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Indigno protocolo

Javier Gómez | 21 de mayo de 2009 a las 18:39

Precioso acto de homenaje a Alejandro Rodríguez Carrión en el Aula Magna de la Facultad de Derecho. Pero no sería digno alumno del querido profesor si no criticara y señalara el lamentable protocolo, que había reservado casi todo el auditorio para concejales, autoridades militares, miembros del equipo de gobierno de la UMA, miembros del equipo de gobierno de la Facultad y demás cargos. Había incluso consigna entre las azafatas de no dejar pasar a los estudiantes cuando aquello se llenó, y los afortunados que lograron entrar tuvieron que quedarse de pie. Una vergüenza y una lástima teniendo en cuenta cuál era la mentalidad del homenajeado, el respeto y cariño que sentía por sus alumnos, su absoluta prioridad.

Ciudadano del mundo

Javier Gómez | 17 de mayo de 2009 a las 2:38

POR lo general, los periodistas tenemos tendencia a considerarnos algo inútiles. No contamos con la capacidad de médicos y enfermeros de diagnosticar y curar enfermedades, ni sabemos construir puentes y viviendas como ingenieros y arquitectos, nos ahogaríamos en el farragoso lenguaje jurídico de los abogados y tampoco es que seamos maestros dispuestos a transmitir conocimientos. Así que algunos siempre hemos pensado que si nos tiraran en paracaídas a un ignoto poblado africano repleto de caníbales, más nos valdría contar cada noche buenas historias y chistes si no quisiéramos acabar formando parte de la cena.

Se supone que un periodista cumple una función social primordial, que debe ser mecanismo del derecho constitucional a la información veraz, que debe controlar los abusos del poder, poner el altavoz a los débiles, clamar contra las injusticias. Eso ocurre de vez en cuando, pero gran parte del tiempo nuestro trabajo puede ser tan monótono como otro cualquiera, hasta el punto de excitarnos ante un ‘berzagate’, la enésima pelea entre la Junta y el Ayuntamiento o cualquier tontería que hagan o digan nuestros representantes políticos, cosa que por cierto casi ha dejado de ser noticia.

Así que créanme cuando les digo que la ocasión en la que este periodista se ha sentido más útil que nunca fue hace algo más de un año. Comía con un íntimo amigo cuando en la conversación surgió el nombre de Alejandro Rodríguez Carrión, profesor de ambos en los tiempos universitarios. “Carrión está mal”, me contó con consternación. Meses atrás, me había impresionado la crueldad del destino, que hizo enfermar al catedrático horas antes de presentar a su admirado maestro Juan Antonio Carrillo Salcedo en su investidura como doctor honoris causa de la UMA. Era uno de los momentos más importantes de su vida y la maldita enfermedad que el miércoles se lo llevó escogió ese día para hacer acto de presencia e impedirle asistir.

Quince años antes, Rodríguez Carrión había dignificado una Facultad de Ciencias de la Información en pañales, que durante sus cuatro primeros años tuvo su sede en la vieja escuela de Martiricos. Poco importaba que el aula en la que daba sus lecciones magistrales hubiera sido semanas atrás un pasillo al que a toda prisa se tapiaron los laterales. A nadie le molestaba el calor, el frío o lo apretados que estuviéramos. Todos asistíamos intimidados, adictos, a las amenas clases de ese profesor irónico, exigente, que nos respetaba como hombres y mujeres universitarios, que bien podría estar dando clases en ese mismo momento en Cambridge, Harvard o Berkeley, pero que por alguna inexplicable y bendita razón había elegido Málaga. Y esas aulas indecentes se convertían por arte de magia en el Tribunal de La Haya, en el Parlamento europeo de Estrasburgo o en la Asamblea de las Naciones Unidas de Nueva York.

Tras esa comida, el impulso de escribir algo que animara al viejo profesor me llevó, tras consultarlo con algunos allegados suyos ante el temor de que su humildad se lo tomara a mal, a recopilar testimonios de discípulos, compañeros y amigos. El periodista se sintió útil y el periódico se convirtió en vehículo del cariño y admiración que despertaba Rodríguez Carrión. Habría podido llenar todas las páginas del diario de haber seguido haciendo llamadas. Alumnos como Bernardino León Gross, que me atendió tras una cumbre de la OTAN, o su maestro Carrillo Salcedo lo expresaban mejor que nadie: “Es algo universalmente aceptado que Dios ha derramado muchos dones, intelectuales y personales, sobre Alejandro. Es un profesor que crea vínculos que no terminan cuando el alumno sale de la Facultad, que ha dejado huella allá por donde ha pasado”. Ese fue el espíritu del reportaje y me consta que al maestro le hizo feliz comprobar el inmenso afecto atesorado.

Por todo eso, por el impacto que ha tenido sobre miles de alumnos, por ser un faro contra la mediocridad, por el prestigio que le ha dado a esta ciudad, por su compromiso con pueblos oprimidos como el saharaui, estaría bien que por una vez desobedeciéramos al profesor. Lo siento, don Alejandro. Es imposible que el vacío que deja en la Universidad de Málaga pase desapercibido, que su marcha sea discreta. Entre tanta beatería anacrónica, tanta presencia en plazas, calles, rotondas y puentes de santos, papas, monjas y cofradías, Málaga merece, necesita, homenajear y recordar para siempre a esas escasas personas formidables, a esos regalos caídos del Cielo como usted.

El legado de Carrión

Javier Gómez | 14 de mayo de 2009 a las 10:31

A lo largo de la vida, puede haber uno, dos, tres, no muchos más, profesores que marcan la trayectoria vital de sus alumnos, que forjan hombres y mujeres, que aportan como mínimo un granito de arena en la conciencia que ni la más poderosa de las mareas podrá llevarse jamás. Para los cientos, miles de estudiantes de la Universidad de Málaga que tuvimos la inmensa suerte y el gran privilegio de asistir a las lecciones de Alejandro Rodríguez Carrión, hoy es un día muy triste.

Hace ya 15 años, las clases de Carrión eran un oasis en el páramo de una Facultad de Ciencias de la Información en pañales. Y aunque en teoría poco tenían que ver con el Periodismo, el catedrático de Derecho enseñaba como nadie qué era el enfoque crítico, qué otros aspectos de la realidad hay que mirar al analizar las noticias, qué motivaciones ocultan mueven a los Gobiernos, qué peligroso es el recorte de las libertades civiles, qué injusta la opresión a muchos pueblos.

Si como profesor era inigualable por la pasión que trasladaba, por lo importantes que hacía sentir a sus alumnos, como analista no tenía precio. Bien lo sabe su querido pupilo Domi del Postigo, que se marcaba un tanto cada vez que lo invitaba a su programa en la Ser o Localia para que todos disfrutáramos de su ironía, de su visión global, de su magisterio.  

Sin duda Málaga es desde anoche más pobre. Ha perdido a uno de sus referentes intelectuales, a una de esas personas que por sí solas hacen Universidad con mayúsculas, a un formidable ser humano que se empeñó tozudamente en seguir al pie del cañón hasta el final de la maldita enfermedad que se lo ha llevado. Pero por grande que sea el vacío que deja, Alejandro Rodríguez Carrión se ha preocupado mucho de dejar atrás un fantástico equipo en el Departamento de Derecho Internacional para perpetuar su imborrable legado. Que así sea.