Funeral Yid (I)

Fede Durán | 11 de octubre de 2011 a las 10:14

Un mercedes atraviesa decidido la carretera comarcal de dos carriles y dos sentidos. Es un coche negro sometido a la reverberación del sol de verano. La gasolinera lo ve venir como quien observa el vuelo de un banco elegante de aves migratorias. El mercedes se acerca, aminora y traza elegantemente la curva de acceso a la estación de servicio, dejando ver su costado, dando pistas definitivas sobre su verdadera naturaleza. Un yid corpulento se apea del vehículo y suelta un bufido. Tiene calor y su indumentaria negra y blanca no ayuda. Recoloca su kipá, le da un par de bofetones a sus tirabuzones pendulares y comprueba, más por curiosidad comparativa que por verdadera necesidad, la tabla de precios que cuelga junto a los surtidores. Ha parado porque tiene ganas de cagar. Un apretón sórdido y traicionero, una lámina de acero al rojo vivo que le obliga a doblar las rodillas y concentrarse en acorralar y reducir el dolor. Su cerebro se convierte en una pasarela de sensaciones desagradables. Náuseas, debilidad, cobardía, angustia, desconcierto. Hay un par de clientes alimentando la panza de sus propios vehículos. Le miran un rato debatiéndose entre la curiosidad y la desconfianza, pero es el coche fúnebre el que al poco absorbe su morbo. Como todos los seres humanos, odian esa figura metálica, acristalada y rectangular, pero son incapaces de renunciar a echar un vistazo dentro en busca del ataúd y de un muerto anónimo al que pueden imaginarle la pinta y circunstancias que quieran. El yid está jodido. Intuye el comienzo del desastre ahí abajo, una cabeza de tortuga cuya auténtica dimensión es una incógnita venenosa. Como todos los seres humanos, odia cagar en un retrete sucio y ajeno, abierto al público y a sus peores perversiones contra la higiene. La taza de una gasolinera ocuparía en un escalafón hipotético de Los Peores Lugares Del Mundo Para Evacuar una posición oscilante entre el oro y la plata en dura disputa con el aseo de cualquier sala de conciertos underground. Dos gotas de sudor premonitorias lanzan al judío gordo al vacío del asco y el hedor. Cierra la puerta del mercedes hipertrofiado y deja al muerto crepitando en el invernadero no sin admitir cierta sensación de culpa, igual que el padre que pierde de vista al hijo unos segundos para disfrutar del trasero duro y joven de aquella otra madre que empuja del carrito y sonríe cansada a su querubín rubio de ojos azules. Instintivamente, da la vuelta al edificio principal en busca de la doble puerta salvadora. Ahí está. Una hoja oxidada y sacudida por el viento seco del páramo, coronada por la silueta estándar de un varón sin orejas ni pelo ni ropa ni nada más que un tronco fino y recto y una extremidades angulosas y demasiado rígidas incluso para su pobre muerto en combustión. La tímida sonrisa de su triunfo por la intuición confirmada deja paso a la realidad de sus temores más oscuros. Al empujar la puerta se topa con un charco del tamaño de los dos metros cuadrados de cuartucho. No es agua, no lo es en absoluto, pero el yid procura no pensarlo. Luego está la peste, una peste maciza y penetrante, producto de la contribución desinteresada de camioneros, agentes de servicio, clientes desesperados y algún yonqui avispado sin ganas de rascarse el culo con una piedra. El apretón se hace fuerte, la tortuga emerge impasible, pero el hebreo abre la puerta nuevamente, sale al exterior y respira tan hondo como puede, convencido de que quizás sus pulmones jamás sean ya lo mismo. Lucha contra un impulso primitivo, el mismo del que huye cuando puede el yonqui avispado. ¿Por qué no cagar en el campo, apenas a veinte metros de la gasolinera, entre hierbajos y matorrales? ¿Por qué no recuperar ahora mismo la espontaneidad del niño audaz que fue? No, no puede hacerlo. Sería una afrenta al muerto, y por añadidura a su propia dignidad sefardita, bajarse los pantalones y exponer su gesto de fiereza y alivio a la madre naturaleza. Su solideo, sus rizos, su traje negro y sus medias merecen cierta intimidad, cierto porte señorial.

Piensa en aquellos campamentos de convivencia con otros jóvenes yids, la dorada inmadurez bajo la batuta de un puñado de rabinos impacientes y autoritarios. Una vez, Isaac y él mearon en la enorme olla donde los cocineros preparaban las natillas de toda la expedición, una masa plastificada en reposo y sin vigilancia. Mearon y no comieron, pero experimentaron esa sensación dual de la abyección y la euforia al ver cómo sus compañeros, niños cafres como ellos, sorbían el líquido amarillo sin la menor sospecha. Piensa en las jugarretas de las duchas, tres cubículos en paralelo donde el central, más hundido que los laterales, hacía de sumidero y condenaba a su desgraciado usuario al tormento de la meada ajena. Mear era entonces un símbolo de vitalidad y desafío, y se supone que tendría que haberle inmunizado contra los escrúpulos. Pero no. Josef Penka sobreestima el adiestramiento de su adolescencia y permanece junto a la puerta sibilante, debatiéndose entre el horror del pozo negro y la mácula del acto silvestre. Una nueva punzada acaba abruptamente con el dilema. Nota la dilatación del ano y la debilidad de las rodillas. Las sienes le chorrean. Piensa en mamá y en una cama de madera de pino con sábanas limpias y los juguetes apilados frente a la pared. Aprieta los puños, sus nudillos palidecen, la marca de unas uñas mordidas antes que cortadas tatúa las palmas de sus manos. Prueba el límite de los silos de sus pulmones. Inspira. Espira. Un par de veces, tres, hasta que se siente preparado para el zarpazo definitivo. Se hincha y entra, torpe como un oso borracho, histérico como un ciego en la mediana de una autopista. Decide, en verdad nunca lo ha dudado, cagar sin apoyarse en la taza, trufada de marcas que viajan del verde al negro pasando por el marrón y el rojo, algunas recientes, otras petrificadas. Da la espalda al váter y se desabrocha el pantalón cuidadosamente, consciente de que cualquier descuido, cualquier confianza, por mínima que sea, puede empujarle a una situación aún más desagradable. Agarra con una mano la cintura de los pantalones y el cinturón de cuero negro y hebilla plateada, tantea con una maniobra forzada los dominios del agujerito evacuador y se agacha lo que sus maltratadas fibras le permiten. Josef Penka es un hombretón pecoso y rubio con una nariz afilada y puntiaguda bastante alejada del canon hebreo. Su barriga prominente ejerce de contrapeso en esta aparatosa maniobra; sus hombros de leñador estonio le embuten en la estrecha pared del aseo. Prueba a descargar, pero la curva que trazan su espalda y su trasero, tan grande como una paellera para diez personas, le oprime algún pliegue del recto y le obliga a apretar con tanta fuerza que una uve doble a punto de explotar se le planta en la frente blanca y arrugada. Se le ha acabado el oxígeno, así que intenta respirar metiendo la nariz en el cuello abierto de la camisa. La criba purificadora del algodón no sirve. Tuerce la boca, siente otra ráfaga nauseabunda, amaga una especie de arcada, un gritillo sordo similar a la canción de un sapo con traqueotomía. El trance desajusta su sistema de seguridad y nubla su visión del cuadro de mandos. El talón de una pernera ha entrado en contacto con el lago de orín. La humedad primero y el flujo después penetran la ridícula resistencia de su media ritual y curiosean el interior del zapatón. ¡No!, maldice en voz alta, haciendo retumbar la garita fecal. ¡No!, repite como un flagelo, por si le quedaba alguna duda de su perenne estupidez. Intenta recomponerse. Se exige sangre fría. Sangre hebrea, sangre de superviviente. Regresa a la postura semifetal y concentra todo su poder mental en el tramo corto de recto que separa su mierda fiera del parto. Ahora sí, un primer envío que choca contra la pared de la taza y acaba en el fondo con un movimiento espiral. Es sólo la punta del iceberg. Sin transiciones, irrumpe el segundo paquete, voluminoso como una colección de manjares que el ausente hijo pródigo recibe en su modesto nido de ratas compartido justo el día de navidad.

Josef Penka siente la ingravidez del alivio largamente anhelado. Cierra los ojos. Puntitos blancos traspasan la película de sus párpados y revolotean en su mente en negro. Ya ha pasado lo peor, se dice. Gira el cuello en busca del culpable de su sufrimiento y atisba una plasta deforme y bicolor cuyo aroma, propio y por tanto reconocible, es incapaz de superponerse al que reina allí desde hace siglos. El asco retrocede a su madriguera y deja solo al yid, tibiamente escocido y despreocupado, bautizado al fin en la fosa séptica de los seres curtidos. Tras una breve y muy íntima celebración, procede a rematar la faena. Busca el papel higiénico, pero no hay rastro de soportes en las paredes o de rollos sobre el precario lavabo, tan pequeño casi como su tosca, sudorosa y mugrienta mano. Otra ola de indignación le colorea la cara. ¡Puta mierda!, brama, convencido de que fuerzas misteriosas sombreadas y con cara de duende sonríen en alguna esquina del cosmos pagano. La pernera humedecida le recuerda que debe darse prisa. En cuestión de minutos la situación será irreversible. Frunce el ceño, resopla y rebusca un pensamiento apto. Ya está. Plantará el trasero en el lavabo, abrirá el grifo y procurará lavarse a tientas, guiado sólo por la seda del tacto digital. Después le chorreará el culo, pero eso es lo de menos. Tras unos segundos de tregua en los que focaliza el objetivo como los grandes atletas antes del pistoletazo, procede según lo planeado. Acerca sus posaderas, un amasijo de pellejo, protuberancias y cráteres sin patrón, y busca ese chorro débil que es una metáfora de la purificación. Sus manos aletean ciegas, rascan la mugre de la porcelana, chocan con las infinitas marcas de guerra de la pared, un Te Quiero Paqui a bolígrafo, grabados crípticos a navaja, manchas de origen insondable. Un par de dedos engancha la rueda y la acciona. El chorro está lejos del epicentro de la masacre. Josef Penka se exige un esfuerzo de contorsión, desafía los límites de la física y le gana unos centímetros a la brecha que le separa de la redención.

Suena la puerta. No es un golpe de nudillos pidiendo permiso sino los goznes que chirrían. La mole hebrea tapona los noventa grados del recorrido original y los deja en cuarenta y cinco raspados. De repente, una cabeza que asoma extrañada por el obstáculo, dos rostros que se observan, una de las manos del hebreo en alto, diciendo stop, o tal vez pidiendo clemencia, y un churrete viscoso que desciende y conquista sin miramientos primero las falanges y luego la palma impía.

-Jodido pervertido –censura el mirón antes de largarse.

-¡Eh, eh! –Josef Penka reclama su presencia, quiere darle una explicación convincente e incluso echar unas risas cuando la verdad se restablezca y el mundo gire como siempre, aunque renunciará a estrecharle la mano por razones obvias. Nadie contesta al otro lado. Mejor, mejor así, ¿quién podría creer la versión edulcorada de un paquidermo con tirabuzones entregado al placer sodomita en la sordidez de un cagadero público?

Fuera hace calor. Se levanta un viento áspero, cargado de grados y polvo. Las espaldas de la gasolinera esconden una versión cutre de El Álamo. A cien metros, detrás de la opción b de los matorrales, el pecio de un tractor aniquilado por el orín. Un destello. Una herida abierta. Josef regresa precipitadamente a la realidad del coche y el muerto, su misión, el deber inexcusable. Mira el reloj. Son las ocho cuarenta de la mañana de un día cualquiera de agosto. Un yid ha muerto durante la madrugada y los onen, fieles a la tradición, han pedido un entierro rápido, hoy mismo, después de que los parientes más cercanos tengan tiempo de pasar por la residencia Nissim para honrarle y despedirle. La velocidad es el primer mandamiento de Josef Penka. Y su traicionero apretón le ha hecho perder unos preciosos segundos. Manos a la obra. Se frota la barriga, remete el faldón rebelde de su camisa blanca y se ajusta la kipá, exhausta por la lucha espaciointestinal. El coche sigue donde estaba, a dos cuerpos de distancia de la fila de surtidores, pegado a la acera de la tienda multiusos donde los clientes desfilan junto al escaparate y enganchan con los ojos la caja de madera y el halo omnipresente de sus propias muertes. Josef Penka mira adentro y dibuja en la cara un gesto tranquilizador, un estribillo feliz para una canción triste. Ya me lo llevo, chicos. Soy vuestro salvador. No hay de qué. Camina con el ademán de un Mister Marshall antitético cuya obra social consiste en retirar en vez de ofrecer, chasquea los dedos mientras recuerda una secuencia rasgada del gran Django y se palpa los bolsillos de los pantalones en busca del mando a distancia, un triángulo negro con dos botones y la estrella afilada del mercedes.

Desde pequeño, Josef ha sido un chaval despistado. La insistencia de sus padres y su apego a la disciplina le permitieron, con el transcurso de los años, desarrollar un complejo sistema de reglas nemotécnicas en su interminable partida contra el olvido. Notas manuscritas en lugares estratégicos, modernos despertadores de triple llamada combinados con la alarma del móvil, carteras con cadena, portafolios adhesivos. Todo, para esquivar lo que por naturaleza sería inevitable. Todo, para burlar bretes como éste, agujeros negros, recordatorios de su tendencia a autohumillarse. Josef saca sus manazas de los bolsillos y vuelve a introducirlas despacio, como si la mera repetición bastara para enmendar un veredicto inamovible. Desaparece el garbo, se agrieta la sonrisa, la montaña humana que es mengua hasta convertirse en una puta colina de basura coronada por las gaviotas de sus remordimientos. Ha perdido las llaves. El pánico se le adhiere al corazón y la boca. Un ligero temblor de labios, taquicardia. La mecha de los reproches prende rápido. Se fustiga con un pase de episodios antiguos, momentos destacados de su incompetencia que le estallan en plena jeta con una acidez desconocida, quizás producto de una sospecha creciente: Pavlov no tendría nada que hacer con él. Un caso perdido. Josef Penka se aproxima al coche y lo ausculta. Las puertas están cerradas y la llave dentro, en la base del asiento del copiloto, junto al móvil y la cartera, valija vital con su carné, la tarjeta de crédito, una foto recortada de su primera y única amante, y el trozo plastificado de papel que acredita su pertenencia a la Bolera 2001, alias El Templo De La Diversión. Reprime un sollozo y mira alrededor. La gasolinera y sus satélites mantienen la rutina. Un tipo introduce una moneda en la máquina lavacoches y se pelea con la pistola de agua nada más desenfundarla. Una procesión de sombras entra y sale de la multitienda con extractos bancarios, refrescos isotónicos y chocolatinas mutantes. Al fondo, junto al poste del aire para las ruedas, sombras diminutas y mucho más rápidas se disputan el botín de dos contenedores abiertos y saturados. Un enjambre de plástico vuela animado por el viento machacón, la fauna del siglo veintiuno, gorriones y mariposas sin peligro de extinción. El judío grande, el judío gordo sabe que debe luchar contra la humillación. Sabe, joder que si lo sabe, que tendrá que confiar en la solidaridad del prójimo, dar pena, ponerle algo de teatro al asunto para que los Nissim reciban en tiempo y forma al fallecido y lo despidan como merece. Su empleo, y éste es un extremo doblemente importante, también depende de ello. No quiere ni imaginarse en una cola del paro, menuda vulgaridad, rodeado de laicos y parias de todo pelaje. Se amputaría la mano izquierda antes que soportar la diatriba del señor Loeb, el propietario de las pompas fúnebres, tan adicto a la puntualidad y la excelencia como ajeno a la piedad y las segundas oportunidades. Se arrancaría los rulos a bocados, renunciaría a la liga de bolos, recién comenzada y con buenas perspectivas para la dupla que forma con Ariel Benamú, empeñaría su colección de cartones de helado si hallara la forma de obtener otra llave, una copia, un pasaporte al alivio y el resoplido.

Tras una vacilación infantil, accede a la multitienda, donde doscientos estantes ofrecen la mayor variedad de porquerías al precio más inflacionista. Las golosinas le distraen, tarda un rato en reaccionar, nuevamente el olvido, su olvido a prueba de bombas, hasta que garabatea en un post-it imaginario la principal tarea del día, tengo que entregar un fiambre. Decide guardar cola religiosamente, esperar su turno para implorar ayuda, pero el tiempo vuela y las orejas se le calientan, la gente es lenta, el pueblo está ocioso, nadie paga hasta la última milésima de la última centésima del último segundo. A sus espaldas, la presión de un runrún imaginario que será real tan pronto como hable y le escuchen, porque indudablemente le escucharán, y el pueblo renacerá entonces, recobrará su brío y participará de sus aventuras y desventuras con consejos sabios, refranes premonitorios y teorías conspirativas. Una anciana precede a Josef Penka. Es como aquellas judías de Sam Peckard que cuentan los céntimos, interrogan al dependiente sobre las ofertas y descuentos y sus posibles combinaciones o incompatibilidades y al final rescatan de algún recoveco de sus mastodónticos bolsos una tarjeta azul de Iberia que quizás, con un poco de suerte, les sume tres puntos y recorte la distancia, jamás intimidante para una ahorradora profesional, que las separa de un vuelo gratis a Cuba. La señora, que no es judía ni aparece en American Splendor, se da por satisfecha tras cinco minutos de estudio y debate, paga al contado y enarbola feliz a través del cristal el comprobante que permitirá a su marido llenar hasta la mitad el depósito de aquel R5 blanco de la esquina cuyo frontal parece un rostro torcido por la edad.

-Verá… -dice Josef Penka.

-Buenos días –le interrumpe el dependiente. De sus ojos se desprende una advertencia. Sea usted cortés o me convertiré en su peor pesadilla. Josef Penka, profundamente receloso del universo ateo, se aplica el cuento.

-Buenos días.

-Así está mejor –la sonrisa triunfal del dependiente muestra una dentadura de tinta de calamar.

-Verá…

-Eso ya lo ha dicho, amigo. ¿Sin plomo, súper, unos bollitos rellenos de chocolate?

-No tengo dinero en estos momentos –anuncia compungido Josef Penka.

-¿Entonces qué quiere? ¿Una bendición de san Cristóbal? –Josef Penka es incapaz de apartar la vista de esos piños de carbón. Le ha tocado el dependiente oficialmente gracioso. Maldita sea.

-Me gustaría hacer una llamada. Olvidé las llaves dentro del coche. El móvil, la cartera ya sabe.

-¿Usted es el del mercedes con el muerto? Qué mala suerte, tío. El ambiente debe estar bien cargadito ahí dentro. Hoy han anunciado cuarenta y cinco grados. Como no se dé prisa, va a tener que intervenir el ejército, sí, esos mulos con mascarillas y metralletas que se cuelan por las ventanas y nunca reciben un puto tiro –Josef Penka aguarda en silencio. Necesita una respuesta positiva porque no hay tiempo ni alternativas a la simpatía de ese lunático. –Ah, claro, la llamada, sí, hombre, puede usar nuestro teléfono tantas veces como quiera, ya sabe, tarifa plana de fijo a fijo, nosotros nos pasamos el día dale que te pego, que si la novia, que si papá, que si el camello, jeje.

-¿Es usted musulmán? –interviene el siguiente eslabón de la cola, un veterano de metro cincuenta dispuesto a traspasar los límites de la horterada más mítica jamás perpetrada. Calza chanclas amarillo chillón, bermudas floreadas y una de esas camisetas de tirantes diseñadas para destacar cualquier prominencia, sea o no estética. En la cabeza rasurada y calva, sin una utilidad justificable, una cinta para el pelo rosa que le cubre la mitad superior de las orejas y le da un aire de alpinista amateur. –Salam Alaikum. No quisiera verme en su situación. Menuda putada –se inclina y practica una reverencia que bien podría confundirse con algún baile recién importado de Estados Unidos.

Josef Penka sonríe sin contestar, abrumado por la perenne estupidez del ateo medio, y pasa al otro lado del mostrador, donde le espera un teléfono inalámbrico blanco manchado por millones de huellas dactilares. Marca de memoria el número de la funeraria El Amanecer Esplendoroso y se topa al otro lado del hilo telefónico con la señorita Spielman, cuyo tono de voz denota una intensa actividad de pedicura, repintado y pulido.

-Pásame al señor Loeb, Emma –ordena Josef Penka entre dientes, casi masticando las palabras. Le enfurece el permanente agravio del azar. Emma simplemente descuelga teléfonos y pasa llamadas; él trajina con muertos a los que accidentalmente abandona en una cámara sellada a cuarenta y cinco grados por culpa de un apretón.

-¿Josef? ¿Josef Penka? Reconozco tu voz de pillo –acierta a decir Emma en mitad de una maniobra delicada y trascendental para su estética digital. Una tijera de hojas microscópicas intenta reducir a la mínima expresión un padrastro localizado a primera hora, seis en punto, en el pulgar de la mano izquierda.

-Es un asunto crucial, estúpida –Josef Penka mira alrededor. El dependiente ha renunciado a toda actividad ajena a la contemplación, provocando la parálisis de la cola de clientes y una espontánea proliferación de mirones cuyos ojos confluyen en la silueta pesada, angustiada y sudorosa del hebreo con tirabuzones y yamulke. –Pásamelo ya o destrozaré tu colección de pintauñas cuando vuelva –masca con un bufido nasal que pretende ser intimidatorio.

-Eres un grosero y un bruto, Josef. Espero que alguien, Dios o quién sea, te castigue cuando llegue el momento –una melodía abrasiva de las que las empresas utilizan para rellenar los interludios telefónicos se cuela en los tímpanos de Josef Penka, atribulado ante la perspectiva de encontrar una explicación que calme al señor Loeb y, más complicado aún, despierte su faceta compasiva. Pasan un par de minutos hasta que una voz áspera, como de tuberías rasgadas, percute desde las oficinas de El Esplendoroso Amanecer.

-¿Qué le pasa a tu madre, Josef, también ha olvidado cambiarte los pañales hoy? –el traductor simultáneo de Josef Penka decide que se trata de un buenos días con un matiz de buen humor que invitaría a cualquier hombre optimista a pensar inevitablemente en su salvación. Lástima que Josef pertenezca a la estirpe de los cenizos. Está nervioso y lo nota. Toquetea el auricular como si fuera una bratwurst, revisa el panel, sus dedos se deslizan anárquicamente entre la maraña de botones y presionan accidentalmente el altavoz.

-Buenos días, señor Loeb –balbucea Josef Penka. –Tenemos un problema.

-¿Tenemos? ¡Qué coño tenemos! –La parálisis física y una especie de idiocia sobrevenida impiden al cetáceo judío caer en la cuenta de que el cada vez más numeroso público de la estación de servicio puede escuchar la conversación con su jefe. Penka versus Loeb. Entradas agotadas. –Dispara, capullo, y más vale que te des prisa, estoy a tiempo de despedirte –Alter Loeb fue criado con una partitura de dureza extrema, la de un padre ditero habituado a bregar con las infinitas vías de escape del moroso y del fraudulento. En un certamen retrospectivo, el pobre Alter habría hecho notar a la audiencia el progresivo aumento del antebrazo paterno, curtido con una cuidadosa dieta de bofetones, pellizcos y tirones de patilla. Alter Loeb, empresario y superviviente, siempre se considerará un blando al lado de semejante espectro.

-El muerto, ejem, el fallecido señor Nissim, esto, está atrapado.

-¿Atrapado? ¿De qué cojones estás hablando? –murmullo colectivo en la multitienda.

-El coche, señor Loeb. Me dio un apretón. Tuve que parar a cagar en una gasolinera y me dejé las llaves dentro, aparte de todos mis objetos personales, claro. Ya sabe cómo son los mercedes. Cierre de seguridad a los dos minutos –un silencio de plomo envuelve el ambiente hasta asfixiarlo. Todos, desde Josef Penka hasta el último recién llegado, se retuercen sometidos al picor de la incertidumbre. -¿Me cree, verdad?

-Deja que te explique algo –Alter Loeb utiliza ahora un nuevo registro, un híbrido entre la parquedad forjada en hierro de Clint Eastwood y la verborrea venenosa de Samuel L. Jackson. –La verdad es lo de menos. El problema se llama familia Nissim. Para que nos entendamos, el problema es la clientela. Y a través de ella nuestra, mi reputación. No sé qué coño ha pasado, ni si te has cagado vivo o te la has machacado en un burdel de carretera o en la granja escuela de Los Molinitos. Me importa una mierda. Aquí manda el contrato, ¿lo captas? Un contrato que estipula a las claras que te quedan dos horas, tres a lo sumo si tiramos de diplomacia, para entregar el féretro y contentar a esos onen poderosos cuyo mero pestañeo podría llevarnos la ruina con un lacito al cuello –tras unos instantes de duda, la grada aplaude incendiada por la concatenación de frases más vistosa en veinte kilómetros cuadrados. -¿Qué coño es ese ruido? –Josef agita las manos pidiendo calma y el aplauso se degrada en rumor y después en cuchicheo.

-¿Y cómo lo hago? –no habla un hombre de metro ochenta y cinco y cien kilos sino el eco trémulo de un niño inseguro tras destrozar de una patada fortuita la mesa de metacrilato del salón de papá y mamá.

-Creo recordar que aquí el jefe soy yo. Pago a mis subalternos para que se encarguen de todo aquello que directamente prefiero no gestionar. La sala de máquinas, por ejemplo. Las minas de carbón. El corazón de las galeras o el ataúd del viejo señor Nissim. Tú solito, Josef, te has metido en el laberinto. De ti depende salir. Yo haré como que no has llamado, me reclinaré en mi preciosa butaca de cuero repasando gastos e ingresos, mandaré a Emma que me traiga un café bien cargado y se olvide de una puta vez de esas uñas de actriz porno que tiene y, sobre todo, esperaré tu regreso como el pastor que aguarda a su perro ovejero, confiado y tranquilo. No hay más que hablar. Por ahora.

El altavoz recoge fidedignamente el clic de la conversación abortada. Josef mira al público y el público le devuelve la mirada. Silencio, de nuevo silencio, un velo espeso que ensombrece las gargantas y demuestra que sí, que el ser humano todavía se compadece, todavía participa de la desgracia ajena aunque lo haga con una vocación más mórbida que filantrópica.

-Bueno –resucita al fin Josef Penka. –Hay que actuar.

Su determinación es un pistoletazo de salida a una constelación de sugerencias que se superponen y anulan, inyectando en el aire un gas de confusión y urgencia. Josef se rasca el culo, el rastro de la cagada aún palpitante, y sale de la multitienda sin saber cuál ha de ser el siguiente paso. La masa expone, ciega y sorda, una ristra de piedras filosofales que se cuelan en oído del yid como mosquitos kamikaze. Una voz anónima traspasa el cordón de seguridad y propone, con timbre experto, la solución mágica, basada a la vez en la sencillez y la audacia.

-Tendremos que romper el cristal.

Romper el cristal. Puro simbolismo contra el tirano, con la pega de que después de la subversión Josef Penka pagará de su propio bolsillo los desperfectos. La idea corre como la pólvora y gana adeptos irresistible y tenazmente. ¿Por qué no? ¿Por qué no descargar la frustración acumulada en las lunas del mercedes del jefe? Sin saberlo, Josef Penka está destapando el frasco de sus esencias genéticas, la combatividad del gueto de Varsovia, un puñado de hombres refractarios a la idea del yugo nazi. Su abuelo disparó y mató a algunos. Matar al verdugo. Romper el puñetero cristal y sentir cada molécula esparcida como la señal de una victoria no tan remota. Porque Josef Penka, el mullido y timorato chófer, el cartero de la muerte, tiene grandes planes. No descarta progresar en la bolera y optar al campeonato nacional. Después, quién sabe, quizás un salto a la palestra mundial, durísimos, épicos enfrentamientos con polacos, venezolanos y canadienses, una portada en el International Bowling Tribune, incluso una audiencia presidencial que repare el ostracismo al que su pueblo ha sido meticulosamente condenado en éste y otros rincones del globo. Tampoco le haría ascos a montar su negocio, tal vez una versión ambiciosa de las pompas fúnebres de Alter Loeb, un concepto que disocie muerte y pena, que transforme la despedida en una fiesta, o al menos en un trance amable donde los aturdidos allegados puedan ver una selección de los mejores momentos de la Liga de Bolos, abrir una cerveza helada o participar en un taller de apoyo psicológico que en realidad sería una tapadera para una red de contactos entre viudos, huérfanos y caraduras.

-Vale –dice bien alto Josef Penka para que los demás capten su intrepidez. La primera opción es la más rudimentaria. –Dadme una piedra. –Al escuchar la orden sin destinatario, el enjambre se disipa. Cada abeja vuelve a sus asuntos, el Golem se queda solo. –Joder, lo haré yo mismo, que nadie se estrese –Josef vuelve al trasero de la gasolinera y se dirige al descampado sin atreverse a mirar la puerta roída del zulo radioactivo. A las moscas les trae sin cuidado que sea temprano, localizan al gordo móvil y se entregan al incordio. Huele a animal podrido, a goma de condón, a flores que su terca cultura urbana le impide identificar. Entre los matojos y la basura, una piedra decente, tal vez tres kilos de poros y vetas. Josef Penka vuelve al coche y es entonces cuando nota el peso redoblado de cien miradas. Desde la cabina del dependiente tarado le llega un pulgar en alto, ánimo, tú puedes. Se acerca al coche y le pasa la palma de la mano por el capó. Carrocería alemana. El gueto. La rebelión. Alza la piedra vetada y porosa como el hijo que osa enseñarle el puño al progenitor en la escena que marca el final de la inocencia infantil y el inicio de la adulta perversión. Un titubeo, el corazón bullanguero, las encías secas y finalmente un trazo parabólico, la piedra que desciende desde sus más de dos metros de envergadura, un golpe decepcionante que apenas enturbia la superficie bruñida del cristal.

-Sin miedo, esas cosas se hacen sin miedo –grita un adolescente en dialecto mientras ojea su destartalada moto robada. Duda si comprar una lata de un litro de aceite o robarlo de otra moto de las afueras también probablemente robada.

Josef Penka gruñe. Detesta ser el centro de atención en cualquier lugar que no sea la bolera. Se acuerda de su bolo negro mate con estrellas doradas y reprime un ataque de añoranza. Cervezas Miller y el bueno de Ariel. Desodorante para los pies, ceniceros saturados, mujeres de generosas proporciones con culos planetarios y respingones, el canon del deseo, las puertas hacia la eternidad de una cópula sin protección ni miedo. Repite el tobogán y la piedra percute. Toc. Luna impertérrita. Toc toc. Toc toc toc. Josef Penka enrojece. Sin saberlo, pierde paulatinamente la compostura. Es su orgullo varonil el que porfía contra la película de cristal, poder y jerarquía. El subalterno mojigato queda sepultado bajo el peso del gigante vengador, que va y viene como un péndulo con patas con piedras gruesas, lisas, afiladas o melladas; con rocas y palos, con tubos de metal, con restos del tractor convertido en pecio, tapacubos y cilindros. Golpea con saña, castiga el centro de la luna, los costados, los bordes superior e inferior sin arrancar una sola concesión, un susurro entrecortado de clemencia y esperanza.

-¡Puta mierda! –su canto concentra el sinsabor de generaciones y generaciones de perseguidos, supura mala fortuna, conspiraciones seculares y una brizna de reproche a la juguetona mente del creador. Consulta su reloj de pulsera Zimmerman y se muerde la lengua y se aferra al doble michelín frontal y se mira las manos lastimadas y maldice al condenado Samuel Nissim por haber muerto la pasada madrugada en vez de, por ejemplo, el jueves, su día de descanso, el paraíso de la bola que se desliza sobre el parquet en busca de las cabezas de jíbaro de sus débiles oponentes. Puta mierda es su ruego al salvador. Un mojón, piensa durante la tregua del aporreo, no debe condenarle a semejante calvario. No, un mojón no es motivo.

-¡Josef, llamada! –anuncia el dependiente por megafonía.

-¿Yo? –Josef se autoinculpa con un índice amoratado.

-¿Quién va a ser, tío? ¿Conoces a algún otro musulmán de la funeraria por los alrededores? –las palabras del dependiente reverberan excesiva, vergonzantemente.

-Ese tío no es musulmán, pringado –advierte un negro con sonotone mientras rellena el depósito. Su acompañante blanco corrobora la sentencia con espasmos afirmativos. –Jodido pringado. ¡Ese tío es metodista! –murmura antes de dirigirse al obeso blasfemador. -¿Necesitas ayuda, tío? –habla como los personajes del primer Spike Lee. Su sitio está en el Bronx, pero una sucesión de casualidades, los trenes guasones de la vida, le ha trasladado a la estación equivocada.

-Sí, tío, dinos que la necesitas porque estamos dispuestos a ayudarte –el blanco quiere participar. Habla como su colega aunque no sepa quién es Spike Lee ni dónde coño está el Bronx.

-¡Mueve ese culo de marsopa, Josef! –insiste el dependiente.

-Disculpadme –Josef se despide momentáneamente del par de buenos samaritanos y entra en la tienda multiusos. Pasa directamente al lado noble del mostrador y se pega el auricular a la sonrosada oreja. -¿Quién es? –pregunta sin molestarse en parecer amable.

-¿Cómo van tus aventuras, Josef?

-¿Emma? ¿A qué juegas?

-Estoy agotada, ¿sabes? Ese viejo cabronazo me ha pedido que le traiga un café. ¿En qué parte del contrato dice que esté obligada a humillarme? –mientras ella habla, Josef distingue nítidamente la febril actividad de sus tijeritas de podar.

-¿Te arreglas las uñas?

-Qué pillo. Cómo me conoces, pájaro. Quiero estar guapa, nunca se sabe quién aparecerá tras la puerta de El Esplendoroso Amanecer.

-Pues deja que te aclare en qué momento me encuentro. Mientras tú te pules y adecentas en una oficina con aire acondicionado e hilo musical de Leonard Coen, yo sudo en mitad de un desierto de mala muerte, rodeado de escoria analfabeta –Josef mira de reojo al dependiente, que no se da por aludido – y tremendamente preocupado por la suerte de un fiambre apellidado Nissim cuya familia, al parecer, es experta en cortar pelotas. ¿Lo pillas?

-Menuda emoción. A veces pienso que debería apuntarme a una de tus escapadas. ¿Qué me dices?

-Vete a la mierda.

-¿Cómo?

-Y no se te ocurra volver a llamar.

-Bien dicho –le anima el dependiente.

Josef Penka rumia entre dientes. Le gustaría ser un superhéroe y fulminar la hectárea entera, el negocio del señor Loeb y todo el cargamento de pintauñas y limas de Emma La Mujer Más Imbécil de la Galaxia. Un momento. Esos dos tipos, los primos retrasados de Spike Lee, forcejean con la ventanilla del mercedes. El odio y la amargura dan paso a ese otro sentimiento de comunidad que blinda al pueblo hebreo en sus numerosos pulsos con la historia. Josef, el yid bovino, se pone la capa de Josef, el yid iracundo.

-¿Queréis que os parta el alma? –La sombra de Josef Penka se alarga empapada del espíritu de Nosferatu en una noche de cacería.

-Eh, eh, tío, para el carro –dice el blanco.

-Somos profesionales, hermano metodista –añade el negro. Ambos cargan con ligeros cinceles de acero y martillos de doble cabeza. –Cacos. Mangantes. Nuestro coche, por ejemplo –señala un citroën con tres mil mordiscos en la chapa. –Claro que, técnicamente, no nos pertenece.

-¿Lo habéis abierto?

-Por supuesto. Lo abrimos la semana pasada. Nos hemos recorrido toda la ciudad. Como en esa peli –relata el blanco, sometido por segunda vez a los rigores del tic muscular y masivo.

-Easy Rider –apunta el negro con sonotone. Sus frases son chillidos desencajados que en otra vida, sin las limitaciones de una sordera tan feroz, habrían aspirado a la normalidad.

-No, joder, me refiero al mío. A mi puto coche –interrumpe Josef Penka.

-Imposible, tío.

-Sí. Imposible.

-¡Puta mierda! ¡Putísima mierda de mierda! ¡Me cago en todo lo que se mueve! ¡Me cago en vosotros, y en aquél hijoputa de allí, y en el de más allá, sí tú, qué cojones miras, cabronazo!

Los cacos retroceden horrorizados. Una bestia anda suelta y está justo enfrente, enseñando sus colmillos, vaticinando su sed de sangre. La masa, recompuesta a pequeña escala tras el incidente de la piedra, vuelve a dispersarse, más atolondrada esta vez, bien aprendida la lección de los peligros que entraña merodear una central nuclear con tirabuzones. Un matrimonio sesentón arranca en su huida la manguera de un surtidor de gasolina sin plomo. Las trillizas adoptadas de una pareja gay rompen a llorar como si las autoridades hubieran anunciado el fin de los juguetes y las chucherías. Ruido de cristales en la cabina. Un citroën destartalado que se larga sin despedidas. Josef Penka y el caos del titán furibundo.

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