El Desatascador (III)

Fede Durán | 24 de agosto de 2014 a las 1:34

Y entonces me convierto en una baliza y cambio de color y me expando y contraigo como un corazón y poco a poco voy recobrando la conciencia y desplazándome por una superficie deslizante, pero no es un túnel ni brilla una luz al final, más bien se trata de una pasarela elevada, una especie de pantalán sin mar debajo, y una bóveda gigantesca con mandalas lo copa todo, y escucho cuernos de viento y cimbales, y sigo deslizándome con una suavidad cosquilleante hasta topar con una garita de la que sale un hombre (diría que es un hombre, un hombre afeminado, tal vez un eunuco con labios de mujer) que levanta la mano y entonces la brisa deja de correr y la cutícula flotante que me conducía se derrite y mis pies tocan delicadamente el suelo.

-Alto -dice el eunuco.

Observo la bóveda. Círculos que giran sobre sí mismos chisporroteando, extraños diagramas que se devoran y renacen, estrellas incandescentes. A mi espalda aparecen otras personas embutidas en burbujas, las burbujas se derriten y las personas aterrizan esponjosamente en el pantalán, formando rápidamente una cola.

-Sea paciente -dice el eunuco antes de volver a la garita, coger unos folios y regresar a mi lado. Lee entornando los ojos-. Umberto Mocasín. Fallecido a las 13:33 del 10 de octubre de 2012. ¿Es correcto? -Dudo un instante.

-Eh… sí, creo que sí -me rasco la cabeza. Detrás nadie habla: estatuas de sal con miradas de pez- ¿Entonces estoy muerto? -El eunuco arquea las cejas, arruga la frente, aprieta los labios y ensancha los ollares. Al final también resopla.

-¿No acaba de decirme que los datos son correctos?

-Sólo recuerdo vagamente. Un golpe fuerte, Enid, la ambulancia. Y de repente estoy aquí con usted. Esto parece una broma de Lewis Carroll.

-No es ninguna broma, señor Mocasín. Usted está tieso como la mojama. Y mire la cola que se está formando. Procedamos. Le asignaremos un abogado de oficio. Son las normas. No permanecerá más de veinticuatro horas en las dependencias del Limbo, aunque aquí el tiempo importe poco.

-¿El Limbo? Verá, soy ateo. ¿Me toma el pelo?

-Y dale. Usted, como todos esos de ahí detrás, irá de cabeza al Limbo. Allí se celebrará el pertinente juicio, que como usted sabe culmina con una sentencia en la que se le concederá la gracia del Cielo o el castigo del Infierno. En función de sus méritos en vida. Ya debe conocerse el guión, por ateo que sea. Bien. Déjeme ver -el eunuco hojea sus folios, recorre con el índice una columna de apellidos y se detiene en el mío, al que una flecha asocia a otro-. Kaufmann.

El Desatascador 3 baja

-¿Perdón?

-Su abogado. Se llama Kaufmann. Le estará esperando. Mueva el culo. Venga, el siguiente.

Cúmulos de algodón violeta me convierten de nuevo en pasajero y avanzo hacia un horizonte que ahora es caleidoscópico: triángulos dorados con círculos negros dentro, dodecaedros bailarines, palmeras y dunas y lagos que desaparecen aplastados por un rodillo cósmico que a la vez acarrea montañas y robles y cientos de miles de veletas que silban al viento. Los flancos del paisaje se estrechan hasta convertirse en un corredor glaciar, desde los bordes de los precipicios asoman extrañas criaturas híbridas que tocan instrumentos musicales, cierro los ojos y atrapo olores a infancia, a lúpulo y tierra mojada.

Y giro bruscamente a la derecha y las nubes chasquean como látigos y un edificio blanco toma forma y se ensancha conforme me acerco. Los cúmulos se disipan con un ruido de arena y me encuentro frente a un hombre achaparrado con la nariz larga y asimétrica, los ojos demasiado juntos y unos hombros engarzados directamente a la cabeza. Camina hacia mí como un pingüino, me tiende una mano rocosa y se presenta.

-Kaufmann. Soy su abogado -estrecho su mano y sonrío. Es una sonrisa sincera.

-¿Me puede explicar de qué va todo esto? -Kaufmann me mira sólo un poco, seguramente aburrido de esa pregunta tantas veces repetida bajo distintas fórmulas de perplejidad.

-¿Ve este edificio? Técnicamente, acaba de llegar al Limbo, que en realidad abarca todo lo demás: el pantalán, la bóveda, los músicos al borde del precipicio. El Limbo, señor Mocasín, fue una solución de consenso entre Dios y el Diablo, una especie de Suiza, o una enorme bandera blanca. Irónicamente, al menos en mi opinión, éste es para los pocos que trabajamos aquí el mejor, el más perfecto logro de la creación. Aquí la creación es obra de todos. De su mente, por ejemplo, y de los sedimentos de otras mentes que recorrieron el mismo camino hasta este edificio. ¿Le gusta? -señala el rectángulo encalado: cristaleras, geometría sin curvas, un porche con traviesas de madera.

-Dígame, Kaufmann, ¿qué opciones tengo?

-Perfecto. Hablemos de negocios. Como usted intuirá, sólo tiene dos posibilidades: Cielo o Infierno. En teoría no lo decidimos nosotros, pero créame, cada existencia es una mina inagotable de argumentos a favor y en contra de la redención. Con el abogado adecuado, hasta Stalin podría parecer un santo.

-Me refiero a lo que me interesa a mí. No sé dónde se vive mejor. No sé dónde están Bulgakov y Kerouac, o Pollock y Hooper. Ni cuán puritano es el Cielo o cómo de violento el Infierno. Lo que quiero saber es si me conviene ganar para perder o perder para ganar. ¿Me sigue?

-No le puedo ayudar, Mocasín. Yo vivo en el Limbo.

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