1994-1996: la pinza

Fede Durán | 20 de mayo de 2012 a las 19:10

La política fabrica extraños compañeros de cama. Un buen ejemplo fue la II República, presidida en 1931 por el hijo de un terrateniente (Niceto Alcalá Zamora), gestionada por un liberal en el buen sentido del término (Manuel Azaña) y completada con un collage de ministros de todos los colores (Miguel Maura, Francisco Largo Caballero) que fue aún mayor durante el gobierno provisional de un año antes (Alejandro Lerroux, Diego Martínez Barrio, Lluís Nicolau d’Olwer). Salvando las enormes distancias y reduciendo la escala nacional a la autonómica, Andalucía se topó con un retrato parecido tras los comicios de 1994. Manuel Chaves había ganado su segunda cita electoral con 1.395.131 votos, unos 150.000 más que el PP de Javier Arenas. En escaños, la diferencia era mínima: 45 contra 41. En una cámara con 109, la mayoría absoluta está en 55, lejos, muy lejos de aquél lanzamiento de jabalina. De la mano de Luis Carlos Rejón y con sus mejores resultados bajo el brazo (20 diputados), IU se iba a convertir en el actor esencial de una película que duraría menos de dos años y produciría uno de los títulos más recordados de la trama autonómica andaluza: la Legislatura de la Pinza, un thriller que aún genera preguntas. ¿Hubo verdadera sintonía entre Arenas y Rejón? ¿Qué papel jugó desde Madrid Felipe González? ¿Y Julio Anguita? ¿Cómo recuerda el propio Chaves aquel bienio frenético, plagado de reprobaciones y debates a cara de perro?

Versión A (Rejón). El domingo 12 de junio de 1994, pasada la medianoche y completado el escrutinio, el ex presidente de la Junta supo perfectamente cuál sería su primera llamada telefónica. Necesitaba el respaldo de Izquierda Unida y estaba dispuesto a ser generoso. Pensaba en un gobierno de coalición parecido al actual y con un papel aún más protagonista para la federación de Izquierdas. Chaves convocó a Rejón una semana después. Su oferta era, en términos de poder, mareante: la vicepresidencia que hoy ocupa Diego Valderas y cuatro consejerías. Rejón sonrió, pero no dio el sí. Su respuesta estaba condicionada por un contexto políticamente salvaje. Era la época de los GAL, de Luis Roldán, de Juan Guerra, de la hemorragia de Santana Motor. IU no quería poder sino programa. El tardofelipismo había sido una de sus banderas de batalla y no estaba dispuesta a empeñarla. “Recuerdo perfectamente que le pregunté a Manolo por los contenidos y él me contestó que la gobernabilidad era para el PSOE, que si pensaba que una parte de nuestras recetas era aplicable estaba totalmente equivocado”, relata Rejón.

Versión B (Chaves). Nunca existió oferta alguna a Rejón e IU. En la federación triunfaba la teoría del sorpasso. Izquierda Unida vivía sus mejores momentos en Madrid y Sevilla. Rebasar al PSOE era sólo cuestión de tiempo y de un matrimonio de conveniencia celebrado discretamente entre José María Aznar y Julio Anguita bajo el mecenazgo de Pedro J. Ramírez. Los contactos con Rejón se limitaron a un frustrado intento de cerrar los presupuestos de la comunidad para 1995 (al final, se acabarían prorrogando los de 1994).

Reconstrucción del resto de la historia. Chaves calibró desde el inicio la verdadera dimensión del problema. Era consciente de que el mandato sería bacheado, sabía que habría que negociar párrafo a párrafo cada texto legal, cada iniciativa o designación. ¿Imaginar una entente Arenas-Rejón era ir demasiado lejos? Quizás, sobre todo si se atiende a los primeros pasos en sede parlamentaria, donde IU optó por el voto nulo para permitir la elección de Manuel Chaves como presidente.

Previamente había llegado la primera gran pista de lo que se cocinaría después: Valderas lograba la Presidencia de la Cámara regional con el ok del PA de Pedro Pacheco… y del PP-A. “¿Que por qué nos apoyaron? Eso habría que preguntárselo a Arenas”, dice Rejón. Antes incluso de ese nombramiento, IU y PP habían acercado posturas. Aunque el entonces secretario general de los populares andaluces, Juan Ojeda, desmienta “que se firmara documento alguno”, Rejón confirma lo contrario. “Eran un par de folios que Arenas y yo firmamos en una sala de comisiones y lo único que contemplaba era una apuesta por la regeneración democrática y un respeto de las proporciones en los organismos públicos y parlamentarios”. La leyenda en torno a ese par de folios -el mal llamado pacto del Hotel Inglaterra- creció exageradamente. Se habló de un gobierno en la sombra, de una especie de gabinete en el exilio de la oposición, pero las alianzas fueron “todas de forma, jamás de fondo”, según Rejón. Chaves admite que no llegó a leer el documento misterioso, pero difiere de su ex rival: “Contenía muchísimos puntos que desde luego iban más allá de las formas”. Pacheco, convidado de piedra en la legislatura con sus tres escaños, considera simple y llanamente que “PP e IU tendrían que haber formado un Ejecutivo de coalición”. “Había un acuerdo de cooperación cooperativa”, zanja Ojeda. “Fue un ejemplo de tolerancia”, concluye Rejón.

El socialismo andaluz leyó una seria advertencia en esa doble rúbrica. Chaves se reafirmó en su convicción de que tendría que picar piedra para garantizar la paz. Los problemas no se limitaban al frente externo de la entente, también eran intestinos. “El presidente estaba en una situación de extrema debilidad -analiza Ojeda- porque en su grupo parlamentario mandaban los guerristas (Enrique Linde, Antonio María Claret). Pero fue listo: recuperó a Zarrías, a Pizarro y a Ceballos y reconquistó el poder en el partido”.

Para contentar a Arenas, Chaves disponía de una buena carta: la elección del sustituto de Manuel Melero al frente de la Radio Televisión Andaluza (RTVA). Entre bambalinas, además, Gaspar Zarrías y Luis Planas (rescatado actualmente por Griñán como consejero de Agricultura) eran los hombres encargados de garantizar, junto a Ojeda, la estabilidad de los puentes, del entendimiento forzoso, de la negociación a hurtadillas. Con Rejón no era tan sencillo. Chaves quería incluirlo también en el debate y posterior pacto sobre el nuevo director de la RTVA, pero necesitaba más fuegos artificiales. Y la deuda histórica era un pastel de incalculable valor teniendo en cuenta que la cuantía que se fijase en Andalucía sería avalada sin demasiadas pegas por el Gobierno amigo de Madrid.

El asunto número uno (RTVA) parecía encaminado. Juan Teba, “un señor aparentemente cercano al PSOE” a juicio de Rejón, era el hombre del consenso. Pero no. “Iba de viaje en tren a Bilbao y me enteré por los medios de comunicación de que finalmente PP y PSOE habían optado por otra persona”, señala el ex dirigente de IU. Esa persona era Joaquín Marín Alarcón. La federación recibía así el primer bofetón.

El asunto número dos (deuda histórica) era más complejo. Chaves y Rejón pretendían incluir la cuantía en los presupuestos de 1995, aquellos que nunca se aprobarían, y le dedicaron muchas tardes al cálculo. De nuevo, las posturas parecían cercanas. Se habló de 51.000 millones de las antiguas pesetas (más de 300 millones de euros), y Rejón creyó cobrada la pieza. Pero tampoco. “Felipe González jodió toda la vida política andaluza -lamenta-. Jodió el acuerdo en RTVA y jodió la deuda histórica, cuya cifra yo ya había firmado con Chaves. Manolo me llamó y me dijo que le habían tumbado el pacto en Madrid, que Felipe decía que ninguna comunidad autónoma le iba a marcar las cuentas públicas. A él no le interesaba mantener relaciones con IU”.

Chaves, otra vez, difiere: “Nunca nos comprometimos con cifra alguna. Es cierto que barajamos los 51.000 millones, pero yo tenía que ver a Felipe y a Solbes, que entonces era ministro de Economía, para tomar la decisión final. Y Pedro decía que era mucho dinero, demasiado. Rejón tenía el listón reivindicativo tan alto que parecía que no quería alcanzar ningún acuerdo”.

Desde entonces, la fractura fue absoluta. El Parlamento se convirtió en un hervidero. La tensión podía masticarse como un chicle. Los socialistas eran como Ali antes de irse a la lona por primera vez en aquel combate fatal contra Frazier: creyeron tanto en su dominio que no estaban preparados para cambiar el alma de punisher por la de un simple fajador. “La pinza nos sorprendió por la actitud infantil de Arenas y Rejón, que jugaban al gato y al ratón con Chaves. Siempre ganaba la pinza, y nosotros a veces nos uníamos, pero hubo un exceso de bronca, las sesiones eran interminables y estaban repletas de reprobaciones a todos los consejeros”, visualiza Pacheco.

Arenas se frotaba las manos. Era un escenario idóneo para salir reforzado. La agonía de Chaves podía convertirse en el prólogo de su primera y enorme victoria. Aznar asentía en la distancia. ¿Y Anguita? “Julio siempre me daba su opinión, siempre, y coincidían con las mías en el 95% de los casos, pero yo me sentí siempre totalmente libre”, subraya Rejón. “Nunca se planteó un Gobierno de coalición con Arenas. Nunca. Aunque hubo gente en mi partido que en los sótanos del Hotel Los Lebreros (nuestro lugar habitual de reunión) me pedía mociones de censura con candidatos a la Presidencia de la Junta ajenos al Parlamento. Tuve que frenar varios intentos en esa dirección. Y lo curioso es que muchos de los defensores de esas mociones aplauden ahora la alianza entre PSOE e IU”.

A finales del 95, transcurrido apenas año y medio de mandato, estalló la bomba (ver apoyo). Se debatían los presupuestos para el ejercicio siguiente y Chaves no estaba dispuesto a prorrogar por segunda vez los de 1994 “por razones de higiene democrática”. Si las negociaciones fracasaban, adelantaría las elecciones. Ojeda y Arenas habían lanzado una tímida oferta: respaldarían las cuentas de la Junta si el Gobierno accedía a anticipar la cita con las urnas en una fecha distinta a las generales. Chaves no tragó. Y sonó la campana del final de clase.

Aquella andadura contrasta con un presente donde Griñán y Valderas se abrazan y se quieren (por ahora). Pacheco vaticina una “ruptura traumática” en menos que canta un gallo. Ojeda opina que “los desencuentros y la bisoñez de IU en el ejercicio del poder no van a ser suficientes para acabar con este Ejecutivo”. Rejón advierte que “IU puede destrozarse internamente si la gente no percibe un giro a la izquierda en las políticas de la Junta”. Y Chaves confiesa que “las experiencias del PSOE con IU no han sido muy buenas en el pasado”. Caducó el sorpasso, se retiraron Aznar, González y Anguita, y sigue Valderas, que fue siempre propacto, también durante el pinzarato. Arenas dormita amortizado en el sillón de la oposición, así que todo encaja. Pero de aquellos lodos brotan valiosas lecciones, y la principal es que los viejos amores se enfrían pero no necesariamente mueren.

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