Siete pecados del catalanismo

Fede Durán | 8 de septiembre de 2014 a las 19:25

La médula del nacionalismo catalán es la tribu. Una tribu seminalmente xenófoba (ahí están los escritos de juventud de Pujol sobre los andaluces), en apariencia integradora después (CiU como gozne de la gobernabilidad española) y finalmente secesionista. Ese círculo cerrado se ha creado desde la política y a través de los medios de comunicación autonómicos. Los sentimientos, cimiento de cualquier ruptura, no pesan tanto como el monopolio del poder. Hasta finales del siglo XIX, según Álvarez Junco, no existió un movimiento político catalán, el hoy llamado catalanismo, en realidad hijo del corporativismo. Pero el virus de la independencia ha cuajado en la sociedad, aunque las encuestas difieran sobre su alcance. A continuación se exponen algunos de los pecados que han llevado a esta situación.

1. El Parlament -o sede de la soberanía popular a pequeña escala- está compuesto por 135 diputados. Cincuenta y dos tienen apellidos no catalanes. No es una proporción equiparable al peso demográfico de esa cuña poblacional fruto de la emigración generalizada a partir de los años 50 (busquen en el INE los apellidos más comunes en Barcelona, Gerona, Lérida y Tarragona). La tentación sería pensar que los blasones familiares todavía pesan. Incluso aunque un cordobés de origen, José Montilla (Josep allí), presidiese la Generalitat entre 2006 y 2010.

2. El primer pecado enlaza con el segundo: el síndrome de Estocolmo, asociado a su vez a los complejos, empuja a la mímesis. Dicen los sociólogos que el último en llegar siempre quiere cerrar la puerta. Ese fenómeno rompe el mito, aún defendido por el PSOE-A, de que los hijos (y ya los nietos) de emigrantes votan lo que votaban sus mayores. El hundimiento del socialismo catalán demuestra lo contrario.

3. Tal complejo ha generado una réplica en la cámara regional. Es curioso que un líder como Joan Herrera (ICV) defienda el derecho de autodeterminación aunque en privado se declare contrario a la independencia. Tampoco el PSC logra librarse de la inercia identitaria: sus discursos son siempre respuestas, matices o anexos a la hoja de ruta marcada por los independentistas. Por otra parte, el uso del castellano en las sesiones parlamentarias es absolutamente testimonial incluso entre quienes lo tienen como lengua materna (el propio José Montilla, por ejemplo). La clase política no es ni de lejos un fiel reflejo del pluralismo que sí alimenta a la masa social catalana.

4. Cuando el acomplejado abunda, el disidente es más fácil de localizar. Los pocos que se atreven a alzar la voz y cuestionar el modelo están condenados al exilio o la muerte civil, generándose en paralelo otro defecto estructural: la total ausencia de autocrítica. Espanya ens roba era un lema magnífico porque trasladaba la culpa de las miserias propias al ente (presuntamente) ajeno, pero la confesión a medias de Pujol y los datos que maneja la Policía (unos 1.800 millones irregularmente amasados) han destrozado el argumento más recurrente de CiU.

5. Sostenía recientemente el escritor Alfredo Amestoy que el experimento salvador consistiría en permitir que los catalanes gobiernen España para obtener el reconocimiento que anhelan y demostrar que su fórmula resucitaría al país con un enfoque tal vez más europeo y ambicioso. En realidad, el nacionalismo tuvo la oportunidad de implicarse en los gobiernos en minoría de González y Aznar. Nunca ha aceptado una cartera ministerial, ni siquiera con Duran Lleida en Madrid, el líder más dispuesto a asumirla.

6. La mixtificación de la historia ha agravado el sentimiento de agravio. La caída de Barcelona (1714) no fue fruto de una invasión sino de una derrota en la Guerra de Sucesión. Una parte relevante de Cataluña apoyaba al Archiduque Carlos (un Habsburgo) frente al Borbón Felipe V. ¿Por qué? Porque en la independencia parcial de 1640 (parcial porque no estuvo Tarragona ni toda Lérida), Cataluña se asoció a Francia. Y en Francia mandaban los Borbones. Y los Borbones decidieron hacer de Cataluña su sucursal de medio pelo. El Once de Septiembre o Diada reivindica pues un símbolo que poco tiene que ver con los hechos.

7. Tribu, complejos, cobardía, tergiversación, marginación civil y tacticismo componen el actual atolladero, culminado con un oxímoron de complicada digestión: negociar un contrato de adhesión (una de las pocas buenas frases de Rajoy) consistente en permitir una consulta fechada para el 9 de noviembre donde al votante se le empuje suavemente hacia el sí-sí de la independencia. A Artur Mas, president, le van fallando los cálculos, si es que tenía alguno: no hay apoyos internacionales (Alemania ha sido contundente en el no), los empresarios tiemblan, el Gobierno no se inmuta y Esquerra, el partido genuinamente rupturista, triunfa.

  • zalillo

    Si verdaderamente triunfa el independentismo catalán con su cerdito estrávico al mando, solamente tendremos que leer con más ahínco la história de la guerra civil, para ver la actuación de los de ERC, que de izquierda tuvieron poco, en fin esperemos que no llegue a suceder, el resto de españoles supongo que tendrá que decir algo, empezando por rescindir las cuentas que tantos andaluces tienen con la Caixa.