El Desatascador (IV)

Fede Durán | 25 de agosto de 2014 a las 8:00

Kaufmann camina delante con un traje demasiado estrecho y pasitos de pingüino. Las paredes, el techo y los suelos son blancos, y los pasillos están desiertos. Nuestros pasos rebotan divertidos y se pierden cuando se aburren.

El final del corredor, una puerta blanca que se descorre y una sala circular con un estrado al fondo y un anciano con los brazos sobre una mesa de al menos diez metros. Kaufmann inclina levemente la cabeza, el anciano asiente y nos colocamos frente a él, separados por la altura y una distancia de vasallos.

-Hemos tenido suerte con el juez -susurra mi abogado. No sé si habla en términos de Cielo o de Infierno. Guardo un prudente silencio. El anciano tampoco abre la boca.

Una pantalla de cristal líquido envuelve de repente la habitación, adaptándose a su horma circular. La habitación se oscurece y la pantalla se llena de imágenes que dan la vuelta como un tiovivo. Al principio me cuesta reconocerme. Es mi vida desfilando. Un niño rubio diseñando trampas en la playa, clavándole a un compañero un compás en el culo, imaginando que los clips de colores diseminados por el cuarto son ciclistas que ascienden el Tourmalet. Después un chaval castaño comprando revistas porno, apedreando taxis y tarareando a Alice in Chains. Finalmente un hombre de cabello negro recostado en el potro de tortura del dentista, viajando a Alaska, leyendo compulsivamente. Las escenas no son simplemente fácticas, a veces destilan estados mentales, zozobras y esperanzas y la constante de una desorientación creciente que deriva en soledad, pesimismo, sociopatías y dipsomanía.

El Desatascador  4 baja

Kaufmann toma notas. El anciano apenas pestañea. Aparece la escena-epílogo: el Talbot color cereza de Enid Flynn, mi taxi, la música de Etta James, la manzana de distancia que nos separa y que ambos comenzamos a recorrer, el semáforo en verde, el paso de cebra, mi euforia (puedo sentirla, masticarla como una papilla que trepa del estómago a la garganta y abre una grieta en mi pena), la embestida lateral, el vuelo sin motor, la pérdida paulatina de conciencia, las voces con sordina, las sombras que me acunan.

Cuando completa los trescientos sesenta grados, la película se apaga y la pantalla se volatiliza. Miro al anciano, que me mira con ojos acuosos donde puedo intuir corrientes milenarias de moral cristiana.

-Umberto Mocasín -temblor de piedra en su voz-. Acérquese.

Me está desnudando. Las imágenes giratorias eran sólo la burbuja. La ha pinchado y ahora me estudia de verdad mientras Kaufmann inicia su letanía: es un hombre bueno, es un hombre imperfecto, es un hombre raro, es un hombre tierno, es un hombre fiero. Es un hombre. Como todos los demás. Con pocos pecados, pecados de quincalla.

-Cállese, Kaufmann. Sus hilos defensivos son monótonos y previsibles. Se ha aburguesado aquí en el Limbo. Quizás debería jubilarse y subir al Cielo. Seguro que aprende algo-. Kaufmann le mira avergonzado y yo evoco en su rostro una imagen que ha escapado al escrutinio límbico: invierno y lluvia, un imponente mastín y un microscópico pequinés atrapados en la fisura genital de un orgasmo imposible, el corro de alumnos que ríe, los perros girando sobre sí mismos. El anciano me mira otra vez y aprieta la mandíbula.

-Es usted un caso, Mocasín -continúa-. ¿Por qué se ha empeñado tanto en el autoboicot? Creo que le daba miedo la felicidad.

-Eso no es un pecado capital -respondo. Estoy relajado. No me siento en peligro. Kaufmann respira entrecortadamente detrás, enfrascado en destripar la seriedad del mensaje recién recibido. He dejado de ser su cliente.

-No, claro que no. Usted no ha cometido pecados gruesos. Pero ha sido un desgraciado por propia voluntad. Sus problemas eran inducidos. No le ha faltado comida, ni dinero o familia. Simplemente, ha preferido ser un infeliz. Y debo decirle que las cuotas de felicidad están muy cotizadas. Recibir una buena porción y rechazarla es una temeridad. ¿Quiere ir al Cielo? -Dudo un instante. Ignoro la respuesta, pero me aferro a mi sistema de valores. Contesto:

-Soy ateo.

-Ah. ¿Y qué piensa que es todo esto?

-Un sueño. O tal vez un montaje.

-¿No teme la palabra de Dios?

-He vivido sin temerla todos estos años. Aceptemos que estoy muerto. ¿Por qué habría de temerla ahora?

-Bien, Mocasín. Puede retirarse. Y alegre esa cara, Kaufmann.

Caminamos hacia el pasillo ultrablanco y le doy a Kaufmann unas palmaditas en la espalda.

-¿Y el veredicto? -pregunto.

-Al viejo le gusta Sidney Lumet. Tendrá que esperar un rato. Siento no haberle ayudado mucho.

-No importa.

-Ha estado fino. Con lo del montaje.

-Gracias.

Salimos al porche y Kaufmann se despide. Me siento en una butaca blanca de mimbre y contemplo el paisaje, que muda de piel como un camaleón al ritmo de mis evocaciones. Si pienso en unicornios, atraviesan los valles en manada, dirigiéndose a los picos serrados de los Andes, sobre los que descansan ciudades secretas donde sirven infusiones alucinógenas, y Cuzco se transforma en Alamut, y en un determinado momento dejo de tirar del hilo de mi imaginación y mis recuerdos y el fresco sigue pintándose solo, creando constelaciones en las que siento mi firma, mi huella de autor, decenas de diálogos pendientes de rescatar a otros tantos escritores malditos.

El anciano aparece a mi lado. Se sienta y contempla.

-Hermoso mural, Mocasín -calla, suspira y sonríe, tocándose la barriga como una embarazada-. Se va usted al Cielo.

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