Siglo XXI

Fede Durán | 6 de noviembre de 2013 a las 19:31

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Carlos Fresnedillo avanza despacio por el bulevar. La lentitud es inducida: cientos de miles de manos, codos, hombros y espaldas le ralentizan, encerrándole en una cámara lenta de oxígeno menguante. Esa multitud es mixta. Rostros desconocidos se entremezclan con una gradación sentimentalmente ascendente: conocidos, colegas, ex amantes, amigos y una hermana camuflada en las últimas estrías de la hilera.

 Ninguna pauta. Los integrantes de la escalera afectiva giran el cuello, sonríen o callan, agitan y sacuden o abrazan y besan o simplemente fruncen la vista o la desvían hacia los agujeros abisales de la indiferencia. Cada gesto encierra un impacto en potencia. Entran en juego los coladores; emergen rayos invertidos de presunta calidez. Se acerca X, apenas conocido en el catálogo de Fresnedillo, y propone una cena que nunca se va a organizar. Redoblan el paso Z e Y, colegas, y le gritan un rumor que le implica en un agravio que le enemista con B, desconocida, y F, amiga del pariente de un vecino. O le abraza con una carga de pesadumbre que le ensombrece los ojos antes de anunciarle que en adelante jamás podrá contar con L, ex novio de C, con quien compartió unos minutos de noche durante varias noches engranadas por la ausencia palpable de conexión.

 Una fisura en el muro humano, una mano que se desliza desde el otro lado, Fresnedillo que la agarra y traspasa la barrera impulsado por los tifones nocturnos, tan abigarrados, tan multiorgánicos. La cara de un híbrido: un tercio de actriz francesa sesentera, un tercio de emperatriz china, un tercio móvil, camaleónico, el tercio de la imaginación.

 Bailando entre rendijas de neón. Bebiendo a morro, dejando que las gotas de cerveza también bailen. El trébol de caras que le busca, le toca, le traza marcas de sudor. Y luego el desenlace previsible.

 W anula un encuentro por un dolor de muelas. E teclea un mensaje incendiario y desaparece, reapareciendo una semana después con excusas de cartón piedra. J propone hablar de aquel ilusionante negocio una semana, y después otra, y más tarde otra, siempre con la cadencia del desinterés como orquesta de fondo. Fresnedillo es un caracol con artrosis. Recula sobre sí mismo, recortándose. Al despojar a la palabra ajena del más mínimo contenido, comienza a sospechar de la palabra propia, mofándose en silencio de la Promesa, esa puta sin principios. G anuncia que le devolverá los discos raptados ocho años atrás; H le pide un favor profesional tras el cual olvidará hasta su nombre; R evoca un pasado compartido que nunca tuvo lugar.

 Carlos Fresnedillo siempre asiente, siempre sonríe, siempre devuelve los apretones y las palmadas y los pellizcos en la mejilla. Siempre dice sí, sí, sí; siempre rebota las frases con chaleco antimentira; siempre encuentra un rastro fantasmal de voluntad ejecutiva en los trazos de los títeres en el aire.

 Un día aparece el Trébol agarrada a un hombre consumido por el deseo y los años. Llama a CF por su nombre y saca su marioneta. CF observa y asiente y sonríe y devuelve los besos en la mejilla.

 K sorbe cero coma setenta euros de cerveza y después habla: He comprendido una cosa. Sólo puedo ser honesto admitiendo que nunca lo seré. Carlos le dice amén. Y la turba se aleja y la noche se escapa y las estrellas congelan en sus frigoríficos toda la grasa de la jornada antes de apagarse con el sol.

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