La maldición de Raymond Felton

Fede Durán | 21 de mayo de 2013 a las 20:28

Cuando el despertador ha sonado esta mañana, al trazar la curva ascendente de la incorporación, me he sentido diferente. A pesar de esa leve advertencia, traducida en un extraño embotamiento, he cumplimentado el ritual de mis inercias: me he rascado las pelotas, he bostezado y me he acercado a la cocina, abierto el frigorífico y servido un vaso de leche. Después he ido al baño y me he topado con un extraño. Mi grito, inusualmente grave, ha provocado movimientos y murmullos en los apartamentos contiguos. De un brinco, me he plantado nuevamente en la cocina y he agarrado el cuchillo más grande de mi colección. El corazón me ha recordado en todo momento la gravedad del descubrimiento y la magnitud de la amenaza. Un tipo negro bastante familiar, alto y macizo como un mulo, ha aparecido en mi jodido cuarto de baño como por arte de magia.

He contado hasta tres y me he lanzado al baño a tumba abierta, empuñando el mango del cuchillo hacia abajo, como en Psicosis, y dispuesto a apuñalar al intruso sin miramientos. Mis puñaladas se las ha zampado el aire. Allí no había nadie. El negro era yo.

Soy un broker de Wall Street que se ha convertido en Raymond Felton. No me pregunten por qué.

Raymond Felton juega de base en los Knicks. Mide uno ochenta y cinco y pesa noventa kilos. Debutó en la NBA en 2005. Lleva la cabeza rapada y luce una barba bien perfilada de cuatro días.

Me dirijo a la oficina en metro. La mitad del vagón me sonríe (serán de los knicks), la otra mitad no levanta la vista de sus móviles y tabletas (serán de los Nets). Al bajar en Canal Street (necesito caminar un par de kilómetros Manhattan abajo para aclarar mis ideas), una viejecita me pide un autógrafo y me promete que le regalará mi camiseta oficial a su nieto Billie. Camino sin aclarar mis ideas. Unos turistas japoneses me paran sin tocarme, me ruegan que nos hagamos una foto sin tocarme y se marchan con reverencias pero sin tocarme. Dos tíos me piden a gritos, desde la acera opuesta, que esta temporada eliminemos a los Heat. Luego me dicen “ánimo, hermano” y levantan el pulgar y lanzan esos berridos tan típicamente yanquis. Paro para comprar un café en La Colombe y la chica que me atiende no me deja pagar. Luego me compro una gorra de los Mets que me devuelve al anonimato. Sigo caminando, sigo sin aclarar nada. A la entrada del rascacielos que alberga mi oficina me detiene un tipo de seguridad más o menos de mi tamaño, o sea, del tamaño de Raymond Felton. También es negro. Me pregunta que a dónde voy, le contesto que a trabajar. Me pregunta que dónde trabajo, le contesto que en Goldman Sachs. Me dice que le parezco sospechoso, que mi ropa me está pequeña y que ningún broker es de los Mets. Le enseño mi abono de los Mets, mira la foto y afirma “eres muy cachondo, hermano, pero si no te largas llamaré a la pasma”. Reconstruyo en mi defensa todo mi árbol de ascendientes, desde la raíz hasta los antebrazos más finos de la copa: Michael Cruz, hijo de guatemalteco e irlandesa, nieto de catalanes y alemanes, descendiente de conquistadores, mayas, judíos y sajones. El tipo llama a la pasma. Me voy por piernas.

Estoy en Bleeker Street. Busco una cabina y llamo a Angie, mi novia. “¿Qué te pasa en la voz?”, inquiere. “Me he resfriado”, alego. Quedamos en media hora. Aparece en la barra del bar y no me ve. Alzo la mano y la saludo. Parece sorprendida, pero se acerca con una sonrisa de luna creciente. “¿Oh, dios mío, eres Raymond Felton?”. “No, coño, soy Michael”. “¿Michael Felton? ¡Eres clavadito a tu hermano!”.

Hago una pausa para diseñar al vuelo una estrategia comunicativa. Me acojo a la filosofía Walter Sobchak: la belleza del plan radica en su sencillez. “Angie, soy Michael. Tu Michael. Michael Cruz. Bolita de Nieve”. Utilizo este último alias confidencial para que sepa que hablo en serio. Nadie más, repito, nadie sabe una mierda sobre el asunto Bolita de Nieve.

Abre los ojos como platos, me da un bofetón y le exige al camarero que me eche. Permanece de pie, con los pies de cemento, tiesa como una momia. El barman lanza un juramento pero tampoco se mueve. Es un blanquito huesudo y diminuto con coleta y gafas de miope y sin ganas de follón. “Haya paz”, dice. “Señorita, no veo que el señor haya cometido ilegalidad alguna. Ha abonado su consumición y no hace ruido”. Angie le fulmina con la mirada: “¿Acaso eres juez, cabrón de mierda?”. La ratita blanca se escurre hacia las profundidades de la barra y da por zanjado el asunto sin añadir sal y pimienta a su frase inicial.

“Angie, soy yo”, insisto. “¿Qué cojones te ha pasado?”. “No lo sé”. “Pero eres el jodido Raymond Felton”. “Sólo superficialmente. De todas formas, técnicamente sería discutible”.

Angie me mira enterito, despacio, descosiéndome, masticando mis pequeños ángulos faciales, mis hombros de bisonte, mi nariz de ébano.

“Adoro a Raymond”. “¿Qué?”. “Lo adoro, Michael. Ya sabes que mi familia vive para los Knicks. Es mi jugador favorito sólo por detrás de Melo. Es impresionante estar con él ahora. Contigo. Con los dos”. “¿Qué?”.

Cogemos un taxi y vamos a mi apartamento. Angie me desnuda. Hacemos el amor salvajemente. Pedimos unas pizzas. Volvemos a hacer el amor salvajemente.

“¿Cuánto vas a durar así?”, pregunta. “No lo sé. Debería ir al médico”, contesto.

Angie se revuelve en la cama. Con un golpe de muslo, adopta una postura dominante. Ella encima, yo postrado. Me apunta desde las alturas con sus afilados pezones.

“Quizás seas como el insecto de Kafka. En tal caso ya nunca dejarás de ser Raymond por fuera y Michael por dentro. O podrías ser víctima de un embrujo de veinticuatro horas. Entonces no nos daría tiempo”. “¿Tiempo a qué?”. “A casarnos, idiota. Quiero matar dos pájaros de un tiro”.

He echado a Angie del apartamento. Al principio ha protestado, pero creo que en el fondo lo entiende.

Necesito caminar y aclarar mis ideas.

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El laberinto

Fede Durán | 21 de mayo de 2013 a las 11:15

España vive atrapada entre la resistencia de Rajoy y la debilidad de Rubalcaba. Aunque el bipartidismo pasará una temporada en la reserva según las últimas encuestas, los emergentes -IU y UPyD- no aportan nada que no exista ya. Cayo Lara mama del vetusto y trasnochado PCE, y Rosa Díez no es precisamente una outsider. Una vez más, nuestra invertebrada sociedad civil se muestra incapaz de articular un movimiento transversal que absorba el descontento popular y ofrezca al votante una alternativa despojada de los vicios de la militancia y, sobre todo, de la errónea creencia de que las ideologías democráticas del siglo XX son el único jarabe contra los problemas del siglo XXI.

De no cambiar las inercias políticas, en el mejor de los casos, el Congreso se atomizará y la cultura del consenso será parcialmente rescatada, porque el consenso en España no es sinónimo de unidad de convicción o conveniencia sino de mayoría parlamentaria interpartidista. Con el brío del bisoño Madina o del curtido López, los socialistas salvarían los muebles y pactarían con IU y, quién sabe, UPyD. Crucificado por la gestión de la crisis y la subida de impuestos más fiera de la historia, el PP tal vez conserve suficiente aliento como para volver al regazo nacionalista -si el regazo nacionalista no se independiza antes-.

Pero, ahondando en la filosofía yiddish, que es la filosofía del pesimismo congénito, aún existe un escenario peor. Porque es factible que el 15-M y sus satélites de indignación sí se transmuten en una lista electoral. Y entonces comprobaríamos cómo el español es un tipo de natural inmovilista, poco dado a experimentar con camisetas de otros equipos. Italia desmontó su mala fama con la eclosión del M5S, aunque después lo estropeara al malgastar tantísimos votos en pro de la antipolítica, curioso camino hacia ninguna parte si se atiende a la indiscutible verdad de que sólo ateniéndose a las reglas del juego se transforma el juego mismo.

Creer que el pueblo tiene el poder para mejorar un país es utópico. Al menos aquí. El hispano, por continuar con la autopsia sociológica, siempre ha preferido la voz autoritaria al peso de la libertad. Contar con un líder, sea héroe, villano o santo, exime de la responsabilidad del pensamiento propio y enriquece la cultura del quejido por el error ajeno, que es lo que mejor se nos ha dado desde que somos nación. España desperdicia su enésima bala y lo hace con culpabilidades concurrentes: culpables son los políticos y sus asentamientos; los malos empresarios del pelotazo y la estafa; esa Iglesia católica que languidece en Europa a golpe de escándalos y mensajes oxidados; los ciudadanos y su arcoiris de defectos: envidia, abulia, miopía, conservadurismo e individualismo, por citar algunos de los colores habituales.

Otra España es posible, claro. Sólo habría que recuperar la frase que Machado dedicaba a los sevillanos y adaptarla a todos los españoles. E incluso así, dos o tres siglos después, lavada la sangre y fagocitados los apellidos originales, todo volvería a ser igual. Pura magia. De la negra.

El lío del déficit

Fede Durán | 19 de mayo de 2013 a las 20:33

La batalla del déficit es el enésimo ejemplo de la España invertebrada descrita hace casi un siglo por Ortega y Gasset. Hay tantos matices como comunidades autónomas, pero entre los protagonistas destaca, como tantas otras veces, Cataluña. Inmersa en un proceso independentista, empeñada en compatibilizar la exigencia identitaria con el trato de favor, la Generalitat solicita al Gobierno central un objetivo diferenciado para 2013. Problema: es imposible saber cuál sería ese objetivo singularizado porque nadie conoce el general. La Comisión Europea podría relajar el listón oficial de déficit (4,5%) el próximo 29 de mayo. El equipo de Rajoy trabaja para que así sea. Y Andalucía observa expectante y prudente, con la mosca del agravio comparativo detrás de la oreja.

El PIB andaluz ascendió en 2012 a 145.597 millones. Una décima menos de déficit supone un ahorro (o un recorte) de 145 millones. Cada milímetro estadístico es un mundo económico. La Junta rebajó el desfase de sus cuentas al 2% el año pasado, igual que Cataluña. Como la meta era el 1,5%, pertenece al club de los incumplidoras junto a todo el arco mediterráneo: Valencia, Murcia, Baleares y el ya citado vecino del norte. Si Bruselas relaja la disciplina fiscal para los dos próximos años tal y como se especula, el Govern de CiU solicitará repetir su 2% o incluso superarlo. El ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, Cristóbal Montoro, ha dicho, de gallegas maneras (el efecto Rajoy), sí y no. Sí porque los contactos con su homólogo catalán, Andreu Mas-Colell, apuntan al guiño; no porque aclara públicamente que todas las CCAA -sin excepción- tendrán que mejorar los registros de 2012.

Volvamos al condicional. Si la Comisión da luz verde al 6,3% de déficit global (la suma de Administración central, CCAA, Seguridad Social y corporaciones locales), Montoro permitiría particularizar las cargas. Pero hay dos problemas. El primero es que Cataluña, por el peso de su economía, condicionará el objetivo autonómico del 1,2% si su desviación es excesiva. Un 1,8% ya sería demasiado a juicio del propio Gobierno, y Mas-Collel no aspira sino a repetir al menos el 2% de 2012. El segundo es que el foro para tomar esta decisión, el Consejo de Política Fiscal y Financiera, no es en realidad bilateral sino comanditario. Cataluña tendría que superar las reticencias de prácticamente todas las CCAA, incluidas las del PP.

Aunque la Junta patalee poco por ahora, su presidente, José Antonio Griñán, tiene claro que la vía andaluza consistirá en concretar una fórmula “objetiva” basada en el endeudamiento y la financiación. La deuda pública de la comunidad se elevó en 2012 a 20.544 millones, el 14,6% del PIB, según datos del Banco de España. No es un mal dato: Con menos habitantes, tanto Cataluña (50.489 millones) como Valencia (29.437) presentan peores indicadores, mientras que Madrid se mueve prácticamente en la misma franja (20.130). En términos porcentuales, Andalucía está tres puntos por debajo del promedio nacional.

Respecto a la financiación, Griñán siempre recuerda que la región obtiene del Estado el 95% de la media. Cantabria recibió en 2012 el 125%, La Rioja el 116%, Extremadura el 109%, y tanto Cataluña como Madrid (dos de las ricas), el 101%. Andalucía logra 2.195,6 euros por habitante, 148,5 menos que Cataluña.

Hay un problema de fondo que Bruselas no detecta ni España aborda: la austeridad es la norma y el recorte del gasto el camino, pero sólo Castilla-La Mancha ha esquilado, hasta dejarla en 54, la fabulosa nómina de empresas, fundaciones y entes públicos tan típica de los tiempos del despilfarro y la orgía del ladrillo. Sería óptimo que al renegociar el déficit, Hacienda compruebe qué ha sido de la reordenación del sector público incluida en el paquete inicial de recortes, exigida por el ciudadano e instalada hoy en un cómodo olvido. La Junta debía dejar sus 380 organismos paralelos en 269. A 1 de octubre de 2012, el Ministerio contabilizaba todavía 363. Por comparar, Madrid tiene 172. En Cataluña, donde el culto a la identidad generó duplicidades de Estado, hay 434. Baleares suma 167, Valencia 151, Galicia 126, Aragón 124, Canarias 93 y Castilla y León 88.

La crisis dentro de la crisis

Fede Durán | 17 de mayo de 2013 a las 8:00

En España siempre ha parecido que lo público no es de todos sino de nadie. Tal convicción era infinitamente más potente en los tiempos de auge y abundancia, y aunque todavía quede el sedimento de conductas que van de la tibia dejadez al vandalismo –lo primero más al norte y lo segundo más al sur–, la escasez potencia el apego del ciudadano al control de los fondos que manejan las administraciones, los partidos y los sindicatos. Pese a que la opacidad sigue siendo una verruga enorme, ninguna fuerza gremial resiste a la larga la erosión del pueblo cuando el pueblo toma una decisión. Y hoy exige una transparencia que no se limite al simbolismo de un par de declaraciones de la renta o a la publicación en internet de las retribuciones de diputados, senadores, ministros, consejeros, presidentes y quizás bedeles. La sociedad española, espoleada por la indignación de sus propias penurias, quiere contención en el gasto, pero con una partitura diferente a la que interpretan los gobiernos de Rajoy, Griñán, Mas y el últimamente célebre Monago.

Porque el problema nace de la austeridad impuesta por Berlín-Bruselas, una misión donde hay meta sin que exista camino. Mientras cumplas, haz lo que quieras. Y los dirigentes españoles han preferido subir brutalmente los impuestos, abaratar el despido, endurecer las pensiones y destripar los cimientos del bienestar –sanidad y educación– en lugar de meterle mano al impresionante chiringuito policéfalo que gestionan y del que se alimentan. Se trata pues de un asunto de prioridades: los poderes políticos prefieren embridar el déficit aumentando los ingresos tributarios (apuesta arriesgada cuando hay 6,2 millones de parados y 16,6 millones de ocupados), recortando cosméticamente y confiando en que la teoría de los ciclos económicos salve los muebles tarde o temprano.

El país tenía la oportunidad de reinventarse y no la está aprovechando. Una bajada de impuestos y una revalorización asumible de las pensiones sostendrían el consumo y las labores asistenciales y solidarias de quienes reciben un flujo mensual de dinero. Redimensionar el aparato administrativo trasladaría a la población un mensaje de compromiso y seriedad. Dotar a las cámaras de cuentas de poderes ejecutivos permitiría elevar a la categoría de ley sagrada el rigor en la manipulación de los fondos públicos. Convertir el principio de confianza que rige la designación de altos cargos en un principio de eficacia y mérito profesionalizaría la maquinaria del Estado, las CCAA y los ayuntamientos y exterminaría la política como sinónimo de escuela de jerarquías, intrigas, malversaciones y demagogias.

España afronta una crisis singular dentro de la crisis del sistema. Dobla la rodilla ante el yugo del capitalismo sin bozal, como todo el planeta, pero también ante el monstruo creado en 1978: el Estado autonómico es un ejemplo perfecto de libertad mal entendida. Porque las CCAA han jugado a ser pequeños países miméticos con los mismos excesos que la madre que los parió.

El náufrago

Fede Durán | 14 de mayo de 2013 a las 20:24

El escritor me ha ubicado aquí, en mitad del mar, flotando sobre unas tablas que él se habrá molestado en ensamblar. Hay un palo en medio a guisa de mástil, y un mantel con lamparones que hace de vela, y a veces el viento sopla y la balsa se anima y ambos nos dirigimos a lo aleatorio.

Otras veces el mar se pacifica y veo el fondo. Hay corvinas, urtas, doradas y también borriquetes. Adoro la ictiología, aunque preferiría pescar a observar.

Anoche, el escritor leyó un cuento de Mrozek donde un náufrago hiperactivo encontraba en el bolsillo un sacacorchos y agujereaba los tablones de su balsa hasta provocar una fuga de agua, o más bien una invasión. Y todo para estar entretenido. Yo no soy tan gilipollas, así que de momento me bebo mi orina, mastico astillas que rasco con las uñas y me protejo del sol descolgando el mantel cuando el viento no sopla y la balsa es un muerto con verdín.

Cuando cae la noche se me abren pequeñas grietas de esperanza. Creo que es porque la temperatura baja y una ligera brisa nos mece y me acaricia, cerrando mis arrugas de sal hasta el sol siguiente.

Como necesito hablar con alguien y no tengo con quién, he decidido saludar al sol al alba y despedirlo en el crepúsculo, reservando las mismas cortesías para la luna. Con el mar me ando con más ojo: compartimos cada segundo de cada minuto de cada hora de cada monocorde día, así que es mejor redoblar la diplomacia, multiplicar el cariño y esperar que algún día, en sociedad con el viento, me deposite en una isla o al menos en una roca de once metros cuadrados, una que me permita caminar de ida y vuelta, girar a derecha e izquierda, tumbarme sin oscilaciones.

Me comunica el escritor que voy a morir en unas líneas. Joder. Yo era un ciudadano común, ni más perverso ni mejor que la mayoría, con un saco de amigos, esposa y tres hijos de cuatro, cinco y seis años que nunca me dejaban dormir ni sabían limpiarse el culo después de cagar. Pagaba religiosamente la hipoteca, los libros infantiles de los niños, la comida del mes, el papel higiénico, los juguetes y los tratamientos antiedad de mi señora. Soportaba a mi jefe, el muy cabrón, de lunes a viernes y de ocho a cinco desde hacía una década, y asistía una vez al año a los hermanamientos de la empresa y me emborrachaba con otros desgraciados como yo que probablemente acabarían criticándome días después ante sus superiores por falta de decoro y exceso de irreverencia. Estaba engordando y me habían diagnosticado diabetes. Había empezado a flirtear con una casada por internet. Cuando pesaba en todo lo anterior, incluso me costaba empalmarme, a mí, que he sido un semental. Y ahora estoy aquí, en mitad del mar, escuchando la contrarreloj de las teclas que van a fulminarme, y es muy triste porque en realidad me gusta decirle ey al sol, tirarle un beso a la luna, reconocer la cresta del borriquete y desentrañar los códigos encriptados del viento y el mar.

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Calzoncillos

Fede Durán | 13 de mayo de 2013 a las 20:11

Yusuf tenía un problema con los calzoncillos. Era un problema viejo, nacido casi a la vez que su conciencia. Había probado todos los materiales: algodón, lino, licra. Había probado todos los cortes: calzón, boxer, tanga. Hilando fino, Yusuf asoció los picores y la incomodidad a los pantalones, y de nuevo aquí probó todos los cortes y materiales. Nada. Después conectó el prurito y la invasión de orificios y pliegues al estrés de los días laborables, concluyendo que una vez en casa, despojado de protocolos, cronogramas, almuerzos y contabilidades, la piel y el envoltorio se reconciliarían. Tampoco. Pensó finalmente en el refugio de la cama, ese rectángulo donde el cuerpo se independiza de la mente, consumida en desbrozar los vastos paisajes del sueño. Sin tregua. Cada postura era un pulso perdido, cada innovación un puñetazo al aire. Incluso envuelto en los harapos de sus pesadillas, los calzoncillos seguían ahí, adheridos al pellejo como un cepo a un conejo.

Durmió desnudo, pero fue incapaz de seguir. El sentido de la decencia había penetrado tan hondo, tan lejos, que se alojaba en los sedimentos más prehistóricos del subconsciente. Tal era el poder de esa religión en la que no creía. Tal la sombra espesa de la Madraza.

Volvió a los calzoncillos, florecieron los picores con mayor virulencia.

Un día conoció a una mujer. Se besaron, hicieron el amor, se enamoraron.

Por las noches, ella padecía los males de Yusuf. Giros, gruñidos, piernas que se enroscan, brazos que se estiran, un cuello en tensión. Y uñas, sobre todo uñas, uñas zapadoras implacables rascadoras, uñas que exploran hasta el último rincón de piel bullente.

Varios meses después, la mujer le hizo un regalo. Era un pack de tres calzoncillos ecológicos. Resabiado y sutilmente abatido, Yusuf se calzó unos y se fue a trabajar. Los primeros pasos le hicieron sonreír como un veterano de guerra: vaya, no pican, pero picarán. Las siguientes horas le hicieron fruncir el ceño: vaya, no escuecen, pero escocerán. Al caer la noche, de regreso a casa, chasqueaba la lengua: ha sido una tregua, un milagro epidérmico, pero la cama me devolverá a la realidad.

Se equivocaba: esa rotación a tres era infalible. Las molestias desaparecieron.

Un día, se separó de su amante. Al mudarse, ella, por equivocación o venganza, se llevó dos de los tres calzoncillos ecológicos. Yusuf rastreó cada tienda de la ciudad en busca de la marca, el material, el corte, el maldito modelo, pero nunca volvió encontrarlo. Hoy dosifica el par superviviente, haciéndolo rotar con sus primos bastardos, apenas exigiéndole, disfrutando del momento en que la colada los sitúa, rara y felizmente, en la primera posición de la parrilla.

No ha vuelto a verla. Le habría gustado preguntarle por los calzoncillos, saber de ellos, quizás intentar recuperarlos con una pequeña inversión. Pero su sexto sentido le dice que ella no lo entendería. Así que Yusuf ha regresado a sus picores y contracciones, premiándose con un oasis de bienestar de cuando en cuando, alerta por si esos calzoncillos mágicos reaparecen en las vitrinas de las tiendas de la ciudad.

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El defecto Zoido

Fede Durán | 13 de mayo de 2013 a las 8:00

Dos factores desactivan la estrategia opositora de Juan Ignacio Zoido desde que asumiese el relevo de Javier Arenas en julio de 2012 como tótem del PP-A. Uno es subjetivo: el hombre no se siente a gusto en un traje que exige emular el modelo de carretera y manta de su predecesor. La Alcaldía de Sevilla es su prioridad, su pasión absorbente, su amante política. Jamás lo ha ocultado, y eso al menos le coloca en un escalón de sinceridad no siempre habitual en el gremio. Otro es objetivo: Zoido es inconsistente y liviano en su batalla dialéctica con Griñán, un presidente al que algunos populares de primera línea califican en privado como “brillante parlamentario”.

La derecha ha presumido siempre de su carácter monolítico. Si hay discrepancias, se ventilan en casa, nunca a la vista de extraños. Esta premisa, desmoronada en los últimos años por las púas Gallardón-Aguirre, Aguirre-Rajoy o Cascos-PP en general, ha sobrevivido dignamente en Andalucía, donde apenas se formula una tímida crítica a la forma en que Zoido está afrontando la legislatura.

El tándem Arenas-Antonio Sanz fue muy poderoso. Entre 1993-1999 y 2004-2012 moldeó la filial autonómica del partido a su imagen y semejanza. La interinidad de Zoido traslada al PP-A al escenario opuesto. Donde antes había estructura hoy sólo existen nubes. Si Zoido se marcha, arguyen distintas fuentes consultadas, es prioritario determinar quién llevará las riendas. Con tres años por delante, el margen para desplegar la estrategia de la nueva era sería más que suficiente. Varios dirigentes se han pronunciado públicamente en este sentido. El último en hacerlo ha sido el alcalde de Granada, José Torres.

Otros abogan por una transición suave. Es el bando de los sin estrés (Carmen Crespo y Elías Bendodo se alinearon el jueves). El próximo Congreso del PP regional aún no tiene fecha, pero el debate del calendario refleja fidedignamente la división de opiniones. Se habla de 2015 (año de elecciones municipales), 2014 (elecciones europeas) y hasta verano de 2013. Cualquiera que sea la decisión, se ajustará invariablemente a un mandamiento sagrado: el nombre del elegido deberá contar con el plácet de Arenas y el sí puramente formal de la secretaria general del PP nacional, María Dolores de Cospedal. Históricos en clave autonómica como Teófila Martínez, la alcaldesa de Cádiz, también estarán en el sanedrín.

Florecen los candidatos. Por ejemplo José Luis Sanz, secretario general del PP-A, el único que se postula con más o menos claridad sin arrancar de momento ni aplausos ni abucheos. O Juan Manuel Moreno, secretario de Estado de Igualdad y avalado por la familia malagueña; Carmen Crespo, delegada del Gobierno de Rajoy y adscrita al clan almeriense; y Carlos Rojas, portavoz en el Parlamento y censado en Granada. Con ventaja sobre todos ellos parte el diputado y alcalde de Córdoba José Antonio Nieto, con un perfil más político y menos técnico que algunos de los futuribles. Cada una de las fuentes consultadas le cita entre los favoritos.

Nadie teme en realidad un terremoto orgánico ni una pelea sucesoria. Los taifas provinciales opinarán, pero lo harán bajo esa inveterada predilección por la unidad. “La máquina -afirma un diputado andaluz- funcionará cuando haya claridad. Somos gobierno en muchos sitios, sabemos hacer las cosas”. Otro dirigente popular complementa: “Es cierto que esta situación nos perjudica, pero las encuestas tampoco sitúan al PSOE-A en un escenario demasiado halagüeño”. Y un tercero advierte: “Aunque ahora parezca imposible, que nadie pierda de vista la posibilidad de que el bipartito se rompa”.

Los matices de lo fino no tapan los consensos de lo grueso: el sustituto de Zoido debe ser “un rostro conocido”, un guerrero a lo Mad Max de la carretera y un tipo sin miedo a castigarle el hígado a Griñán. Un puñado de voces populares proclama la convicción de que se pueden mejorar los resultados del 25M, en los que el PP-A alcanzó el histórico techo de los 50 escaños, siempre que se imponga el sentido común y se juegue inteligentemente la partida de los plazos. Zoido es una figura de transición que intenta prestarle a la formación un servicio digno. No siempre lo logra, y ésa es la gran razón para no volver a fallar. Sobre el delfín, sobre el príncipe, sobre el virrey recaerá el formidable reto de revertir de una vez 30 años de derrotas.

Tiburón negro

Fede Durán | 11 de mayo de 2013 a las 8:00

Brilla en los ojos del magnate una luz especial para los negocios. Brilla siempre, desde la cuna, y brilla intensamente: es la enésima constatación de que la energía –también la emprendedora– ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. En el caso de Aliko Dangote (Kano, Nigeria, 1957), esa luz de los albores parecía inofensiva. En la escuela primaria se limitaba a soñar con comprar caramelos y revenderlos a los compañeros bajo la sagrada premisa del adquirir barato y endosar caro. De pudiente familia musulmana, Dangote hizo primero los deberes académicos –se licenció en Artes y Empresariales en El Cairo– y asumió después, a los 21 años, la misión iniciática. Su tío le encargaría gestionar una modesta firma comercial. Ahí plantaba el clan la semilla de un imperio. Porque este señor es hoy, según la bíblica lista de Forbes, el cuadragésimo tercero más rico del planeta. Y el primero entre los negros y los africanos. Su saldo: 16.100 millones de dólares, casi 10.000 más que sus directos competidores en el continente, los palidísimos sudafricanos Johann Rupert (objetos de lujo) y Nicky Oppenheimer (diamantes).

Lo del brillo suena esotérico pero es absolutamente empírico. A finales de los 80, Dangote preguntó a las autoridades por unos terrenos abandonados en el puerto de Apapa. Obtuvo una concesión y montó allí un parque logístico para su compañía harinera. Cuando la competencia protestó, la respuesta del Gobierno fue flemáticamente británica: “La idea fue suya, señores”. En 1990, localizó una grieta en la suntuosa hoja de gastos del Banco Central de Nigeria: la flota de transportes de la plantilla le costaba al organismo un ojo de la cara. Dangote ofreció sus servicios a un precio mucho más razonable. Otra concesión.

Dangote Group es el mayor conglomerado de África occidental. Posee la tercera refinería de azúcar más importante del planeta (produce 800.000 toneladas al año), negocios inmobiliarios y textiles, plantas de procesado de sal y la mayor cementera africana. Despliega actualmente 14.000 kilómetros de fibra óptica en Nigeria. Y exporta algodón, cacao, nueces, sésamo y jengibre.

Las dos últimas jugadas del emperador están a la altura de su trayectoria. En 2012 apuntaló su monopolio azucarero al adquirir el 95% de la nacional Savannah Sugar y obtuvo 190 millones en efectivo al vender a la sudafricana Tiger Brands su paquete accionarial dominante en una de sus harineras. Próximo proyecto: una refinería petrolera que doble la producción del país.

Filántropo declarado, Dangote sufraga campañas de salud y moviliza recursos contras las catástrofes naturales. Ejerce de mecenas artístico, deportivo (donó 820.000 dólares a la selección de fútbol) y político (al ex presidente Obasanjo le regaló 2 millones en 2003). Puede permitirse lo que quiera porque es un visionario y un optimista, desenfunda antes que nadie y recuerda cada vez que puede que invertirá todo su dinero en Nigeria. Importemos la inspiración.

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Pepito Grillo se viste de cordero

Fede Durán | 10 de mayo de 2013 a las 8:00

EN las sesiones de control sobra, por definición y sentido común, la intervención del partido al que se adscribe el presidente de la Junta. Los diputados deberían hacer algo con el reglamento de la Cámara por respeto al ciudadano y también por integridad política. En las sesiones de control sobra, adicionalmente y con idéntica carga de sentido común, cualquier intervención cuyo objeto no sea la fiscalización del equipo que gobierna, lo formen una, dos o cien siglas. Porque gobernar, parece mentira que haya que recordarlo, exige explicar. Ése es el gran problema de IU: tiene programa; exhibe más ética que sus rivales tanto asociados como irreconciliables quizás por su menor hoja de servicios ejecutivos (o quizás no, quizás el altruismo exista); ha moldeado sus tres consejerías sin atender exclusivamente a oscuros listados de simpatizantes sino valorando el talento independiente; y empuja al PSOE-A, a ese PSOE-A tan inflado de poder como el rostro de Mickey Rourke, a virar del centro a la izquierda o, como dice José Antonio Castro, de la abulia de tres décadas a “la función social de la política”, de la democracia representativa a la democracia directa. IU tiene todas esas virtudes, pero se dirige a Griñán con una docilidad incomprensible por una sencilla y contundente razón: sin sus 12 escaños no hay Ejecutivo, así que puede y debe apretarle las tuercas al jefe sin que esa misión implique quemar San Telmo.

Castro atacó ayer durísimamente al PP, y no le faltaba razón. Esto no es Etiopía. Ni Venezuela. Ni tampoco Cuba. Atacó básicamente las hipérboles de Zoido: sus coletillas favoritas –extremismo y radicalidad–; la crónica de un país que parece poco menos que los secarrales donde pegaba tiros Pancho Villa; esa estampa de niños desnutridos, moscas, burros y botijos resquebrajados que imagina Madrid. Atacó la violencia del lenguaje suburbial de las redes sociales, donde se le llamó, desde el anonimato de una cuenta no personal sino colectiva, “pelota” y hasta “rastrero”. Atacó fundadamente pero atacó mal. Porque Zoido no preside la Junta. Porque existen otros formatos donde batirse con la oposición. Porque IU le hace sin querer el trabajo sucio a José Antonio Griñán, cómodamente instalado en el palco del estadismo autonómico, si el lector acepta tal oxímoron.

Juan Ignacio Zoido es un orador vaporoso:sus discursos casi nunca dejan huella. Ayer, por inspiración o azar, expuso una línea deconstructiva más sólida de lo habitual. Tres aciertos. Lo de la Junta y sus subsidios parece “beneficencia” (a). Uno de cada tres casos españoles de corrupción brota en Andalucía (b). Griñán ofrece pactos nacionales que “correspondería proponer a Rubalcaba” (c). Y dos errores. “Ustedes no son nadie sin el Gobierno de Rajoy y el PP (d)”. En realidad, el vicio de convertir la política andaluza en una sucursal del Congreso es común a las tres fuerzas presentes en las Cinco Llagas. “Andalucía es la comunidad con más parados y más pobres y la segunda peor en renta per cápita tras Extremadura”. Cierto, pero para saber dónde estamos hay que saber de dónde venimos. Y entonces se impone un viaje al pasado que no arranca en 1977 sino antes, mucho antes (e).

Siguiendo la cartografía narrativa de las buenas veladas de boxeo, el púgil más poderoso se deja para el final. Sin ser Ali o Foreman, Griñán se maneja solventemente con el uppercut y el crochet. Vistoso al principio, aburrido al quinto combate. Por una prolongada ausencia de oponentes, sus palabras suenan pastorales y huelen a déjà vu. La escuela del presidente es tan clásica como la destilería que Baldini mostró a Grenouille en El Perfume; es la misma de la que ha mamado todo el poder político desde la Transición; es la que afronta los nuevos problemas con viejas soluciones; es la que ya no sirve. Y no, la receta no es Susana Díaz –más de lo mismo con bastante menos formación; la juventud no implica novedad–, la solución es trabajar de verdad la cultura del diálogo, reconociendo al predispuesto y retratando al recalcitrante; abrir la política a una sociedad que ya no tolera la partitocracia; mostrar la ambición de una Andalucía menos subsidiada y acribillada a impuestos; purgar las malas prácticas que todavía predominan en la funesta Administración paralela de la Junta; y advertir, alto y claro, que los tiempos del chiringuito serán fulminados sin demora.

Coda: A Griñán y Zoido les encanta el ping-pong del paro. No hay pleno en el que dejen de lanzarse las cifras de Zapatero y Rajoy, a ver quién lo hizo/hace peor. Versión presidente de la Junta: “Con Rajoy hay más de 500 nuevos parados al día en Andalucía; con ZP había menos de 200”. Versión líder de la oposición: “Entre 2007 y 2011, el desempleo andaluz creció un 90%”. Reflejos de última hora de Griñán: “La crisis no es de Zapatero ni de Rajoy (…)”. La crisis es de la banca.

Reforma 13: una alternativa al sistema

Fede Durán | 8 de mayo de 2013 a las 18:46

Llevaban tiempo mascando la idea y ayer la presentaron en internet. Los hispanosuizos Daniel Ordás (abogado y político) y Juan Cortizo (letrado sin política) han diseñado Reforma 13, una alternativa al actual sistema constitucional español concentrada en seis frentes: democracia directa, listas abiertas, políticos milicianos, recauchutado de Congreso y Senado, y elección del Gobierno.

Notorios en los medios nacionales ante la profundidad del divorcio entre los ciudadanos y sus instituciones, su propuesta perturbará a los partidos de raíz conservadora y proverbial endogamia, o sea, a todos los viejos (PSOE, PP, nacionalistas) y alguno de los nuevos (UPyD). Porque, aunque la Carta Magna contempla en su artículo 23 la participación directa del pueblo en los asuntos públicos, ese mandato huele a naftalina.

Apuestas rompedoras hay un puñado. Por ejemplo, las iniciativas legislativas populares vinculantes –herramienta óptima para crear, modificar o eliminar leyes–, a un precio asequible: el 1% del censo electoral (unas 350.000 personas). O los referendos para oponerse a leyes aprobadas en las Cortes. Coste: el 0,5% (175.000). Cambiaría además el sistema de mayorías: las votaciones populares requerirían el 50% más uno de los votos válidos. Y todo voto se concentraría en el segundo domingo de cada trimestre.

Respecto a las listas abiertas, se sugieren dos posibilidades: modificar las que configuren los partidos (tachando candidatos, incluyendo a algunos de otras listas, votando dos veces a un mismo aspirante) o elaborar una a la carta donde quepan tantos nombres como escaños haya en liza. El voto personal (los obtenidos por cada candidato) determinaría el orden de reparto de los escaños y el voto de lista cuántos se lleva cada formación.

Directamente contracultural en esta España del apego a la silla es la concepción de la política como complemento: sólo los miembros de los gobiernos nacional y autonómicos y los de las Diputaciones Permanentes de las Cortes (hasta un tope de 42) ejercerán el cargo a tiempo completo. El resto cobrará unas dietas pero vivirá de la profesión previa. Es lo que en Suiza llaman políticos milicianos. En todos los casos se estrecha el corsé de la transparencia: ambas cámaras publicarán un listado de conflictos de intereses. Cada parlamentario declarará sus afiliaciones extrapolíticas (asociaciones, lobbies). Los rendimientos económicos extraordinarios (aquellos que superen el salario mínimo) se exhibirán con luz y taquígrafos.
Ordás y Cortizo no se olvidan del Congreso y el Senado, de su reparto competencial y de cómo el elector los moldea. Para empezar, ambas sedes tendrán exactamente el mismo poder y, por lo tanto, derecho de veto sobre las iniciativas que adopte su contraparte. Si los debates se enquistan y las leyes se momifican, se creará una comisión mixta compuesta por hasta 30 parlamentarios repartidos al 50%.

A la ley electoral se le da un buen achuchón. Las circunscripciones serán provinciales conforme al método Sainte-Laguë: a cada una le corresponde el número entero resultante de dividir el total de habitantes entre 100.000. Después se comprobará cuántos votos habría logrado cada partido a escala nacional. Aquellas que hayan sido perjudicadas obtendrán los denominados escaños compensatorios. En la Cámara Alta, a cada comunidad autónoma se le asignarán cuatro senadores. Las dos listas más votadas obtendrán dos. La tercera, uno.

¿Y cómo se gestiona el liderazgo? No busquen al presidente porque no lo encontrarán. Vale, eso ya ocurre en España con Mariano Rajoy, pero en este caso la intención es buena. Reforma 13 apuesta por un Gobierno obligatoriamente de coalición. Lo compondrían nueve ministros sin un primus inter pares. Cada partido con representación en las Cortes sugiere sus nueve apellidos y los ciudadanos modifican las listas y las rehacen según sus preferencias. Irían al gabinete quienes obtengan el 50% más uno de los votos o, en segunda ronda, los que logren una mayoría simple. Cada ministro tendría el mismo músculo que los demás, pero existiría un ministro de Presidencia encargado de coordinar la acción del Ejecutivo. Son los nueve líderes los que determinan el reparto de carteras y quién asume la coordinación en una cumbre inaugural y en presencia del Rey. Las decisiones adoptadas en Consejo de Ministros se explicarían inevitablemente en el Parlamento por el dirigente del ramo afectado.