Septiembre
Emerjo del metro con una maleta para un mes. Bedford street, Brooklyn, Nueva York. En el avión ya he fabricado septiembre: si yo soy Woody, Mariel me esperará junto al puente. Llevo un papel arrugado en el bolsillo con varios números garabateados. Son la contraseña de mi bienestar. En cien metros escucho veinte idiomas. El ruido es música en la manzana más grande del Atlántico. Toco un timbre ennegrecido por la roña digital y una voz distorsionada me da la bienvenida. Gran santo, enorme seña. Como no hay ascensor, le pego un par de puñetazos a mi maleta, que redistribuye su peso a regañadientes, con un gemido sordo, y subo unas escaleras crujientes. Dos, tres, cuatro puertas le tapan la boca a dos, tres, cuatro apartamentos hinchados de gritos, radios, televisores, aspiradoras, pisadas cortas de niño y aceite de freidora. Planta tercera, puerta segunda, he llegado. Intento mantener una conversación matona con mi sudor, que aprende rápido y, faltón como un neoyorkino, me contesta que no tiene ninguna intención de disolver su sociedad con el calor. Antes de llamar, pienso en Jiminie Coltello, mi compañera de piso, una mujer a la que nunca he visto y a la que imagino de mil maneras distintas, todas benévolas en el peor de los casos. Puede vestir la piel de la hija rebelde de un gánster y seducirme bajo la amenaza latente de la pólvora. O ser una fotógrafa de guerra que se empapa de bohemia hasta su próxima caravana de sangre. Puede desfilar en la pasarela púrpura de París o estudiar económicas en Columbia. Tal vez sea una ninfómana, o una neurasténica, o una adicta a los fármacos. La puerta me silba. Eh, tú, ¿qué coño quieres?, así que llamo y escucho un choque de platos recolocados y a Jiminie que se acerca con una liviandad que elimina tajantemente el espectro de la obesidad y me atiborra de fantasía. La puerta se echa a un lado como un chulo cuando al fin te ve sacar la billetera y en el umbral se clava una figura breve, apenas metro y cuarenta centímetros, que me observa radiante. Confundido, arrastro la maleta al interior y le planto un beso en la mejilla tras dudar si tenderle la mano. Jiminie me hace pasar al saloncito, que además es comedor, cocina y casi dormitorio para invitados, y me dice que me siente y me prepara un café sin que se lo pida. La radiografío sin ningún pudor mientras ella me da la espalda aunque a veces lance un sondeo de reojo. No hay transición entre su tronco y sus caderas, que decaen en los tobillos como acumulándose en nudosas constelaciones. Sus brazos son cortos, su cuello grueso y su rostro ambiguo y grotesco, monopolizado por una nariz imposible que minimiza la asimetría de sus ojos y el contraste entre una barbilla redonda y puntiaguda y una descomunal papada. Lleva dos anillos en la mano derecha, ambos dorados, y me habla en un inglés de Brooklyn boicoteado por su voz de ardilla. Me hundo en el sofá abrumado por la fábula amasada durante meses. Jiminie Coltello es la negación de una expectativa. La soledad de Nueva York es la más concurrida del mundo, pero me siento radicalmente solo de repente. Jiminie trae una bandejita de plástico con dos tazas que humean y me la tiende con diligencia. Luego calcula bien la separación que nos merecemos y se sienta al otro extremo del sofá. Nos tanteamos con curiosidad, como animales, y crece en mí un sentimiento de ternura que intuitivamente atribuyo a sus propias radiaciones. Progresivamente, me avergüenzo de todas las falsas Jiminies almacenadas en mi vitrina del deseo. Le doy un sorbo al café y me sorprende no encontrarlo demasiado aguado. A los diez minutos comprendo que ella me cuidará a cambio de nada, el tiempo que sea, con esa sonrisa radiante empotrada en su extraña cara. Me levanto y abro la maleta sin ningún motivo y rebusco entre los pocos paquetes que traigo y desenvuelvo una botella de tinto y le digo que es un regalo y ella abre tanto los ojos que parece dispuesta a expulsarlos y rompe la distancia de seguridad y me abraza y revienta mis últimas reservas sin buscar nada a cambio.

