Nápoles 1944

Fede Durán | 17 de septiembre de 2008 a las 13:07

Norman Lewis (1908-2003), británico y viajero, espía y escritor -cuatro características a menudo relacionadas- dejó escritas algunas perlas. La más conocida, o al menos reconocida, es Nápoles 1944, crónica sobre aspectos aparentemente secundarios pero en el fondo terriblemente significativos de la ocupación aliada de Italia de sur a norte. Lewis era, como Nigel Barley, un buen dominador de las distancias, aptitud obligatoria para convertir simples anécdotas en estatuas imperecederas. Su ironía traspasaba cualquier barrera y es bonito que así fuera porque entonces el retrato es completo y no hace distinciones: la ridiculez comienza por su propio ejército y los socios norteamericanos. Aunque la Historia tiende a escribirse con letras de oro, si uno lee las notas a pie de página recopila matices que desaliñan el conjunto y rebajan la épica. Qué diablos, lo humano llega más y mejor.

No es mi intención reventar el guión al lector potencial sino animarle a adquirir el librito, así que confiaré en mi maltrecha memoria para lanzar a la pantalla una sinopsis desordenada e hipersubjetiva con los momentos más destacados, momentos que debieran convertirse en alicientes cuya lógica culminación serían varias jornadas de lectura presididas por la sonrisa y la satisfacción del pequeño nuevo conocimiento.

Latarullo. Personaje central, eje vertebrador, puente entre el napolitano místico y el racional. Latarullo era uno de los miles de abogados en paro de la ciudad, obsesionada con los títulos aun a costa de la realidad del mercado. Tan pobre como el resto de la población, se ganaba los cuartos desempeñando el papel de Zio (tío) di Roma en funerales y otros acontecimientos.

Adicción al milagro. Que nadie lo dude: el destino lo deciden desde arriba. San Gennaro, patrón napolitano, condicionaba el ánimo colectivo. Si el 19 de septiembre su sangre se licuaba rápido y bien, el año próximo sería óptimo (dentro de la miseria endémica, claro). En caso contrario, todos miraban temerosos al Vesubio, que no dudaría en expulsar un par de buenos gargajos de lava.

Comida. En tiempos de escasez el apetito es ferozmente creativo. Caballos y gatos se convierten en ternera. El tocino o las galletitas, repudiadas por los militares aliados, rozan la categoría de lo sublime. Desaparecen misteriosamente los peces del acuario municipal.

La Camorra. Explica Lewis que la mafia surgió como un sistema de protección frente a los sucesivos dominadores de la zona en siglos también sucesivos. Tanto cambio provocó la creación de un código blindado y ajeno a las injerencias extranjeras. Tremendo el pasaje donde relata la captura de uno de los capos tras la delación de su novia despechada.

Contrabando. O la furia cleptómana ilimitada. Nada estaba a salvo: ni los cables de la electricidad, ni las ruedas de los camiones, ni los contenedores descargados en el puerto ni las mantas del ejército (habilidosamente reconvertidas en cotizadísimos abrigos). Nuestro cronista se vio empujado a investigar muchos de estos robos, a veces con dramáticas consecuencias. La justicia se ensañaba con los tipos más desgraciados sin toser a los poderosos. Daba igual de dónde provenieran éstos: fuesen o no colaboracionistas, colegas de Vito Genovese o miembros de la nobleza, tenían asegurada la impunidad. Hay cosas que no cambian.

Mujeres. Ah, el amor. O la necesidad. O ambas cosas juntas y revueltas. La prostitución se convirtió en un método de supervivencia más, a menudo con inconvenientes epidémicos (sífilis) espuriamente aprovechados para intentar diezmar al bando enemigo. Proliferaron los matrimonios de conveniencia y se confirmó que la mezcla inglés-italiana pocas veces triunfa. Busquen el poema (porque es un verdadero poema) de la mujer que se hizo pasar por condesa. Llama la atención que Lewis deje caer que se mantuvo al margen del amor. O de la necesidad. O de ambas cosas juntas y revueltas.

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  • pep

    Tras esta “escenificada” crónica del librito de Norman Lewis, uno deja de ser potencial comprador, para lanzarse a la librería más próxima. Si Italia es una de mis escogidas, Nápoles encierra íntimos y sosegados recuerdos para mi. Quizá ,como el titulo, una necesidad. Permítame que me explaye. El golfo de Nápoles visto desde lo alto de sus muchos centinelas, Capri, Ischia, etc., presume de un azul marino nunca visto en todo el mediterráneo. El sol se zambulle en sus aguas para irisar de múltiples tonos sus profundidades. Desde el puerto, Nápoles ascendente se exhibe coronada por el castillo de Sant’Elmo. A estribor el Vesubio dormita con un ojo abierto, amenazante. Unas cuantas millas al Sur humea paciente su homónimo Stromboli, puerta de acceso al estrecho de Messina: a la derecha la mafia y los demás, a la izquierda,Calabria.

    Nápoles, después de la tarantella y las napolitanas suena a jota. El dominio aragonés de la ciudad se percibe desde el siglo XV.Ya no hay caballos ni gatos en la mesa, en Campania se elaboran las más ricas pizzas del continente. Nada a ver con lo que engullimos aquí. Seguro que Patton y Montgomery dieron buena cuenta de ellas sin repudio alguno. San Gennaro, el pobre, tan venerado como siempre, aconseja,grita y gesticula como buen napolitano. Entre achuchones y prédicas al santo, Mastroiani,Sordi y la Loren aprendieron el cante. Y buena bendición, aunque con otro cante, se llevaron Carusso, Muti o Leoncavallo, napolitanos.También a mi me cuesta creer que Norman resistiera los encantos de la mujer napolitana, tan bellísima.

    Y si usted, amigo Durán, no ha tenido ocasión de ver partir los transbordadores y barchettas al atardecer, rumbo a Capri o Sorrento, no se lo perdone, el escurridizo sol en retirada se lo agradecerá y sus sentidos, también.¿Que decir de Capri ?, despertar en Anacapri puede ser la muerte, de satisfacción, que también se muere. A propósito de su referencia, ¿Sabe usted cuantos Don Vito hay en el mundo? Déjelo, son incontables. Disfrute Napoli.

    Un abrazo.

  • Fede Durán

    Estimado Pep,

    Veo que es usted un italianófilo empedernido. Ya somos dos. Tomo nota de su consejo espoleado por la lectura previa del libro y las numerosas imágenes que uno se hace desde pequeñito de la zona. Controlo bastante el norte del país, pero el sur, por jugarretas del destino, se me escapa pese a su fama.

    Un abrazo y gracias por la crónica.