Hasta pronto

Fede Durán | 29 de enero de 2015 a las 20:22

Han sido muchos años, quizás demasiados, pero todo libro se acaba y activa el saludable propósito del siguiente título. Al lector se le debe siempre respeto, afecto en la distancia del anonimato y agradecimiento por haberlo sido y haber estado.

Las redacciones se marchitan, pero yo a ésta, y a todas en las que estuve antes, le deseo larga vida. No hace falta que explique por qué necesitamos del periodismo y los periodistas, aunque sí sería tal vez justo confesarles que no existe sobre el pellejo terráqueo oficio más hermoso y estimulante. Es duro observar los ataques, las presiones, las escaseces y los achaques que poco a poco empujan al edificio periodístico hacia los barrios suburbiales de la bancarrota y el descrédito. Paralelamente, sin embargo, crecen flores frágiles protegidas por el ozono del universo web. Hacia allá nadamos como náufragos sedientos de islas. Ahí nos refugiaremos cuando el papel muera.

De entre mis pecados y defectos siempre aparté a codazos un hueco para la independencia. Con esa satisfacción me despido. Suerte a los compañeros que se quedan. Y hasta pronto, querido lector, que nunca fui un mal nadador.

Andalucía en la encrucijada (22-M)

Fede Durán | 27 de enero de 2015 a las 15:19

Con el adelanto electoral, Susana Díaz ha vuelto a evidenciar su naturaleza de animal eminentemente político, recordándonos no tan levemente a aquella Prusia de Bismarck: el Estado al servicio de un ejército. La comunidad, con todo su aparato institucional, al servicio de un partido.

El norte de su brújula marca objetivos claros: romperle las piernas a Podemos (Enric Juliana), reconstruir el maltrecho edificio socialista desde el emblemático Sur y fortalecer sus opciones de aterrizaje en Madrid, devolviendo de paso la derrota al PP tras la cita de 2012 (47 vs 50 escaños entonces en el duelo Griñán-Arenas).

En la acelerada secuencia de los últimos días, queda clara una premisa ya constatada en los buenos tiempos del Partido Andalucista: el PSOE no hace prisioneros. Pese a su inventiva legislativa, de corte audaz en la mayoría de los casos, IU sale del Gobierno por la puerta de atrás, despreciada por Díaz y sin apenas botín productivo (un par de leyes de las 28 proyectadas en el pacto a dos han visto la luz en tres años), sometida además a la decepción de muchos votantes que vieron en el acercamiento al socialismo una traición a las esencias, los mismos decepcionados que ahora votarán a Podemos y alejarán irremisiblemente a Antonio Maíllo de los 12 asientos parlamentarios actuales. IU ha sido prisionera de sus complejos, creados por Díaz con habilidad rasputiniana: cualquier sobresalto es fruto de su bisoñez a los mandos, decía. Sin ese lastre, tal vez habría tomado la decisión correcta a tiempo. Pudo romper antes el matrimonio de conveniencia, pudo hacerlo desde el momento en que certificó las dilaciones permanentes a sus proyectos, debió leer el carácter depredador de la presidenta, su frialdad y sus elevadas dotes conspiratorias. De haberse ido, habría salvado votos y simpatías, facilitando de paso la convergencia con Podemos.

El reto es fabuloso para el equipo de Pablo Iglesias. La batalla arranca en la plaza menos fértil con permiso de la atomizada Cataluña. La singularidad andaluza no nace de las redes clientelares tejidas por el PSOE desde inicios de los 80 (el PSOE-A, cabría matizar, lo más parecido al PRI que ha existido o existirá en España) sino de los sedimentos más profundos de su idiosincrasia, donde las figuras del terrateniente y el oprimido aún juegan un papel estelar en el reparto de adhesiones y papeletas. Aunque los núcleos urbanos se hayan convertido paulatinamente al PP, la agrorregión colindante, 4,5 millones de habitantes, conserva en formol sus fidelidades. El dilema ha de resolverse con urgencia: por la falta de estructura y el yugo del calendario, o se atacan las grandes ciudades o se apuesta por los pueblos. La primera opción cuenta con la ventaja del caldo de cultivo a favor del cambio. Perderse en aldeas galas implicaría homéricos esfuerzos sin premio garantizado.

Moreno Bonilla (PP) está tan rezagado en las encuestas como en los análisis. El alcance de su impacto es una incógnita. Sin los pertrechos del curtido Arenas ni el cuajo de la aparatista Díaz, su misión se antoja más que complicada. A la espalda tiene el mejor resultado histórico del partido en la comunidad y un pobre impacto mediático. A favor, como siempre que un satélite surca la galaxia en busca de novedades, el factor sorpresa. La consigna dictada desde Génova el día después del 22-M basculará entre permitir un Ejecutivo en minoría de Susana Díaz o abonar el campo a la ingobernabilidad y una posible reedición de las elecciones. Ambas salidas encierran trampas.

En las horas inmediatamente anteriores a la disolución del Parlamento y la expulsión de los consejeros de IU (Valderas, Cortés, Rodríguez), Díaz exteriorizó los tics que han llevado a la España pública al agujero actual del descrédito. Primero blindó a tres ex consejeros señalados en la instrucción de la juez Alaya por el caso ERE (Recio ya estaba en la Diputación Permanente) y después se repartió con el PP el pastel pendiente en la Cámara de Cuentas, un organismo que haría mejor su trabajo si no estuviese politizado. Ya por la tarde, expuso sus razones para desalojar a IU. “Giro radical” fue el titular, y sonó al forcejeo interpretativo de Primera Plana (Billy Wilder, 1974). La presidenta sabe llevar el discurso al terreno del eslogan, y también ha demostrado haberse aprendido el truco pujolístico de envolverse en la bandera, pero convendría olvidar por un momento esos estribillos poco elaborados y analizar con detenimiento su aportación real a Andalucía, la comunidad con mayor tasa de paro de España, la que menos euros por paciente destina del país, una de las que exhibe mayor carga fiscal y peores laberintos burocráticos, y sin duda, de nuevo junto a Cataluña, el vertedero más notable de la corrupción (ERE, Madeja, Merkasevilla, cursos de formación). En campaña, previsiblemente, explotará la metáfora y esquivará el hecho. Es ahí, en su aparente virtud, donde está su gran punto débil.

 

Con el foco en los talones

Fede Durán | 25 de enero de 2015 a las 10:22

DE cumplirse los cálculos de Susana Díaz, el relato de los próximos meses y tras las elecciones andaluzas será el siguiente: victoria del PSOE (difícilmente por mayoría absoluta), segundo puesto del PP y captura desde Podemos, quizás con algún escaño extra, del espacio anteriormente ocupado por IU. A partir de ahí, diario de una reconquista de las afinidades perdidas con el sur como Covadonga y la Meseta como objetivo final, desmitificación del fenómeno Pablo Iglesias, inyección de moral al socialismo y cuestionamiento definitivo del actual inquilino principal de Ferraz.

Los núcleos urbanos pertenecen al PP, cuyos alcaldes dominan en 24 de las 28 ciudades más pobladas de Andalucía (a partir de 40.000 habitantes). En los últimos comicios autonómicos (2012), el reparto de fuerzas matizó esos flujos municipales: el PSOE logró imponerse en las provincias de Sevilla, Huelva y Jaén. Además, tradicionalmente ha sido albacea de la otra mitad larga del país, esos 4,5 millones de andaluces localizados en las zonas más rurales. Podemos tendrá que pelear en ambos frentes y hacerlo en un tiempo récord, con su bastidor político en ciernes, y contra dos perfiles muy diferentes de elector: la clase media urbana, inclinada mayoritariamente hacia el PP, y la agrorregión antes mencionada, tercamente fiel al PSOE y clave en su longeva hegemonía. Tejer un mensaje atractivo en las dos orillas será un tremebundo reto.

A la espera de confirmar modestas novedades -el debut en la Cámara de Ciudadanos y UPyD-, queda en el aire el rol que los hados reservan a IU. De producirse la ruptura y el posterior desalojo del Gobierno, la federación descarta desde ya una reedición del acuerdo, fértil en lo mediático por las intrigas palaciegas y el lenguaje de signos pero muy magro en producción legislativa. Si las encuestas se materializan y Maíllo se aleja de los 12 asientos de hogaño, el vals de la seducción apuntaría a Podemos. Quizás esa melodía sea la que explique los encuentros de viejos rockeros socialistas con Iglesias y su entorno. Pero Díaz contaría también con la carta del PP y la oda a una política responsable que aleje de Andalucía el fantasma de la impracticable atomización catalana o del indignado sorpasso griego.

Por primera vez en su andadura democrática, la comunidad será verdaderamente protagonista, y no por su saga de escándalos más o menos recientes. Compleja en sus peculiaridades endémicas, sometida con mayor fiereza que el promedio a los efectos de la crisis económica, la región más poblada de España, la segunda más extensa, la más icónica y universal será observada -aun con matices- como el laboratorio primero de los efectos Susana y Podemos. Un buen resultado del PSOE encajaría con el guión, igual que una aceptable cosecha para P’s. Lo que destrozaría el normal transcurso de los hitos marcados en rojo sería lo contrario: el fracaso de Díaz dejaría al partido pasmado y paradójicamente encomendado a Pedro El No Tan Breve. Y la dentellada de Podemos en el escenario más exigente junto a Cataluña multiplicaría sus expectativas a escala nacional.

Los ingredientes de este capítulo huelen a Oscar: el mejor orador del país arropando a Teresa Rodríguez (Iglesias), la mejor estratega exhibiendo todo su músculo (Díaz), dos rookies nadando en un mar de incógnitas (Moreno Bonilla y Maíllo) y la posibilidad de algún artista invitado (C’s). Hagan juego.

Sobre las ruinas

Fede Durán | 22 de enero de 2015 a las 8:00

Waters

EL círculo íntimo de Hitler podría ser el reparto de una película de John Waters tanto en la época del Putsch (Rosenberg, Hess, Röhm, Göring) como durante el auge del Tercer Reich (Goebbels, Himmler, Heydrich, Streicher y un largo etcétera). El pintor frustrado, el vagabundo vienés, el hombre de los arrebatos espumosos era, ante todo, un imán para sus pares en el alucinógeno círculo de las disfunciones mentales. El corolario de aquellos tiempos posversalles fue que el poder de la palabra, una iconografía efectiva y la intimidación de un brazo mamporrero complementario (las SA) podían empujar a todo un pueblo a la creencia de que la revancha era el único y verdadero mandato de Alemania.

Verán, en España ocurre algo parecido aun sin poderosas construcciones sintácticas: la iconografía de la Transición ha sido, además de por momentos verídica, hondamente tramposa. Bajo un manto de prístino estadismo se han ocultado, como bajo las alfombras, los polvos del abuso. No sólo parte de la élite franquista obtuvo como contraprestación a la paz un traspaso a las nuevas estructuras palaciegas; los recién llegados de entonces acabaron convirtiéndose en los todavía inquilinos de hoy. Ahora se baten parcialmente en retirada por las leyes de la indignación.

El brazo mamporrero complementario ha sido y es el propio ejercicio de la autoridad. Una porra blanda, si quieren, pero altamente disuasoria. Porque las cápsulas políticas han trabajado por garantizar el encapsulamiento de sus pares económicos, propiciando una raza de intocables en tanto subsistan los pactos firmados con tinta invisible (siempre habrá caídas en desgracia). Se explica así, por ejemplo, que el tipo real del impuesto de sociedades sea mayor en el caso de las pymes que en el de las supercorporaciones. O que el régimen fiscal de los autónomos no tenga parangón –por su notable exigencia– en buena parte de Europa. O que grandes defraudadores disfruten de modestas condenas, directivos de dudoso pelaje moral saqueen con su gestión entidades de todo tipo recibiendo a cambio al despedirse golosísimas indemnizaciones, y agentes sociales y administraciones públicas aprovechen millones finalistas (verbigracia: la formación, género pujante de la ciencia-ficción) para costear anhelos particulares.

Un relato dominante requiere asimismo de un feroz escudo antimisiles. Los discursos críticos, la denuncia o las alternativas audaces reciben de inmediato el fuego de la descalificación bajo múltiples pieles: la radicalidad, el anarquismo, la irresponsable bisoñez o el trasnochado romanticismo. La redistribución de la riqueza se expondrá entonces como una expropiación antes que como un reequilibrio de cargas y oportunidades, el mandato de la transparencia se verbalizará con los labios torcidos y los dientes entrecerrados, la promesa de rebajar los aparatos institucionales y burocráticos será sometida a sucesivas e inagotables prórrogas, el mapa macroeconómico tapará las miserias micro… Nadie moverá un dedo por el cambio porque no existe libertad en los sedosos capullos del privilegio. La catarsis es forzosamente un factor exógeno. Si algún día se materializa, pardiez, que los arquitectos recuerden lo obvio: sin ventanas que aireen, todo edificio, por nuevo que sea, acaba apestando como las ruinas sobre las que emerge.

Rosebud de Bruselas

Fede Durán | 15 de enero de 2015 a las 19:29

A GRECIA se le exige un esfuerzo que de alguna manera comienza a cristalizar en pequeños tallos sin flor: algo menos de paro, cierto superávit primario, una notable contención del déficit y esa ya habitual jauría de desharrapados que si no crece tampoco retrocede, todo ello espolvoreado sobre una ensalada de ingobernabilidad, los sustitos de Syriza a las siglas más convencionales y el odio transversal a la Merkel, que trató al país como el paria que Alemania verdaderamente cree que es.

Pero las recetas orquestadas por Weidmann y sus amigos, por Schäuble y sus cortesanos, por todos esos señores que ven en cualquier fallo ajeno la inferioridad genética del sur, apenas han servido para enclaustrar a Europa en la nadería económica, en una suerte de estrategia de señora vieja de supermercado, en un festín ridículo donde las décimas (casi las centésimas) son el manjar máximo a la mesa. Escribía Sorrentino en su única y cósmica novela que se ha perdido el arte de la sencillez, un concepto que aplicado a los números también incluye el sentido común. El de no gastar más de lo que se tiene, correcto, pero a la vez el de gastar lo que sí se tiene en tapar las fugas del Estado del bienestar, o cuando menos en impedir que la gente se muera de hambre y frío. Con los países pobres de la Eurozona pasa lo mismo que con los escenarios subsiguientes a la Primavera Árabe. Los jefes de Occidente admiten la democracia siempre que no vulnere sus intereses. Syriza, como antaño la izquierda en todo el continente, rechaza el método neoliberal en base al resultado. Sólo Hollande en Francia y al mando de un partido que de socialista tiene tanto como de conservador se ha atrevido a interpretar una partitura ajena al diktat.

La UE es un fracaso relativo aunque imparable porque reproduce a escala continental los vicios del bipartidismo y sus polos presuntamente opuestos: bloques dispuestos a pisar cuellos y retorcer muñecas hasta arrancar la rendición y el añadido de unas disculpas que son en realidad confesiones de acomplejados. Si Rajoy visita a Samarás para recetarle el jarabe alemán lo hace no en calidad de nuevo actor sino de viejo vasallo. España está cosida a sospechas que sólo la sumisión enfría. Es una nación campeonísima del corruptómetro y la llanura mental, pecados o medallas que se le perdonan en tanto profese la fe de la tijera y la desamortización laboral.

El euro es nuestra cadena para perros, dura y pinchuda, sin un milímetro de romanticismo, tan dura y tan pinchuda que quienes la forjaron quizás secretamente se arrepientan de semejante pericia vistas las voces (antes susurros) que fantasean con la ruptura, la salida, la quema y la resurrección de dividas jubiladas. Al fin y al cabo, Europa aparenta en la superficie esquemática de los estados la unidad de destino que el microscopio territorial niega. Los grandes discursos no están hechos para los pequeños receptores. Que se lo digan a Draghi.
En cualquier caso, el capitalismo se ha reinventado. Ahora ya no consiste en una danza orquestada de progreso generalizado sino en un espectáculo donde varios bailarines solipsistas se lucen en un teatro vacío porque el público o clase media ya no puede permitirse el precio de la entrada. Es el Rosebud de Ciudadano Kane, una letanía ajena a los pulsos mundanos, a sus anhelos.

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Misiones posibles, mandatos urgentes

Fede Durán | 25 de diciembre de 2014 a las 20:52

La planta noble hispana, compuesta por políticos con tres décadas de servicio, cachorros ya crecidos sin experiencia en la empresa, banqueros de guante negro, analistas de parte y opinadores sin escrúpulos habla de populismos para referirse a medidas que poco a poco su vanguardia filosófica copia sin rubor: subida del salario mínimo interprofesional, renta de inserción (ex renta básica), mayor transparencia en las estancias del poder, revisión de la deuda nefanda o conexión directa con la ciudadanía. Mariano Rajoy, presidente-comadreja, ya no recurre al plasma;Pedro Sánchez, aspirante saboteado, acude a los platós de televisión y promete inventos incluso más audaces que los de la nueva y furiosa competencia (supresión del Ministerio de Defensa); Susana Díaz, conspiradora nata, habla de Andalucía como ese oasis izquierdista que soporta obstinadamente los empellones del liberalismo asalvajado; Alberto Garzón, próximo califa de IU, recuerda que todo lo prometido por Podemos ya lo propusieron ellos. ¿Populismo ajeno? Más bien confluencia de miedos transversales ante el hurto de viejos espacios electorales.

El programa es parte de la batalla, y la cosa económica lo absorbe todo aunque por las rendijas se cuelen ingredientes éticos y madejas del optimismo que tanto necesita el país. Si las ideas son el frente, la comunicación es el medio, y ahí la ventaja de Podemos es palpable porque cuenta con la mejor materia prima, sus líderes, y porque ha sabido amoldarse al chip 2.0 antes que nadie. El magma adversario lo ha comprendido al fin y, como Zhúkov, prepara una ofensiva envolvente para aplastar al inesperado depredador. Los líderes abrazarán al pueblo, prometerán caramelos, cantarán sus pecados al compás del latigazo redentor y advertirán que, pese a lo que algún listo pudiera pensar, sólo ellos, los de siempre, con sus multas y sus cadáveres en el armario, salvarán a España del barrizal donde tirita.

No hay misiones imposibles aunque muchas sean peliagudas. El reto de Podemos es formidable por la entidad del enemigo y la artillería de sus aliados mediáticos, pero también, y sobre todo, por el natural ejercicio de realismo al que el partido ya se ha sometido en el tránsito forzosamente reduccionista de las europeas a las generales. Lo último que tolera un elector quemado es una película que no esté a la altura del teaser.

En cualquier caso, la economía acaparará –en su traslación directa a las personas– los focos cuando menos unos años más. Nadie ha planteado aún, desde los aparatos políticos occidentales, una verdadera revisión viable de las disfunciones del sistema. Las interacciones descartan rupturas radicales tanto si se quieren como si se detestan, pero existen suficientes ideólogos a ambos lados del Atlántico con una buena saca de alternativas razonables. Meritocracia, reequilibrios salariales, separación de poderes, reformulación de la universidad y las administraciones públicas, recuperación de derechos laborales, renacimiento de la sociedad civil y restauración de los recursos imprescindibles en educación y sanidad no son mandatos majaderos sino objetivos al alcance de la mano. El próximo Congreso será uno de los más fragmentados de la historia. Cultivar y ejercer el consenso sería un magnífico inicio.

Juego de mapas

Fede Durán | 22 de diciembre de 2014 a las 17:42

LA recientemente reeditada crisis europea revaloriza la física y simbólica pared de los Pirineos. Pese a colocar más del 60% de sus exportaciones en la UE y casi la mitad en la Eurozona (Francia es el gran socio), España podría aprovechar la recesión que asoma para formalizar no un cambio sino una ampliación estratégica que recupere lazos con Iberoamérica y los consolide con Asia, donde Corea del Sur y la pequeña pero muy productiva Taiwán nos compran cada vez más aunque persista la asignatura de China y Rusia. El puerto de Algeciras, tan incomprensiblemente ninguneado por el Gobierno central pese a su potencia, es clave en esta jugada.

Pero no hay que perder de vista las Américas y lo que puede pasar con ellas en los próximos lustros. Se observan dos bloques y un bloque dentro del bloque. El cubo número uno lo conforman Canadá, EEUU, México y Centroamérica. La intratrama es obvia: canadienses y estadounidenses comparten una frontera aleatoria y blanda que no penaliza la fluidez de sus intercambios comerciales. México, otro enorme socio de los EEUU, debe resolver primero su drama con el narcotráfico y las zonas oscuras donde opera para convertirse en el tercer aliado clave. Para lograrlo, ha de contar con la atención y el respaldo de Estados Unidos, más pendiente de Oriente Medio (Iraq, Afganistán) que de un vecino con 111 millones de habitantes y una importantísima proyección demográfica: es el principal contribuyente de la emigración al norte y también de una amalgama de gentes con el broche común del castellano, lengua que en 2050 hablará un tercio de la población yanqui. Si México acaba siendo un Estado real (idéntico reto afronta Colombia), España contará con un objetivo mucho más perfilado: la zona de confort de la dupla EEUU-Canadá y la imparable mejoría económica de un México que se beneficiará de la estabilidad, la seguridad y el músculo del Imperio y de sus antiguas posesiones en él: California, Arizona, Texas y Nuevo México.

El otro bloque es una Suramérica comandada por Brasil y con economías que ya presentan registros sostenidos de progreso como Chile, Perú o la misma Colombia. Hablamos a la vez de Atlántico y Pacífico, o del doble tiro asiáticoamericano vía Panamá, y también de países irregulares (Venezuela, Argentina) que tal vez un día atraigan mejores inversiones.

España debe repensarse con grandeza y aprender a colocar mejor sus productos en el extranjero. Su marca sigue siendo netamente inferior a la francesa o la italiana, por comparar con el entorno, y el salto exportador aún se antoja intimidatorio para muchas empresas (los sectores vinícola o aceitero son buenos ejemplos disfuncionales). Es una lástima que las dinámicas seculares de la Península –nacionalismos, ombliguismo, corrupción y antaño también terrorismo– gripen sin piedad el motor de la clarividencia y dejen en mal lugar a los desbrozadores de mercados de primera línea. Ni Mariano Rajoy tiene talla para entender que sus visitas a Hispanoamérica no pueden limitarse a cantar las falsas verdades de la recuperación, ni el nuevo Rey la soltura para cubrir ese hueco institucional y diplomático. Como dijo un día José Mujica, las Américas de abajo ven hoy con recelo a Europa y a esa España sin magia ni fuelle. En todos los sentidos.

Empezar de nuevo

Fede Durán | 18 de diciembre de 2014 a las 19:51

FELIPE GONZALEZ EN ALBOX 1982.jpg

Pensar que España la componen personas mayoritariamente indignas es una tentación pero también una inexactitud. Lo que viene cambiando desde el 15-M es la reformulación del papel de la sociedad civil, tan convenientemente invertebrada para el poder hasta hace un lustro. Podemos, diana de críticas furibundas sin parangón en esta democracia de 35 años y disfuncionalidades varias, ha capitalizado un descontento antaño atomizado en opciones menores (IU, UPyD, Ciudadanos, Equo, el levísimo y hoy casi olvidado Partido X) que no han sabido conectar con una masa suficientemente potente como para perturbar al estamento. Ese momento ha llegado, y por eso los obreros de los aparatos se afanan en hurgar en el pasado en busca de basura: declaraciones de juventud, hilillos de discurso desde los que construir gigantescas mentiras, deslices ciertos pero leves elevados a la categoría de crimen de Estado.

La política es un juego sucio donde al final triunfan los amorales, los serviles y los conspiradores. Hay ejemplos obvios a lo largo y ancho de la Península. Es doloroso comprobar cómo el bien común apenas emerge en las citas cuatrienales, entonces todos son Espartaco, todos demuestran la empatía que jamás han sentido ni ejercido, todos apagan la consola de los tejemanejes para cantarle mentiras al pueblo. Las urnas son la lavadora, programa de una hora y cuarto, tejidos delicados, un pitido que anuncia el final del proceso y una colada aparentemente limpia y a punto de oxigenarse al sol del patio blanco. Otra trola: el olor a sobaco vuelve a los cinco minutos, el tiempo de calzarse la camisa y los pantalones y volver a lo de siempre, que no es disponer para progresar sino para eternizarse.

Negarle a esa indignada e ilustrada minoría creciente la expectativa de una regeneración es mentirle a medias. La regeneración sólo llegará cuando la minoría deje de serlo y la sociedad asuma en casa la belleza que predica fuera, y eso implica mejorar el sistema sin tener aún los mimbres para hacerlo (sistema educativo, plan de rescate cívico) o, tal vez, confiar en una catarsis exógenamente inducida (instinto de supervivencia, negación del pesimismo inherente a los contratos sociales). En paralelo, la regeneración desde la política, aunque timidísimamente, ya se está produciendo, y no por un arranque de virtuosismo sino simple y llanamente por el terror que genera una postal sin poltrona, A8 blindados ni cuadros de Antonio López. Imaginen qué sería de Mariano Rajoy o Susana Díaz sin la política. Jamás se han dedicado a otra cosa. Y retirarse tras décadas de monocultivo no tiene mérito en el Imperio de las Puertas Giratorias.

Promulgar el gobierno de los mejores no es elitismo sino justicia. Los mejores no siempre nacen del currículo prepolítico (Antonio Romero es un excelente ejemplo), pero un currículo es a menudo garantía de excelencia (otra cosa es que el CV se haya convertido en un género literario). Aterrizar sin experiencia no es un pecado, es un aval de ilusión y potencia, quizás las mismas que Felipe y su equipo tenían cuando ganaron sus primeras elecciones apenas siete años después de morir Franco y tras cuatro de Constitución. ¿El pasado? El pasado es un hito empequeñecido por el transcurso del tiempo: Josep Piqué era comunista, Mitterrand colaboracionista, Aznar avaló aquello del Movimiento Vasco de Liberación Nacional, Maragall fue un día español, Sabino Arana renegó en sus últimos días de su propia iconografía nacionalista, Obama fue mestizo y hasta el protopérfido Hitler quiso ser pintor.

Cuando Marx advertía por carta al pretendiente de su hija Laura, Paul Lafargue, que para ingresar en la familia debía labrarse primero una carrera (y acreditar el sedimento tras la fogosidad), demostraba otra verdad cósmica: uno quiere lo mejor para los suyos. El día en que ese pensamiento se instale en la política y se aplique al conjunto de España, habrá esperanza. Confiar en los que han fallado tantísimo y de tan variadas maneras no es un pecado aunque parezca idiota. Hacerlo en quienes aterrizan sin pecados ejecutivos es cuando menos razonable. Satanizar la segunda opción sin atacar la primera es inadmisible.  Confiar en que el cambio lo traiga el verdugo, arriesgado. Toda organización humana es falible, sí, pero cualquier país, incluida España, se merece empezar de nuevo, sin sábanas viejas.

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No hay fuego en tu mirada

Fede Durán | 12 de diciembre de 2014 a las 8:00

VERACRUZ, México, Cumbre Iberoamericana, Rajoy con guayabera sintetizando el modesto milagro económico español, unas décimas de PIB alcista, medio millón de puestos de trabajo (nueve de cada diez temporales), la entelequia de los inversores que confían, la ya humorística mención a la I+D, el supuesto cohete del Plan Juncker, pésima copia del Plan Marshall, y un etcétera de vaguedades, vaticinios y eses reptilianas para rematar un retrato que tiene más de Velázquez que de Murillo (el poder del rostro, siempre espejo del alma).

El presidente no estaba allí para comprar sino para vender, en un giro argumental que explica las miserias de España, tiempo atrás expansiva, hoy pedigüeña, difusos los únicos años de verdadero festín de su historia. El Estado del bienestar, decía un sabio, consiste esencialmente en tener trabajo y ejercerlo en unas condiciones dignas. La reforma laboral perpetrada por este Gobierno y el anterior en dos tandas consagra de hecho eso que algunos llaman liberalismo del empleo, que no es otra cosa que el monólogo del empresario a partir de un concepto tan discutible como que quien pone la pasta o la idea siempre tiene razón. Tampoco ayuda el descrédito de los sindicatos. Los asalariados por cuenta ajena (no hablemos ya de los autónomos cosidos a impuestos) viven más aislados y depauperados que nunca.

A ese Rajoy bañado en blanco caribeño le habría venido de lujo la escena que Velázquez vivió con José de Ribera, Lo Spagnoletto, durante su primer encuentro en Nápoles. El primero pregunta por el segundo, que oculta su identidad y le invita a su casa, donde le ordena que pinte. Velázquez obedece, Ribera detecta inmediatamente el talento y las casi infinitas posibilidades y después revela quién es y cuál es la clave para estar arriba, muy arriba, más arriba que nadie. Sujetándole la cabeza con las manos, acercándole la cara a dos centímetros de la nariz aguileña, le pide al pintor andaluz que le mire a los ojos: “¿Lo ves? ¿Ves el fuego? Eso lo explica todo”.

Si un español de a pie apretase las sienes al jefe del Ejecutivo para rastrear en su mirada la verdad última del país actual, no vería llamas de ambición sino un pequeño bosque de cifras arrugadas y temblonas rodeado de otro bosque mucho más grande, Europa, donde rigen reglas similares: la tierra la colonizan las cifras, que llevan tiempo por delante de las personas y sólo se doblegan ante esos pocos receptores finales del beneficio industrializado. Es imposible que España sea como la ve Rajoy porque es una nación inculta y secuestrada por los mismos mecanismos oligárquicos que someten al resto del planeta. La UE y EEUU se afanan en cerrar un nuevo Acuerdo de Libre Comercio altamente sintomático: la idea básica consiste en articular Tribunales Arbitrales Internacionales que tumben aquellas leyes nacionales (o comunitarias) que estorben o incordien a la corporatocracia. El argumento será previsible: sólo un loco –o sea, usted– cuestionaría las decisiones de una megacompañía que genera cientos de miles de puestos de trabajo. ¿Los salarios? Eso es lo de menos, hombre. Se trata de exhibir un chorizo de ceros a cierre del ejercicio, aunque el peón viva asfixiado. Es lo que afirma Rajoy cuando proclama que España carbura. Carbura para los coleccionistas de millones.

Panes y peces de Voltaire

Fede Durán | 5 de diciembre de 2014 a las 8:00

NOVIEMBRE, tránsito del calor al crepúsculo, otoño y grisura, epílogo de un año agotador en lo económico (y van seis) y lo metafísico (Cataluña), retrato en crudo de las miserias seculares de España, presentes desde el Imperio y adaptadas al siglo XXI con nuevos tapones al reparto –que no redistribución– de la riqueza. Noviembre, aparente evolución del mercado laboral, ya saben, 14.688 parados menos, más afiliados a la Seguridad Social, crecimiento moderado del PIB, primas de riesgo claramente a la baja, agencias de rating entretenidas con otras carnes. Y, sin embargo, noviembre: desigualdad rampante, temporalidad boyante, ladrillo emergente.

Se habla de un régimen democrático maltrecho, o cuando menos aplatanado, y el dedo acusador lima con la uña el flequillo de la política como responsable matriz. Existe no obstante una responsabilidad subsidiaria que abarca a toda la sociedad, a quienes cobran y pagan en negro, exprimen los resquicios del Estado del bienestar, sestean en la intocable universidad, merodean los estudios televisivos y cultivan el amor indiscriminado a toda forma de estupidez. La ontología se toparía hoy en España con un campo desierto. Es la Siberia peninsular del pensamiento.

No es pesimismo, es realismo. Si el país no ha aprovechado la crisis para mejorarse es porque vive en un círculo vicioso. Las élites luchan por seguir siéndolo y sólo están dispuestas a cesiones cosméticas, pero en la otra acera está la jauría (Arcadi Espada mejorando la turba de Salvador Sostres), también llamada romería, poco proclive a la autocrítica y la autoexigencia. Una nación también puede medirse por la suciedad de sus calles, el civismo de sus gentes o las inquietudes de sus jóvenes. Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos, advertía Borges. Élite y romería en un ring sin escapatoria.

Max, el dibujante, afirmaba la semana pasada en estas páginas que cualquier dibujo animado checo de los años 40 del siglo pasado es más moderno que Los Increíbles. Era un culto al rol de la imaginación y al plus de la audacia. Viajando más atrás, planeta Ilustración, Voltaire clavaba la futura misión del capitalismo cuando sostenía que la labor del hombre es hacerse cargo de su destino, mejorar su condición mediante la ciencia y la técnica y embellecer su existencia gracias a las artes. España, un gusano de la I+D, le compra la técnica a quienes la inventan y empobrece su espíritu con ministros como Wert, más pendientes de saquear las posibilidades de la cultura que de promocionarla. Imaginar es de pobres. Envalentonarse es de anarquistas. Las artes son el nicho de los crápulas. Pensar altruistamente es de idiotas. Dinero, titularía Miguel Brieva para resumirlo. Dinero Fácil, acotarían Bárcenas, Fabra, Correa, la UGT-A y la cuadrilla de los ERE.

Pero Voltaire dejó otra frase útil: el único modo de ser independiente y libre es ser rico. Sin saberlo, estaba tendiendo un puente a la conexión de las dos Españas, la aristocrática y la plebeya. Ningún rico (empresarios, políticos, periodistas de la corte, rentistas) está por definición en contra de que haya más ricos siempre y cuando su propia riqueza quede a salvo. Y todo pobre o empobrecido sueña en su intimidad inconfesable con un yate, unas Maldivas y un Montblanc con incrustaciones. Sólo tenemos que multiplicar panes y peces. ¿Les suena?

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