On the road

Fede Durán | 8 de marzo de 2013 a las 11:58

EN una de sus innumerables crisis, Japón perdió una década (años noventa). El país, sin embargo, nunca dejó de ser rico. Islandia, la isla semidesierta, ventosa y áspera que John Carlin describió como un milagro de la humanidad, sucumbió a la burbuja financiera(2008-2009). Sus 330.000 habitantes tronaron contra la clase política y bancaria y escupieron sobre los blasones de Gran Bretaña, Suecia y Dinamarca, sus malditos socios habituales. Hoy, la isla recupera el aliento. En 2007, EEUU lanzó al mundo un muerto descomunal: la bolsa negra de las hipotecas subprime, con tantas ramificaciones que acabó afectando incluso a la pujante y casi mitológica España. Esta semana, Wall Street, con su casillero por encima del último gran récord (9 de octubre de 2007), dio por zanjadas las dificultades (ustedes ya saben que los mercados siempre creen tener la razón; la realidad deberá confirmar ese triunfalismo).

¿Y Europa, qué ocurre en Europa? En Europa ocurre, como todo el mundo sabe, que hay una división norte-sur nacida no sólo de los datos macroeconómicos sino también del prejuicio. Hans-Werner Sinn, presidente del Instituto Económico Alemán, explicaba hace unos días en El País que, siguiendo las recetas germanas, a España le queda por delante, cuando menos, otra década de sufrimiento. ¿En qué consisten esas recetas? Básicamente, en el equilibrio de las cuentas públicas, la lucha contra el déficit, la subida de impuestos, la bajada de salarios, la devaluación interna, la palidez progresiva.

¿Funciona esa táctica sólo porque en Alemania lo haya hecho? Ahí están Grecia y Portugal para negarlo. Pero, ¿funciona de verdad en Alemania? Si el termómetro es el paro, afirmativo. Si la brújula es el ahorro, correcto. Pero si la clave es la calidad del empleo o la evolución de la balanza comercial, entonces, ay, ya surgen dudas razonables.

¿Tiene España alternativas? Las tiene. Italia es un buen doble ejemplo, tal y como demuestran la vía Monti -Gobierno tecnócrata con suficiente independencia para planear el cronograma de reformas salvadoras- y la vía MS5 -salvar la nación convirtiendo la política en un permanente ejercicio plebiscitario y de transparencia-. El presidente Rajoy podría haber optado por ambas, pero no lo ha hecho. Su capitulación al norte fue inmediata e incondicional, creando a la vez un escenario perfecto para definirse como incapaz: cada medida impopular no es fruto de mi crueldad sino de un guión preestablecido. Sus reticencias a la autopsia del sistema, al veredicto y a la resurrección son, por otra parte, comunes a nuestra clase política. Reformulemos la pregunta anterior. ¿Tiene España alternativas pese a Rajoy? No. Rajoy es como Franco: lento, cobarde, dubitativo y exasperantemente rocoso. Cargamos con cinco años de crisis (2008-2012). No habrá en principio elecciones hasta finales de 2014. Y entonces la solución tampoco serán el PSOE, IU, UPyD o un Gobierno de coalición. La solución consistirá en que cristalice como papeleta y voto una nueva vía, una vía que aún no existe, la vía de la audacia, la autarquía, la justicia social y el sentido común.

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