El sobaco imperial

Fede Durán | 14 de abril de 2014 a las 8:00

CÁRITAS no engrosa las listas de la subversión por más que a Montoro no le gusten sus conclusiones. La Iglesia apenas aporta el 2% de su presupuesto, así que se trata de una de esas organizaciones felizmente independientes, centradas en el objetivo de paliar la pobreza. Sus dos últimos informes (20 y 27 de marzo) derriban dos mitos: el primero es de confección nacional y reza que España ha doblado con audacia el Cabo de Hornos y mira ya hacia archipiélagos más caribeños. El segundo es paneuropeo, está avalado por el FMI, y observa como única receta contra la crisis la austeridad que tanto gusta a esa Alemania atávicamente temerosa de la inflación.

Ni el país ni el continente han mejorado. Pero es difícil verlo desde la realidad paralela y hermética de la oficialidad. Ahí dentro huele a colonia cara, no a comedor social. La diferencia entre los ingresos mayores y menores se ha ensanchado un 30% en España desde que arrancase la crisis. Pobrezas relativas y extremas se solapan. Cinco millones de personas están en situación de exclusión social “extrema”. Se ha perdido una década a nivel de rentas. Crece la fractura entre castas. Sólo Rumanía presenta en la UE un índice superior de pobreza infantil. Entre los menores de 18 años, el riesgo de la escasez es ocho puntos y medio superior al promedio comunitario. Seis millones de parados. Emigración. Precariedad. Burocracia. Y la aventura (mucho más cabohorniana) del autoempleo.

Bien, las recetas impuestas por los sabios del capitalismo han fracasado, con el agravante de que las voces minoritarias de ese mismo sistema siguen arrinconadas. Los pastores del rebaño creen que el rey está desnudo. No es que las estadísticas les convenzan a ellos, es que ellos convencen a las estadísticas. Subimos como la espuma. Es una orden.

España, entretanto, mantiene a medias la sonrisa. Podríamos llamarlo idiocia pero lo llamaremos estoicismo. Somos como ese fajador de origen irlandés nacido en Brooklyn acostumbrado a encajar ganchos al hígado sin besar la lona, un tipo feo, levemente alopécico y con michelines cuyo objetivo no es mejorar sino sobrevivir. Tras el combate y la tunda, el hombre sabe que, cada noche, su familia le espera en casa. Una sopa evita el colapso, una almohada le permite conciliar el sueño. El problema es que un día sus padres morirán y nadie podrá cuidarle. Será él quien se deba a sus hijos con el ancla de unos horizontes profesionalmente restringidos y presupuestos domésticos de risa. España es ese boxeador. Uno de los pocos lugares first class del mundo donde el empeoramiento es tendencialmente infinito.

EEUU creó al monstruo voraz. Bajo el brazo, quizás en el sobaco, el monstruo propició algunas virtudes (toda destrucción sanea): la osadía en los negocios, el arte de la comunicación, la inmensa apertura mental que conduce a la cremación de los límites autoimpuestos. En vez de mirarse el ombligo (ah, los nacionalismos), España podría mirarle el sobaco al Imperio Menguante. Aprendería una barbaridad.

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