Y seis tíos más

Fede Durán | 21 de mayo de 2014 a las 20:38

Técnicamente, Memorias de un Poliperturbado llevaba un lustro descatalogado, pero fue un relativo éxito de ventas y apelmazó adhesiones que todavía afloraban como hongos en un pastel demasiado tiempo confinado en el frigorífico. Goliath Stevens, nacido Goliath Pérez por la fijación de su padre por El Capitán Trueno y voluntariamente redenominado en sufijo tras descubrir a Cat Stevens una mala tarde de domingo, se resistía a colgar el teclado. Se resistía sin resistencia, porque tampoco encendía su pequeño monitor con forma de cafetera alegando lumbalgia crónica antes que falta de ideas. No importaba demasiado. Su ego palpitaba brioso al fondo de su caja torácica, entre pulmones que le permitían enredarse en discursos envolventes, junto a un corazón enfermo, necesitado de amor, como los corazones de todos los solitarios forzosos. Entendámoslo: Goliath Stevens medía uno sesenta y tenía manos de niño. Su barriga era en realidad un corpiño invertido, tan expansiva que anulaba el resto de la silueta, y una especie de telaraña de grietas grises descomponía su dentadura, demasiado grande para una boca tan pequeña.

Le habían llamado y había dicho que sí. Nunca antes contó con un club de fans, así que el pecio de su imaginación navegaba por fantásticos océanos de onanismo: sin duda el club estaría compuesto básicamente por treintañeras cultas y atractivas, poco dadas a la convención católica de la castidad, con algunos elementos intrascendentes empotrados en la masa social: tal vez un par de jubilados, alguna gorda repulsiva y el típico bizco erudito dispuesto a santificar incluso a una araña reclusa sólo por sentirse partícipe de algo que no fueran sus propios pensamientos psicópatas.

Goliath llevaba varios ejemplares de Memorias en una caja de cartón de leche de soja, ocho unidades. Pesaba bastante, demasiado para él, y la barriga maniataba sus brazos y la caja se le escurría entre esos dedos de alimaña. Eran las cinco de la tarde, el sol lucía con moderada intensidad y una brisa decente silbaba entre los árboles del parque situado justo enfrente de la librería-cafetería La Rata que Leía a Nietzsche, lugar del evento/nacimiento del Club de Fans Goliath Stevens: El Escritor Maldito (CFGSEM).

Había un banco libre y lo conquistó. Sacó un libro de la caja, releyó al azar y contrajo el rostro versión asco: no le gustaba leerse. Era como cuando John Malkovich se metía en la cabeza de John Malkovich en aquella película de Spike Jonze.

Una mujer gritó su nombre. Se sintió famoso, poderoso, infinito. Puso pie a tierra de un saltito, alerta, energético, y la barriga y las leyes de Newton casi le juegan una mala pasada. Raspó con la vista el parque y la vio. Considerarla fea habría sido demasiado amable: era una mole con textura de gelatina, cada paso le provocaba un seísmo integral, desde el tobillo hasta la frente y las orejas. Goliath percibió una sombra de bigote y el meandro de unas patillas.

-Es increíble que hayas venido. Es increíble tocarte -la mole alargó el brazo rozándole el hombro-. Es increíble que hayas escrito Memorias de un Poliperturbado y que vayas a contarnos tus secretos. Creo que voy a desmayarme.

Tras un ligero tambaleo, la mole permaneció donde estaba, extasiada, con la boca tan abierta que podría absorber las almas de medio planeta convirtiéndolas en metano tras una compleja digestión. Goliath Stevens se repeinó. Minúsculas perlas de sudor le correteaban por el cuello.

-Vamos. Nos esperan.
-¿No vas a besarme?
-No. Oye, ¿puedes llevar la caja? Pareces más fuerte que un mulo -la mole agarró la caja como si fuese un paquete de tabaco y avanzaron hacia La Rata.

*

Estamos dentro, hace calor y huele ligeramente a sobaco.

-Joder.

Todo el mundo escucha el taco. Goliath ha olvidado en el banco el libro que hojeaba. Pensaba venderlos todos. En La Rata hay unas treinta personas. Treinta por veinte, seiscientos.

La mole se sienta, desplazando con los codos a sus dos adláteres/víctimas/potenciales contertulios. Un señor mayor con gafas de culo de botella y el pelo blanco se acerca a Goliath.

-Soy Bruno -al hablar le tiemblan los dientes, como si llevase dentadura postiza y le faltase pegamento.
-Ajá.
-El presidente del club. Es un honor. Le estimamos. Tome asiento -es probable que también visite las fases iniciales del Parkinson.

Goliath toma asiento. Sus esperanzas se desvanecen conforme el visor rastrea al público. Sólo hay restos de pan duro. Granos, cicatrices, asimetrías, dentaduras coloreadas de nicotina, uñas mordidas, párpados a medio cerrar, antiestilismo, alpargatas sin calcetines, demasiados pelos en lugares equivocados y el ya mencionado hedor a sobaco.

-Joder -repite Goliath. La palabra flota sobre los asistentes como una mariposa malparida.
-Creo que es un poema nihilista -comenta la mole al tipo de su derecha.
-Quizás sea un mensaje codificado. Dos joder. Piénsalo. Significa que ya trabaja en su segunda novela. La primera fue un inmenso joder. La segunda joderá todavía más. Un escupitajo al canon de la belleza impuesta por las mafias culturales -argumenta un señor de la cuarta fila.
-Hay más música en las palabrotas que en los discursos. ¡Di otra, tío! -interviene desde la segunda fila el bizco que cubre esa cuota social en cualquier acto democrático.

El escritor expone durante algo menos de diez minutos. Bruno el parkinsoniano modera el debate posterior. Se suceden las preguntas, Goliath activa el piloto automático en las respuestas incorpóreas. Treinta por veinte, seiscientos. Unas litronas en el chino de la esquina y a casa. Surcar las mucosidades del porno. Algo de lectura suburbial. Cerrar los ojos y olvidarlo todo hasta mañana. Stop. Luz roja, parpadeo. El visor ha detectado algo. Fila seis, extremo izquierdo, una voz que emerge como una serpiente encantada. Goliath se levanta, apenas logra verla, y luego la eclosión, la epifanía de dos pechos casi erizados, una piel lechosa, labios color remolacha y facciones de princesa persa. Oye la pregunta pero no la escucha. Abandona el tronito de orador e intenta acercarse. La mole cree que ella es el objeto cuando en realidad es la montaña. Goliath la esquiva con sorprendente agilidad, pero la fila seis está lejos y los corredores son estrechos y están repletos de piernas colgantes y calzado de mal gusto. Al final Goliath trepa a un respaldo, el morador de la silla se incorpora y el usurpador cae sobre la princesa, atrapada como un conejo por esa enorme bolsa de grasa. Nota la erección, nota el aliento a sardinas, nota el calor. Varios voluntarios rescatan al autor y auxilian a la princesa. Se alisan, se revisan, regresan del brutal impacto.

-Soy Goliath Stevens -el gordito le tiende una mano.
-Qué asco, por favor -dice la princesa, y se abre paso y se larga.

Instantes de duda. La nube del veredicto está reuniendo todas sus humedades.

-Eres un pervertido -el juez portavoz es la mole. Le señala con un dedo que parece un taladro específicamente pensado para Fort Knox. Empieza a empujarle. Goliath se trastabilla.
-Treinta por veinte, seiscientos. Treinta por veinte. ¿No vais a comprar?
-Será mejor que te largues, cabronazo -la mole se está arremangando. Es el germen de un guantazo.

Goliath Stevens sale por piernas de La Rata. La idea original anticipada (litrona, kleenex, lectura, olvido) queda modificada por el recuerdo del libro en el banco del parque frente a La Rata. Uno por veinte, veinte. Algún día, pero veinte. El banco sigue donde estaba. Otra mujer, un término medio entre la mole y la princesa, hojea el libro ocupando el extremo derecho del banco. Goliath se sienta justo en medio. Podría enamorarse de ella, o al menos echar un par de polvos. Le recuerda a Cher, aunque no es capaz de precisar después de qué operación.

-Eh. Me recuerdas a Cher.

Ella se gira y sonríe. Tiene un diente picado, patas de gallo y una verruga justo debajo de la aleta izquierda de la nariz.

-No me jodas.
-Y el libro es mío.
-Perdona, pero estaba aquí cuando llegué, y nadie no ha reclamado cuando lo cogí. ¿Por qué tendría que creerte?
-Mira la foto del escritor y compara -ella obedece.
-Ni de coña, pringao.
-¿Qué dices? Déjame ver -Goliath lo recuerda: recuerda los retoques a instancias del editor. Más pelo, menos ojeras, más color, menos papada, más dignidad intelectual, menos soledad pajillera -Soy yo. Claramente.
-Mira, tío. Eres muy feo y me estás molestando. Si no te largas en cinco segundos empezaré a gritar como si la mismísima Cher quisiera encamarse conmigo.

Alguien tamborilea la espalda de Goliath. Es la mole. La mole y seis tíos más.

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