Inocencia Perdida

Fede Durán | 12 de febrero de 2013 a las 10:09

EUROPA perdió la inocencia durante la Primera Guerra Mundial, pero si la perdió es que alguna vez la tuvo. Tras el asesinato del príncipe Francisco Fernando en Sarajevo, nadie dudó de las razones del viejo emperador para embarcarse en un duelo que acabaría siendo fatal para el Imperio y para el continente. El poder, igual que los medios, decía la verdad. Existía una presunción de honestidad.

España no participó en esa guerra, pero fabricó la suya menos de veinte años después. También fue inicialmente una batalla romántica, al menos desde la perspectiva del extranjero simpatizante de la República. Un modelo de regeneración y justicia social se oponía a las viejas cacicadas latinas personificadas en Franco, Sanjurjo o Mola. Los buenos perdieron. Y el poso de la inocencia se evaporó.

La Transición fabricó una ilusión sobre la base del perdón y/o el olvido. Nuestras figuras tenían lustre: Suárez, González, incluso el Rey. Después de muchas, muchísimas estupideces intestinas, el país remontaba el vuelo y apuntaba al ingreso en la Europa próspera, la del Estado del bienestar, las infraestructuras futuristas y las empresas de vocación universal.

Todo era un espejismo. Crecimos, sí, pero sobre la base de unos pilares podridos. La política española -y la empresa a veces también- podría nutrirse de las tramas de Graham Greene salvo por un detalle: las novelas negras del británico encerraban complejos mapas existenciales. El mejor paralelismo es Edward Bunker, ex convicto y quizás por ello aficionado a una prosa cruda, polvorienta y anfetamínica donde no cabe la miel del estilo. Los personajes de Bunker no tienen escrúpulos. Golpean, disparan, persiguen cuando toca. Y ése es el problema que se traslada a la realidad política: la ausencia de una ética, o incluso de un código deontológico, aunque la deontología mezcle mal con la política porque implica que ésta es una profesión cuando debiera ser un acto de servicio al bien común limitado en el tiempo.

Los políticos españoles se han oficializado, y al hacerlo interiorizan la actividad como una suerte de propiedad exclusiva. Pocos son los fichajes y a menudo fallidos (Piqué, Pizarro, Garzón); el mejor currículum es el del espécimen criado en la cantera y dedicado en cuerpo y alma, desde el comienzo, a la causa de unas siglas cuya superioridad ideológica nadie discute. Este circuito cerrado predispone al mal camino, sublimando el sentido de la jerarquía, la endogamia, el abuso en el ejercicio del poder, el narcisismo y los complejos de superioridad indisimulados. Los medios de comunicación han agravado dócilmente el fenómeno, a pesar de que la crisis les haya empujado al cambio. El buen periodismo de investigación es la última tabla de salvación.

Rajoy y Rubalcaba surgieron del mismo molde. La depuración no vendrá con ellos, ni con los suyos de presente o proyección. Y ahí surge el auténtico agujero negro de la democracia española: ¿Qué voces guiarán la renovación de un sistema agotado?

  • Julio

    No te preocupes, que ha venido Esperanza Aguirre a salvarnos de toda esta casta, con el altavoz en la mano.