Andalucía Negra
Un movimiento gana adeptos en la adormilada sociedad andaluza. Crece de noche, en los tugurios, y se expande como la peste, invisible pero tenazmente. Sus promotores, intelectuales anónimos de todos los rincones del país (una especie de Wu Ming), hasta han compuesto un himno que omitiré por respeto a sus íntimas mentes creadoras. La plataforma, la propuesta, el asunto se llama Andalucía Negra. ¿Negra? Sí, eso parece. Se trata de un paralelismo, de una metáfora, de un retrato irónico (y quizás, involuntariamente, algo prejuicioso) que sin embargo incide en el cogollo de nuestra idiosincrasia. La síntesis que ya habrán intuido habla de una Andalucía estructuralmente indolente y difícilmente recuperable. La tierra crecerá, avanzará, agarrará por los pelos las sucesivas modernidades, pero también mantendrá ese escalón de diferencia, esa brecha que la retiene décadas después en el furgón de cola español y europeo. Negra, por tanto, como el África subsahariana. Negra como sinónimo de desventaja, de retraso pese al potencial de su gente, tan creativa, tan viva como la de ese otro continente tan vecino y sin embargo tan ajeno.
Más allá de la broma-homenaje a nuestros admirados africanos (escribo la frase sin una pizca de sarcasmo), comparto la esencia de AN, una esencia pesimista facilísima de constatar. Andalucía tiene un tope económico impuesto por su tope social. La sociedad civil no existe, salvo que se manifiesten los béticos o alguien amenace con cerrar la feria. Escribía Antonio Félix, buen periodista deportivo de El Mundo, que los pensadores la cagaron al censurar aquella manifestación antilopera sin verdaderas razones de peso. Me pareció entender, y corríjame quien quiera si me nota demasiado obtuso, que aquél fue un acto organizado y a la vez espontáneo que demuestra el poderío, la plasticidad de los nuestros. Desde luego, salir a la calle es vitalista. Beber cervezas en el Salvador, también. Pero el hueco de nuestra pereza intelectual no lo rellenan marchas ni vítores ni cachondeos armonizantes.
Hablaba hace semanas con un importante empresario andaluz que confesaba que su compañía ya ha alcanzado su máximo rendimiento en la comunidad. Para seguir creciendo, necesitará mirar al exterior. Y no se refería sólo a comprar y sobre todo vender el producto, sino a captar recursos humanos cualificados y ambiciosos. Esta reflexión dejaba en el aire otra más compleja: ¿Hasta dónde debe llegar nuestro ímpetu laboral? ¿Cuándo acaba la profesionalidad y empieza el conformismo? Un buen gurú de los negocios basa el éxito y la diferencia en su tesón, en su permanente vocación de mejora. ¿Es posible combinar este espíritu con el amor por la buena vida? Aquí pensamos o sentimos mayoritariamente que ni de broma. Matices, excepciones y teorías habrá al respecto.
Mi experiencia en general es mala a todos los niveles. Acúsenme de generalista, pero ciertamente lo general define a un pueblo, y éste es país de maleducados, conformistas y chapuceros. Andalucía Negra, como otros mil intentos, morirá casi sin haber nacido, aunque no está mal pegar el oído, hacer autocrítica y transmitir la idea de que el sempiterno cambio no depende de la mágica Junta y sus no menos mágicas políticas sino de nosotros mismos, de una actitud exigente y radical que jamás fermentará pese a la ilusión de imaginarla factible.
Opino, suspiro y me quejo, obvia decirlo, desde el amor a Andalucía.

