El Desatascador (I)

Fede Durán | 22 de agosto de 2014 a las 17:15

-¿Sabe usted lo que es una endodoncia, verdad? -¿Matarle el nervio a un diente? -Exacto. Matarle el nervio a un diente para reconstruirlo sin dolor. Pues eso precisamente es lo que vamos a hacerle. Matarle el nervio a su sufrimiento. Reconstruiremos su alma sin rastro alguno de pena, frustración, miedo o celos.

-Vale. Pero permítame preguntárselo porque no acabo de aclararme. ¿Qué nervio exactamente van a matarme?

-Es usted un ser inquieto, ¿lo adivino? ¿Qué más da dónde esté ese nervio? Lo importante, señor Dunlop, es que resolverá sus problemas para siempre, convirtiéndose en un hombre sólido.

-¿Resiliencia?

-Ni siquiera. Ya no tendrá que recomponerse porque nunca se romperá.

-Suena fantástico. Pero quiero saber dónde está el nervio. Si van a rajarme quiero saberlo.

-Es un nervio invisible. Simplemente abrimos cerca del corazón y volvemos a cerrar. Esa brecha es el sumidero de sus malos humores.

Le enseño el resultado a Enid Flynn, una de mis escritoras, y ella se acerca a la pantalla del ordenador, cuyo brillo la hace parecer más pálida aún. Parpadea un par de veces y sonríe.

-Bien. Me has desatascado.

Me llamo Umberto Mocasín. Soy Pulidor de Diálogos. Tengo veinticinco compañeros que hacen exactamente lo mismo que yo: reciben a escritores, escuchan sus descripciones sobre los agujeros negros que les despedazan y buscan soluciones. Cada una de nuestras palabras vale un euro. Un diálogo prolijo te paga un mes de alquiler y las facturas energéticas. Pero Enid me gusta. Procuro que sus diálogos (mis diálogos cedidos a cambio de una transacción comercial) contengan las palabras estrictamente necesarias para salvarla. Los escritores suelen ser pobres. Nosotros no. Es una paradoja ofensiva.

Enid me mira. Ya no parpadea. La describiré: piel lechosa, cabello negro, ojos de gato de Toulouse-Lautrec, un lunar en forma de media luna justo en la cima de la mejilla izquierda.

Desliza su silla con ruedas hacia mí, alarga la mano y roza con sus dedos de porcelana mi nariz. Sonríe otra vez y se me derriten los pulmones y se me olvida respirar.

-Gracias, Umberto.

Me aparto de ella. Ensayo una sonrisa invertebrada que se descascarilla nada más nacer. Debo decir algo, pero me distrae la oficina zumbona con carteles de películas y series y láminas de cuadros famosos y estanterías con libros amarillentos, me distraen las risas y gritos de mis colegas y sus escritores, me distrae no contar con cuatro paredes de plástico para ocultar mi rubor y mi tembleque. Activo el Protocolo de Seguridad: frotar manos, cruzar piernas, tensar mandíbulas, rascar cuero cabelludo. Y entonces me arranco.

El Desatascador 1 baja

-Me parece que nos llevamos bien. Me gusta trabajar contigo. Ayudarte. Créeme, no es tan fácil -me envaro conforme hablo, como una garza, sin apenas mover los labios, colocando en mis ojos la neblina suficiente para verla sin mirarla, torciendo a veces el cuello hacia el montón de manuscritos subrayados que amenaza con derrumbarse y sepultarme un día de estos.

-Me haces gracia, Umberto. Cuando hablas. Te vuelves, no sé, metálico. Puedo ver tus pensamientos despegando de tu garganta, precintados y desinfectados. Todo prosodia. Bipppp… soy un roboooot… Biiiippppp… somos compatibles…. Biiiippppp-. Mientras lo dice, imita los movimientos de mayordomo de C3PO.

Me hace gracia por dos razones. La primera es que ella, cuando gesticula, también transmite cierto mecanicismo, aunque la suya es una rigidez elástica, de actriz en mitad del discurso tras haber ganado un Oscar a los sesenta años. La segunda es que mis veinticinco compañeros sí parecen robots. Tienen sus ojeras y sus calvas, sus muelas picadas, sus erupciones y sus ataques de estrés, sí, correcto, humanos a simple vista, pero entrenados para delinear conversaciones ficticias con patrones eternamente repetitivos sólo para escapar de sus vidas reales, de sus michelines y sus suegras y sus vacaciones familiares. Estajanovismo antialienante. Una paradoja defensiva.

Cuando algo me hace gracia me sonrojo, igual que cuando algo me ofende. Enid no sabe si es lo uno o lo otro, pero vuelve a deslizarse hacia mi silla, arrinconándome, y silba un shhhhhh. La Torre de Pisa de Folios Apilados cede y me sepulta, Enid lanza un oh, algunas cabezas se alzan (más garzas, grullas, avestruces) y yo me enfado.

-Ahora tendré que ordenarlo -anuncio mientras me agacho a recolectar.

-Quizás tú también lo necesites -Enid se aleja rodando, se levanta, se alisa el vestido y se recoloca un mechón negro carbón tras la oreja.

-¿Eh? ¿Quizás yo necesite qué? -recolecto, reordeno cronológicamente, construyo tres columnas para evitar futuros nuevos derrumbes. No me atrevo a mirarla.

-Que te maten el nervio del sufrimiento.

Y se va sin despedirse y sigo agachado y sólo veo la silueta de sus piernas tras sus medias, gemelos marcados pero no atléticos. Y llega Oliver Twist (mis veinticinco colegas son unos cachondos o unos esnobs, el caso es que todos tienen un alias literario) y me lo suelta como un bofetón:

-¿Es que no lo ves, tío?

-Tengo trabajo, Twist.

-Está colada por tus huesos.

-Ja.

Twist vuelve al tajo meneando su gordo culo de panadero. Una idea revolucionaria pende de mi conciencia como una nube invertida: ¿y si Twist no me está tomando el pelo?

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