No estorbarás

Javier Gómez | 7 de diciembre de 2008 a las 11:57

Si no lo esperamos de Zapatero, Solbes y su variable cuadrilla de planes económicos semanales -nótese que no quinquenales-, ¿cómo podemos pretender que el Ayuntamiento de Málaga nos saque de la crisis? Y, sin embargo, la recesión económica y las medidas para salir de ella marcaron el miércoles el Debate sobre el Estado de la Ciudad. Por el equipo de gobierno del PP, Francisco de la Torre y Carolina España, lógicamente, ensalzaron su labor y arremetieron contra la Junta. El Gobierno andaluz puede ser culpable de muchas cosas, pero no de todos y cada uno de los males que lastran el desarrollo de esta ciudad y de esta provincia. La oposición, como es natural, lo ve todo a la inversa. No hay inversiones productivas, no hay modelo de ciudad y todos nos empezamos a cansar de que rindan tan poco las mil y una horas de trabajo diario del alcalde.

Como en otras tantas ocasiones, el mejor análisis del debate se lo leí ayer a Juan López Cohard. Y aunque, inconsciente de mí, sea algo más optimista que el veterano empresario en lo que se refiere a la expo internacional tecnológica que De la Torre propuso -una gran idea si todos remáramos en esa dirección-, coincido en su diagnóstico. El Ayuntamiento sí puede hacer algo, mucho, contra la crisis: dejar de estorbar. Porque una cosa es cumplir con el deber institucional de garantizar la legalidad de las actuaciones que se acometen en la ciudad y otra ser un permanente obstáculo para las inversiones, para la iniciativa privada. El alcalde dedicó el miércoles gran parte de su intervención a cargar contra la Junta como enemigo público número uno de Málaga. Pero no dedicó ni una palabra a la necesidad de mejorar, y mucho, los trámites municipales. Es muy preocupante que en esta ciudad se haya convertido en tradición que ningún equipamiento, centro comercial o iniciativa privada que cree empleo, riqueza y valor, se inaugure con las licencias oportunas. Siempre falta un trámite, siempre hay una pega, siempre se pierden los papeles, o queda el enésimo informe por completar. Ha pasado con el Museo Picasso, con la estación Vialia, con un supermercado inaugurado por el alcalde, con centros comerciales, con negocios que acaban de crear más de un centenar de puestos de trabajo, con hoteles de lujo en pleno centro. Y estadísticamente es imposible que siempre sea culpa de los demás, del empresario, de la Junta o de la ONU. Y no de Urbanismo o del Área contra el Comercio y la Industria.

Alguien podría preguntarle, por ejemplo, al promotor vasco del edificio del cine Astoria sus impresiones sobre la eficacia municipal, sobre cómo un ayuntamiento puede arruinar a alguien paralizándole una inversión durante un par de años.  Alguien podría preguntarle también lo mismo al empresario balear que perdió un turbio concurso municipal para la construcción del complejo deportivo de Teatinos, del que tres años después no se ha puesto ni una sola piedra pese a las diversas “amenazas” municipales de retirarle la concesión a su ausente adjudicatario.  Todos podríamos preguntarnos por qué Urbanismo ha tardado nueve meses en conceder la licencia de obras para el Museo en la Aduana, o cuántos empleos están atrapados en la telaraña de la lenta y desesperante administración municipal, en la incompetencia de muchos políticos y en la irresponsabilidad de algunos funcionarios.  Habría sido un buen tema para el Debate sobre el Estado de la Ciudad.

Pobre Mengano

Javier Gómez | 16 de noviembre de 2008 a las 13:23

 

Mi amigo Mengano lleva más de veinte años partiéndose la cara en las distintas responsabilidades públicas que ha ejercido. Nunca, que yo sepa, ha tenido carné político, ni nunca, que yo sepa, le ha importado un carajo la filiación política de sus interlocutores o administrados. Era un alto funcionario creativo, con iniciativa propia y muy currante. Huelga decir que esas características le han granjeado a lo largo de su vida muchos enemigos y múltiples conflictos con sus sucesivos jefes políticos. Pero también ha cosechado notables éxitos en diferentes proyectos que han contribuido a mejorar la calidad de vida en Málaga. Digo era un alto funcionario porque hace unos días fue destituido de su puesto por “pérdida de confianza” de su jefa. Ahora es funcionario a secas, ha perdido unos 600 euros al mes en su nómina en plena crisis y todavía no le han dicho a qué se dedicará o dónde trabajará en los años que aún le quedan para jubilarse. No creo que Mengano fuera el último de los jefes de servicio, de área o de departamento que quedaban nombrados por criterio meramente profesional. Pero sí me temo que los que siguen en sus puestos están en peligro de extinción. Y no criticamos aquí al PSOE, PP, IU o al PA. Sino a todos. Si algo han demostrado sin excepción los partidos en Málaga en los últimos años es que oficialmente pueden ofrecer distintas ideologías, pero en la práctica todas juegan a lo mismo: coloquemos a los nuestros en cuantos puestos de designación libre haya disponibles en las instituciones públicas. Si no hay suficientes, pues creemos más, así que donde come uno pueden hartarse cuatro, y donde antes sólo había gerentes ahora también hay consejeros delegados, presidentes y directores adjuntos. Otro denominador común que no entiende de izquierdas y derechas, de rosas y gaviotas: una vez se crea un puesto existirá toda la eternidad. Es la única medida que un político puede dejar sin miedo a la alternancia y a que su sucesor la derogue.

Así que disculpen la sardónica sonrisa de servidor cuando lee o escucha a nuestros representantes malagueños, andaluces o nacionales alabar el triunfo de Obama. Perdonen la amargura ante este intento de prostituir la esperanza, ante la pretensión de que el senador demócrata redima a todos los políticos, que devuelva el crédito que tanto se han esforzado en perder la mayoría de sus colegas. Y permitan el atrevimiento de sugerir que nuestro sistema está inmaduro, no funciona, es francamente mejorable. Todo porque los supuestos garantes del control democrático del pueblo a las instituciones, los partidos políticos, se han convertido en muchos casos en secuestradores de esas administraciones. En lugar de nombrar a los mejores o al menos a personas cualificadas en cada puesto, los principales criterios que se utilizan para un nombramiento son la adscripción a tal o cual familia del partido, la disciplina del individuo y que no destaque mucho, no sea que robe protagonismo al alcalde, ministra, delegada, concejal o diputado de turno. Esto vale para los jefes de servicio de un hospital, para el responsable de un área municipal o para el director de un colegio. Todo acaba pasando por el correspondiente filtro político, hasta los supuestos independientes. ¿Acaso conoce usted a algún afortunado cuyo trabajo, ingresos, contratos o desarrollo profesional no dependa de la calidad de su relación con el cargo político de su campo? De la meritocracia hemos pasado al nepotismo que castra cualquier iniciativa y carrera en la función pública y por extensión en la privada. El juez Miguel Ángel Torres  llama a este mal corrupción blanca. La más preocupante. Porque no parece escandalizar a nadie.