El Desatascador (VI)

Fede Durán | 27 de agosto de 2014 a las 8:00

Satán se parece a Patti Smith: una nariz angulosa, ojos penetrantes como la noche, la piel pálida y el pelo a lo Keith Richards, un global bastante andrógino. Fuma sentado al borde de un risco y los pies le cuelgan como dos péndulos coriáceos. Le identifico tan rápido como a Dios. Me indica con un gesto que suba a su colina y me siente junto a él. A lo lejos, círculos anaranjados de fuego juguetean entrelazándose en el cielo, y en la tierra hay pastos y chivos que berrean. Es tan típico que me solivianta, pero estoy pensando en los Stones y los Purple, en The Kinks y los Zeppelin, pensando que en cualquier momento van a cruzarse en mi camino y van a ofrecerme un canuto o una canción. Pero no aparece nadie.

Me siento junto a Satán y me pasa el pitillo mientras me estudia. Sigo observando el horizonte, que esta vez es impermeable al motor de mis pinturas.

-¿Cómo me imaginabas? -pregunta al cabo de un rato.

-Más como eres que como dicen que eres. Ni rabo ni tridente. Bulgakov te clavaba.

-También clavaba a Jesús, aunque Jesús sea más fácil de recrear.

-¿Por qué os peleasteis, Dios y tú?

-Qué más te da. Eres ateo.

-Mi interés es literario.

-De acuerdo. Mi grupo de ángeles quería ser humano. Nos entusiasmaba la idea de rozar el límite. Por arriba y por abajo. Nos apasionaba el libre albedrío. Y renegábamos del principio de autoridad.

-No me ha gustado el Cielo.

-El Cielo es un bucle.

-¿Y el Infierno?

-Menos plástico que el Limbo pero infinitamente más interesante que esa ciudadela de seda y cócteles.

-¿Dónde están los demás?

-Por ahí. Aquí no controlamos a nadie, Mocasín. Vete amoldando.

-No sé si quiero. Quizás esto sea un montaje. O un sueño.

-¿Niegas que hayas visto a Dios o que estés hablando conmigo?

-Ya sabes lo que decía Sócrates.

El Desatascador 6 baja

Apuramos el cigarro y Satán saca otro par del bolsillo de su chaqueta. En contra de cualquier interpretación mayoritaria, transmite bondad y generosidad. Supongo que Robert Mappelthorpe no iba desencaminado cuando hablaba de su extraña sociedad. Son verdaderamente similares.

El humo nos llena los pulmones y alargamos el silencio mientras varias carrozas de nubes chocan y derraman sus cristales en la llanura. El rumor de la lluvia me hace entrecerrar los ojos y percibir la humedad en las pestañas.

-¿Echas algo de menos de tu anterior barrio? -digo. Él me observa otra vez, detenidamente. Sostenerle la mirada me permite ciertas extracciones: hay travesura en ella, marcas palpables de incomprensión, un deje de ambición y un pizco de maldad, pero también formidables pecios de honestidad e ilusión.

-El Cielo es un avispero de egos, y el gran ego es Dios. Los egos deterioran la empatía y dictaminan el recto camino. De alguna forma, Dios es una trama cerrada, y la única manera que tuvimos de romperla fue creando la nuestra. ¿Que nos condenaron? ¿Y en qué consiste la condena? En vivir según nuestras reglas, Mocasín. Un precio que pagamos gustosamente. Además, hay muchos matices en el atlas oficial del cristianismo. Mi relación con Dios es de igual a igual. Somos dos potencias separadas por el océano del Limbo. Esa distancia garantiza la paz. Y la libertad. No. No echo de menos nada de allá. Ven, acompáñame.

Buceamos en el aire hasta llegar a un bosque de pinsapos. Destaca uno con forma de chupón. Es su cabaña suspendida.

-Mi residencia artística -matiza mientras volamos a crowl.

De las paredes cuelgan lienzos y collares, collages y murales con objetos inanimados y minúsculas criaturas vivas que retozan en sus casilleros. En el centro de la habitación, amarillenta por los haces de luz que se cuelan desde los ventanales, destaca una cama amplia protegida por una malla de tela. En el centro, amarrado al techo, cuelga una especie de reloj cuyas agujas son en realidad un laberinto donde el Minotauro y Teseo corretean como pulgas amaestradas.

-Contra el insomnio -dice Satán, y me empuja tímidamente hacia su zona de trabajo, una mesa de madera tallada cubierta de portafolios, lápices y acuarelas, vinilos desgastados y un tocadiscos rojo que gira sin mercancía. Escuchamos a Tim Hardin y The Velvet Underground. Satán es un rayo que no cesa, va y viene sin treguas, colocándome poemas manuscritos en las rodillas y retratos de Hemingway y Dalí, sirviendo ginebra con rodajas de lima y limón, mostrando con orgullo su colección de joyas.

-¿Y los malos? -interrumpo al fin-. Gente como Manson, por ejemplo. ¿Dónde están?

-La maldad en un sentido puro sólo interesa a los enfermos. Los malos están en sus madrigueras.

Estamos sentados en el suelo, casi hombro con hombro, y Satán huele a romero. Me sorprende rodeándome la cintura y besándome en la boca. Luego se aparta de un brinco, me estudia por enésima vez, despliega socarronamente los labios, chasquea los dedos y me señala.

-Me caes bien. Eres la primera persona que aparece en el Infierno cargada de serenidad y despojada de prejuicios. No nos has asociado a la condena eterna. Como ves, aquí no hay ríos de lava ni bebés empalados. ¿Quieres cabezas apiladas? Vete a un osario. Esto no es la celda del fracaso ni el templo del aullido -hace una pausa, recorre el estudio de acá para allá, se acerca con los brazos cruzados y los labios aún desplegados-. Conservo ciertos poderes. Poderes de mago importante. Y voy a ayudarte.

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