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Los grises de Linde

Javier Gómez | 24 de junio de 2010 a las 9:47

PUERTO

YA no se lleva eso de soñar con escribir un libro. No. Ahora hay que aspirar a crear una serie de televisión de éxito. A ser como David Simon, Vince Gilligan, J.J. Abrams, Alan Ball, Kurt Sutter o David Chase. Y para idear una trama que cautive al espectador, la clave está en el malo. Pero no se trata de un malo convencional, al viejo estilo maniqueo, sino de uno repleto de grises. Ahora el malo tiene que caernos bien, ganarnos para su causa, hacernos reír, llorar, lograr que nos metamos en su pellejo y convencernos de que en el fondo es bueno y se arrepiente. El malo no quiere hacer cosas malas, son las circunstancias las que le obligan a ello. El antihéroe como ídolo. ¿Quién no ha querido abrazar a Tony Soprano? ¿Quién no justifica un poco los crímenes de Dexter, el maquiavelismo de Benjamin Linus, la transformación de Walter White en Heisenberg? ¿Quién no querría tomarse una copa con el tabernero Al Swearengen?

En Málaga hay un político que provoca ese tipo de sensaciones contrapuestas. Es Enrique Linde. Si se le juzga por su gestión, por la travesía del plan del puerto de fracaso en fracaso, sería fácil suspenderlo. Pero Linde, astuto como él solo, podría defenderse de las acusaciones. Le dejaron en herencia una Autoridad Portuaria en bancarrota, sin ingresos y con demasiadas esperanzas puestas en la integración de los muelles 1 y 2. Sin mucha ayuda, mantuvo firme la apuesta estratégica de los cruceros, una actividad que se ha demostrado un éxito , aunque sin duda ha podido hacerlo mejor -no peor- en la operación puerto-ciudad. Pero también el Ayuntamiento, que en vez de gastarse 74 millones de euros en Tabacalera y la Gerencia de Urbanismo, monumentos a las joyas y a la burocracia, podría haberlos empleado en liderar la tranformación portuaria, como han hecho otros consistorios.

Linde es como Odiseo, un superviviente que ha visto a muchos de sus compañeros caer. Fecundo en ardides, intenta terminar de una puñetera vez el tapiz del plan del puerto que el resto de la ciudad se empeña en destejer, porque muchos vemos un trapo donde algún empresario ve un Armani. Pero no creo que Linde ideara el caballo de Troya del edificio cultural, preajudicado a Unicaja, que esconde en sus entrañas un supermercado. Francés, no griego.

Sólo aquí es posible

Javier Gómez | 29 de abril de 2010 a las 9:14

TENGO a Miguel Rodríguez y a Francisco Porras, los presidentes de Myramar y Edipsa, los dos primos que salieron al rescate de Udisa y de la ciudad en el enésimo hundimiento del plan del Puerto, por dos empresarios serios. Dos malagueños comprometidos, que hacen sus negocios principalmente en la provincia, que dirigen dos promotoras con una larga e intachable trayectoria que no se ha visto salpicada por los escándalos protagonizados por muchos compañeros, dos firmas que construyen bien, con la calidad por bandera y que no se dedican a especular y salir corriendo.

Tengo a Braulio Medel, presidente de Unicaja, por un hombre prudente, un sabio de las finanzas y la política que no ha caído en las fáciles tentaciones del ego y la idolatría que le rodea. Un astuto catedrático que ha sabido llevar a la práctica sus lecciones, hasta situar a la caja andaluza en la Liga de Campeones de las entidades financieras españolas.

Por todo ello me deja perplejo la deriva adquirida por el plan especial del Puerto y su zona noble, una concesión que gestionan mayoritariamente ambas firmas y Unicaja. El mejor suelo libre de la ciudad, cuyo destino llevamos dos décadas debatiendo, montando y desmontando. Era una buena idea, discutible pero razonable, situar la sede de la obra social de la caja, un potente edificio cultural, en la denominada esquina de oro. Pero lo de colocar un supermercado al lado, como lleva dos meses advirtiendo este periódico, es una aberración impropia del prestigio de las tres sociedades e inaudita incluso para un lugar que se quiere tan poco a sí mismo como Málaga.

Sólo aquí es posible que todo el mundo -incluyendo el presidente de la Autoridad Portuaria, Enrique Linde, y el alcalde, Francisco de la Torre- esté en contra de algo y sin embargo ocurra. Sólo aquí es posible que para una vez que se ponen de acuerdo los dos partidos y sus líderes locales, Miguel Ángel Heredia y Elías Bendodo, sea para criticar algo que puede suceder gracias a la desidia y falta de liderazgo de las instituciones en las que gobiernan.

Hay quien ha recopilado los cientos de artículos que ha merecido el plan del Puerto. Deberían enterrarse en una caja bajo la Farola. Los malagueños del futuro alucinarían.

No se culpe a nadie

Javier Gómez | 28 de febrero de 2010 a las 11:17

Ya iba siendo hora, tras tres décadas de debate ciudadano, de presentar y retirar proyectos, de frases grandilocuentes, de poner a arquitectos estrellas en fuga, de que en el Puerto se hiciera una actuación singular. Singularísima. Algo que sólo podría ocurrir en Málaga. En sus mejores suelos libres, en la plataforma donde se funden el mar, Gibralfaro, el Parque y la Malagueta, en los dos muelles que envidian muchísimas ciudades porque en contadísimos lugares del mundo se puede desembarcar a los pies de una Catedral y una Alcazaba, nosotros pondremos un supermercado.

Es lo que tiene ser la gran metrópoli del Sur de Europa, la excelsa urbe que aspira a la Capitalidad Cultural Europea, el Silicon Valley del viejo continente: cuando los demás van, nosotros volvemos. No es que seamos unos catetos sin redención posible. Es que somos unos innovadores, unos visionarios, unos iconoclastas sin remedio. Aunque de momento, ningún coolhunter se ha arrogado la idea. Como en aquel genial cuento de Cortázar, nadie tiene la culpa de que nos asfixiemos a fuerza de dar tantas vueltas con nuestro plan del puerto. Si hace diez años el arquitecto Moreno Peralta –qué incordio de hombre, siempre aportando ideas o poniendo el dedo en la llaga– encendió la mecha de la revuelta ciudadana (“Donde otros ponen un Guggenheim, nosotros cines y pizzerías”, dijo), el tiempo ha acabado empeorando sus perspectivas. Cualquiera preferiría un multicine a un supermercado de barrio.

Porque lo que va a ocurrir en el muelle de la Farola, si no lo impide un tsunami o una rara epidemia de sentido común entre nuestros gobernantes, es como poner la basura en el salón de casa, como instalar contenedores soterrados en la entrada de la calle Larios. ¡Huy, disculpen, pero me temo que eso ya ha sucedido!

Enrique Linde, presidente de la Autoridad Portuaria, asegura que él no ha propuesto la idea de ubicar un supermercado en la zona noble del plan especial del Puerto. Incluso afirma que no le gusta. El alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, del que se espera y se sigue esperando el liderazgo en cuestiones de diseño urbano, dijo en su momento que tampoco le apasionaba, que el lugar no parecía el más adecuado. A priori, el primer consenso de ambas autoridades en una década de tramitación del plan debería ser más que suficiente para zanjar el asunto. Pero no.

Las leyes de Linde

Javier Gómez | 28 de agosto de 2009 a las 10:22

Existe una enorme bibliografía sobre las leyes de Murphy. Ya saben, el Si algo puede salir mal, saldrá mal y sus interminables corolarios. Pero aunque la paternidad de la ley de la tostada que siempre cae del lado untado ha sido muy discutida, podemos y debemos proponer un candidato malagueño para darle nombre: Enrique Linde. Para su desgracia, el veterano socialista ha tenido oportunidad de catalogar las infinitas variables de la Ley de Murphy con el plan del Puerto de Málaga. Todo lo que ha podido salir mal ha ido peor. Primero se encargó la transformación de los muelles 1 y 2 a unos listillos disfrazados de multinacional. Presentaron tales bodrios para el espacio más noble de la ciudad que por una vez la sociedad civil se movilizó y la Junta reaccionó. La iniciativa pública se quedó con el muelle 2 y se convocó otro concurso para que privados serios explotaran el muelle 1. Y el plan ha seguido a pies juntillas los dictados de Murphy.

Junto al Paseo de los Curas se decidió crear el llamado Palmeral de las Sorpresas. De momento más que sorpresas ha habido sustos. El muelle hacía aguas, llegó la plaga del picudo rojo y la empresa adjudicataria quebró.

En cuanto al muelle de La Farola, donde se acaban de encontrar unos restos arqueológicos que envenenan los sueños de Linde, se lo disputaron las mejores promotoras de Málaga. No ganó ninguna de ellas ni el mejor proyecto, sino la oferta que más dinero daba al Puerto. Obviamente, salió rana. Udisa, que va camino de dar más pases que José Tomás, apenas dejó secar la tinta del contrato de concesión para venderla a dos empresas locales. Ambas solventes, pero que se han topado con la peor crisis inmobiliaria que se recuerda y se lo están tomando con calma chicha.

El Universo confabula en su contra. Principio fundacional de las leyes de Linde.

No se culpe a nadie (o a todos)

Javier Gómez | 12 de marzo de 2009 a las 12:33

La travesía del Puerto de Málaga, un crucero con escala permanente en el fracaso, recuerda aquel breve cuento de Cortázar en el que un hombre se asfixia con su propio jersey. No se puede culpar exclusivamente a Enrique Linde del desastre del plan especial. El veterano político socialista ha sido simplemente un mal ejecutor de la estrategia diseñada por la ciudad, por la Junta, por el Gobierno. También un Ben Gunn abandonado a su suerte, sin financiación pública, en la isla que sigue siendo el Puerto de Málaga. Aunque en este caso está por ver que haya algún tesoro escondido.  A Linde se le puede responsabilizar de los despropósitos de los múltiples concursos para los muelles 1 y 2, del retraso del Palmeral, de pliegos de condiciones que priman más el canon que se paga a la arruinada Autoridad Portuaria que la inversión que se hace en la fachada marítima de la ciudad, de elegir mal, muy mal, a las empresas.

Pero Linde no diseñó un plan que tocaba todos los palos, aunque estos fueran incompatibles. Linde no hizo el informe de impacto ambiental positivo de la barbaridad paisajística que fueron la ampliación del dique de Levante y el gigantesco muelle de contenedores, las grúas industriales que mancillan la postal de la Bahía. Linde tampoco tiene la culpa de la insuficiente implicación del alcalde en el Puerto, de la nula voluntad política del PSOE de convertir el plan especial en la gran obra de la Junta y el Gobierno en la ciudad, de que llegue Maersk y monté un puerto mejor y más barato en Tánger. Al plan del puerto lo mataron todos. Pero él sólo se murió.

Arriad la bandera

Javier Gómez | 6 de marzo de 2009 a las 13:29

La misma historia de siempre. Sos (same old shit), que dirían los americanos. Que si tenemos que recurrir a la inversión pública para salir de la crisis, que si un nuevo New deal, que si el PP lo quiere privatizar todo… Diez años después de anunciarlo, tres o cuatro planes especiales fracasados después, con varias espantadas, escándalos de lucrativos ‘pases’ de concursos públicos, cambios de propiedad entre los adjudicatarios, quiebras de empresas, todos los desastres imaginables incluidos, la Autoridad Portuaria de Málaga, que dirige el socialista Enrique Linde, ha optado otra vez por la iniciativa privada para el gran puerto deportivo que lleva décadas esperando esta ciudad. Desde luego, no todos los males del Puerto pueden ser culpa de Linde. Detrás de esta decisión de encomendarse a las empresas se esconde la cruda realidad: ni la Junta ni el Gobierno central están dispuestos a gastarse un euro en estos momentos. Y eso que la Costa del Sol lleva más de una década soportando una absurda moratoria de nuevas plazas de amarre de yates basada en la incapacidad de la Empresa Pública de Puertos de Andalucía (EPPA) de cumplir una sola de sus promesas.  

El puerto deportivo de San Andrés no recibirá ni un euro de inversión pública, pero si se encuentra alguna constructora dispuesta a financiar los 24 millones de euros que como mínimo costarán las obras, ésta también tendrá que abonar al menos 450.000 euros de canon anual a la Autoridad Portuaria, que hace negocio sin poner un duro. No sería de extrañar, como ocurrió con el concurso del muelle de la Farola, en el que se primó el peaje a pagar al Puerto por encima de otras cuestiones mucho más importantes como el proyecto o la inversión a desembolsar, que al final, después de veinte años, tengamos un churro. Rentable, sí, pero churro. Es lo que nos merecemos.