La felicidad de Islandia

Fede Durán11 de abril de 2008 a las 5:23 pm

John Carlin es uno de los mejores reporteros de El País. Buena pluma, mejor perspectiva. Como canta El Gincho (Alegranza!, 2007, disco obligatorio), de lejos se ve mejor. Coloquen a su altura sólo a unos pocos elegidos: Enric González, Soledad Gallego, Ramón Besa. Hace un par de veranos, Carlin publicó una serie de historias sobre Islandia. Era un precioso y minucioso retrato de la isla. Sus palabras transmitían admiración y esa clase de amor aplicable no a las personas sino a la geografía. La semana pasada, el periodista británico desempolvó su idilio cuasiantártico con un extenso reportaje para el dominical del diario. Su tesis: Islandia es el mejor país del mundo por un buen puñado de razones. Por ejemplo, la cantidad de nacimientos, la esperanza de vida, la economía, el sistema educativo y sanitario, el concepto hiperflexible de la familia -con divorcios que no implican dramas sino uniones más amplias y heterogéneas- y, especialmente, la felicidad que impregna cada islandés poro.

Contra los argumentos cuantitativos poco cabe objetar. ¿Su sistema financiero arrasa? Me lo creo. ¿Su bilingüismo típicamente nórdico permite soñar con una de las mejores redes universitarias? Factible. ¿Son unos hachas en el I+D? Enhorabuena. Pero, ¿de verdad es posible calibrar la felicidad? ¿Cómo se hace? Carlin se basa en un estudio cuya credibilidad sustenta en parte la conclusión de que los rusos son los más desgraciados. Sí, seguro que se trata de una nación repleta de adictos al vodka cuyo principal objetivo vital consiste en: 1. Engrosar el círculo de protegidos de Putin; o 2. Sobrevivir a las mafias, estatales o no, y largarse a las primeras de cambio para no acabar como Litvinenko o Jodorkovski… Y los chinos, ¿no podrían competir por ese puesto? ¿Qué me dicen de los paupérrimos indios (de India y de las indias)? ¿Y de África, siempre expoliada, siempre olvidada?

Vale, hoy nos ocupa la dicha. Los islandeses proclaman a los cuatro vientos la suya y lo hacen sinceramente, sin atisbo de prepotencia o chovinismo. Es indiscutible que si uno se cree feliz tiene todas las papeletas para serlo. Ésa es la clave. Pero no por ello deja de tratarse de un subjetivísimo tema. Habrá que ver cómo aguantan allí el lóbrego invierno. Y el frío. Y el síndrome del aislamiento. Y la ausencia de una cultura culinaria como la mediterránea. Y el hecho de verse obligados a exportar casi cualquier cosa. Si Carlin le preguntara a un andaluz sobre su estado espiritual, probablemente le diría que gana un asco, que el Ayuntamiento es de lo más chapucero, que cada mañana la esquina del portal de su casa huele a orina y que el divorcio le ha chafado su fe en el amor, aunque a la vez admitirá que disfruta de una de las mejores primaveras del mundo, de la cultura callejera a ella asociada, del placer del ritmo suave, del Atlántico y el Mediterráneo. Y, todo ello, pese a la desidia de nuestros políticos, empeñados en eternizarnos en la mediocridad. Quizás se trate sólo de distintos tipos de felicidad. Así uno aparca más fácilmente sus sospechas sobre la medición de conceptos tan etéreos.

3 Comentarios

  • Guilletron

    Ni de coña son tan felices, no me lo creo! Claro que si ves la evolución que han logrado en tan pocos años, es natural que se sientan orgullosos y satisfechos. Hace dos dias era un pueblecillo oscuro de pescadores y ahora mandan a sus hijos a terminar estudios a Europa y EEUU. La observación que sí que era buena era aquello de que han logrado congeniar lo mejor de la vida familiar africana con el uso innovador de las tecnologías, y de esto podríamos tomar ejemplo. Ojo que en Sevilla disfrutáis de las mejores primaveras (cuando un tornado no arrasa con todo) pero en poco tiempo podría ser un desierto y habría que ingeniárselas como los islandeses, para sacar agua de las piedras (pero fesquita hagalfavor). No quiero ser agorero pero en el sur de Francia están acojonados con la sequía y se preparan para combatirla. Y aqui tienen mil veces más agua que en Andalucía. Claro que en la misma semana del año que aquí dedican a jornadas de reflexión sobre el desarrollo sostenible, en Sevilla se la dedican al baile regional y degustación de manzanilla. Charanga y Pandereta.

    Por cierto, creo que es muy irresponsable (parafraseando a ZP) la actitud de culpar a los políticos de los retrasos de la sociedad: la desidia de nuestros políticos es la misma que la de nuestros empresarios, nuestros funcionarios, obreros y casi cualquiera bajo el solano andaluz. Claro que cuánto hecho de menos la siesta y el gazpacho fresquito para cenar, así si que se puede poner verde al alcalde.

  • Federico Durán Basallote

    Estoy de acuerdo sólo en parte, Guille

    Por ofrecer una visión algo más optimista de Andalucía: es cierto que culpar de todos sus males a los políticos parece demasiado simplón, y rectifico en la medida en que haya trasladado esa impresión, pero me parece que poco a poco la sociedad demuestra aquí que está por encima de su clase dirigente. No sé por cuántas cabezas de distancia. El empresario, por ejemplo, mejora. Hay muchos casos de emprendedores que logran transmitir una imagen bien distinta de la indolencia asociada al sureño. Ahí están Abengoa y Ebro Puleva (ambas en el Ibex-35). O el espíritu almeriense aplicado a la agricultura. O el tremendo empujón que están recibiendo las energías renovables. En la a menudo olvidada escala cultural, también hay medallas por colgar. Y en el ámbito sanitario. O en el culinario. O en otros tantos.

    En Andalucía existe una clase media con ganas de innovar y demostrar talento. El principal problema es que supone una cuña aún minoritaria de la población. Pero crece. Y piensa que lo hace a veces pese a la Junta, controlada siempre por los mismos, con el riesgo de clientelismo que esa situación conlleva.

  • Piarpa

    He estado en Islandia. Desde luego, no pongo en duda que se consideren los más felices. Cualquier pueblo podría decir lo mismo.

    El cacareado bilingüismo no es tal, sólo en Reikiavik. En las otras ciudades (que son pueblos de 6.000 habitantes como mucho) sólo chapurrean el inglés, al mismo nivel que en algunos lugares de España. Su población, en muchísimos casos, demuestra la ignorancia y el porrinismo propio de cualquier aldea perdida. La alimentación es grotesca, con una pavorosa tendencia a lo picante, las salsas, las especias y el pan de maíz. Todo es carísimo para cualquiera que no sea de allí, lo cual no hace sino evidenciar el por qué están tan entalegados. Por cierto, que un cocinero (pinche de cocina) cobra unos 3000 euros al mes allí. No tienen carreteras y el centro del país (la mayor parte de su superficie) no es habitable.

    Por lo demás, eso sí, había también gente apañá, aire puro, bellos e insólitos paisajes, y una molesta tendencia a plantear la isla como un gran parque temático. En definitiva, que lo que Carlin ve es un sueño progrurgués (progre, rural y burgués) que no debe confundirse con la realidad.

    Con esto no quiero criticar a Islandia ni dejar de recomendar su visita, pero sí desacreditar el excesivo halago de un periodista que, por otra parte, cada vez me suscita menos interés.

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Autor

Soy Licenciado en Derecho y master de Periodismo de El País. Comencé en el árido mundo de la abogacía. Durante dos años me dediqué al Medio Ambiente, pero siempre ganaban los malos y preferí rescatar mi antigua pasión por el periodismo y las letras en general. He trabajado en El País en Madrid y Barcelona, también en el cuadernillo de Política de Expansión-Cataluña y desde principios de 2006 en la sección de España de los periódicos del Grupo Joly.

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