La foto y las formas

Javier Gómez | 4 de enero de 2012 a las 18:50

Se llama Juan Manuel Moreno Bonilla, Juanma para sus muchos y ahora multiplicados amigos. No Carlomagno. Y sin embargo la toma de posesión del político malagueño como secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad debió de parecerse bastante a la coronación del emperador en la Basílica de San Pedro. El poder y sus inseparables besamanos. Como ciudadano, pese a mi casi agotada capacidad para la sorpresa ante los actos de los políticos, me da cierto rubor contemplar la romería de cargos del PP que viajó a Madrid al acto, en plan beatificación anticipada, y sus comentarios en las redes sociales. No hay duda de que Moreno Bonilla cuenta con el cariño y amistad de muchos de sus compañeros de partido. Mucha gente variopinta, ajena a este mundillo cínico e hipócrita, me asegura que es un buen tipo -triste política en la que eso se ha convertido en el mérito supremo-. Pero los ujieres del Ministerio de Sanidad no debían de dar crédito ante la llegada de asistentes a su toma de posesión.

La lista parece la de una boda. Acudieron la vicepresidenta del Congreso y exalcaldesa, Celia Villalobos; los alcaldes de Málaga, Antequera, Alhaurín de la Torre y Sevilla, Francisco de la Torre, Manuel Barón, Joaquín Villanova y Juan Ignacio Zoido; el presidente de la Diputación y del PP de Málaga, Elías Bendodo; sus vicepresidentes Francisco Oblaré y Ana Carmen Mata; la presidenta de la Mancomunidad de la Costa del Sol y diputada Margarita del Cid; su compañeros de escaño Carolina España y Ángel González; los senadores Joaquín Ramírez y Patricia Navarro; la parlamentaria autonómica Ana Corredera, los diputados provinciales Jesús Fortes, J. J. Bernal, Francisca Caracuel, Carlos Conde y Emilia Ana Jiménez, la concejal malagueña Mariví Romero, el exedil José Luis Ramos y hasta el gerente del Consorcio de Bomberos, Manuel Marmolejo. Sólo faltaron el Cautivo y la Esperanza.

Como periodista, pregunto y me aseguran que todos esos cargos públicos pagaron el viaje, la mayoría en AVE, de su bolsillo. Me lo crea o no, algo chirría estrepitosamente en esa foto de familia, y son las apariencias. En estos tiempos duros que le ha tocado gestionar, el PP, con apenas dos semanas en el Gobierno, haría bien en cuidar las formas, en empezar a ser coherente con sus escasos mensajes lanzados en campaña y ponerse a la tarea. Eso incluye dar la cara -de momento Merkel ha hablado más que Rajoy, que ha desaparecido-, olvidarse de fiestas y recordar que este triunfo electoral es de prestado, más por el demérito de un rival dedicado a pegarse tiros en el pie que porque los españoles hayan tenido de repente una revelación azul.

Meritocracia fallida

Javier Gómez | 29 de diciembre de 2011 a las 21:17

EN el que parecía tranquilo crepúsculo de su brillante carrera política, Griñán volvió a la Junta en 2004 como consejero de Economía. El ahora principal cargo institucional del PSOE no era solo un hombre de una preparación y solvencia intelectual indiscutibles, sino también un tipo simpático, culto, melómano y cinéfilo, que lo mismo cantaba un aria de Krauss que recitaba escenas de Raíces profundas. Era difícil no quedar prendado de este político rara avis. Algo extraño debió ocurrirle cuando Zapatero, en su campaña de desactivación de barones, se llevó en 2009 a Chaves y éste dejó en la Casa Rosa a su amigo. O el poder lo cambió absolutamente, o el puesto de líder rodeado de aduladores le vino grande a alguien acostumbrado a ser lugarteniente o llegó un extraterrestre y lo abdujo. A tenor de muchas de las decisiones tomadas después, la última parece la explicación más razonable.

Griñán recibía una herencia ruinosa. Diecinueve años de chavismo y casi treinta de gobierno socialista habían carcomido tanto la administración como la estructura del partido, con frecuencia confundidas. Así que casi sin aterrizar, se empeñó en controlar también el PSOE-A, acabando con la bicefalia Pizarro-Zarrías que mantenía en equilibrio, y en un puño, a la formación. Para sustituir a veteranos curtidos en mil victorias contra el PP optó por JASPP (Jóvenes Aunque Sobradamente Poco Preparados) como Susana Díaz, Rafael Velasco (que al menos, en un país en el que no se conjuga el verbo, tuvo la decencia de dimitir cuando se descubrieron las subvenciones a la empresa de su mujer) o Mario Jiménez, máster en pelotillerismo parlamentario. Y recuperó a la consejera veleta Mar Moreno, la eterna aspirante que sigue sin demostrar nada.En fontanería interna, Griñán ha resultado un analfabeto ingenuo, lo cual le honra pero le condena. En poco tiempo, ha dilapidado buena parte de las esperanzas de cambio que había generado. En la Junta le estalló el escándalo mayúsculo del fraude de los ERE, y su gran empeño consiste en una sospechosa reforma de la función pública.

En el partido, donde lo nombraron candidato por aclamación y se dicen cosas como que “Andalucía llevará una voz única al congreso federal, la de Pepe Griñán”, al más puro estilo norcoreano, los mismos cortesanos que lo jalean en público lo critican en privado, mientras afilan las navajas para la previsible debacle electoral de marzo. Puede que Griñán fuera demasiado bueno para la política actual, que no quisiera el puesto, que no sea justo que reciba palos merecidos por su antecesor. Pero sigue resultando triste, sintomático de los tiempos, admitir que el mejor no tiene por qué ser mejor gobernante.

La izquierda perdida

Javier Gómez | 18 de diciembre de 2011 a las 20:15

¿Qué demonios se supone que significa ser de izquierdas? En teoría, se asocia con una mentalidad progresista, tolerante y abierta; con creer en la igualdad de oportunidades, en la justicia social, en que los ricos deben pagar más y los pobres contar con mecanismos de protección y promoción; alguien de izquierdas apuesta por los servicios públicos, el reparto de la riqueza y el Estado del bienestar. Ser de izquierdas implicaría querer un mundo mejor y pelear por él, ayudar a las ancianas a cruzar la calle, colaborar con una ONG, tener carné de ecologista y ahorrar para un coche híbrido, dar la cara por los débiles ante el poderoso. En definitiva, ser una buena persona. Por definición, lo contrario, ser de derechas, supondría entonces ser una mala persona. Como se asocia con ser conservador, se trataría de alguien egoísta e insolidario, del típico tío Gilito obsesionado con aumentar su fortuna y no compartirla, alguien intolerante, ultrarreligioso, poco respetuoso con lo que se salga de las viejas convenciones morales, amante de las tradiciones y enemigo de lo nuevo. Una persona inmovilista, clasista, que reniega del progreso y solo persigue su bien particular.

En esta exagerada y caricaturizada superioridad moral, en este maniqueísmo infantil, se siguen moviendo hoy día muchos militantes de partidos de izquierda, ignorando que a menudo ser del PSOE o de Izquierda Unida no tiene nada que ver con poseer la mentalidad de izquierdas anteriormente mencionada y que no vivimos en una novela de Zola, sino en el siglo XXI. Pero no sólo parte de la militancia, también la dirección del partido. En las últimas elecciones generales, y todo hace presagiar que en las cercanas andaluzas, los socialistas han recurrido a dos socorridas ideas-fuerza: el miedo a la derecha y los recortes que ésta traería y su posicionamiento con el sindicalista-trabajador por oposición al empresario-explotador que en teoría se alinea con el PP. Son mensajes más propios de los ochenta, concebidos desde la melancolía de quien echa de menos correr delante de los grises, que de un análisis serio de la sociedad actual y sus preocupaciones reales. En primer lugar, esa estrategia trasnochada hace aguas por cuanto la totalidad de la población española ya vivió ocho años de gobierno popular, más o menos afortunados políticamente pero que se recuerdan como de prosperidad económica, y la mayor parte de los ciudadanos llevan años siendo administrados por ayuntamientos del PP. En cuanto a los recortes, en un país con casi cinco millones de parados (en Málaga 238.000, según la EPA) la prioridad absoluta debe ser la creación de empleo. Y si para ello hay que poner freno al despilfarro público de los últimos años, renunciar a ciertos derechos adquiridos (algunos, más que derechos, son privilegios insostenibles e inaceptables, como en el caso de algunos convenios municipales o el de la Diputación) o modificar un sistema hiperproteccionista que penaliza la contratación, hágase.

Pero los socialistas se han atrincherado en el inmovilismo sindicalista, verdadero estandarte del conservadurismo, dejando de lado a esos que denomina emprendedores, ya sea a los sufridos y meritorios autónomos o a los pequeños, medianos o grandes empresarios, es decir, a quienes crean la mayor parte del empleo arriesgando su dinero para ganar, sí, más dinero. Porque en eso se basa este sistema en el que decidimos vivir, y no se nos debería olvidar nunca que nadie se mete a empresario para jugar a las hermanitas de la Caridad. Pues bien, en esa coyuntura terrible de cinco millones de parados y 45% de desempleo juvenil, el PSOE no ha tenido otra cosa que hacer que situarse en defensa de quien menos la necesita: los funcionarios que cuentan con un trabajo no ya estable, sino prácticamente invulnerable.

¿Son esos realmente los conceptos que definen a la izquierda? ¿Tiene que ser la ideología algo inmutable o debe adaptarse pragmáticamente a los tiempos, las necesidades y las dificultades de cada momento? ¿Hay cuestiones básicas en las que se pueden mantener planteamientos progresistas pese a estar regidos por los mercados e inmersos de pleno en la etapa dorada del capitalismo? ¿No hay demasiados dogmas de fe a derribar en la izquierda? Ésas y otras muchas cuestiones son las que deberían discutir, analizar y tratar los militantes del descalabrado PSOE. Un partido que en los últimos ocho años de gobierno ha hecho que el país avance extraordinariamente en derechos sociales (los matrimonios homosexuales, la ley de dependencia, los quince días de paternidad o incluso el denostado cheque bebé son prueba de ello), pero que a menudo ha caído en contradicciones terribles. No es justo ni razonable que todos los padres, desde los muy pudientes hasta las madres solteras en paro, cobraran los mismos 2.500 euros. Tampoco parece a priori muy de izquierdas invertir un dineral en poner trenes AVE por toda la geografía española, a un coste disparatado, y apenas mejorar las redes de Cercanías, cuando los primeros son para ejecutivos y clases de cierto poder adquisitivo y las segundas para la gran mayoría.

Sin embargo, el debate se reduce prácticamente a nombres, a la batalla de la sucesión. Sí, parece normal que a muchos les resulte inaguantable la permanencia de Miguel Ángel Heredia y Francisco Conejo al frente de los socialistas malagueños tras tantas derrotas y tantos fiascos. Es comprensible que muchos militantes se indignen cuando escuchan propuestas para limitar mandatos o permanencia en puestos de boca de quienes llevan dos décadas repartiéndose cargos públicos. Es muy humana la rabia y frustración de algunos -aunque lícito, resulta algo chocante ver en plan indignado a quienes llevaban hasta hace poco los mismos veinte años en el poder- de los que se citan hoy en el Centro Cívico para articular una corriente crítica. Pero sabiendo de dónde vienen, lo primero que tienen que decidir los socialistas si quieren recuperar alguna vez primero el crédito y luego el voto de la mayoría es quiénes son y a dónde quieren ir. Sin nuevas ideas ni un nuevo respeto a un electorado maduro que ya no se cree el cuento del lobo, de nada servirá enfrascarse, otra vez, en una guerra intestina para decidir quién está al mando de la nave que va a pique.

El contador

Javier Gómez | 12 de diciembre de 2011 a las 14:30

AHORA mismo está en cartelera una película que parte de una premisa fantástica pero que, según las críticas, se acaba diluyendo y precipitando por el barranco de la mediocridad y la cobardía comercial. En ella los seres humanos nacen con un contador de tiempo en el brazo: dejan de envejecer a los 25 años, pero entonces comienza una rápida cuenta atrás hacia la muerte. El tiempo restante, creo que un año, es la moneda de cambio, y cada individuo cobra, paga y se vende con días, horas y minutos. Como en la vida real, hay unos pocos ricos que se van beneficiando de la sangría de la mayor parte de la humanidad, que con su muerte temprana va pagando la inmortalidad de los jetas especuladores de siempre. ¿Demasiado parecido con la situación actual? Sí, pero eso daría para una tesis doctoral, no para este modesto artículo.

Se me ocurre que ahora que va a comenzar una nueva legislatura con muchísimos nuevos cargos del Gobierno central de Rajoy, cuando los ayuntamientos, las mancomunidades y las diputaciones están todavía frescas, cuando se van por la puerta de atrás algunos políticos abrasados por su ineficacia, no estaría del todo mal implantar algún contador en el brazo de los cargos que supuestamente nos representan (digo lo de supuestamente no por falta de convicciones democráticas, sino porque personalmente no me siento representado por ellos). En él no se reflejaría el saldo de tiempo restante en el puesto (aunque tampoco sería mala idea para algunos que se encadenan al sillón), sino la credibilidad perdida por el camino. Si un político naciera con diez mil puntos de credibilidad, ¿cuántos se le irían por mentir, por pifiarla, por ser incapaz de tomar las decisiones adecuadas o simplemente por no tomar decisión alguna?

El crédito del PSOE en Málaga, que al fin y al cabo lleva treinta años desgastándose en el Gobierno andaluz, ocho en el central y la friolera de dieciséis en la oposición en el Ayuntamiento de la capital (y aún más tiempo en otros municipios), se encuentra en las últimas y requiere de una transfusión urgente que debe venir de gente nueva, que no necesariamente joven.

Con apenas tres días de diferencia, representantes del mismo partido han propuesto que se analice el ADN de las cacas de los perros para así poder identificar a los canes y multar a sus dueños (¿en qué limbo legal quedan los callejeros? ¿son los gatos tan limpios que se excluyen de los controles? Todo esto es tan de Philip K. Dick…) y a la vez justificado que no haya dimisiones por el robo de varios cientos de kilos de droga de un almacén portuario porque sencillamente no había allí seguridad privada las 24 horas. Los socialistas defienden, por tanto, que hay dinero para montar un CSI de mierda con dudosos fundamentos jurídicos pero no para impedir que vuelva a la calle la droga que tanto trabajo costó a Policía y Guardia Civil intervenir. Si esto no es un esperpento que venga Valle Inclán y lo vea.

En estos ocho años, el subdelegado del Gobierno, Hilario López Luna, tan discreto, tan cortés, ha dilapidado su menguado contador de credibilidad (el hombre lleva más de treinta años en cargos oficiales). En realidad hace bastante tiempo que se le agotó, pero su partido no pudo o no quiso encontrarle un sustituto. Sus declaraciones del día de la Constitución, admitiendo que se le pasó por la cabeza dimitir por el robo de los estupefacientes, a pesar de que no se considera “culpable de nada” porque puso “todas las medidas para que la seguridad estuviera garantizada en ese almacén de droga” -por garantías políticas como ésa está la prima de riesgo española donde está-, lo retratan perfectamente. Para colmo, subrayó que ahora, con la droga ya robada, sí que hay vigilancia 24 horas, visto que los ladrones no tienen la decencia de respetar el sueño de los guardas ni festivos ni fines de semana. No era un chiste, el subdelegado siempre habla en serio.

Si la gestión de las Fuerzas de Seguridad es posiblemente la principal labor de un subdelegado, con López Luna al frente ha habido decenas de agentes de la Policía y de la Guardia Civil detenidos por narcotráfico, corrupción, abuso a inmigrantes y extorsión a prostitutas, entre otras lindezas, y se han hecho méritos para que Asuntos Internos ponga aquí una oficina permanente. Su otro gran frente visible de actuación ha sido la promoción de las obras del Gobierno, que sin duda no ha desarrollado con tanta intensidad como le hubiera gustado al secretario provincial del partido, Miguel Ángel Heredia. Pero nadie podrá decir que López Luna no se ha mojado con actos y visitas a obras y centros oficiales en periodos demasiado cercanos a la campaña electoral, cuando no dentro de ella. Incluso se baraja nombrarle director honorífico del futuro Museo de Málaga de las veces que ha paseado por la Aduana a cargos socialistas por unas obras eternas. El resultado de esta fina y repetitiva estrategia gestada en Fernán Núñez se ha podido ver en las últimas citas con las urnas: un desastre detrás de otro pese a las inversiones récord de la era Zapatero.

Resulta más fácil perder credibilidad cuando se está en labores de gobierno y se tienen cierta responsabilidad y expectativas que defraudar, aunque hay quien se ha hecho especialista en despilfarrarla desde la oposición. Pero tampoco es imposible ganar credibilidad en política. Basta hacer como en la película, especular con las pérdidas ajenas. Unos pocos se harían dueños del crédito a base simplemente de los fiascos del rival y de los compañeros y de estar callados, quietecitos, muertecitos, casi como Rajoy durante la campaña electoral.

Pero luego llegarían al poder y el saldo de credibilidad se desplomaría a mayor o menor velocidad. ¿Acaso pierden o ganan algún punto cargos populares como el alcalde de Alhaurín de la Torre, Joaquín Villanova, la presidenta de la Mancomunidad Occidental, Margarita del Cid, o el veterano regidor pero novato senador Francisco de la Torre, cuando anuncian a bombo y platillo que van a renunciar a sus sueldos locales, como si fuera un sacrificio personal y no un imperativo legal, de sus partidos o del mismo sentido común? ¿Les restan o les suman populistas afirmaciones de microestadista como decir que van al Congreso a representar a Alhaurín de la Torre o que pisarán poco, lo menos posible, el Senado?

Sí, habría que implantar un contador de credibilidad en el brazo de cada político. Descubriríamos que a más de uno se le ha acabado el saldo. A algunos incluso antes de empezar.

Pregunta sin respuesta

Javier Gómez | 8 de diciembre de 2011 a las 13:19

Se supone que los periodistas están para hacer preguntas y dar respuestas, no para trasladar más dudas a la audiencia. Pero hay una pregunta que soy incapaz de responder: ¿Cómo es posible que esta provincia tenga una tasa de paro del 30%, que haya desempleados más de 200.000 malagueños?

Tras recibir alrededor de 6.000 millones de euros de inversión pública en infraestructuras -un dato similar al de la Barcelona del 92-, Málaga cuenta con unas comunicaciones de lujo. Con el único punto negro del tren de la Costa del Sol, cuando funcione el Metro entraremos en la Liga de Campeones, con un aeropuerto, un puerto y una estación AVE de primer nivel internacional. Tampoco podemos quejarnos de carreteras tras la inauguración de la hiperronda y la autopista de Las Pedrizas. Hay un Centro de Transporte de Mercancías, un gran muelle de contenedores y un Parque Tecnológico que, sin ser el valle de Santa Clara, aguanta las embestidas de la crisis. A su lado, el flamante campus de Teatinos es el exponente de una universidad joven pero consolidada, con más de 36.000 alumnos y 60 grados de variada oferta académica. En el campo financiero, tras la fusión de Unicaja y Caja España-Duero, Málaga cuenta con la tercera caja española, así como con la implicada Cajamar. Las dos entidades gozan de gran solvencia y han escapado casi sin daños de la burbuja inmobiliaria, todo un prodigio operando en la zona cero. Como provincia que vive en parte del turismo gracias al regalo de su clima, disponemos de una potente planta hotelera y una excelente oferta de restauración, que recibe casi nueve millones de viajeros al año. En su mayoría británicos, alemanes y españoles, clases media y alta, además de las enormes fortunas del petróleo o el gas que eligen Marbella para el veraneo. Un chollo para cualquier economía. Atraída por ese dinamismo, se ha desarrollado una amplia y moderna red de hospitales privados. Quirón, Xanit, CHIP, USP, Parque San Antonio, Clínicas Rincón o el clásico Gálvez mantienen cientos de puestos de trabajo cualificado. Y en el sector agrario no somos parias. Hay empresas de talla internacional como Hojiblanca, las cárnicas Facsa y Famadesa, o la especializada en subtropicales Trops. También una denominación de origen de viejo prestigio y nuevos bríos, con bodegas como Málaga Virgen o Jorge Ordóñez. Hay grandes constructoras y promotoras, que saldrán de ésta, como Sando, Vera, Edipsa o Myramar; textiles como Mayoral y Charanga; tecnológicas como AT4, Fujitsu, Novasoft, Tedial, Optimi o Isofotón, y algunas, pocas, industrias clásicas como la cementera de La Araña o las plantas de San Miguel y Coca Cola. ¿Alguien me lo explica?

El diablo sobre ruedas

Javier Gómez | 1 de diciembre de 2011 a las 14:30

Málaga, Ciudad amiga de la Infancia, rezan letreros a la entrada del municipio y en lugares como Alcazabilla. Y sin embargo, ésta es una ciudad que, como otras localidades de la Costa del Sol, parece más bien enemiga de los niños, en la que a pesar de los avances peatonalizadores recientes, el coche sigue siendo el dueño tacaño del espacio público, y en la que un padre jamás puede bajar la guardia porque el peligro aparece a la vuelta de cualquier esquina. Resultaría demagógico e injusto buscar responsabilidades en el político de turno del horrible accidente ocurrido el lunes en Cerrado de Calderón. Una conductora perdió el control de su coche tras una presunta distracción y se llevó por delante las vidas de un padre y uno de sus cuatro hijos y la felicidad de muchísima gente. Pero el trágico siniestro nos recuerda algunas realidades insostenibles.

Las ciudades son un reflejo de las sociedades que las habitan y aquí no hemos sido demasiado exigentes ni con el urbanismo ni con nosotros mismos. Tenemos aceras pequeñas y grandes avenidas que invitan a la velocidad, y cuando el Ayuntamiento de turno remodela una zona, los vecinos y comerciantes siempre piden lo mismo: más aparcamientos. Nadie quiere un parque para sus hijos, sino un parking para su coche. Incluso algunas de las supuestas mejores zonas de la ciudad, como el Paseo Marítimo Pablo Picasso, la Alameda o el Parque, son de un frenesí motorizado insoportable, amén de un peligro para los peatones descuidados, los niños sin escolta y no digamos para los ciclistas, esos adictos al riesgo que se juegan la vida por nuestra cutre red de carriles bici y fuera de ella, cuando se empeñan los puñeteros en pedalear con el mar a la vista. Los colegios y su entorno tampoco cuentan con un diseño especial que permita la subida y bajada de los niños de forma segura. Se trata de un caos diario, por la mañana y por la tarde, en el que se echa de menos mayor presencia de la Policía Local y, por qué no decirlo, mayor implicación de las asociaciones de padres y de los responsables de Educación, que en otros sitios montan dispositivos de voluntarios para regular el tráfico. El timbre de las aulas coincide con los coches aparcados en doble y triple fila, con los padres desesperados apremiando a la descendencia y rezando para que en ese momento no pase por allí al volante alguno de los muchos cafres que llenan nuestras calles, esos inconscientes sin respeto a la vida ajena que piensan que su coche o su moto son un juguete. No, una ciudad poco cívica, como desgraciadamente es la nuestra, no puede ser amiga de la infancia.

Murfistón, donde todo cae del lado de la mantequilla

Javier Gómez | 30 de noviembre de 2011 a las 14:30

Sostienen las leyes de Murphy que todo lo que puede salir mal saldrá mal. Y en Málaga, añado, saldrá incluso peor. A lo largo de las dos últimas décadas la ciudad ha fracasado en su intento de aspirar a unos Juegos Olímpicos, albergar una Exposición Internacional de lo que fuera o ser Capital Cultural Europea en 2016. Posiblemente nuestras ambiciones estuvieron siempre por encima de nuestras posibilidades y capacidades. Pero hay algo en lo que nadie parece ganarnos: somos Murfistón, sede indiscutible de las leyes de Murphy, punto geográfico donde coinciden fatalmente la improvisación, la irresponsabilidad y el mal fario, así como una tremenda habilidad para hacer el ridículo. Y posiblemente el plan del Puerto, el proyecto que más tinta ha consumido en este periodo, sea el mayor exponente de todo ello.

En las últimas semanas se ha anunciado, tanto en informaciones como en publicidades, que la apertura del Muelle Uno, la nueva zona comercial y de ocio del Paseo de la Farola, sería ayer. Cualquiera que pasara por allí se frotaba los ojos, pues parecía imposible que estuviera terminada. Y aunque no lo estuvo, el lunes por la noche se celebró una fiesta de preinauguración. Así que en el caso harto improbable, por no decir imposible, de que ni el alcalde ni sus concejales de Urbanismo, Comercio, Servicios Operativos y Cultura, (los cinco ediles acudieron) no estuvieran informados, seguro que en el acto tuvieron ocasión de enterarse de que las tiendas abrían a la mañana siguiente. Tuvieron tiempo de sobra, por tanto, para impedir una apertura con prisas que no hace ningún bien a un proyecto que lleva trece años bajo la lupa ciudadana. Pero no fue hasta las cinco de la tarde cuando el Ayuntamiento advirtió públicamente a la promotora de que carecía de licencia y del peligro para los visitantes de abrir una zona todavía en obras. Van demasiadas tostadas que caen por el lado de la mantequilla. Tantas que ni Murphy se lo cree.

Que pague el privado

Javier Gómez | 27 de noviembre de 2011 a las 22:48

EN Málaga no sobran las empresas de las que sentirse razonablemente orgullosos, pero Myramar y Edipsa bien pueden ser dos de ellas. Con una trayectoria impoluta de varias décadas, a pesar de haber desarrollado con éxito su actividad cerca del epicentro de la corrupción y de pertenecer al anatemizado gremio de los promotores inmobiliarios, que estos días purgan los grandes pecados de unos pocos en el macrojuicio de Malaya, estas dos firmas familiares se enfrentan esta semana al que posiblemente sea su mayor reto: Muelle Uno.

Resulta difícil encontrar otro caso de una inversión privada de semejante tamaño en el momento más bajo, deprimente y negro de la crisis que nos atormenta desde 2008. Pero jugándose su patrimonio y el futuro de sus empresas, Miguel Rodríguez y Francisco Porras apostaron por Málaga. Lo hicieron al salir al rescate de la fallida y desastrosa Udisa -anterior adjudicataria, para vergüenza de la Autoridad Portuaria y quien fuera que redactarse el pliego de condiciones-, cuando nadie daba un duro por un proyecto maldito durante décadas. El plan del puerto ha sido un ejemplo de manual de los males de nuestra administración pública y de la cortedad de miras nuestros políticos, un pozo roto en el que han ido cayendo los sueños de la sociedad civil, incapaz también de proponer soluciones de vanguardia para el que se suponía espacio más privilegiado de la ciudad. Siempre se ha llamado esquina de oro a la confluencia de los muelles 1 y 2 del puerto, al solar que ocupaba la antigua casa del ingeniero. “Te aseguro que allí hemos excavado mucho, bastantes metros de profundidad, para hacer varias plantas de parking, y no hemos encontrado ni una minúscula pepita, sólo una obra que nos cuesta muchísimo dinero y unos locales por los que no hay precisamente guantazos en mitad de la crisis”, contaba hace meses uno de los responsables de la obra, molesto porque las pifias de la Gerencia de Urbanismo y la Autoridad Portuaria estuvieran oscureciendo una inversión de 80 millones de euros con cientos de puestos de trabajo pendientes del éxito de la iniciativa. Un proyecto que además redime uno de esos lugares públicos incomprensiblemente abandonados durante años pero que otras ciudades cuidarían con mimo, como es el Paseo de la Farola.

El gran enemigo del Muelle Uno, bautizado como la nueva calle Larios, es ese imaginario colectivo malagueño que sitúa nuestras ambiciones muy por encima de nuestras posibilidades reales o de la realidad de nuestros gobernantes. El mismo talante con el que nos llamamos alegremente la California del sur de Europa pero somos incapaces de empezar un tren que llegue hasta Marbella o de terminar el maldito saneamiento integral que evite que los turistas, nuestros clientes y nuestros jefes, se bañen en mierda cada verano. De forma un tanto abstracta, siempre se ha esperado que el puerto fuera nuestra Ciudad de las Artes y las Ciencias, nuestro Guggenheim, pero sin inversión pública de por medio ni los liderazgos políticos necesarios. Aquí el dinero público se gasta en multimillonarias sedes administrativas, como la Diputación, la Ciudad de la Justicia o la Gerencia de Urbanismo, y por eso no había nada para el puerto. Como si tuviéramos a un mecenas a lo Paul Allen por ahí suelto dispuesto a construir gratis un Experience Music Project como el de Seattle, por ejemplo. Víctimas de nuestro engaño, incluso invitamos a Frank O. Gehry para certificar nuestra miseria. Ven, muchacho, a ver qué se te ocurre hacer con esto, pero que sea gratis y por la cara. Ni que decir tiene que el premio Pritzker salió escaldado, y huyó jurando no mentar nunca más la palabra Málaga.

Pero para ilustrar mejor las exageradas expectativas de esta ciudad, el desafío al que se han enfrentado Edipsa y Myramar, el núcleo fundacional de Muelle Uno con la financiación de Unicaja, nada mejor que recurrir al propio puerto. Acaba de quedar desierto el concurso público para la construcción del muelle institucional de Heredia. Nadie se juega un duro en estos momentos por una zona de oficinas de diseño encorsetado, con pequeños bloques en donde otras ciudades han transformado radicalmente su frontal marítimo. Puede que no haya dinero. Puede simplemente que no haya ambición. O puede que sencillamente no seamos tan estupendos como nos vemos en el espejo. Sin embargo, hay quien sigue creyendo en este sitio y creando empleo. Solo por eso el proyecto Muelle Uno merece una oportunidad.

El mal de muchos de la provincia 39

Javier Gómez | 24 de noviembre de 2011 a las 14:02

A menudo los políticos suelen molestarse profundamente cuando los foráneos opinamos sobre su partido y aún más cuando a algún militante se le ocurre la traición de airear su descontento o críticas públicamente. “Son asuntos internos a debatir dentro del partido”, viene a ser la hermética respuesta de manual, como si la intimidad y el secretismo, la omertá, fueran los principios que rigen las agrupaciones y las sedes, como si el sistema consistiera en lavar los trapos sucios en casa, como si los ciudadanos no tuvieran derecho a saber cómo se reparte y maneja el poder dentro de las formaciones que, financiadas en gran parte con dinero público, gestionan las administraciones públicas.

Vivimos en una democracia lenteja, o la tomas así o la dejas, en la que los ciudadanos pueden depositar un papel en una urna cada cuatro años pero tienen muy poco que decir sobre la elección de esos candidatos y mucho menos sobre la gestión de los partidos, los únicos morosos, por cierto, a los que ningún banco embarga o desahucia. Y en un sistema casi bipartidista como el nuestro, resulta fundamental que los dos grandes partidos respeten unas mínimas reglas del juego y gocen de buena salud interna. Pero no es así. Y mucho menos en Málaga. El PSOE encadena derrota tras derrota y sus responsables siguen mirándose al espejo y preguntando qué han hecho para merecer esto, cuando se han dedicado más a colocar sus fichas en el tablero de los cargos que a construir un mensaje serio y coherente que no insulte la inteligencia del ciudadano. Los socialistas perdieron hace más de una década el voto urbano del litoral y nunca lo han recuperado. Lo han intentado por muchos medios, a veces tan incorrectos como aquella moción de censura en Vélez que pactaron a cambio de que el Gobierno y la Junta se comprometieran a invertir allí 2.000 millones de euros. Una OPA hostil con dinero público que nunca llegó y una colosal falta de respeto a las instituciones y a la democracia. Otro de sus pactos con el diablo fue acoger a Marín Lara en Ronda, o mirar para otro lado en la Estepona de Barrientos. Ya vimos cómo acabaron ambos casos. Tras una pésima campaña del miedo, en veinte, que no en 38, provincias (y eso contando las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla), el PSOE obtuvo el 20-N peores resultados que en Málaga, donde los populares les sacaron 22,1 puntos con respecto a 2008. Es el mal de muchos que consuela al hombre de los datos, el secretario provincial, Miguel Ángel Heredia. Ahora reconoce, Houston, que el partido tiene un problema. Dice que le cuesta llegar al electorado. Así, francamente, resulta difícil que el electorado quiera acercarse a él.

Corredor sin Mediterráneo

Javier Gómez | 20 de octubre de 2011 a las 13:05

El corredor ferroviario mediterráneo no pasará por el Mediterráneo. O al menos no por nuestro Mediterráneo. Se mire como se mire, se cuente como se cuente, los proyectos que el Ministerio de Fomento defendió en Bruselas constituyen otro chasco para Málaga y para el abandonado mediterráneo andaluz, y otra victoria de los miopes que entienden Andalucía exclusivamente como el Valle del Guadalquivir. Porque lo de Antequera es un premio de consolación que ya estaba asegurado. Resulta especialmente sintomático que el domingo los socialistas malagueños, con José Blanco, a la cabeza, prometieran hacer de Málaga el segundo nudo ferroviario del país para que el miércoles la realidad los desmintiera. La conferencia política del PSOE del domingo, que venía aplazándose desde el descalabro municipal de mayo, en teoría debía servir para purgar pecados, admitir errores y responsabilidades y aportar nuevas ideas. En lugar de ello, los ideólogos que han fijado como su estrategia en Málaga la acumulación de una promesa sobre otra sin llegar a cumplir ninguna, decidieron, cómo no, sacar otro conejo de la chistera: una línea circular de Cercanías que conectaría el aeropuerto, Churriana, el PTA, los Alhaurines, Coín y lo que haga falta. Mientras, el tren de la Costa del Sol, prometido por Chaves en el año 2000, sigue aparcado en un cajón, con los proyectos realizados e incluso algún tramo adjudicado, pero sin un euro para acometerlo porque la Junta se lo ha gastado todo en tranvías que no andan y en ese faraónico e incompleto Eje Transversal Sevilla-Granada que repite el modelo de la A-92 y tiene gran parte de la culpa de que nuestro falso corredor mediterráneo se aleje tanto del mar. No parece importarle a nadie que los estudios de viabilidad cifren en cien millones de pasajeros los usuarios del tramo de la Costa del Sol cada año, ni que Marbella sea la única ciudad española de más de cien mil habitantes sin tren, ni que esta franja del litoral andaluz reciba a casi el 40% de todos sus turistas y, por tanto, genere buena parte del PIB de la comunidad, como hacen las productivas costas de Granada y Almería.

Los trazados escogidos recibirán una lluvia de millones para mover mercancías antes de 2020, pero también transportarán pasajeros. Y en esa fecha el Ministerio de Fomento prevé seguir estudiando, y así van ya cuarenta años, el tramo de la Costa del Sol. Puede que para entonces se cumpla otra promesa, la de constituir una sociedad mixta entre la Junta y el Gobierno para afrontar esta obra. Pero si no han sido ni tan siquiera capaces de sentarse en una mesa, menos lo serán de poner en marcha un proyecto así, que ronda los 5.000 millones de euros de coste. El tren de la financiación ha pasado de largo. Otra vez. Van demasiadas en la Costa del Sol.