La era de los cinco duros

Fede Durán | 23 de junio de 2010 a las 10:22

Los cascos de la casera, las chapas que eran futbolistas, las culebrillas del descampado, las guerras de piedras, los hormigueros, las monedas de 25 pts que significaban una partida de maquinita, el carrito de la compra, el panadero yonqui, el butano, Juan el portero y su eterno olor a basura, las tardes a cuarenta grados, las carreras en la explanada, las incursiones clandestinas en las oficinas del Icona para lograr algún póster del lince ibérico o el gato montés, el bocata con chocolate, los partidillos (y los sangrientos derbis entre barrios), la tv de dos canales, Astérix y Tintín, Superlópez (y los petisos carambanales), los burros y sus dueños, el hombre elefante y el de las camisas blancas (o la camisa blanca: todas eran iguales), la vieja y el viejo, la mítica G.A.C. verde, el Tour de Francia, Corbalán y Solozábal, los charcos y las lombrices, la sierra, la playa sin basura ni construcciones (pelada, desnuda), Córdoba y Cádiz, los capitanes del puerto, las mierdas de perro, el pisha y el padre, Confecciones Bahía, El Anteojo, el Bar Luna, las sardinillas, los peroles, los grillos y saltamontes, el olor a tierra, un citroën tiburón naranja y otro amarillo, las gafas con esparadrapo, los jardines, la habichuela, los vecinos que acaban siendo hermanos, tu primer meyba, los álbumes del Mundial, los abuelos cuando son jóvenes… A veces me da que en este país fuimos mucho más felices cuando menos tuvimos/presumimos/pretendimos.

  • Zeberio Zato

    Joder, tío, casi lloro!

    Quizás el estar en esa infancia donde todo sorprendía ayuda al recuerdo, pero estoy de acuerdo contigo: la felicidad no se encuentra cuando llegas en un Porsche Cayenne a una urbanización de chalés en las afueras. O sí, el caso es que no lo pienso probar.