasiones, y de charlar bastantes veces más, con Javier Ciézar. El reduccionismo, el pensamiento único y la dictadura de lo políticamente correcto son enemigos mortales del periodismo, pero cuando por primera vez recibí el encargo, entonces un bisoño en este negocio, de entrevistar al presidente de la patronal agraria regional, me preparé para encontrarme a un patrón de jornaleros, al clásico señorito que puebla la iconografía andaluza. Bastaron un apretón de manos y unos minutos de charla para descubrir no sólo que acababa de conocer a un hombre tan humilde como extraordinario, sino que las etiquetas, que tanto nos gustan, hay que dejarlas para las tiendas. Sin pelos en la lengua, socarrón cuando se le preguntaba cómo alguien de la tercera edad podía presidir la Asociación de Jóvenes Agricultores -nunca dejó de ser joven-, seguro que Ciézar sufrió en numerosas ocasiones a lo largo de su productiva vida el dichoso estereotipo, y apuesto que se irritó profundamente con las palabras del imbécil hijo de la duquesa de Alba alimentando el tópico del campo andaluz, echando gasolina a los rescoldos de un conflicto de otros tiempos.

Gran conversador, tan apegado a la tierra que parecía tener raíces, Ciézar te hablaba de su huerta de limones de Álora y del Valle del Guadalhorce como de su familia, y todo acababa convertido en una parábola de las muchas penurias y retos a los que se enfrentaba el sector, sin distinguir entre empresarios y trabajadores, puesto que los objetivos eran comunes. Su análisis era tan convincente, realista y desprovisto de posiciones ideológicas, que Ciézar constituía una fuente de referencia incontestable para los periodistas de información agraria. Licenciado en Derecho, tampoco se puede entender el movimiento empresarial malagueño sin su presencia. Uno de los fundadores de la CEM, Ciézar aportó su enorme sentido común, su sólida formación y su certeza de que unidos se consigue siempre bastante más que separados, de que la cooperación es la mejor forma de competir.

También llevó respetabilidad y buena prensa a un colectivo cuya imagen sigue penando a veces por las malas prácticas de algunos, cada vez menos, falsos empresarios amigos del pelotazo, enemigos del esfuerzo propio y amantes de explotar el ajeno. Cuando desde ciertos sectores trasnochados de la izquierda se sigue criminalizando al empresariado como los fachas perseguían al sindicalismo, me acuerdo de gente buena como Javier Ciézar, de trabajadores que se esfuerzan, emprenden y arriesgan su dinero. De hombres y mujeres que siembran para un futuro mejor.

Huérfanos de héroes

Javier Gómez | 5 de enero de 2012 a las 14:28

De niños necesitamos creer en los superhéroes. Desde su maniqueísmo, para una mente infantil resulta más fácil abordar un mundo tan inabarcable, tan lleno de paradojas de difícil comprensión. Todo es más sencillo explicado desde la lucha entre el bien y el mal, sin grises de por medio. Por eso nos apasiona la revisión moderna y gráfica de los mitos clásicos, aunque las criaturas inventadas por Lee, Kane o Siegel resulten bastante menos humanas que los Aquiles y Odiseo homéricos, tan llenos de contradicciones y defectos. Puede que por ello de niños prefiramos a Superman, el hombre de acero, al que solo afecta la kriptonita, mientras que al hacernos mayores nos pasamos a Batman, que sangra y sufre, sin superpoderes, pero que siempre se levanta, dolorido, tras cada golpe. Puede ser un tipo frío, un millonario sin problemas de hipoteca al que persigue un trauma infantil, pero resulta implacable contra los malos y protector con los débiles.

Sin embargo llega un día en que descubrimos que los superhéroes no existen, que los héroes suelen serlo por accidente y que estamos rodeados de villanos. Buscamos referentes morales, gente que sirva a la sociedad. A priori uno pensaría que la cumbre de los servidores públicos la forman los jueces. Pero luego descubre que abundan las miserias en el gremio más exclusivo, corporativista y abusón. Los jueces se juzgan a sí mismos y son mucho más permisivos con sus delitos que con las supuestas faltas de cualquier otro ciudadano que tenga la mala suerte de enfrentarse al azar de los tribunales. Guante de seda para los propios y puño de hierro para los ajenos, porque de ejemplaridad, nada de nada. En estos días ha sido noticia que el Consejo General del Poder Judicial, el órgano en el que los magistrados lavan sus trapos sucios ha impuesto 3.000 euros de multa a un juez del Registro Civil de Murcia que llamaba “putas” a las madres solteras, “gentuza” a los inmigrantes y “maricones” a los homosexuales a los que casaba. A uno se le ocurren muchos tacos para calificar la ridícula cuantía de la sanción, que retrata bien a esta casta de intocables.

Otro que jamás debería volver a ejercer en un sistema judicial que aspire al respeto es Francisco Javier de Urquía, el juez de Marbella condenado por cohecho por aceptar sobornos de Roca (curiosamente no por prevaricación porque el Supremo entendió que cobró pero no dictó resoluciones injustas) y de un imputado en el caso Hidalgo. El Alto Tribunal, en un fallo escandaloso, ha anulado su inhabilitación. Todavía queda otra condena no firme contra él, pero es posible que este delincuente vuelva a vestir la toga. Y no será en Gotham, sino en el mundo real.