Cucarachas en la Niebla

Fede Durán | 5 de julio de 2010 a las 21:00

No se lo van a creer. Son las dos de la mañana y acabo de ver una cucaracha. Es decir, la habitación está oscura y es muy complicado distinguirla, pero estoy casi seguro. Se movía como una cucaracha, no como una pelusa o un extracto bancario. No tiene por qué molestarme, lo de la cucaracha. Es decir, no va a matarme ni a contagiarme una enfermedad irreversible. Pero, todavía tumbado en la cama, me planteo algunos problemas. El primero es que mi amante duerme a mi lado, de espaldas, con esa silueta de contrabajo tan femenina. No la quiero despertar. Y, si me levanto, si empuño la chancla, si busco a la cucaracha hasta acorralarla, la asustaré, volverá de su sueño y pensará que toda la noche, o lo que vino antes de esta otra fase automática de la noche, fue un verdadero desastre. Y yo quiero que mis besos perduren, como ustedes comprenderán. Que mi olor se impregne en sus labios y todas esas ñoñerías que se dicen cuando uno merodea un cuerpo cálido. Así que sigo aquí, en calzoncillos, con un calor de muerte y los ruidos insondables de las horas muertas. Hay crujidos y chirridos que no entiendo. Pero la cucaracha sigue ahí, arrastrándose y moviendo sus antenas y quizás comiendo polvo o migas de pan, porque en realidad no tengo ni idea de qué comen las cucarachas. He visto algunas pelis de James Bond. Como todo hijo de vecino. Me gustan los espías en general, sobre todo si reciben de cuando en cuando un buen sopapo. El sopapo del héroe es la credibilidad del villano. Pues bien, Bond lo haría. Es decir, saldría de la cama sigilosamente, con esa sonrisa pícara de tres martinis después, y encontraría al malo, o sea, a la cucaracha. Les ruego ahora que repasen las líneas quinta y sexta de esta crónica espontánea. Algunos problemas. Es decir, más de uno. Es decir, que a la cucaracha hay que matarla. Y eso requiere un esfuerzo. ¿Han matado antes? A una cucaracha, me refiero. Como la jerga insondable de la noche, las cucarachas crujen si se las aplasta. Evoquen el crujido. Y, sobre todo, estudien sus consecuencias: un cuerpo viscoso, una pata temblona, una marca contra el suelo. Alguien tiene que hacerse cargo, por supuesto. Yo no me veo. Porque, ahora que lo pienso, James Bond y yo tenemos estilos bastante distintos. No bebo martini. Ni batido ni revuelto. Y soy pacifista en un sentido amplio. Supongo que esa cucaracha será lista y se largará. Porque los bichos, vuelvo a suponer, tendrán también instinto de supervivencia. Es un buen pacto que transmito telepáticamente a la cucaracha. Lárgate y los dos viviremos mejor. Personalmente, prefiero seguir aquí, pegado al contrabajo, reconfortado con su vaivén respiratorio. Escuchen. Escuchen su respiración. No dice nada pero en realidad lo dice todo. Es una partitura. No, ni de coña quiero que se despierte por una condenada cucaracha. Que se despierte sedienta, que me busque y me encuentre, que me pregunte la hora y sonría y se desvanezca. Vaya. Llevo un folio hablando de cucarachas y pisotones, y a mí el que me llena es Carver, Raymond. Qué difícil es titular bonito, ¿verdad? Carver, o su traductor, sabría moverse en este terreno. Caballos en la Niebla. Es el primer relato que me viene a la cabeza. Precioso, ¿no creen? Entonces, a modo de homenaje, finalizaré con escaso glamour pero tremenda admiración. Cucarachas en la Niebla. Un contrabajo que se gira sudoroso y te mira sin verte, tan espeso es el velo de las sombras, y sonríe como si nada hubiera sucedido, como si no existiera la noticia, como si jamás hubiera recibido esa carta fatídica donde cierto sentido de la decencia obliga a una confesión moral. Cucarachas en la Niebla. Deslizantes, ladronas de guante negro, culebreras. Son las dos y cuarto. Quince minutos de dilema. Espero que se haya largado ya.

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  • Abogado Malaga

    Me ha gustado mucho el relato, le felicito. Por cierto, he de decir que las cucarachas me dan un asco tremendo. Un saludo!