Halftime

Fede Durán | 6 de febrero de 2014 a las 20:33

EL PRESIDENTE BARACK OBAMA ASISTE AL DESAYUNO DE ORACIÓN NACIONAL

EL 21 de julio de 2010 Barack Obama aún personificaba el yes we can en una de las naciones con mayores desigualdades del mundo. Su sonrisa de nieve emitía destellos de esperanza y encerraba voluntades de acero. Ese día, Washington, verano plenamente operativo, el presidente de todos los estadounidenses mostraba al público la cabeza decapitada de Wall Street, limpiamente cercenada con la cuchilla del regreso a la regulación (ley Dodd-Frank) tras décadas de salvaje oeste americano.

Tan poderoso en apariencia, tan puro en sus propósitos de redistribución, Obama admitía, antes de firmarlo, que todavía le costaba creer que aquel proyecto hubiese llegado a sus manos. Pero lo hizo, y Scott Talbott estaba allí, con una sonrisa a medias, mascullando un premonitorio “halftime”. Talbott era cualquier cosa menos un cualquiera: era el lobbista en jefe de las cien entidades financieras más grandes de EEUU, y su trabajo consistía en debilitar la ley, en plagarla de tecnicismos y escapatorias para los mercados.

Vean cuál era el reparto de fuerzas. En 2012, las cinco mayores asociaciones de consumidores del país crearon una unidad de veinte personas cuya misión consistía en defender la norma de los tentáculos de gente como Talbott. La gente como Talbott era mucho más numerosa. La Cámara de Comercio de EEUU reclutó a 183 lobbistas, la Asociación de Banqueros Americanos fichó a 90, JP Morgan envió a 60, Goldman Sachs a 51 y Wells Fargo a 22. En total, 406 gotas malayas costeadas con 1.000 millones de dólares. Demasiada diferencia.

Tres años después, tal y como informa el investigador Gary Rivlin, apenas 148 de las 398 disposiciones de la ley Dodd-Frank han sido empaquetadas y están listas para funcionar. El resultado es que los mercados siguen cabalgando a pelo, melena al viento y paquete de Marlboro en el petate. Y si los mercados retozan desregulados, la brecha social crece y el 1% más rico aumenta su riqueza (no ha dejado de hacerlo desde la década de los 70) mientras los pobres se las ven tiesas para vendarse el dedo gordo del pie con coste a la Seguridad Social.

La tímida igualdad que Obama prometía –cuando Obama era un sueño equiparable al que soñó Martin Luther King– es imposible porque conseguirla no depende de él ni tampoco de ningún otro político en tanto tal. Un político, allá o aquí, ha de comprender y a menudo comprende que debe vasallaje a la instancia superior del dinero líquido (por invisible, no por disponible). Pero es que en esos barrizales los EEUU del 1% se mueven infinitamente mejor que cualquier otra minoría líquida en cualquier otro rincón del planeta, porque residiendo en democracia son capaces de pensar dictatorialmente. Es la plutocracia, estúpido, un sistema tan potente que, valiéndose de la propia ley, es capaz de deformarla hasta la inocuidad.

PD: Aquí tenemos a Montoro. Ya saben, los DNI de la Infanta, la multilla a Cemex, la amnistía fiscal de la que puede que se beneficiase Bárcenas. El mismo resultado con una cutrez muy superior.

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