La economía del desamor

Fede Durán | 14 de septiembre de 2012 a las 13:50

EN 2006 y buena parte de 2007 casi nadie imaginaba la densidad de los nubarrones que hoy descargan miserias sobre España y buena parte del resto de la clase club. Roubini, Stiglitz y Krugman no cuentan. Aquellos años fueron la cima del espejismo. Doblegábamos a Italia en el combate macro; cercábamos a Francia; desafiábamos a la mismísima Alemania. Por primera vez, el país se decidió a doblar sus bragas católicas en el último cajón del armario para cambiarlas por el tanga. Cosas de nuevo rico: 235.813 divorcios y 20.344 separaciones destrozaron el uso previo, donde mandaban las segundas y se procuraba huir de los primeros. Entre 2002 y 2005, el INE registró 210.891 divorcios, 25.000 menos que en la mitad de tiempo (2006-2007). Las separaciones, una vía tibia con puerta trasera a la esperanza, retumbaban como un tsunami: 295.733.

¿Qué ha ocurrido desde entonces hasta ahora? Separarse carece de atractivo, y no parece que la tendencia vaya a cambiar: 8.761 parejas lo hicieron en 2008, 7.680 en 2009, 7.248 en 2010 y 6.915 en 2011. Divorciarse, sin embargo, aún tira: 110.036 (2008), 98.359 (2009), 102.933 (2010) y 103.604 (2011).

Por ahí quiebra la teoría de la economía del amor. La cultura occidental ya no se aferra a la vida en pareja, ni siquiera aunque la rectificación de una decisión jurídico-sentimental conlleve costes notables. Y en general los conlleva: en 2011, los jueces asignaron una pensión alimenticia al 57,2% de las rupturas. En el 85,9% de los casos el pago de esa pensión correspondió al padre, que apenas logró la custodia de los hijos menores un 5,3% de las veces. Asimismo, en 12 de cada 100 ocasiones se fijó pensión compensatoria, desembolsada nueve de cada diez veces por el esposo. La foto cenital matiza todo lo anterior: sí, España se divorcia, se separa, se pelea, pero apenas se producen 2,34 disoluciones por cada 1.000 habitantes, el 0,3% más que en 2010.

Lo ideal sería que el sector privado (cadenas de distribución, banca, turismo, comercio) iniciase rápidamente su transición hacia una nueva especialidad: la economía del desamor. El nicho es enorme. Entre quienes rompen y quienes no se casan ni conviven hay y habrá hábitos de consumo diferenciados y crecientemente consolidados. El abanico de posibilidades es inmenso. Un ejemplo: el banco equis, conocido en el mercado por su bizarría, podría diseñar créditos blandos para el divorciado con poca liquidez pero ganas puntuales de asueto. Otro: hay agencias de viajes que programan paquetes para solteros bajo la filosofía de que encuentren a otros solteros y quizás surja, ah, la llama de la pasión, pero, ¿por qué no programar paquetes para solteros sin ganas de dejar de serlo o siquiera de interactuar? En este contexto, y con el aditivo del envejecimiento de la población, los servicios de dependencia se profesionalizarán más todavía, convirtiéndose en una floreciente industria del complemento a la soledad. La realidad va a menudo por delante de la ley. Y a veces también de una economía que necesita imaginación para reinventarse y mover el dinero.


Comentar


Nombre (Obligatorio)

Correo electrónico (Obligatorio)

Página web (Opcional)

Notificarme los nuevos comentarios por correo electrónico. Tambien puedes suscribirte sin comentar.

El autor, en este espacio, se limita a recoger la opinión y contenidos de los lectores, por lo que no se hace responsable de los mismos. Si encuentra algún texto ofensivo, erróneo o alguna opinión que no sea respetuosa, le rogamos que nos lo haga saber