La maldición de Raymond Felton

Fede Durán | 21 de mayo de 2013 a las 20:28

Cuando el despertador ha sonado esta mañana, al trazar la curva ascendente de la incorporación, me he sentido diferente. A pesar de esa leve advertencia, traducida en un extraño embotamiento, he cumplimentado el ritual de mis inercias: me he rascado las pelotas, he bostezado y me he acercado a la cocina, abierto el frigorífico y servido un vaso de leche. Después he ido al baño y me he topado con un extraño. Mi grito, inusualmente grave, ha provocado movimientos y murmullos en los apartamentos contiguos. De un brinco, me he plantado nuevamente en la cocina y he agarrado el cuchillo más grande de mi colección. El corazón me ha recordado en todo momento la gravedad del descubrimiento y la magnitud de la amenaza. Un tipo negro bastante familiar, alto y macizo como un mulo, ha aparecido en mi jodido cuarto de baño como por arte de magia.

He contado hasta tres y me he lanzado al baño a tumba abierta, empuñando el mango del cuchillo hacia abajo, como en Psicosis, y dispuesto a apuñalar al intruso sin miramientos. Mis puñaladas se las ha zampado el aire. Allí no había nadie. El negro era yo.

Soy un broker de Wall Street que se ha convertido en Raymond Felton. No me pregunten por qué.

Raymond Felton juega de base en los Knicks. Mide uno ochenta y cinco y pesa noventa kilos. Debutó en la NBA en 2005. Lleva la cabeza rapada y luce una barba bien perfilada de cuatro días.

Me dirijo a la oficina en metro. La mitad del vagón me sonríe (serán de los knicks), la otra mitad no levanta la vista de sus móviles y tabletas (serán de los Nets). Al bajar en Canal Street (necesito caminar un par de kilómetros Manhattan abajo para aclarar mis ideas), una viejecita me pide un autógrafo y me promete que le regalará mi camiseta oficial a su nieto Billie. Camino sin aclarar mis ideas. Unos turistas japoneses me paran sin tocarme, me ruegan que nos hagamos una foto sin tocarme y se marchan con reverencias pero sin tocarme. Dos tíos me piden a gritos, desde la acera opuesta, que esta temporada eliminemos a los Heat. Luego me dicen “ánimo, hermano” y levantan el pulgar y lanzan esos berridos tan típicamente yanquis. Paro para comprar un café en La Colombe y la chica que me atiende no me deja pagar. Luego me compro una gorra de los Mets que me devuelve al anonimato. Sigo caminando, sigo sin aclarar nada. A la entrada del rascacielos que alberga mi oficina me detiene un tipo de seguridad más o menos de mi tamaño, o sea, del tamaño de Raymond Felton. También es negro. Me pregunta que a dónde voy, le contesto que a trabajar. Me pregunta que dónde trabajo, le contesto que en Goldman Sachs. Me dice que le parezco sospechoso, que mi ropa me está pequeña y que ningún broker es de los Mets. Le enseño mi abono de los Mets, mira la foto y afirma “eres muy cachondo, hermano, pero si no te largas llamaré a la pasma”. Reconstruyo en mi defensa todo mi árbol de ascendientes, desde la raíz hasta los antebrazos más finos de la copa: Michael Cruz, hijo de guatemalteco e irlandesa, nieto de catalanes y alemanes, descendiente de conquistadores, mayas, judíos y sajones. El tipo llama a la pasma. Me voy por piernas.

Estoy en Bleeker Street. Busco una cabina y llamo a Angie, mi novia. “¿Qué te pasa en la voz?”, inquiere. “Me he resfriado”, alego. Quedamos en media hora. Aparece en la barra del bar y no me ve. Alzo la mano y la saludo. Parece sorprendida, pero se acerca con una sonrisa de luna creciente. “¿Oh, dios mío, eres Raymond Felton?”. “No, coño, soy Michael”. “¿Michael Felton? ¡Eres clavadito a tu hermano!”.

Hago una pausa para diseñar al vuelo una estrategia comunicativa. Me acojo a la filosofía Walter Sobchak: la belleza del plan radica en su sencillez. “Angie, soy Michael. Tu Michael. Michael Cruz. Bolita de Nieve”. Utilizo este último alias confidencial para que sepa que hablo en serio. Nadie más, repito, nadie sabe una mierda sobre el asunto Bolita de Nieve.

Abre los ojos como platos, me da un bofetón y le exige al camarero que me eche. Permanece de pie, con los pies de cemento, tiesa como una momia. El barman lanza un juramento pero tampoco se mueve. Es un blanquito huesudo y diminuto con coleta y gafas de miope y sin ganas de follón. “Haya paz”, dice. “Señorita, no veo que el señor haya cometido ilegalidad alguna. Ha abonado su consumición y no hace ruido”. Angie le fulmina con la mirada: “¿Acaso eres juez, cabrón de mierda?”. La ratita blanca se escurre hacia las profundidades de la barra y da por zanjado el asunto sin añadir sal y pimienta a su frase inicial.

“Angie, soy yo”, insisto. “¿Qué cojones te ha pasado?”. “No lo sé”. “Pero eres el jodido Raymond Felton”. “Sólo superficialmente. De todas formas, técnicamente sería discutible”.

Angie me mira enterito, despacio, descosiéndome, masticando mis pequeños ángulos faciales, mis hombros de bisonte, mi nariz de ébano.

“Adoro a Raymond”. “¿Qué?”. “Lo adoro, Michael. Ya sabes que mi familia vive para los Knicks. Es mi jugador favorito sólo por detrás de Melo. Es impresionante estar con él ahora. Contigo. Con los dos”. “¿Qué?”.

Cogemos un taxi y vamos a mi apartamento. Angie me desnuda. Hacemos el amor salvajemente. Pedimos unas pizzas. Volvemos a hacer el amor salvajemente.

“¿Cuánto vas a durar así?”, pregunta. “No lo sé. Debería ir al médico”, contesto.

Angie se revuelve en la cama. Con un golpe de muslo, adopta una postura dominante. Ella encima, yo postrado. Me apunta desde las alturas con sus afilados pezones.

“Quizás seas como el insecto de Kafka. En tal caso ya nunca dejarás de ser Raymond por fuera y Michael por dentro. O podrías ser víctima de un embrujo de veinticuatro horas. Entonces no nos daría tiempo”. “¿Tiempo a qué?”. “A casarnos, idiota. Quiero matar dos pájaros de un tiro”.

He echado a Angie del apartamento. Al principio ha protestado, pero creo que en el fondo lo entiende.

Necesito caminar y aclarar mis ideas.

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