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La deuda de Manolo

Javier Gómez | 2 de octubre de 2011 a las 8:57

Esta vida, hermosa y terrible, sabia e incomprensible, madre y asesina, piadosa e implacable, amada y maldita, le debía demasiadas cosas a mi compañero y amigo Manolo Becerra. Puede que el papel de un periódico no sea el sitio acostumbrado para glosar las virtudes de un hombre que, simplemente, hacía este mundo mejor. Las buenas personas no suelen ser noticia. Preferimos llenar las páginas e informativos de deportistas, basurilla del mundo del corazón, mediocres, asesinos, malnacidos, ladrones, canallas, mentirosos, chupópteros y caraduras. En la parte menos mala de las muchas categorías de protagonistas de la información están los políticos que prometen cosas que jamás cumplen. Y una de las más nobles tareas del periodismo consiste en mantener vivos esos compromisos, exigir su cumplimiento, señalar las necesidades de desarrollo de un territorio, las oportunidades y las injusticias cometidas. No es tarea grata. A menudo el cargo público de turno sufre una amnesia temporal que le impide recordar lo que prometió el día anterior y se irrita cuando alguien se lo señala. Si el proyecto es del año pasado, o si se lanzó en alguna campaña electoral de la que nunca quieren acordarse, ocupa uno de los últimos lugares perdidos en su hipocampo. Seguro que si escaneamos el cerebro de un político encontraríamos ese limbo en el que se pierden las palabras y las promesas. En ese territorio nebuloso era un experto explorador Manuel Becerra. Memoria y puntal del diario Sur y abogado de Málaga para los compromisos de las administraciones y los partidos, vigilante que sabía al dedillo el retraso de una obra, su encarecimiento o modificados, Manolo tenía el reconocimiento unánime de los políticos a los que a menudo fustigaba cariñosamente con el látigo de las hemerotecas, de los constructores, los ingenieros, los arquitectos e incluso del público más difícil, los compañeros. Toda la profesión quería a Becerra. Eso tampoco lo puede decir mucha gente.

A Manolo, a Málaga (a menudo eran lo mismo), la Junta y el Gobierno central les deben un tren de la Costa del Sol que se prometió en una rueda de prensa en el año 2000, en plena precampaña. Han pasado once años y no se ha puesto una sola traviesa, aunque la necesidad, si cabe, es aún mayor.

A Manolo, a Málaga, el Gobierno y la Junta les deben que el AVE llegue al aeropuerto. Allí dentro de unos meses se pondrá en servicio la segunda pista por la que tanto batalló.

A Manolo, a Málaga, el Gobierno andaluz les debe un Metro en condiciones y útil, que llegue no sólo a La Malagueta, sino a Ciudad Jardín y a su Rincón de la Victoria, como fue prometido.

A Manolo, a Málaga, la Junta y algún Ayuntamiento les deben un saneamiento integral digno, un mar sin natas gracias a que las depuradoras y colectores están terminados y las empresas que los gestionan hacen bien su trabajo. También la planta desalinizadora de Mijas, la corrección de Meliones y sus vertidos salinos al pantano del Guadalhorce, ese recrecimiento de la presa de la Concepción para no tirar al mar el agua que luego nos falta.

A Manolo, a Málaga, el Ayuntamiento de Málaga les debe el bulevar sobre el soterramiento, más parques para su futuro hijo, más campos de rugby y deportivos en los que sus amigos lo recuerden.

A Manolo, a Málaga, Fomento les debe el terminar de una maldita vez la hiperronda y la autopista de las Pedrizas, el tercer carril de la ronda este, el soterramiento de San Pedro. Y la Consejería de Obras Públicas, ese vial distribuidor anunciado hace más de una década, como la carretera del arco Vélez-Marbella o el Eje del Guadalhorce.

A Manolo le debemos mucho. Como mínimo seguir recordando todo esto cada vez que alguien nos venga con una nueva promesa.

Another little scandal

Javier Gómez | 29 de septiembre de 2011 a las 13:24

Hay grandes, ruidosos y ensordecedores escándalos, de elefante loco corriendo por la planta de vajillas, jarrones y cristalería de El Corte Inglés, como el ocurrido en Ronda y en el PSOE de Málaga -permítanme que juzgue ambas cosas inseparables-. Escándalos que no se pueden ocultar, vergüenzas ante las que no vale la habitual táctica del avestruz, la vieja estrategia de esperar hasta que escampe. Cuando te pillan en paños menores ya puedes guarecerte en el búnker de la sede del partido, que acabas empapado de bochorno. Pero también hay pequeños escandalitos, miserias del día a día, injusticias que a mucha gente no le parecen tales y que pasan desapercibidas porque se han convertido en costumbre, en parte del paisaje de lo que consideramos normal pero no lo es tanto.

Nos guste más o menos, Málaga es una provincia que vive del turismo. Pero aunque parezca inaudito, su Escuela Oficial de Idiomas (EOI) nunca ha ofrecido a sus alumnos el nivel máximo de los idiomas inglés, francés y alemán. Y, pese a lo anunciado y prometido, parece que este año tampoco lo hará. La EOI se levanta desde hace 40 años en Martiricos, en un viejo edificio que se ha quedado pequeño pese a las muchas pequeñas ampliaciones que se han ido haciendo burlando la escasez presupuestaria. No puede decirse que haya sido una prioridad de la Consejería de Educación. Tampoco que la Universidad, a la que realmente debería estar ligada, le haya hecho mucho caso ni reservado un hueco en su campus de Teatinos, su sitio ideal. Cada año miles de alumnos (este curso unos 6.300) se quedan sin la plaza deseada y sin la posibilidad de aprender idiomas salvo que se vayan a academias privadas. Una más de las muchas vergüenzas de la Junta en Málaga, cuando además se trata de una de las inversiones más baratas y rentables que podría hacer la administración autonómica en la provincia.

Desde hace tres años, su saturado pero comprometido profesorado, liderado por la recién jubilada directora Modestina Romero, viene insistiendo a la Consejería para que les permitan enseñar, con los mismos recursos, los niveles C-1 y C-2, con los que se accede, por ejemplo, a puestos de trabajo en la UE. El monstruo burocrático finalmente dijo que sí, pero la concesión venía con sorpresa. Tendrán prioridad los profesores que pertenecen a los colegios públicos supuestamente bilingües, una forma como otra cualquiera de admitir que esos docentes no tienen en realidad un inglés o un francés tan nativo como han venido vendiendo los políticos. Y el resto del profesorado estará en el segundo puesto de preferencia, dejando pocas opciones y menos plazas al alumnado general. Así Educación se ahorra gastarse lo que debiera en formar a su personal y encima vende la burra del C-1. Same old shit.

El baile del ‘Titanic’

Javier Gómez | 15 de septiembre de 2011 a las 10:41

Cuando en un barco se abre una vía de agua lo primero que hace el capitán, siempre que no sea un Ahab que deambule por la cubierta obsesionado con alguna ballena blanca, es ordenar que se conecten las bombas, que la tripulación se ponga inmediatamente a achicar y que se intente a toda costa cerrar el casco, bajo riesgo de irse al fondo del mar a dormir con Bob Esponja. Eso, que sería lo normal, no es demasiado habitual en los partidos políticos. Al menos no en el PSOE de Málaga. Hace bastante tiempo que los socialistas viven anclados en la última noche del Titanic, bailando en los salones y jugando a la sillita de la reina mientras todo se va a pique. La nave ha chocado con varios icebergs, y el de la crisis no es el primero en Málaga. La gran sangría del PSOE procede del sentimiento de agravio instalado en la conciencia del electorado, de la sensación indiscutible, que la Junta alimenta con incumplimientos continuos, de que los socialistas dan por perdida la segunda provincia andaluza. Incluso han ordenado sellar el compartimento con sus compañeros dentro, sacrificio que no evitará el naufragio.

Hace tiempo que Málaga dejó de ser una prioridad para el Gobierno autonómico y más tiempo aún que los populares castigan ese flanco, cual boxeador machacón, aburrido pero eficaz. Y desde San Telmo no hacen nada por protegerse el hígado. Al contrario, Griñán ha sumado algún feo (“yo no veraneo en Marbella”, “vendré a Málaga cada quince días”) a la larga lista heredada de Chaves. Hace diez años se prometió a bombo y platillo un tren litoral desde Nerja hasta Estepona. Ha habido cinco consejeros de Obras Públicas y ni se ha puesto una miserable traviesa ni se pondrá. Hace tres, los estrategas de la Junta, para contrarrestar el clamor de la ciudad en demanda de un tercer hospital, se inventaron en un par de charlas de café el proyecto del megahospital, a pesar de que era justo lo contrario de lo que venían defendiendo. Hace más de una década, los responsables autonómicos anunciaron la carretera del Arco entre Vélez y Marbella, llevar la autovía del Guadalhorce hasta la A-92, construir ese vial distribuidor de la hiperronda que es vital para el desarrollo de la ciudad. Todo parado o abandonado. En cambio, el martes el Consejo de Gobierno anunciaba la licitación por 307 millones de euros del tramo Lucena-Estepa de la autovía del Olivar que llegará hasta Úbeda. Una obra de dudosa prioridad en estos tiempos, como fue enterrar cientos de millones de euros en ese AVE regional en el que todos los trenes conducen a Sevilla.

No parece, sin embargo, que Arenas vaya a acabar con el centralismo si recibe el mando de la nave. Se ha retratado dándole la razón a Zoido en su demanda de un Estatuto de la Capitalidad y fondos extra para Sevilla. Bonita forma de apagar un fuego, echarle gasolina.

Tragedia de lo legal y lo correcto

Javier Gómez | 1 de septiembre de 2011 a las 18:24

No hace falta ir en silla de ruedas o tener un familiar o amigo discapacitado que lo haga. Basta con tener un hijo pequeño y llevar el carrito a cuestas para irritarse con la larguísima rehabilitación del Teatro Romano de Málaga, que tras más de 2,3 millones de euros invertidos y casi dos décadas de trabajos ha sido incapaz de hacer más accesible el monumento. Se mire por donde se mire, la por otra parte bonita -y cara- caja verde del centro de interpretación del recinto arqueológico es una chapuza. Sólo de esa forma puede calificarse una obra realizada bien entrado el siglo XXI en la que se falta al respeto a las personas con movilidad reducida. Al inmueble se habilitaron dos entradas. La principal, con escalones, y la trasera, con una pequeña rampa sin el ancho suficiente. Esa fue una elección estética, en la que no entró en consideración ninguna afección al yacimiento. A partir de ahí, cualquier defensa que haga la Junta del proyecto elaborado por el arquitecto, profesor de la Escuela de Arquitectura de Sevilla, Antonio Tejedor, queda bajo sospecha. Entre otras cosas porque hubo numerosos problemas durante la ejecución del mismo. Y los nueve escalones que interrumpen el tránsito de los discapacitados, a modo de insalvable barrera, que les mostramos el martes en la fotografía de portada de este periódico, en el punto de mira. Alguna forma de no ponerlos, de permitir el acceso de todos al escenario y cruzar por delante del graderío, tenía que haber. Tiene que haberla. Parece que la hay. Como era posible no insultar a una parte de la sociedad colocando esa rampa en la trasera de la vergüenza. Pobre sensibilidad, y así nos va, la de los técnicos del Gobierno andaluz y de la Gerencia de Urbanismo que autorizaron en su momento ese diseño en lugar de esforzarse en mejorarlo.

A partir de ahí, la irritación -con algo de puesta en escena, que para algo hablaba del Teatro Romano- expresada ayer por el consejero de Cultura al hilo de la polémica, suena a obra mil veces representada. A menudo los tecnócratas -y hasta ahora no incluíamos a Paulino Plata en esa categoría- confunden lo legal con lo correcto, la norma con la moral, lo común con lo oportuno, lo habitual con lo deseable. Y con mayor frecuencia tratan de ocultar errores en la gestión o cobardías en la toma de decisiones políticas amparándose en el criterio de los técnicos. Que una actuación pública cumpla la legislación y las normas no le otorga automáticamente el certificado de calidad. Es el mínimo exigible y siempre se puede hacer mejor. En el caso del Teatro Romano puede que la ley no ordene quitar esos malditos escalones, pero debería ser obligatorio. Lo demás son pantomimas.

Se busca político kamikaze

Javier Gómez | 18 de agosto de 2011 a las 10:39

Más que un presidente, lo que este país necesita es un kamikaze. Alguien comprometido hasta el punto de hacer lo correcto aunque casi nunca sea lo más ventajoso para el partido. En tiempos duros hacen falta medidas contundentes, y la cabeza del político que maneja las tijeras del recorte recibe el último tajo. Decía Obama, en su ya lejana edad de la inocencia, que el principal mal de los políticos de Washington era que pensaban en la reelección al minuto siguiente de lograr su escaño. Como San Pedro, el abogado de Illinois también ha renunciado a sus principios para asegurar su supervivencia. Y si eso ocurre en un país con la sólida tradición democrática de Estados Unidos, donde reina el bipartidismo pero en el que republicanos y demócratas a menudo votan contra sus propias formaciones sin que nadie se lleve las manos a la cabeza ni inicie expedientes de expulsión, no hace falta decir lo que pasa en España.

Confundimos democracia con partitocracia y Estado del bienestar con Estado del cachondeo. No hay que ser un liberal recalcitrante para darse cuenta de que nuestro modelo es tan insostenible como indeseable. Hace unos días, cenaba con unos amigos funcionarios, de distintas administraciones, y el diagnóstico coincidía: sobra la mitad y la otra está desmoralizada, quemada por la ineptitud de los políticos al cargo y el pasotismo y la caradura de muchos compañeros a los que nadie exige ni sanciona. Su única motivación es la conciencia, una vergüenza torera que se va diluyendo a medida que se acumulan los agravios. Ser funcionario no es ningún chollo, pero hemos armado un sistema en el que lo parece: todo buen padre prefiere que sus hijos sean empleados públicos a emprendedores, la confianza de la invulnerabilidad del funcionario, cual intocable de Elliot Ness, a la incertidumbre de la vida del profesional privado. Si no rinde, a la calle. De los autónomos, esos héroes y mártires, hablaremos otro día.

Los funcionarios no son el principal mal de este país, pero su configuración actual sí es un grave problema con el que no vale la política del avestruz. Hay que controlar su productividad -y no darles un plus por el mero hecho de ir a trabajar, como se ha hecho en Málaga-, crear planes de carrera para que puedan progresar en función de sus méritos o ser degradados o despedidos por sus deméritos, hacer catálogos para ver las necesidades reales de plantilla. Sobran, efectivamente, muchos. En las diputaciones, en las autonomías, en el Gobierno central y en los ayuntamientos. Especialmente graves son casos como los de Estepona o Manilva, con muchos, muchísimos enchufados, o los coladeros de las empresas públicas. Necesitamos políticos valientes, que cojan el toro por los cuernos aunque las urnas puedan darles un revolcón. Pero de momento no se ve ninguno.

La familia y su casa

Javier Gómez | 26 de junio de 2011 a las 3:38

QUE los Picasso se sientan como en casa en Málaga no sólo es importante: se trata de una cuestión de Estado. Su Museo, que también lo es de todos los andaluces, es posiblemente el equipamiento cultural más importante construido en los últimos cien años en la comunidad, y su inauguración en 2003 fue la mejor noticia que ha vivido esta ciudad en muchísimo tiempo. Cuando se le reprochan a la Junta ciertos agravios con Málaga no deberíamos olvidar que invirtió 72 millones de euros en el Buenavista y que todos los años el centro se lleva la mayor partida de los presupuestos de la Consejería de Cultura, lo que genera no pocas críticas en el resto de provincias. Todavía debemos lamentar que la rigidez de miras de algún técnico de Urbanismo impidiera que la familia tenga en Málaga residencia permanente, concretamente en el barrio de la Victoria.

Por fortuna, salvo algún patinazo, la pinacoteca ha estado relativamente al margen de la eterna confrontación política que ha marcado el desarrollo de otros proyectos, y aunque cabe reprocharle al Gobierno andaluz la tardanza en integrar al Ayuntamiento en la Fundación, en lo que respecta al MPM Francisco de la Torre siempre ha tenido una postura de lealtad, aguantando los desaires de la entonces consejera Carmen Calvo. Los populares, quizás sabiendo que la compleja gestión del centro y las relaciones con Christine y Bernard puede ser responsabilidad suya en menos de un año, se han cuidado mucho de añadir leña al fuego de la extraña polémica de esta semana. Tanto el regidor como Javier Arenas fueron prudentes, comedidos y conciliadores, al menos en sus declaraciones públicas, algo a valorar cuando el cuchillo se servía en bandeja de plata para clavárselo al rival socialista.

La polémica se iniciaba con la airada reacción de Christine Ruiz-Picasso contra la exposición Viñetas en el frente. Una crítica fuera de lugar, porque se basaba en que la muestra estaba “politizada” y era “oportunista” en “polémico periodo electoral”, seguramente fruto de alguna intoxicación y pésimo asesoramiento de su entorno, pero que no ocultaba el malestar de la gran mecenas del museo con su director por problemas anteriores. Aunque resulta triste que el Museo Picasso haya sido noticia nacional por esta bronca interna, que la cultura abra las portadas de los periódicos no deja de ser un buen síntoma: no todo está perdido. Y el movimiento surgido en apoyo de José Lebrero, un profesional serio, riguroso y de trayectoria intachable, que sin duda ha contribuido a dinamizar la actividad de la pinacoteca, a abrirla a la sociedad malagueña y a que deje de ser un “platillo volante” en el centro de la ciudad –definición que hacía la Junta del equipamiento para diagnosticar su aislamiento anterior–, también resulta significativo. Pero conviene no perder la perspectiva ni olvidar a quién debemos el contenido del Museo. También no excedernos en las críticas a la familia por una metedura de pata.

Casualidad o síntoma de una patología que esta ciudad debería hacerse mirar, los conflictos en sus dos museos más importantes –demasiado cercano el escándalo ya olvidado del Thyssen como para no traerlo a colación– deberían hacernos reflexionar sobre lo que es la figura del director de un centro cultural en el que las obras proceden de un préstamo o donación. Aunque resulte injusto comparar a María López, una debutante sin experiencia en la gestión que se embarcó en una guerra suicida contra la baronesa Carmen Thyssen y el gerente, Javier Ferrer, con Lebrero, de dilatado currículum, a ambos parece que se les olvidó lo principal: quién es el jefe.

Guste o no, una de las principales funciones del responsable del Museo Picasso de Málaga debe ser mantener excelentes relaciones con Christine y Bernard, hacerles sentir partícipes, protagonistas, imprescindibles como lo son para la existencia de la pinacoteca. Al fin y al cabo, más que la colección, la marca del Museo de Málaga, lo que lo distingue de los mucho más grandes y completos de París y Barcelona, es que se trata del único creado por la familia. Así que resulta casi imposible dirigirlo teniéndolos en contra. Habrá que ver si la paz presentada ayer por Paulino Plata, que ha debido tirar de toda su mano izquierda para apagar un incendio que quizás se pudo evitar, no es una simple tregua. Y resultaría importante, incluso vital, una pronta, urgente, visita a Málaga del presidente de la Junta, José Antonio Griñán, para expresar de nuevo el afecto y gratitud de los andaluces a Christine y Bernard Picasso. Los gestos cuentan.

Un cariño sin demostrar

Javier Gómez | 1 de noviembre de 2009 a las 14:10

Griñán, del que se da por hecha su capacidad como economista, se ha equivocado terriblemente con un cálculo. El presidente de la Junta ha evaluado mal el crédito del que dispone el Gobierno andaluz en Málaga. Injustamente para él, casi todo lo dilapidó su antecesor. Han pasado ya casi diez años desde que Manuel Chaves, quien como decíamos agotó la paciencia y la ingenuidad de los malagueños con su larga lista de promesas incumplidas, anunció en plena campaña electoral el proyecto del tren de la Costa del Sol. Desde entonces ha habido anuncios de todo tipo, peleas con el Ministerio de Fomento, y miles de papeles moviéndose arriba y abajo. Pero no se ha movido una sola piedra ni se ha puesto siquiera, aunque fuera simbólicamente, la primera traviesa. Los presupuestos de 2009 ya contenían una partida con el compromiso de las que obras comenzarían este año. Incluso el Consejo de Gobierno de la Junta, con Chaves aún a la cabeza, se reunió en Málaga para adjudicar el primer tramo, en La Cala de Mijas, por 163 millones de euros. Pero difícilmente se podrá hacer nada ni en lo que queda de año ni el que viene con la asignación presupuestaria que se ha destinado para 2010: cinco miserables millones de euros. Huele a nueva tomadura de pelo, y ya pueden apostar ustedes que la obra no se iniciará hasta 2011, oportunamente días antes de la campaña electoral de las municipales, en las que el PSOE teme perder su gran feudo de Mijas, a pesar de los esfuerzos de Antonio Sánchez por hacer olvidar el nefasto paso de Agustín Moreno por la Alcaldía.

El caso es que el proyecto ha pasado ya por las manos de cinco consejeros de Obras Públicas (Vallejo, Gutiérrez, Moreno, García y Aguilar) y ninguno ha dado hasta la fecha muestras de tomárselo demasiado en serio. Como si no se tratara de la infraestructura más importante que tiene pendiente Andalucía, para la que se prevén cien millones de usuarios anuales. Como si la Costa del Sol no recibiera cada año el 40% de los turistas de la comunidad. Como si Marbella, la única ciudad de la península de su tamaño sin conexión ferroviaria, no mereciera que la Junta la saque del ostracismo y le haga al menos el mismo caso que a Dos Hermanas, aunque no tenga mitinódromo.

En las cuentas andaluzas también sorprende, o quizás ya no, el olvido por segundo año consecutivo de la otra gran promesa socialista, el megahospital. Cada vez se confirma más que esta iniciativa surgió como surgió: una charla de café en la que se pactó inventarse una gran moto para tapar años y años de sequía inversora en materia sanitaria, una cortina de humo con la que ocultar que Málaga es la provincia andaluza con menor ratio de camas hospitalarias por habitante, y eso sin contar la población flotante. De los ridículos presupuestos asignados al plan Guadalmedina y al parque Arraijanal, el último as sacado de la manga autonómica, mejor ni hablar.

Hay muchos factores para explicar el olvido de Málaga en las cuentas andaluzas. Una de ellas es que el secretario provincial del PSOE, Miguel Ángel Heredia, está más ocupado cazando tránsfugas para su zurrón de alcaldías inmorales que presionando en Sevilla. Otra es el permanente victimismo del Ayuntamiento de Málaga, que disfruta como un cochino en el barro de la confrontación y está encantado de morder las pocas manos que le pueda tender la Junta. El proyecto de gobierno de De la Torre puede estar agotado, sin ideas y dando síntomas de descomposición, pero siempre convencerá más a los ciudadanos que el modelo socialista de convertir las instituciones en instrumento de acoso y derribo al contrario. Y la Junta, como ha ocurrido en Vélez y Ronda, ha sido indigna avalista de mociones de censura o mercadeo de ayuntamientos. “Con nosotros, la Junta invertirá más”, se ha reiterado sin que a nadie le dé un síncope democrático.

Pero la mayor responsabilidad de estas malas cuentas para la provincia hay que atribuírsela al nuevo presidente de la Junta. El cariño, el trato especial que anunció para Málaga hay que demostrarlo con papeles, cumpliendo promesas y ejecutando proyectos. Sin eso, de poco nos sirve que esté aquí cada quince o veinte días.

Heredia devuelve el golpe

Javier Gómez | 12 de enero de 2009 a las 16:23

Sería injusto achacarle a su nuevo secretario provincial, Miguel Ángel Heredia, la responsabilidad de todos los males que atenazan a los socialistas en Málaga. También culparlo de la pérdida de peso, de la pírrica influencia, que tiene el PSOE malagueño en el regional y en la Junta. Heredia es un hombre de Zapatero, su vicesecretario general, Bernardino León Gross, es la mano derecha del presidente, y la presidenta provincial del partido, Magdalena Álvarez, tampoco es que sea vista con muy buenos ojos por el aparato regional. Así que no es de extrañar que Chaves y sus muchachos vean Málaga como una cuña de la renovación -vaya eufemismo por jubilación- de los ‘barones socialistas’. Sólo queda el presidente andaluz en la trinchera tras las salidas de Ibarra, Bono y Maragall.

Así que por una vez, y sin que sirva de precedente, tenemos que aplaudir el puñetazo -ya veremos si palmadita- en la mesa dado hoy por Heredia en la reunión de la Ejecutiva.  Tras el duro bofetón que ha supuesto para la provincia y, sobre todo, para los socialistas malagueños, el ‘affaire Cuenca’, el correoso diputado ha devuelto el golpe. ¿Que Chaves y Pizarro no quieren ni oír hablar de discursos localistas a propósito de la posible fusión de las cajas? Pues ahí está el líder de los socialistas malagueños diciendo alto y claro, por primera vez, que la sede de esa hipotética entidad tiene que estar en Málaga, que la Junta tiene que dar a esta provincia más peso y juego en el gobierno autonómico, que somos la capital económica.

También ha anunciado una batería de iniciativas en ayuntamientos y la Diputación para que se posicionen a favor de esta idea. Si la Junta y el PSOE andaluz no querían localismos, desde luego la mejor forma de combatirlos no era multiplicando por cien el centralismo, echando más gasolina al fuego. La batalla está servida.

Memoria de pez

Javier Gómez | 9 de enero de 2009 a las 13:42

Hay una canción de Joaquín Sabina que resume muy bien las tesis de la Junta de Andalucía a propósito del progresivo y escandaloso desmantelamiento de la Cuenca Mediterránea Andaluza, que este periódico lleva meses denunciando. Chaves lo desmintió, la consejera lo desmintió, el viceconsejero lo desmintió y el PSOE local lo desmintió. ¿Y qué ha ocurrido? Pues lo desmentido. En materia de aguas -y en otros asuntos como el sanitario-, la Junta y el PSOE (tanto monta, monta tanto) actúan como si todos tuviéramos memoria de pez.

Parece como si todas las acciones del Gobierno andaluz siguieran una premisa adaptada de Lampedusa: Las cosas tienen que descentralizarse para centralizarse aún más. Cada vez que el Ejecutivo central ha traspasado una competencia a la comunidad, el resultado ha sido un mayor centralismo, aunque de Madrid el poder haya pasado a Sevilla.

El hasta ahora director general de la CMA, Antonio Rodríguez Leal, ha puesto al fin el grito en el cielo. Pero ya es demasiado tarde. El dirigente socialista, cual Boabdil, ha podido hacer mucho más para defender su plaza. Y ahora que pierde el puesto se muestra indignado. Hace ya bastante tiempo, quizás desde el mismo traspaso de competencias y cambio de denominación de Confederación Hidrográfica a Cuenca, de presidente a director general, que el pastel de las obras hidráulicas se corta en el Guadalquivir. Y ahora que van a traspasar también esa cuenca, más aún.

Después desde el PSOE regional se preguntarán escandalizados qué han hecho mal los compañeros de Málaga para perder de calle las elecciones autonómicas.